Columna: La Verdad del Cristianismo


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Ha sido difícil para los cristianos decidir en qué, en definitiva, consiste el cristianismo. Es por eso que hay varios tipos de cristianos. Muchos de ellos afirman que hay una sola manera de ser un verdadero cristiano. Su manera de ser cristianos es la única verdadera. En mi juventud, debo admitir, me contaba entre ellos, pero esa manera de ver fue una de las muchas cosas que dejé atrás al madurar en la fe.

El cristianismo protestante y evangélico se caracterizaba por definir al verdadero cristiano por las doctrinas a que daba su consentimiento. Para muchos adventistas este es todavía el elemento distintivo, aunque tal vez esto sea solamente en la teoría. Todos hemos oído anécdotas de evangelistas que bautizan personas sin haberles enseñado las doctrinas fundamentales de la iglesia. Se espera que antes de ser bautizados los candidatos sean examinados públicamente ante la iglesia acerca de las doctrinas. Solamente después de este examen pueden los miembros votar inteligentemente a favor o en contra de su integración al seno de la iglesia.

Los tiempos, sin duda, han cambiado. Hoy en día, pocos adventistas piensan que tener membresía en la iglesia es lo que hace al cristiano. La mayoría de nosotros reconoce que hay muy buenos cristianos en las diferentes denominaciones cristianas. Poniendo a un lado nuestro concepto de “la salvación”, dada nuestra más amplia visión de la gracia de Dios, muchos de nosotros gozosos admitimos que aún no-cristianos han de gozar también de la salvación. Esto quiere decir que, poco a poco, hemos estado perdiendo nuestras características sectarias. Hemos reconocido que reclamos de ser poseedores exclusivos de La Verdad salvadora reflejan nuestras ilusiones de grandeza, y no nuestra autenticidad. Si el orgullo, la exaltación del yo, es el primer pecado, la soberbia espiritual es el más letal.

Si concentramos nuestra atención en La Verdad, notamos que el dicho de Jesús, “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, no se refiere al consentimiento de doctrinas eclesiásticas sino al reconocimiento de Jesús como El Enviado del Padre. En el Evangelio de Juan, creer es ver en Jesús a Dios trayendo vida al mundo. En este contexto, La Verdad que nos hace libres no está en unas palabras escritas en un libro que garantiza su permanencia de generación en generación, sino en nuestra confesión de fe en el Dios que actuó al enviar a Su Hijo al mundo. Los ojos de la fe pueden creer esto en todas las generaciones de la humanidad. Como bien lo dice el evangelio, “Bienaventurados los que no vieron (al Jesús carnal) y creyeron (en el Dios encarnado)”. La Verdad, que Pilato como persona educada consideró elusiva, era la persona que él sentenció a muerte. Al dicho evangélico le podemos construir confiadamente su opuesto: “Malaventurados los que vieron y no creyeron.” La verdad espiritual sólo puede ser vista por los ojos de fe.

En su Epístola a los Gálatas, Pablo usa la frase “la verdad del evangelio” en una polémica acérrima contra los cristianos de Galacia, lo que ahora es el altiplano central de Turquía. La polémica entre Pablo y los gálatas tiene que ver con la definición práctica del cristianismo, y para entenderla debemos anotar algunos datos.. Los sociólogos piensan que hay dos tipos de movimientos sociales de cambio. Unos son movimientos internos de reforma, y otros son movimientos separatistas. O sea, unos tratan de salvar a la sociedad a que pertenecen y otros consideran a su sociedad un caso perdido y quieren formar una sociedad alternativa fuera de ella. Sin duda, el movimiento que Jesús condujo en Galilea y Judea fue un movimiento de reforma dentro del Judaísmo y no un movimiento separatista. El trató de “limpiar” el templo. No llevó a sus seguidores a un templo aparte. Todos los primeros cristianos eran judíos que se congregaban diariamente en el templo de Jerusalén. Según Hechos de los Apóstoles, Pablo en el año 58 quería estar en Jerusalén para celebrar la pascua judía. Indudablemente que durante toda su vida Pablo jamás dejó de considerarse judío, si bien muchos judíos lo consideraban un apóstata.

