Acordaos de mi palabra


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En 1901 Wilhelm Wrede sacudió a los estudiosos de los evangelios al argumentar que en el evangelio Según Marcos no todo era un recuento exacto de lo ocurrido. Wrede identificó en este evangelio un leitmotiv que denominó “el secreto mesiánico”. Esta característica del evangelio se manifiesta de dos maneras.

Por un lado, Jesus impone silencio a todo aquel que lo identifica como el Hijo de Dios, o como el Cristo, el Mesías. Esto es especialmente notable en los exorcismos. Estos episodios comienzan con el espíritu inmundo que habita en un pobre ser humano identificando al exorcista que lo confronta. El narrador nos dice que Jesús inmediatamente le ordena estrictamente que se calle. Tal es también el caso en la famosa confesión de Pedro. Cuando éste declara “Tu eres el Cristo”, Jesús instruye a todos los discípulos “que no hablasen de él a ninguno” (Mc. 8: 30).

El otro aspecto de este leitmotiv es que en repetidas ocasiones Jesús hace declaraciones públicas que dejan a los oyentes confundidos. Luego, privadamente, él explica a un grupo selecto el significado de lo que dijo. Por ejemplo, en el caso de las parábolas del reino, después de haber enseñado a “mucha gente” desde un bote a la orilla del Mar de Galilea (Mc. 4: 1), cuando estaba solo con “los que estaban cerca de él con los doce” Jesús introduce su explicación de las parábolas diciendo: “a vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas” (Mc. 4: 10 – 11). El ejemplo más notable es el discurso apocalíptico. Frente a la multitud en el templo Jesús dice: “¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”. Luego, en el monte de las olivas, Jesús elabora el significado de sus palabras a sólo cuatro de sus discípulos: Pedro, Jacobo, Juan y Andrés (Mc. 13: 1 – 3).

El secreto mesiánico, argumentó Wrede, es un artificio literario empleado por el narrador de Según Marcos para explicar cómo era posible para los discípulos después de la resurrección proclamar a Jesús como el Mesías, el Cristo. Muchos de sus oyentes seguramente habían conocido a Jesús y sabían lo que él había predicado. Durante su ministerio Jesús no se había proclamado Mesías. No había razón, por lo tanto, para que sus discípulos le asignaran ese título después de la crucifixión. Según Wrede, los discípulos respondían a esta objeción diciendo: “Jesús nos impuso silencio al respecto entonces, pero privadamente nos reveló quien él era.”

La mayoría de los estudiosos de los evangelios hoy reconocen al secreto mesiánico como un leitmotiv en Según Marcos que fue adoptado por los otros dos evangelios sinópticos. No muchos, sin embargo, aceptan la explicación que Wrede diera de su origen. La mayoría reconoce que el ministerio público de Jesús tuvo que tener, a lo mínimo, connotaciones mesiánicas.

En Según Juan encontramos exactamente lo opuesto al primer aspecto del secreto mesiánico. En vez de imponer silencio, Jesús proclama a todos los que están al alcance de su voz que él es el Hijo de Dios, el Cristo. Desde un mismo comienzo del evangelio Jesús recibe títulos que lo distinguen. Después de haber pasado un día con Jesús, Andrés le dice a su hermano Simón Pedro: “Hemos hallado al Mesías (que declarado es, el Cristo)” (1: 41). Juan Bautista dice dos veces, “Yo no soy el Cristo” (1: 20; 3: 28), dejando sobre entendido quien es el Cristo. Cuando la mujer Samaritana le dice; “Sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice el Cristo”, Jesús le contesta: “Yo soy, que hablo contigo” (4: 25 – 26). Luego los Samaritanos de Sichar confiesan: “Sabemos que éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (4: 42).

Cuando los discípulos se quedan confundidos y confiesan: “Dura es esta palabra ¿quién la puede oír?” (6: 60), Jesús les pregunta si piensan abandonarle. El desafío hace que todos confiesen: “Nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (6: 69). Ante tal confesión, exactamente la misma a la de Pedro en Según Mateo (16: 16), Jesús no impone silencio, como lo hace en Según Mateo (16: 20). Al que nació ciego Jesús se identifica como el Hijo de Dios (9: 37). Cuando “los judíos” algo exasperados insisten: “Si eres el Cristo, dilo abiertamente”, Jesús les responde: “Os lo he dicho [ya]” (10: 24 – 25). Cuando Marta confiesa: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (11: 27), Jesús no le impone silencio. Finalmente, cuando Pilato le pregunta por sus discípulos y su doctrina, Jesús le asegura que sus discípulos no han recibido doctrinas privadamente. Todo lo ha enseñado en público (18: 20).

