Columna: Café Hispano, teología y Adventismo


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Ola, Es un gusto saludarte

Hace unos días, Johnny A. Ramirez, el Nuevo editor del Café Hispano para Spectrum, me dio una sorpresa agradable. Ya hace algún tiempo me di cuenta que los cambios de rumbo que han dado a mi vida un sabor especial han sido producidos por invitaciones inesperadas. Cuando la Asociación de Foros Adventistas, en 1969, decidió publicar una revista trimestral, fui invitado a contribuir una reseña bibliográfica del libro que en el momento estaba causando un impresionante temblor císmico en el mundo teológico: La teología de la esperanza de Jurgen Moltmann (A New Role for Eschatology).

Así comenzó mi jornada con Spectrum que, a través del tiempo, produjo una buena cantidad de artículos. Hace unos años la editora de Spectrum se acercó pidiéndome ayuda en la creación de una ficha en español que hiciera posible alcanzar a la hermandad hispana con las contribuciones al diálogo y al desarrollo espiritual que Spectrum fomenta. En respuesta a esa invitación tuve algo que ver con la apertura del Café Hispano en la página web de Spectrum y comencé a traducir un artículo de cada número del la revista impresa en inglés.

Ha sido motivo de gran satisfacción ver que el Café Hispano ha atraído muchos lectores de varios continentes y ahora se ha expandido al integrarse con el órgano de publicidad del la asociación de estudiantes y graduados universitarios adventistas de España (AEGUAE). Esto también ha hecho que por primera vez el Café Hispano cuente con un editor propio. Como decía, el nuevo editor me dio una grata sorpresa con una invitación que le da un nuevo rumbo a mi vida. He dejado de ser traductor y me he convertido en columnista. Esta es, pues, mi primera columna para el nuevo Café Hispano y he pensado que la debo usar a modo de presentación.

Nací en Montevideo, Uruguay, en un hogar donde me integré a la cuarta generación adventista. Mi bisabuelo materno, Jorge Riffel, fue el que pidió a la Conferencia General que mandara un pastor para atender el grupo que él estaba formando entre los agricultores de habla alemana en la provincia de Entre Ríos, Argentina. Así fue que llegó a Sudamérica el primer pastor y se formó la primera iglesia adventista en Crespo. Cuando tenía nueve años mis padres regresaron a la Argentina, donde cursé estudios hasta los diecinueve. Entonces decidí estudiar teología y venir a los Estados Unidos para ello. Tanto para estudiar en el Colegio Adventista del Plata antes de salir como para pagar el viaje a los Estados Unidos colporté cuatro veranos en Argentina y Uruguay, y cinco meses en La Habana, Cuba. Ya en este país cursé estudios avanzados de teología y me especialicé en el estudio del Nuevo Testamento y los orígenes del cristianismo. Mientras terminaba mis estudios, fui pastor de la iglesia hispana de Broadway, en Manhattan, al mismo tiempo que la comedia (tragedia?) musical “West Side Story” gozaba de gran éxito en un teatro unas pocas cuadras al sur de mi iglesia.

Cuando terminé mis estudios académicos y ya había sido ordenado, fui invitado a enseñar cursos de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico de Andrews University. Después de cuatro años, renuncié a mi puesto en Andrews y comencé a enseñar en Saint Mary’s, una universidad católica de mujeres, donde realizé mis aspiraciones profesionales por 32 años. Al mismo tiempo, durante 20 de esos años, fui profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Programa Hispano del seminario Northern o del seminario McCormick por 10 semanas de cada año. Siendo que estos seminarios son miembros del Racimo de Escuelas Teológicas de Chicago, en mis clases tenía bautistas, metodistas, presbiterianos, católicos, luteranos, pentecostales y también adventistas. En 1973 fui miembro fundador de la Iglesia Hispana de Berrien Springs, Michigan, donde a través de los años desempeñé diferentes cargos (desde primer anciano hasta peón de construcción), y donde hasta el día de hoy tengo mi membresía.

