Columna: Jesús nació. Aleluya!


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El 2 de julio de este año nació mi cuarto nieto en Baltimore, el estado de Maryland. Sus abuelos inmediatamente emprendieron un viaje de mil kilómetros para ir a verlo y celebrar su nacimiento. Llegar al hogar, felicitar a los padres, y tener en mis brazos al recién nacido fue un momento que quedará grabado en mi memoria para siempre. La alegría del momento era multiplicada por la certeza de que era un bebé sano y con un futuro abierto de par en par por delante. Con gratitud le dimos gracias a Dios por la llegada de Danielito. Esa visita a Baltimore fue un evento histórico en la vida de nuestra familia.

Para los cristianos, el nacimiento de Jesús es primordialmente un evento teológico. Nos dice algo de Dios. Lo mismo es cierto de su crucifixión. Ambos incidentes en la vida de Jesús pueden ser analizados por los historiadores, pero ellos no pueden, como historiadores, ver en estos acontecimientos la acción de Dios. El cristianismo occidental ha desarrollado su teología sobre la base de la crucifixión. La salvación de la humanidad fue realizada en la cruz. El crucifijo es el ícono por excelencia. Al morir Cristo pagó la deuda de todos los pecadores. Bajo la influencia de la cultura romana, occidente entiende la redención en términos legales. Todo delito requiere su paga. Hay que buscar la forma de ser justificado. Hay que reconocer, sin embargo, que al pensar que Jesús nació para morir en la cruz le estamos cerrando las puertas al futuro del bebé que nació en Belén.

El cristianismo oriental, por su parte, basa su teología en la encarnación. La salvación se realizó cuando Dios se hizo carne. El ícono por excelencia es el de la Madre de Dios con su bebé en la falda. El teólogo por excelencia no es ni Mateo, el preferido por los católicos, ni Pablo, preferido por los protestantes, sino Juan, el evangelista del Dios que se hizo carne para salvar a la humanidad. Al tomar para sí vida humana El Verbo (Logos) hizo posible que los seres humanos reciban vida eterna mientras viven en la tierra. Bajo la influencia de Platón, el cristianismo de Grecia, Serbia, Ucrania, Rusia, etc., entiende la redención en términos existenciales. No es la voluntad, sino el ser, lo que determina el hacer. Al nacer en Belén, Dios re-imprimió en la tierra la imagen de Dios que se había desteñido por el pecado de Adán y Eva.

Volviendo al tema de mi última columna, ¿cuál fue el daño producido por La Caída? En círculos adventistas esta ha sido una pregunta muy discutida. En mis días de seminarista, algunos de mis condiscípulos podían pasar horas argumentando sobre cuál había sido la naturaleza humana que Jesús asumió al nacer. ¿fue la de Adán antes de pecar?, ¿la de Adán después de haber caído?, ¿la de los contemporáneos de Jesús, con la herencia de más de cien generaciones de pecadores? Todos admitimos que fue tentado, pero ¿tenía él la inclinación, la disposición hacia el pecar? ¿Cómo podía él tener la naturaleza pecaminosa de sus contemporáneos y no quedar manchado por el pecado de Adán y sus descendientes?

Algunos mantenían que tuvo que tomar la naturaleza de Adán antes de pecar para no mancharse de pecado. Precisamente para poder afirmar que Jesús vivió sin pecado, con el correr del tiempo, la Iglesia formuló la doctrina de la inmaculada concepción de María. De esta manera, ni por parte de padre ni por parte de madre Jesús fue manchado por el pecado original. Claro está, la necesidad de separar a Jesús del pecado original surgió después de que San Agustín formulara la doctrina del pecado original como algo que se transmite en el acto sexual que produce al feto. Por el contrario, otros pensaban que si este fuera el caso Jesús no pasó por la tierra experimentando la tentación de la misma manera en que la experimentan quienes nacen en una humanidad caída. Quienes afirman que la última generación que vive en esta tierra y es trasladada al cielo en la Segunda Venida ha de estar viviendo vidas perfectas, sin pecar, necesitan afirmar que Jesús nació propenso a pecar, y por su vida demostró que es posible para un ser humano nacido en la humanidad pecaminosa vivir sin pecar. La última generación es la que alcanza a vivir sobre la tierra imitando perfectamente la vida sin pecado de Jesús.

Para la mayoría de los adventistas, sin embargo, la naturaleza humana caída no se caracteriza por la pérdida de ciertas facultades o la disposición para pecar, sino por nuestro estado de depravación que nos hace seres incapaces de hacer lo bueno. La condición humana es desesperante. Si este es el caso, ¿podemos decir que Jesús nació en esta condición? Confrontando esta encrucijada, estos adventistas, me parece, ven a Jesús como un ser totalmente divino. Nació con pleno uso de sus facultades divinas, las cuales le permitieron mantenerse fuera del alcance del pecado. Su participación en la vida humana fue sólo un medio para llevar a cabo la salvación.

Los debates que han enardecido a muchos adventistas en estas últimas décadas acerca de la naturaleza humana que Jesús asumió al nacer han sido debates estériles. Los participantes, y los que los observan, no adquieren más conocimiento a través de ellos. Estos debates reflejan el deseo de imponer diferentes requisitos de santidad sobre los que anhelan entrar por las puertas de perla de la Jerusalén escatológica. En otras palabras, estos debates permiten a ciertas personas pensar que ellas tienen el secreto de la salvación, y se lo pasan a otros con un paternalismo reprochable. Ellas revelan más su soberbia que su sabiduría.

Quienes insisten que la Segunda Venida no puede realizarse hasta que haya en la tierra un pueblo que vive en perfecta imitación de Jesús tiene que formular un Jesús que a pesar de tener toda la herencia pecaminosa de sus antepasados carnales vivió sin pecado.

El que ha de ser imitado no tuvo ventajas sobre los que deben imitarle. La vida cristiana es la vida que imita al modelo perfecto de un Jesús que vivió sin pecado en una naturaleza humana caída. No cabe duda que los seguidores de Jesús siempre lo han considerado el único modelo. Pero usar al modelo para definir su naturaleza es una distorsión de su función. Jesús es el modelo de fe. Nació como todos nacemos y vivió a favor de sus semejantes por el poder de su fe. El no fue a Jerusalén porque su destino ya estaba predeterminado, sino porque su fe en Dios se lo permitía. A eso es que se refiere Pablo cuando repetidamente escribe acerca de “la fe de Jesús”. Jesús nació para vivir la vida humana de fe, con plena confianza en el poder de Dios para vivificar a quienes viven bajo el poder de la muerte. Para eso nació “en la carne”. Por su vida demostró que es posible vivir y morir “en la carne” y recibir vida por el poder de Dios. Eso es lo que la fe realiza.

Prefiero pensar que debates basados en la construcción de “naturalezas” o “estados de perfección” imaginarios son similares a los que supuestamente nuestros antecesores sostuvieron acerca de la cantidad de ángeles que se pueden parar en la cabeza de un alfiler.

Jesús nació, y “crecía en sabiduría y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres”, y lo mismo voy a estar diciendo por los próximos doce años de mi querido Danielito. Durante esos años todos vamos a ayudarle a desarrollar la fe que da vida eterna.


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