Columna: Despojándome de mi mismo y los reavivamientos


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Desde que se organizó, en 1973, he sido miembro de la Iglesia Hispana de Berrien Springs. Han sido raras las veces en que asistí a un culto en otra de las iglesias de la zona. Unas pocas semanas atrás, no pude asistir a mi iglesia porque una fuerte gripe me tenía tumbado. En ocasiones como esta escucho el servicio de culto de la Iglesia Pioneer Memorial que es transmitido por la estación de radio de Andrews University. Siendo que no tenía el boletín de la semana a la mano y no hubo anuncios por radio, no me enteré quien fue el predicador ese día. Seguramente que era un invitado especial, puesto que el pastor titular, Dwight Nelson, es inconfundible.

Me duele tener que confesar que no pude terminar de escuchar el sermón. Estaba tan malhumorado por lo que estaba escuchando que apagué la radio minutos antes que terminara el sermón. La verdad es que el sermón que estaba escuchando no era en lo más mínimo original. A través de los años he escuchado decenas de versiones de ese sermón. El tema es exponer la necesidad de despojarse de uno mismo (en inglés = “self”) para poder ser un verdadero cristiano. En resumen, el sermón se convierte en un ejercicio masoquista de flagelación interior. La intención, aparentemente, es hacer que los oyentes se sientan desahuciados espiritualmente, se odien a si mismos, y pasen al frente a confesar su depravación y a reanudar su deseo de vivir con Dios. Es necesario echarse fuera a uno mismo para que Cristo pueda entrar. La sentencia que me quedó grabada ese sábado por la mañana fue: “El que no se despoja de si mismo no puede amar a Dios” (“If you don’t get rid of self, you cannot love God”).

Esta manera de ver las cosas está en directa oposición al mensaje de Jesús. Según El, es necesario tener una vida interior en pleno uso de sus facultades para poder amar a Dios “de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente y de todas tus fuerzas”. Y la norma para juzgar nuestro amor por nuestro prójimo es la medida con que nos amamos a nosotros mismos. En otras palabras, lo que Jesús enseñó es precisamente lo opuesto a lo que el predicador estaba diciendo a sus oyentes aquel sábado. Solamente el que se ama a si mismo puede amar a Dios y a su prójimo.

No ha de faltar quien me recuerde que Jesús dijo. “Si alguien quiere venir en pos de mi, niégese a si mismo, tome su cruz, y sígame”. Pero este dicho debe ser entendido. Negarse a si mismo quiere decir “abstenerse”, “privarse”. El verbo usado quiere decir “abdicar”, “renunciar”, “desatender”, “hacer caso omiso de”. La Carta a Tito usa ese verbo y nos da una idea de lo que se trata, “renunciando a la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este siglo templada, justa y píamente” (2:12). En otras palabras, desatenderme y tomar mi cruz no es una manera de despojarme de mi mismo, sino de cambiar mis prioridades. Para poder llevar a cabo este cambio necesitamos todas las facultades del ser.

¿Cómo es posible que tantos sermones tergiversen la enseñanza de Jesús en forma tan radical? ¿Qué es lo que nos hace querer flagelarnos y mortificarnos y destruirnos psicológicamente, y pensar que de esa manera estaremos en condiciones de acercarnos a Dios? ¿Por qué es que tenemos cultos de reavivamiento cada pocas semanas, y pensamos que esos ejercicios de destrucción del ser son beneficiosos? ¿Acaso la rutina de los cultos de reavivamiento no nos deja cada vez más “gastados” espiritualmente? La idea de que tenemos que sentirnos mal de ser quienes somos y pasar la vida desestimándonos, ¿es acaso una idea razonable y edificante? Al contrario. La religión de los cultos de reavivamiento que se basa en la deshabilitación del ser interior es una religión enfermiza y contraproducente. En vez de darle fuerza y vida a los que participan en ella produce seres espiritualmente pusilánimes que nunca alcanzan la madurez espiritual que el evangelio de Jesús proporciona.