El párrafo anterior tiene la intención de hacerle saber a mis lectores de dónde vengo. Me motiva el deseo de poner mis cartas sobre la mesa. Mis raíces en el adventismo son profundas y mis tendencias conservadoras son evidentes puesto que he gastado mi vida estudiando y tratando de comprender los orígenes del cristianismo y las tradiciones que lo informan. Por supuesto, mi deseo no es congelarlas en un supuesto estado de pureza, sino hacer posible su sobre vivencia en un futuro imprevisto al considerar su adaptabilidad a las exigencias del presente.

En términos de las etiquetas de conservador o liberal, ninguna de las dos me calza. Por otra parte, en términos del uso clásico del vocablo, me considero un liberal. Por ello entiendo que soy uno que respeta y aprecia la inteligencia de mis semejantes y tengo curiosidad por saber qué es lo que piensan con la intención de aprender. En otras palabras, no estoy regido por una ideología, aunque estoy muy conciente que he adoptado maneras de pensar. Mi deseo, en lo posible, es mantener mi mente abierta, dispuesta a considerar seriamente la opinión de otros. No pienso que la raza humana ha perdido totalmente la imagen del Dios que la creó. Por eso admiro todas las manifestaciones de creatividad con un espíritu, en lo posible, libre de prejuicios.

Mis estudios y mis experiencias me han demostrado que si bien las emociones y los sentimientos juegan un papel importante en la determinación de la personalidad, la única manera de asegurarme que mis contactos con mis semejantes y con mi Dios son constructivos es dejando que la mente y su capacidad de razonar le den validez. Por lo tanto, en la consideración de las diversas tradiciones del primer siglo, y las diversas opiniones expresadas por mis correligionarios de hoy, dependo de la gracia divina que me dio raciocinio. La fe nunca se opone a la razón. Cuando eso sucede la fe se convierte en un agente destructor de la integridad del ser. El resultado es una o varias de las muchas enfermedades mentales. La fe, indudablemente, va más allá de la razón, pero nunca se levanta en contra de ella. El Espíritu Santo puede tocar mis sentimientos y mis emociones, pero puede comunicarse inteligentemente conmigo sólo a través de la mente; es por lo tanto imprescindible entrenar la mente a razonar debidamente para que pueda discernir las directivas del Espíritu.

Bíblicamente, encuentro mi modelo en el apóstol Pablo. Su consejo es que examinemos todo y retengamos lo bueno. Esto nos impone la necesidad de determinar en qué consiste lo bueno, lo que es agradable a Dios. Como muchos han hábilmente argumentado, Jesús fue un liberal que trató de reformular al judaísmo de acuerdo a una visión más amplia de Dios y de la humanidad. No cabe duda que Pablo captó mejor que algunos de los que habían formado parte del grupo de discípulos íntimos de Jesús la amplia liberalidad del Maestro y por lo tanto abrió de par en par las puertas para que todos puedan entrar al grupo de los “llamados” – la iglesia. Pablo insta a sus lectores a que evalúen lo que les escribe. Salvo una rara excepción, no se les impone como el que sabe. Cuando alude a revelaciones, o a un viaje al tercer cielo, no es para imponerse sino para implorar ser oído, para contrastar la debilidad de la carne con la potencia del Espíritu.

Es imposible para mi en este momento prescribir la forma en que he de responder a la invitación de ser uno de los columnistas del Café Hispano. Seguramente que en el proceso de cumplir con mi aceptación a este desafío he de aprender mucho y buscar nuevos rumbos para mi imaginación. Hoy sólo deseo hacer transparente que mis contribuciones han de ser abiertas, ecuménicas, promotoras del diálogo y personales. El evangelio no es evangelio si no es liberador. Mi intención es compartir preocupaciones y observaciones que puedan despertar en mis lectores el deseo de participar en un círculo que, como la onda formada por una piedra en un laguito, vaya en aumento esparciendo apreciación del misterio del reino de los cielos y del privilegio de ser hijas e hijos de Dios. En otras palabras, mi intención será despertar la imaginación liberadora.

Herold es un pionero de Café Hispano y por lo tanto resulta apropiado que sea el quien escribe la primera de nuestras columnas editoriales. ¡Gracias Herold por tus años de servicio y por esta columna!


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