Adventistas en Haití: cuando solo queda la esperanza


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Desde Haití, el periodista adventista español, Daniel Forcada, escribe:

Cuando el 12 de enero la tierra de Haití se estremeció convulsa como no lo había hecho en décadas, los adventistas del Séptimo Día acababan, no hacía siquiera unas horas, de recibir en una gran multitud a la Biblia viajera, el inmenso tomo de las Escrituras que durante un año recorre los cinco continentes del planeta en una continua carrera de relevos.

Miles de adventistas encabezados por el lema “Suivons la Bible” (sigamos la Biblia), portado por los guías mayores y los líderes de jóvenes, recorrían aquel 11 de enero una de las principales vías de la capital haitiana hasta acabar junto al palacio presidencial de Puerto Príncipe, el edificio colonial de un blanco marfil cuya imagen daría la vuelta al mundo apenas unas horas después, cuando su estructura cayese a plomo como un castillo de naipes. Si ése era el cochambroso estado al que había quedado reducido el edificio más poderoso de Haití, ¿qué habría sido de las casas, las iglesias y las infraestructuras del país más pobre de Latinoamérica?

Haití es uno de los países más religiosos del planeta. Al menos, religioso y fervoroso en su manifestación pública y popular. Todos los vehículos que aquí podríamos asimilar a un autobús público llevan escritos en su carrocería mensajes como “Dieu est plus” (Dios es más), “Dieu est amour” (Dios es amor) o “l´angel del eternel” (el ángel del Eterno). Hasta los comercios de cualquier tipo lucen en sus nombres y en sus escaparates consignas cristianas, como es el caso del establecimiento “Merci Jesús. Auto design parts”. El problema, para la hermana salesiana Annecie Audate, del colegio Reina Maria de Carrefour, convertido ahora en un campo de desplazados para 7.000 personas, es que este fervor popular se mezcla en Haití con el sincretismo. “Todos creen en Dios”, nos explica Audate cuando la visitamos en uno de los suministros de alimentos realizados por ADRA España, “no hay un haitiano ateo, pero Dios no está vivió en el corazón del haitiano. Mezclan las cosas, al Dios del cristianismo con el Dios del vudú”. “Algunos dicen que todo esto es un castigo de Dios”, añade. “Cada persona manifiesta su fe según su capacidad de entender a Dios. Pero nosotros, debemos enseñar un Dios puro, limpio, verdadero y misericordioso”.

No es de extrañar que en este clima amigo, la Iglesia Adventista no haya encontrado problemas para crecer exponencialmente durante los últimos años. Poco después de cruzar la frontera que separa Haití de República Dominicana, a pocos kilómetros de Jimaní y al borde de la única carretera que conduce hasta Puerto Príncipe, se levanta la primera iglesia adventista que nos encontramos en nuestro camino al epicentro del desastre. Según los primeros cálculos oficiales –y provisionales- aportados por los líderes de la División Interamericana tras reunirse con los responsables de la Iglesia en Haití, unos 522 hermanos adventistas de Puerto Príncipe habrían muerto en el terremoto, que destruyó por completo 55 iglesias y dejó parcialmente dañadas otras 60. Catorce de los fallecidos estaban ensayando en el coro cuando el edificio en el que estaban se vino abajo. Además, en torno a 27.000 adventistas se han quedado sin nada, con lo puesto, y viven ahora hacinados en alguno de los 70 campos de desplazados creados en los patios de las iglesias o en las inmediaciones de las instituciones adventistas.

Cuando cae la noche, en torno a las seis de la tarde, empiezan los cánticos. Quienes lo han perdido todo pero han logrado sobrevivir dan gracias a Dios cada noche en su hora de culto. “Reconforta pensar que la última lección de Escuela Sabática que leyeron nuestros hermanos que han muerto hablaba sobre el gozo”, expresa, conmovida, una miembro de la Iglesia Adventista a la que conocemos en República Dominicana.