Pablo fue un judío que comprendió el significado de la crucifixión y resurrección de Jesucristo como una revelación radical del poder de Dios. La resurrección de Jesucristo fue nada menos que una nueva creación. Para él, Jesucristo, más que nada, tenía que ser visto como el Segundo Adán. Sobre esa base, Pablo reformuló el concepto básico del judaísmo: el concepto de su elección como pueblo escogido. Esto, por supuesto, encendió los ánimos de muchos judíos que eran cristianos y consideraban al cristianismo como un movimiento de reforma dentro del judaísmo. Para ellos sólo judíos podían ser cristianos. Para Pablo, en la nueva creación realizada en la resurrección de Cristo, los elegidos no son todos los descendientes de Abraham. Jesucristo es El Descendiente de Abraham, el elegido de Dios. Hay que pertenecer a Cristo. Hay que morir y resucitar con El, y así ser en El. La elección esta concentrada en Cristo y abarca a todos los que mueren y viven con El. Como bien lo dice Pablo en esta epístola, “Porque todos aquellos que han sido bautizados en Cristo [que es la representación de su muerte y resurrección] están cubiertos por Cristo. No hay ni judío ni griego, no hay ni esclavo ni libre, no hay varón y hembra, porque todos son iguales en Jesucristo”.

Esto quiere decir que no es necesario que los gentiles se hagan judíos para poder ser cristianos. Los elegidos en Cristo vienen a El directamente de cualquier parte de la humanidad. Pablo defiende esta comprensión de los resultados prácticos de la muerte y resurrección de Jesucristo como “la verdad del evangelio”. Seguramente que hoy en día ninguno de nosotros está dispuesto a montar una polémica similar para dejar que los gentiles se bauticen sin necesidad de ser primeramente circuncidados, y de esta manera mantener que el cristianismo es un movimiento de reforma dentro del judaísmo. Para Pablo, la creación del Cristo resucitado, el cual es un ser espiritual, fue un paso radical tomado por Dios con el propósito de atraer a Si toda la humanidad. La manera en que Pablo trató de mantener en balance su identidad judía y su visión universal de Dios no pudo ser mantenida pocos años después de su muerte. Ya para el año 90, cuando la mayoría de los cristianos eran gentiles, los cristianos y los judíos comenzaron un combate a muerte para establecer sus derechos a la herencia de Abraham que tuvo su consumación en el Holocausto del siglo XX.

La visión apocalíptica y universalista de la muerte y resurrección de Cristo difundida por Pablo no lo llevó a formular escenarios del futuro, sino a extraer consecuencias prácticas para el presente. Es imposible saber cómo hubiera reaccionado Pablo ante la evolución antijudaica del cristianismo, y la expulsión de los cristianos de las sinagogas. Es de suponer que él hubiera defendido su herencia judía y “la verdad del evangelio”. Esta trasciende los altibajos de la historia y no puede ser identificada con su aplicación práctica en una circunstancia particular. Seguramente que “la verdad del evangelio” no es que Jesucristo como El Elegido ha suplantado a los judíos. En realidad, Pablo piensa que debido a su pasado, como pueblo, ellos tienen muchos privilegios y algunas ventajas. Pero cuando estas consideraciones nos llevan a pensar que Dios no tiene libertad de acción, y a negar lo que Dios hizo en la muerte y la resurrección de Jesucristo, es necesario defender La Verdad del evangelio: que Cristo murió para ponerle fin al reino del pecado de Adán y que Dios resucitó al Segundo Adán para crear un nuevo reino de justicia en Jesucristo. Esta Verdad, como La Verdad que Pilato no vio parada frente a él, es una verdad para los ojos de la fe. Las explicaciones de esta Verdad, o los sistemas doctrinales que construimos sobre ella, no deben ser convertidos en sus sustitutos.

Yo confieso ser un cristiano paulino, siempre abierto a nuevas manifestaciones del poder de Dios y siempre dispuesto a reconsiderar las aplicaciones prácticas de La Verdad, en vez de defenderla estrictamente en términos de doctrinas del pasado. Como Pablo el apocalipticista, no me preocupo por escenarios que predicen los sucesos que traen El Fin, sino por el poder cósmico de Dios para cambiar el presente en que vivimos. Lo único del pasado que es inconmovible es el objeto de mi fe: El poder de Dios para crear vida donde reinaba la muerte. Esta creación es una demostración aún más imponente del poder de Dios que la creación ex nihilo, “de la nada”.


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