Pero la revelación completa de su identidad y de sus enseñanzas no estaba al alcance de todos durante su ministerio. Esta fue otorgada después de su resurrección. En otras palabras, el evangelio Según Juan tampoco nos informa de lo que sucedió en el ministerio de Jesús con la precisión deseada por los historiadores modernos. En el evangelio se nos presenta el ministerio de Jesús a través del filtro de la reflexión teológica. Como dijera en una anterior columna, el que lee a Según Juan tiene que tener conocimiento del universo simbólico dentro del cual se mueve si es que quiere entender de qué se trata.

Una de las referencias históricas dadas en el evangelio que el historiador moderno inmediatamente cuestiona es la explicación que tanto los padres del que nació ciego como José de Arimatea actuaron de cierta manera por temor a ser expulsados de la sinagoga. Ya tendré oportunidad en otra columna de comentar sobre esta referencia. Aquí sólo la menciono para notar que es imposible acomodarla a la situación histórica en tiempos de Jesús. La pregunta, entonces, es ¿qué es lo que el evangelio nos presenta? ¿Qué necesidad suple?

Como recuento de la vida de Jesús no nos proporciona la información necesaria para escribir una biografía. Siendo que fue escrito en una cultura oral varios años después de que lo que narra ocurriera, seguramente que lo narrado depende de la memoria colectiva de una comunidad comprometida con los eventos descritos. La memoria, sin embargo, no es una grabadora moderna; ella selecciona, acomoda e interpreta. Recordar no es conservar el pasado. Es re-vivirlo en el presente.

Como San Agustín hace claro en sus Confesiones, la fe vive en la memoria guiada por el Espíritu Santo. Al evangelio Según Juan hay que leerlo teniendo en cuenta esta realidad puesto que el evangelio explícitamente adopta esta manera de ver. La memoria establece la identidad del cuerpo en el tiempo, sea el cuerpo de una persona o de una comunidad. El que escribe sus Memorias no escribe una autobiografía. En ellas el autor se imagina y se revela a si mismo a la luz de un tema o una trayectoria, o expresa la manera en que desea ser conocido por los demás.

Los evangelios no son crónicas del pasado. Quien afirma que los evangelios nos dan un reportaje exacto de lo que sucedió sólo revela no haber leído seriamente a los cuatro evangelios. Cada evangelio tiene un objetivo propio; pinta un cuadro que refleja su punto de vista y que satisface la necesidad de su público. El evangelio Según Juan se distingue por ser consciente de lo que está haciendo, pero eso no quiere decir que es el único que narra la vida de Jesús para entender la vivencia de los cristianos varias décadas después.

Esto hace que aunque Según Juan presenta a un Jesús que en vez de imponer silencio acerca de su identidad la proclama a voz en cuello, o sea, que en él el primer aspecto del secreto mesiánico es negado, en este evangelio el segundo aspecto del secreto mesiánico, en vez de ser rechazado es modificado. En los sinópticos, durante su ministerio Jesús enseña “el misterio del reino” a unos pocos de sus discípulos privadamente. En Según Juan el entendimiento de “todas las cosas” llega a los discípulos por la “enseñanza” y la activación de la memoria por parte del Consolador después de la resurrección, o como dicen los discípulos después de oír el segundo discurso de despedida: “He aquí, ahora hablas claramente, y ningún proverbio dices. Ahora entendemos que sabes todas las cosas . . . en esto creemos que has salido de Dios” (16: 29 – 30).

A través del evangelio repetidas veces se admite que lo que Jesús dice no es entendido por sus oyentes. Jesús insiste que “al principio” les dijo a todos quien él era (8: 25), pero los oyentes “no entendieron que él les hablaba del Padre. Díjoles, pues, Jesús: Cuando levantareis al Hijo del hombre, entonces entenderéis que yo soy” (8: 27 -28). Después de haber contrastado al pastor de las ovejas con el asalariado, el narrador comenta: “Esta parábola les dijo Jesús, mas ellos no entendieron qué era lo que les decía” (10: 6).

Cuando después de haber cenado con sus discípulos Jesús comienza a lavar los pies de sus discípulos, Pedro se incomoda y dice: “¿Señor, tú me lavas los pies?” Jesús lo calma explicándole: “Tu no sabes (oida) ahora lo que yo hago, mas lo entenderás (yinosko) después” (13: 6 – 7). Esta explicación no se aplica solamente al lavamiento de los pies. Ella rige a todo el ministerio de Jesús. La misma explicación es dada por el narrador al dicho de Jesús acerca de los “ríos de agua viva” que han de brotar de sus entrañas: “Y esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él: pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba aún glorificado” (7: 39). En otras palabras, en ese momento nadie entendió lo que Jesús había dicho.

