“Adorando a Dios con la alabanza y el lamento”


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Cuando era niña, nunca hubo ninguna duda en mi mente de que el único estado de ánimo apropiado para la adoración era la felicidad. Dios, como Creador, era el objeto natural de nuestra adoración. Como creaturas, era natural sentir que un alegre espíritu de regocijo era la única manera de acercarnos a Dios. Cualquier cosa menos que eso lo deshonraría.

Asistir a la iglesia el sábado reforzaba la relación entre los actos de adoración y el espíritu alegre. Los servicios de la iglesia reunían a personas que compartían su fe y se apartaban del mundo en feliz comunión. Las historias misioneras siempre concluían con un final feliz. Los niños cantaban himnos del libro Happy Songs for Boys and Girls [Canciones alegres para niños y niñas] que estaba lleno de imágenes de niños sonrientes. Se nos recordaba a menudo, antes de las ofrendas, que Dios ama al dador alegre. Y después de las ofrendas cantábamos nuestra respuesta gozosa: “¡Alabado sea Dios, de quien emanan todas las bendiciones!”. Y aún si el sermón no lograba mantener nuestra atención, teníamos la feliz expectativa de La Comida del Sábado, el evento supremo de la semana en cuanto a almuerzos.

Cualquiera que asistiera a la iglesia con el ceño fruncido, los ojos decaídos, o con una actitud distante, habría sido percibido como un testigo lamentable de la gracia de Dios que alabábamos reunidos. La adoración en la iglesia era tiempo de dejar todos los problemas personales a un lado y centrarnos sólo en Dios, y con esa experiencia sentirnos fortalecidos para reanudar los desafíos “dejados afuera”, o que esperaban hasta la puesta del sol. Sin embargo, aún con los más elevados motivos para planificar las horas del sábado como una serie de actividades alegres y edificantes, la vida puede frustrar nuestros mejores esfuerzos. Los problemas de la semana pueden infiltrarse en las horas sagradas del sábado. Pueden ocurrir malentendidos, accidentes, e incluso la muerte. Cuando esto sucede, ¿debemos dejar abruptamente de adorar a Dios porque ya no nos sentimos felices? Cuando lloran nuestros corazones por causa del sufrimiento y el dolor personal, ¿tenemos que esperar hasta que esos sentimientos desaparezcan antes de que podamos decir que estamos adorando?

Los Salmos pueden proporcionar algunas respuestas a estas preguntas. Los salmos eran las canciones y la poesía utilizadas por los israelitas en su adoración a Dios. Elevados pasajes de alabanza que describen los roles de Dios como Creador, Redentor y Juez, dieron a los israelitas revelaciones de cómo Dios está íntimamente conectado con la experiencia humana y les dieron razones infinitas para presentarse ante Dios con profunda humildad y profundo agradecimiento. Estos temas son igualmente relevantes para los cristianos de hoy. Ya no tenemos las melodías originales de los Salmos, pero tenemos sus palabras y podemos participar de este patrimonio de la fe en Dios, maravillándonos por la forma en que Él obra en la vida de los individuos y de su pueblo.

Pero también hay un número significativo de salmos que tienen un tono muy diferente, son salmos que expresan el lamento humano ante las tribulaciones y claman a Dios por la liberación de todo tipo de adversidad. Estos lamentos, ya sean personales o comunitarios, no se anduvieron por las ramas, sino que exploraron directa y explícitamente las experiencias de la duda, la impaciencia, el remordimiento, el dolor, y la ira. ¿Podrían estos lamentos ser considerados como quejas? ¿Son sólo quejas de los "escogidos" que se han extraviado por las circunstancias? ¿Debemos pasar rápidamente a través de estos pasajes bíblicos para llegar a la forma "correcta" de expresarnos ante Dios?

1. “¿Por qué estás lejos, Señor? ¿Por qué te escondes en el tiempo de la tribulación? .... Porque el malvado se jacta de los deseos de su corazón, .... sus caminos prosperan en todo momento; .... sus ojos están acechando al desvalido; ... acecha para arrebatar al pobre; arrebata al pobre trayéndolo a su red” (Sal. 10:1-9)

2. “Con mi voz clamé a Dios, en voz alta y Él me escuchará .... ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se han acabado sus promesas para todos los tiempos? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia?” (Sal. 77:1, 8-9). 3. “Escucha mi oración, Señor .... ¡No escondas tu rostro de mí en el día de mi angustia! … Cada día se burlan mis enemigos; los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí.... Por lo cual yo como cenizas a manera de pan, y se mezclan las lágrimas con mi bebida, a causa de tu indignación y de tu ira; porque me alzaste y me has arrojado” (Sal. 102:1, 2, 8-10).

