Columna: La casa tiene rajaduras


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Me trajo algo de nostalgia y mucha alegría leer la entrevista, publicada en este sitio, que Alita Byrd le hizo a Alden Thompson. Desde que fue mi alumno en el Seminario de Andrews University, allá por 1966-67, he sido un admirador de Alden, y he seguido con interés su brillante carrera académica. Cuando su libro sobre la inspiración fue objeto de numerosos ataques inmerecidos, éstos sólo demostraron la necedad teológica de algunos. Es por lo tanto motivo de alegría saber que, a pesar de varios contratiempos y las tensiones experimentadas por él y algunos de sus colegas en Walla Walla, continua ejerciendo la docencia con integridad y éxito.

La entrevista despertó interés en un buen número de corresponsales que intercambiaron opiniones acerca de algunas ideas expuestas por Thompson. Entre otros temas, los que participaron en ese diálogo comentan acerca de lo que debiera ser la preparación educacional de los que desean entrar al ministerio oficial de la iglesia adventista. El tema no es nuevo y los argumentos que se aducen tampoco lo son, pero las consecuencias de las contradicciones evidentes en la denominación representan una amenaza real.

Los dialogantes lamentan que muchos de los que han cursado estudios avanzados en el Seminario, o en universidades, no encuentran empleo mientras que jóvenes que participan por tres meses en una campaña evangelizadora son inmediatamente empleados y poco tiempo después ordenados para ser pastores de iglesias importantes. Su educación teológica es, en algunos casos, la de clases de escuela sabática.

Este tema ha permanecido caliente en la estufa por cincuenta años y de vez en cuando el caldo se desborda hirviendo. Bajo la presidencia de Rubén Figuhr, un hombre de espaldas anchas y la cabeza bien puesta, la denominación decidió elevar el nivel educacional de los pastores y estableció un programa de becas que hacía posible un año de estudios post-grado. Pocos años después, cuando yo comencé a enseñar en el Seminario en 1965, se decidió que el ministerio adventista debía estar a la altura de los ministerios de las demás denominaciones protestantes y se puso en pie un nuevo programa de estudios de tres años para los futuros pastores.

Estos esfuerzos por elevar el nivel educacional del ministerio no han recibido el apoyo que se merecen, y el tema sigue siendo discutido, porque la denominación ha estado sufriendo una crisis de identidad. Esta crisis, en verdad, se debe a varios factores, pero uno de ellos salta a la vista. Mientras que la denominación tuvo sus orígenes y continúa aumentando su membresía entre personas de bajo nivel económico y poca influencia social, ella ha sido un agente efectivo para mejorar ambas condiciones. Esto hace que haya en la iglesia más de un universo simbólico haciendo posible referenciar el diario vivir de sus miembros.

Para los que no tienen tesoro en la tierra y esperan ansiosos la Segunda Venida, ganar “almas” e informar aumentos de bautismos es la manera de acelerar el establecimiento del reino de Dios. Esta es una tarea que sólo la iglesia adventista puede realizar como una organización que no participa en lo que sucede en “el mundo”. Esencialmente, el adventismo es sectario. Nosotros y sólo nosotros somos los elegidos de Dios. Esto me da mi identidad y, como tal, me siento extremadamente privilegiado.

Muchos adventistas, al contrario, viven una continua tensión entre el universo apocalíptico de la tradición adventista y el universo de las finanzas en que tratan de proteger sus bienes para garantizar el bienestar de sus descendientes en la tierra. ¿Acaso es malo proveer para las necesidades de nuestras familias? Si alguien tiene duda, lea el Libro de Proverbios.

Los adventistas que viven en países donde existe movilidad económica y social, viven “en el mundo” avanzando objetivos familiares, y muchos de los jerarcas de la organización eclesiástica se cuentan entre ellos. Se consideran portadores de una tradición que conserva valores auténticos, una tradición que re-instituyó elementos esenciales del cristianismo primitivo y que puede participar en el diálogo ecuménico. Mi identidad adventista está fundamentada en una identidad familiar que goza de estabilidad social y económica. En la iglesia busco significado para vivir en un mundo que, aunque perecedero, ofrece un futuro. De la iglesia espero consuelo para vivir.

Los que buscan consuelo quieren pastores capaces de interpretar el presente en toda su complejidad. Los que buscan una plataforma para dejar atrás este mundo quieren pastores que los preparen para un futuro que no está relacionado con el presente. Hace más de 50 años la denominación decidió que la preparación ministerial tenía que incluir estudios post-graduados. Pero desde entonces hasta hoy, presidentes de campo continúan haciendo pastores de personas sin tal preparación. Aparentemente piensan que el estudio del pasado y el análisis del presente no tienen nada que ver con el futuro que esperan. Es una tragedia, y la denominación continuará sufriendo las consecuencias de fundamentalismos que se niegan a considerar la realidad presente.

Afortunadamente los esfuerzos abnegados de docentes como Alden Thompson no son totalmente desperdiciados. Los centenares de alumnos que se sentaron en sus aulas son mejores personas como resultado. Pero la denominación no va a enfrentar sus graves problemas internos con dirigentes que no han sido formados intelectualmente a la altura de los desafíos que el presente les hará confrontar. La crisis de identidad dentro de la denominación no va a ser resuelta por quienes pretenden que no existe. Mientras tanto, la posibilidad de que las rajaduras en la casa se agranden perdura.


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