Es cierto que la conversión frente al amor de Dios y el estilo de vida que uno adquiere al vivir conciente del amor de Dios no son momentos pasajeros de la vida, experiencias del pasado. La conversión y la reforma de la vida son algo que uno experimenta constantemente. Son experiencias que uno profundiza al vivir y que nunca dejan de ser necesarias. Vivimos en un mundo en que el bien y el mal están constantemente a nuestro lado y participamos en ellos en diferentes proporciones a cada momento de nuestros quehaceres cotidianos. Vivir es enfrentar circunstancias y hacer decisiones que crean circunstancias. Vivir es aprender a vivir usando nuestras facultades para hacer de nuestra vida una manifestación viva del poder del evangelio. Indudablemente que la voluntad debe ser ejercitada constantemente para no vivir empujados por rutinas, vicios, mala educación y empecinamientos. Nuestra libertad para actuar está limitada por los poderes que le dan energía: la salud, el tiempo, el dinero, la imaginación y la razón. Todo esto hace que en el transcurso de nuestra vida no hagamos siempre lo mejor, muchas veces ni siquiera lo bueno, y algunas veces, debemos admitirlo, hayamos hecho lo malo. ¿Acaso esto significa que somos personas malas que necesitan ser destruidas y que debemos abochornarnos públicamente cada pocos meses, o cada semana, y de esa manera facilitar que Dios nos reciba en sus brazos de amor?

Muchas veces me he preguntado, ¿Qué es lo que nos impulsa a participar en la religión de los reavivamientos? Es imposible para mi saber que es lo que impulsa a mis hermanos a levantar la mano, ponerse de pie, caminar al frente de la iglesia, o hacer confesión pública de algún pecado. Puedo, sin embargo, analizar mi propia experiencia en pasadas ocasiones, ya hace algunos años. Cuando jovencito, en medio de la turbulencia y las tentaciones de la adolescencia, consideré oportuno participar en esos rituales de purificación. Más tarde, en la mayoría de los casos, pienso, me sentí impulsado por la conducta del tropel. No quería ser la mosca en la leche. Además, la verdad era que sinceramente quería ser miembro de esa congregación y no tenía razones que me hicieran querer apartarme de mis hermanas y hermanos. Pero llegó el momento en que pensé que el predicador estaba manipulando mis sentimientos, me estaba usando para satisfacer sus necesidades de verse a si mismo como un líder espiritual. Al reconocer esta dinámica en lo que estaba pasando, con todo mi ser quise no ser parte de esas maniobras.

La religión de los reavivamientos surgió en el Movimiento por la Santidad que barrió las iglesias de Estados Unidos a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Era la religión basada en la necesidad de rescatar almas que de otra manera irían a parar en el infierno. Ellas iban a ser castigadas por un Dios que está lleno de ira contra los pecadores que no se arrepienten y comienzan a caminar en el camino de la santificación. El Movimiento Adventista comenzó en el seno de ese movimiento y adoptó los famosos “campmeetings”, retiros de una semana en el campo para reavivar los deseos de santidad. Eso de apartarse del “mundo” y re-consagrarse, en la mayoría de los casos, se convierte en un círculo vicioso de fracasos espirituales y dudas internas acerca de la posibilidad de alcanzar “la perfección” que Dios demanda. Muchos adventistas en los Estados Unidos todavía consideran ese tipo de religión la mejor, y se refieren a ella con nostalgia como “the good, old-time religión” (la religión de los buenos viejos tiempos). Si bien la designación, que yo sepa, no ha cruzado la frontera, esa nostalgia por la religión de ayer es sentida en otras partes.

Es hora que como cuerpo espiritual dejemos de añorar un pasado que, en realidad, no fue tan bueno como lo imaginamos. Buscando señales de que su alma inmortal iba a escapar los fuegos del infierno y gozar de las delicias del paraíso, llevó a aquellos cristianos a paroxismos de orgullo espiritual y la necesidad de juzgar al prójimo según prejuicios personales. Esa religiosidad del siglo XVIII mejor es que se quede enterrada en el pasado. Fue la religión de quienes estaban rebelándose contra la religión expresada exteriormente en rituales con pompa y despliegues de poder, y contra el intelectualismo del iluminismo. El siglo XXI requiere una religión que reconoce las contribuciones de la ciencia y la tecnología, confronta abiertamente las tentaciones del comercialismo que propaga la injusticia y la mala salud, y mantiene en alto el valor que Dios le da a los seres humanos tal cual son en si mismos. Para ello se requiere el uso responsable de el corazón, el alma, la mente y las fuerzas de un ser interior espiritualmente saludable y seguro, no uno enclaustrado en un círculo vicioso de fracasos neurasténicos y prefiere el sentimentalismo en vez del discurso inteligente.


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