Las melodías se escuchan desde las oficinas de ADRA, que están pegadas al inmenso campo de refugiados en el que se ha convertido la Universidad Adventista de Haití. También se oyen, aunque estos otros cánticos provienen de casas particulares, desde la habitación del hotel en el que nos alojamos. Cada mañana y cada noche, el mismo ritual. En cuanto despunta el alba y comienza una nueva jornada post-terremoto nos encontramos pequeños corrillos de personas haciendo la matutina o leyendo la Escuela Sabática. “Agradecemos a Dios por haber cuidado la mayoría de las personas”, explica Theart Saint-Pierre, presidente de la iglesia en Haití, “todo el mundo está conmovido, pero, sin embargo, alabamos a dios por su bondad”.

En la Universidad duermen estos días 20.000 personas que, al momento de marcharnos del país, aún no habían recibido tiendas de campaña para hacer más llevaderos sus días. Han convertido la explanada del campus universitario en una mar multicolor de sábanas, lonas y lienzos sostenidos con palos. Improvisada vivienda para no se sabe cuántos días. De la facultad de Teología se ha desprendido en cascotes buena parte del techo y el auditorio principal permanece cerrado a cal y canto, con alguna grieta que otra, pero sin daños estructurales serios. Muy cerca, en un riachuelo que cruza el campus, hombres, mujeres y niños lavan su piel de lecha negra sin prestar mucha importancia a los pudores. Unos metros más allá, bajo una especie de quiosco, los líderes del campamento pasan a ordenador el listado definitivo de las familias que duermen en la Universidad. Se especifica con detalle el número de hombres, mujeres y niños, así como el cómputo total de mujeres embarazadas y lactantes.

El campus de la Universidad se ha dividido, por indicación de ADRA, en trece zonas, cada una bajo la supervisión de un jefe local y con Enz Charles como responsable último de todo el entramado. Es la forma más eficaz, pero no infalible, de organizar después el reparto de la comida y el agua. Pero el hambre ahoga en esta zona durante los primeros días después del terremoto y la llegada de unos camiones llenos de suministros y procedentes de Puerto Rico hace saltar todas las alarmas. Por momentos, la paz se rompe en un caos sin precedentes y los agentes de la ONU de Sri Lanka, que escoltan los cargamentos de ADRA por el prestigio de ésta en Indonesia, disparan al aire para disuadir a la masa hambrienta. Es un hecho aislado. El modelo de organización aplicado en los campos de desplazados adventistas es uno de los más ejemplares y es una extensión de la propia jerarquía de la iglesia, con sus ancianos, diáconos y guías mayores como sustentadores del orden.

En la calle Diquini de Carrefour, un pueblo pegado a Puerto Príncipe, es donde ADRA y la acción social adventista han instalado su base de operaciones. En menos de 500 metros se pueden encontrar dos iglesias reconvertidas ahora en campos de refugiados (Morija y Sinaí, la primera en unas condiciones paupérrimas), el hospital adventista, donde cerca de un millar de personas se concentran en sus inmediaciones, así como el campus universitario y las oficinas de ADRA.

La iglesia de Sinaí es ejemplar en su organización. En el patio de la antigua iglesia se concentran ahora 3.000 personas, aunque durante el día solo se ven a un gran número de mujeres y, sobre todo, muchos niños. Los hombres o están colaborando con ADRA como voluntarios o se buscan la vida ofreciéndose para tares varias de traductor o chofer, entre otras cosas. Hay tantos menores que la seguridad se ha convertido en una cuestión prioritaria. El recinto permanece cerrado tras una verja de hierro mañana y noche y, los pequeños, si quieren salir, deben mostrar un ticket. “Tenemos un jefe de seguridad”, explica el líder de las familias, Avillon Ju Saint Nogene. “Si los niños tienen menos de diez años no pueden salir del campamento, ni van a ningún lado si no están acompañados. En todo caso, están controlados primero por sus padres y, después, por el jefe de seguridad. Todos los demás, adultos y menores, no pueden abandonar el lugar sin antes haber entregado un ticket de salida”.