Sin embargo, en cada pasaje de arriba se encuentran las declaraciones correspondientes:

  1. “Oh Señor, tú escuchas el deseo de los humildes; tú fortaleces su corazón, haces atento tu oído, para hacer justicia a los huérfanos y a los oprimidos, para que el hombre de la tierra no vuelva más a sembrar el terror” (Sal. 10:17-18).
  2. “Me acordaré de las obras del Señor; sí, me acordaré de sus maravillas antiguas. ... ¿Qué dios es grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que haces maravillas, que has manifestado tu poder entre los pueblos” (Sal. 77:11,13-14).
  3. “Se registrará esto para las generaciones venideras, y el pueblo aún por nacer alabará al Señor: que miró desde lo alto de su santuario ... para oír los lamentos de los prisioneros, para soltar a los condenados a morir, para que declare en Sión el nombre del Señor ... cuando los pueblos se reúnan, y los reinos, para adorar al Señor” (Sal. 102:18-22).

Estos ejemplos revelan el característico patrón de los Salmos, con el cambio de foco desde el lamento centrado en la necesidad, a la alabanza centrada en Dios. Los sentimientos tan fuertemente contrastados se juntan así en la adoración tributada a Dios. Las fuertes declaraciones acusatorias y las demandas audaces preguntan si Dios está realmente presente y si se ha dado cuenta de las tribulaciones de los israelitas. Luego éstos responden sus propias preguntas al relatar su historia de las misericordias de Dios y las promesas de futura restauración. En todos los clamores la solución la tiene Dios, sin importar cuál es el origen del problema, o si uno es víctima o culpable, o si se necesita la misericordia o la justicia. Los israelitas sabían que el lamento que no se eleva más allá de una queja circunstancial, está limitado a la sola iniciativa humana. Sin embargo, el lamento presentado ante la grandeza y la bondad de Dios, daba oportunidad a las intervenciones divinas más allá de lo imaginable.

El Salmo 22, considerado como un salmo mesiánico en su predicción del sufrimiento de Jesús en la cruz, presenta los registros de la queja imponderable más apasionantes que jamás se hayan hecho: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Hebreos añade: “En los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente. Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (5:7-8). La fe de Jesús en el Padre no lo hizo exento del sufrimiento, sino más bien lo sostuvo a través del sufrimiento. En el momento más oscuro de todos los tiempos, Jesús modeló el papel del lamento –ser genuinos ante Dios en nuestros sentimientos— y modeló también el papel de la fe –creer que podemos confiar en Dios en los momentos oscuros.

La vida de Ana nos ofrece un ejemplo de la relación entre el lamento y la adoración (1 Sam. 1:1-28). Ella y Penina estaban casadas con Elcana, pero mientras que Penina había dado a luz muchos hijos, durante años Ana no había podido concebir, lo cual se consideraba como algo vergonzoso. Debido a las burlas de Penina y la incomprensión de su marido, revelada en sus palabras “¿no soy yo mejor que diez hijos?”, Ana había clamado a Dios repetidamente en los últimos años pidiendo la resolución de sus problemas, pero seguía siendo estéril.

Ana sabía que en el viaje anual de la familia al templo de Silo tenía que presentar de nuevo su difícil situación delante de Dios. ¿Dónde podría ir a hacer lamentación por su profundo dolor? Al lugar de adoración –el templo. Allí Ana oró y lloró con tanta angustia que el sacerdote, Elí, pensó que estaba ebria. Cuando le preguntó por la razón de su comportamiento, se dio cuenta de su historia de añoranza y tristeza. Elí fue inspirado para decirle que se fuera en paz, porque Dios le concedería su petición. Ana concibió y dio a luz un hijo, y lo llamó Samuel. Más tarde, como había prometido, ella llevó a su hijo al templo para ser dedicado al servicio a Dios.

La historia de Ana nos ayuda a reconocer que podemos llevar nuestras cargas y nuestras oraciones no contestadas con nosotros a la iglesia. Cuando Dios nos invita a venir a él cuando estamos "cansados y agobiados", quiere decir que vengamos incluso si sentimos más ganas de llorar que de sonreír. La iglesia es un lugar para ser genuinos con Dios. La adoración abarca tanto la alegría como el dolor. Adoramos a Dios cuando dirigimos nuestras súplicas a él con la confianza que nos escucha, cuando creemos que nos puede sacar de nuestro sufrimiento, pero si no, cuando confiamos que él nos librará a través de nuestros sufrimientos. Dios es nuestro Redentor, que nos ha prometido una futura redención de la tristeza y del pecado, pero también es Redentor en los percances de la vida cotidiana. Bendice las elecciones que hacemos para asumir la responsabilidad de las acciones necesarias, y fortalece nuestro espíritu para enfrentar los retos que permanecen en nuestras vidas.

No perdemos nuestra salvación cuando nos sentimos desanimados, heridos, confundidos, o enojados. Sentirnos culpables por estas emociones puede llegar a ser una barrera para la adoración. Dios quiere que todos esos sentimientos sean una razón para venir a él, porque sólo él puede ofrecer el perdón, la curación, y el profundo consuelo para nuestros corazones para siempre. Sólo Dios puede cambiar nuestros lamentos en alabanzas.


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