La explicación más clara de la perspectiva desde la cual se están narrando los eventos la da el narrador al notar que “estas cosas no las entendieron sus discípulos de primero; empero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él, y que le hicieron estas cosas” (12:16). Y cuando Pedro y el discípulo amado corren a comprobar si es que se han robado el cuerpo de Jesús y han dejado la puerta del sepulcro abierta, el narrador aclara que ellos “aún no sabían la escritura que era necesario que él resucitase de los muertos” (20: 9).

Estas explicaciones hacen claro que las cosas que ocurrieron durante la vida de Jesús no fueron entendidas por sus discípulos cuando tuvieron lugar. Fue después de la glorificación del Hijo del Hombre, después de su elevación y retorno al Padre, que los discípulos se “acordaron” de lo que había sucedido y entendieron que las Escrituras las habían predicho. O sea, el reconocimiento de Jesús como el Cristo Salvador del mundo, El Enviado del Padre, vino como resultado de la memoria que se “acuerda” e interpreta a la luz de las Escrituras guiada por el Espíritu Santo que les fue dado después de su glorificación.

Es pues comprensible que el evangelio nos diga que Jesús le promete a sus discípulos que la función del Paracleto será la de “recordarles” lo que Jesús les había dicho cuando estaba con ellos. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñara todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho” (14: 26). Esta promesa está precedida por la aclaración: “Estas cosas os he hablado estando con vosotros” (14: 25). Pero en el segundo discurso de despedida Jesús le dice a sus discípulos: “Mas os he dicho esto para que, cuando aquella hora viniere, os acordéis que yo os lo había dicho. Esto empero no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros” (16: 4). ¿Cómo entendemos esto?

Pareciera que el que habla aquí es el Cristo resucitado, no el Jesús que iba a ser crucificado. ¿Hemos de entender que Jesús dijo eso “al principio”, cuando estaba con ellos, o que Jesús no dijo eso precisamente porque estaba con ellos? Si no se los dijo porque estaba con ellos, ¿cómo va a ser posible para ellos recordar lo que no les dijo? ¿O es que el Espíritu Santo les va a “enseñar” y “recordar” lo que Jesús no les dijo cuando estaba con ellos, esto es, “al principio”? Esto nos hace pensar que “recordar” tiene un significado técnico. Recordar es reflexionar teológicamente acerca del significado del paso del Hijo de Dios por el mundo de abajo.

Las raíces del uso de la memoria como facultad teológica, que no se limita a preservar algo en la mente sino que además impele a la acción, se encuentran en el Antiguo Testamento. En su discurso al pueblo antes de entrar en la tierra prometida Moisés les insta diciendo: “Guarda tu alma con diligencia, que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto” (Deut. 4: 9, cp. 4: 23 y 6: 12). Miqueas transmite la palabra de Yahveh: “Pueblo mío, acuérdate ahora . . . para que conozcas las justicias [acciones salvíficas] de Jehová” (6:5). En un salmo registrado en 1 Crónicas, David canta: “Haced memoria de sus maravillas que ha obrado, de sus prodigios, y de los juicios de su boca.” (1 Cron. 16: 12). Después de un escueto recuento de las maravillas hechas por Dios a favor del pueblo, Nehemías se lamenta: “Y no quisieron oír ni se acordaron” (9: 17). El cuarto mandamiento en Deuteronomio comienza diciendo: “Guardarás el día de reposo para santificarlo” (5: 12), pero el mismo mandamiento en Exodo reza: “Acordarte has del día de reposo para santificarlo” (20: 8). Hacer memoria, recordar es conducirse obedientemente con pleno entendimiento de lo que se requiere.

El evangelio Según Juan incluye una bienaventuranza para los que no vieron y creyeron (20: 29). Esta nos toca a los que también confesamos: “Tú eres el Cristo que ha venido al mundo”. Todas las futuras generaciones de creyentes son contemporáneas de Jesús, pues el Consolador, el Espíritu de Verdad, les enseña y les recuerda lo que no han visto ni oído. Una vez que los discípulos recibieron el Espíritu Santo que les enseñó todas las cosas y les recordó todas las cosas, entonces, y sólo entonces ellos entendieron lo que Jesús hacía. Esta es la definición juanina de la memoria guiada por el Espíritu Santo. Ella entiende lo que no sabía y recuerda lo que no había ni visto ni oído para entonces actualizar en actos de amor la vida de Jesús en la tierra. A todos sus discípulos Jesús les dice: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho” (15: 20).


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