Cartas desde Camelot II: Juglares vs. vendedores ambulantes


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A quien pueda interesar (o como decía un amigo: “Quien tenga oídos para oír, oiga"):

Si algo bueno tienen los camelotitas es su ansia de conocimiento y su insaciable curiosidad. Por ello tendemos a observar con buenos ojos todo aquello que nuestros juglares1ofrecen en las plazas. Nos gusta la novedad, que nos cuenten historias nuevas o que las historias antiguas adquieran nuevos significados.

Tenemos juglares magistrales, amenos, de esos que captan tu atención no por la fiesta que se pueda organizar en la plaza sino porque sus narraciones y sus cantos están impregnados por ese sentir que el Fundador nos dejó en palabras como "Padre nuestro", "Bienaventurados" o "Yo soy".

Son juglares que con mucha ilusión y esfuerzo han llevado la historia de Camelot y su Fundador al frío caos exterior. Gracias a ellos muchas personas han oído hablar de nuestra ciudad por primera vez y cuando han venido a ver por sus propios ojos si lo que cantaban los juglares era cierto, se han convertido en ciudadanos.

Nuestros juglares no te venden quimeras, cábalas o tableros mágicos, pero cuando regresas a tu hogar, tu cerebro estalla en una lluvia de ideas interesantes y no tienes más remedio que abrir el Documento Fundacional y estudiar, verificar, descubrir y compartir los nuevos hallazgos.

Pero de estos quedan pocos.

Ahora los que abundan son los vendedores ambulantes2. Son comerciantes hábiles que se mueven de plaza en plaza ofreciendo sus productos bonitos y baratos. Obsesionados con obtener una respuesta rápida del comprador, son capaces de crear una necesidad donde no la hay. Y hacen muy bien su trabajo. Por ejemplo, una vez crearon una alerta por inundación. Fue admirable ver cómo los camelotitas se lanzaron a comprar chalecos salvavidas. Y lo más admirable es que los convencieron de llevarlos puestos siempre que salieran de casa. Algunos incluso me reprocharon que yo no lo comprara. De nada sirvió señalarles el arco iris que rodea permanentemente el cielo de Camelot. Ellos prefirieron confiar en ese trozo de corcho, por si acaso...

Esto ocurre porque los camelotitas somos extremadamente confiados en cuanto a los productos que se presentan con la etiqueta “Made in Camelot”. Cuando se trata de productos del exterior los sometemos a una intensa cuarentena y nunca los utilizaremos como principal ingrediente en nuestra comida o como estructura de nuestras casas. Pero cuando el producto proviene de un camelotita, o de alguien que se define como tal, lo aceptamos con toda confianza.

Mención aparte merecen un grupo de vendedores ambulantes que se consideran expertos en papiros y revelaciones y convencen a sus clientes de que lo son. Sus productos vienen bien empaquetados, adornados con palabras grandilocuentes y en cómodo formato audiovisual por lo que se propagan rápidamente. Esa comodidad de consumo hace que puedas recibir mucha información (o desinformación) en poco tiempo sin tener apenas la oportunidad de reflexionar y verificar su calidad interna. Y lo peor es que son adictivos. Una vez que te ha impresionado, sientes la necesidad de escuchar más y más.

Sus mensajes suelen utilizar numerosísimas referencias al Documento Fundacional muchas veces sin una relación ni contextual ni conceptual pero organizadas de forma que parecen que están perfectamente avalados con su autoridad. Pero como lo consumes con la confianza del “Made in Camelot” ni siquiera te planteas que esa relación está mal hecha y no lo verificas en el Documento Fundacional. Repiten, repiten y repiten las mismas consignas una y otra vez hasta que, por familiaridad, te crees que realmente están escritas en el Documento Fundacional. Luego lo rematan con comparaciones y paralelismos de los textos de nuestra Consejera Principal, y cuando no encajan con la finalidad deseada, estos expertos en papiros y revelaciones se convierten también en intérpretes “oficiales” de la Consejera.

Otra de sus características es la referencia constante a los momentos en los que Camelot comenzaba a ser construida, idealizando aquellos años y llamando a una supuesta recuperación de los orígenes.

Pero esta vuelta a los orígenes la entienden, no como una recuperación de ideales perdidos, sino como la reimplantación de costumbres, formas y modelos rígidos que más tienen que ver con escaparates que con vivencias interiores. Evitan recordar que en aquellos momentos también hubo sus sombras, sus desacuerdos y sus contradicciones y que gracias a que hemos aprendido de los errores (aunque seguimos cometiendo muchos otros), hemos madurado y, sobre todo, porque hemos mirado adelante buscando progresar en la Verdad del Fundador, hoy contamos con una ciudad bien asentada.

Sus productos contienen un claro mensaje catastrofista, acusador y de resultados culpabilizantes. Lo que no llego a comprender es porqué nos gustan tanto cuando el mensaje del Fundador, aquel por el que estamos viviendo en Camelot es un mensaje de paz interior, confianza, perdón y de renovación.

Estos vendedores ambulantes se están convirtiendo en auténticos ídolos de multitudes y allí donde exponen sus productos se reúnen tanto camelotitas como habitantes del exterior a miles. Es como en un éxtasis colectivo amenizado por procesiones de flagelantes que exponen sus vidas y sus cuerpos a la contemplación y a la admiración del público.

Tal es el éxito de estos expertos en papiros y revelaciones que muchos camelotitas están convencidos que sus productos son los productos oficiales del pensamiento de Camelot. Estos vendedores están ocupando tanto espacio en nuestras plazas que, sin darnos cuenta, se han convertido en comercios estables relegando y usurpando los productos propios de nuestros Sabios.

Lo preocupante es cuando nuestros propios Caballeros, incluso nuestros Caballeros Gobernantes, se unen a ellos ya no con su apoyo personal sino con el de las Instituciones Gubernamentales, y, al final, son los ambulantes los que terminan dictando la agenda de las actividades de la villa.

Tal vez sea la edad (o la sucesión de experiencias vitales, como quiera cada uno verlo) y que la vida te enseña a distinguir entre lo fundamental y lo accesorio. Tal vez sea porque llega un momento en la vida en el que ya no tienes que demostrar nada a nadie y lo único que el cuerpo te pide es ser fiel a uno mismo y a tus principios. Pero, cada vez más, me llegan noticias de vecinos, de esos de toda la vida, que prefieren pasear por el extramuros buscando un lugar en el que se escuchen mensajes de esperanza en vez de desgarradores discursos, mensajes que revivifiquen en vez de que te hundan en la miseria de tu propia culpa y donde reír sea sinónimo de salvación y no de herejía.

Hasta pronto, desde Camelot.

Soledad de Elías

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