“La iglesia a través de sus líderes está trabajando para proveer de comida, apoyo psicológico y espiritual a los miembros afectados”, explica Pierre Caporal, secretario de la Unión Adventista de Haití, según informa Libna Stevens, responsable de comunicación de la División Interamericana. “La feligresía ha quedado muy traumatizada. Es un gran desafío para nosotros poder ayudar”, añade Caporal. El equipo de ADRA Internacional y de diferentes países, entre ellos España, se nutre de unas 30 personas. Pero en las oficinas de ADRA se aglutinan voluntarios adventistas venidos también bajo otras siglas. Como el equipo de rescate adventista Garsa, de Colombia, y que durante una semana ha estado removiendo cimientos y escombros para intentar rescatar a algún superviviente. No ha habido suerte. Un día oyeron unos gemidos y pensaron que se trataba de un bebé atrapado bajo las piedras. Pero tras remover y remover solo encontraron a dos perritos exhaustos de tanto pedir auxilio. Al lado sí que se encontraban, ya inertes, los cuerpecitos de dos niños.

También han llegado médicos y cirujanos voluntarios de la Universidad de Montemorelos, México, o de la República Dominicana, Estados Unidos o Francia. Entre todos han conseguido controlar el caos inicial en el que estaba sumido el hospital adventista, donde se han practicado en torno a 20 amputaciones cada día durante la primera semana después del terremoto, durante los días en los que más duramente se combatía contra la muerte. Mientras, en las oficinas de ADRA un grupo uniformado de Guías Mayores y líderes juveniles prestan un servicio voluntario como responsables del mantenimiento del orden en el interior de las instalaciones, por las que circulan cada día centenares de voluntarios locales. A todo este maremagnum de personas se han unido también algunos periodistas norteamericanos de la revista Time y otros medios que han escrito sus crónicas desde las oficinas de ADRA, así como un equipo de Global Medic, un ONG norteamericana que instala máquinas portátiles de potabilización de aguas en los campos de refugiados de la Universidad y alrededores.

“ADRA va a estar aquí. No nos estaremos marchando en dos o tres semanas, cuando las cámaras de televisión se vayan”, explica Charles Sandefur, director de ADRA Internacional. “Los planes de ADRA es atender las necesidades de comida, de agua potable, de refugios, de ropa y crear proyectos para que la gente reconstruya sus casas y sus vidas. Y eso llevará años. Si ADRA ha estado trabajando aquí por 30 años, a no ser que Cristo venga antes, estaremos trabajando aquí por otros 30 años más. Y seremos mucho más activos de lo que lo hemos sido en el pasado”.

Cuando todo se ha venido abajo y ya solo queda esperar un milagro en forma de ayuda humanitaria, los adventistas de Haití emprenden cada día, con renovadas ilusiones, el arte de sobrevivir, de dejar atrás de una vez esta tragedia llamada terremoto que ha partido sus vidas y sus familias en dos. Pero el trabajo no es flor de un día y queda mucho por hacer. En el país más pobre de Latinoamérica, castigado demasiadas veces por la tragedia, hay que empezar a construir de nuevo una nación piedra sobre piedra. Desde concienciar a los que aún tienen su casa en pie de que deben volver a ella, hasta atender a las primeras epidemias que ya se están empezando a detectar entre los refugiados, sin olvidarse de procurar una vivienda digna, bajo buenas tiendas de campaña, a los desplazados que aún están a la intemperie. Son muchos retos para una población que deberá salir adelante por sus propios medios. Pero en medio de tanto desastre, se siguen cantando himnos y bautizando miembros. “Ha sido la experiencia profesional más dura que he vivido”, confiese el cirujano Francisco Meriño. “Estábamos amputando brazos y piernas y, mientras, en el hospital, la gente sigue cantando y alabando a Dios. Uno se queda sin palabras. Nunca había sentido una sensación así”.

[Fotos de Daniel Forcada]


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