Columna: Unidad en la diversidad: ¿puede ser?


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Los que andan conforme al llamado de Cristo, dice San Pablo, son “solícitos en buscar la unidad” (Efe. 4:3). Pocos conceptos han sido tal mal entendidos como el de la “unidad”. Muchas veces se confunde unidad con uniformidad. En la realidad encontramos que no existe naturalmente la uniformidad de pensamiento, personalidad o modo de ser. Las diferencias personales, propias de nuestra condición creada, son una dificultad para el logro de la unidad de un grupo cualquiera. Lo natural es que “las aves del mismo plumaje se busquen y se junten”, por eso nos sentimos más cómodos con personas de nuestra misma nacionalidad, o raza, o clase social. Nos gusta estar con los que tienen los mismos gustos y creencias que nosotros. El trabajo consiste, entonces, en estar unidos –por ejemplo en pos de un objetivo común— con otros que no son como nosotros, o que no piensan exactamente igual que nosotros.

La iglesia no podía ser una excepción; es natural que entre sus miembros haya diferencias. Por ejemplo, unos piensan que las mujeres no pueden ministrar como pastoras en la iglesia, su sensibilidad cultural y su personalidad les haría sentirse incómodos. Otros piensan que “los santos” que deben ser “perfeccionados para la obra del ministerio” (Efe. 4:12) no son sólo seres humanos del sexo masculino, entre los “santos” también están las mujeres. El sacerdocio de todos los creyentes (1 Pedro 2:9) incluye a la mujeres entre los “creyentes”, de lo contrario los creyentes no serían “todos”.

¿Qué hacer con las diferencias? ¿Qué hacer cuando discrepamos en nuestros puntos de vista? En la iglesia, la primera preocupación debería ser evitar la fragmentación, los quiebres y los muros de separación, a fin de guardar solícitamente la “unidad en la diversidad”. Pero la preocupación por el peligro de fragmentación de la iglesia –que es una preocupación genuina— no debería provocar el intento de imponer “pensamientos únicos”, sino el de buscar “la paz” en la convivencia, y la unidad en el caminar con Cristo anunciando el evangelio. Este es el mensaje de Pablo en la Epístola a los Efesios.

En los días de Pablo había múltiples discrepancias en la iglesia, como puede esperarse en un grupo humano “normal”, ¡incluso de cristianos! Una diferencia en la manera de entender se refería a lo que era lícito comer (Rom. 14:2) o en cuanto a hacer diferencia entre los días de la semana (14:5). La cuestión de los alimentos permitidos y prohibidos religiosamente es una cuestión muy sensible para algunos cristianos hasta el día de hoy. (La cuestión de “los días”, en Romanos 14, probablemente tenía que ver con qué días de la semana era correcto ayunar).

¿Cómo encaró Pablo esta controversia? En primer lugar, debemos notar que no intentó definir quién tenía razón. Muchas veces nuestras diferencias son cuestión de “opiniones” (Rom. 14:1) y no de doctrina; (el problema es que a veces intentamos hacer doctrina de lo que no es más que nuestra opinión). La opinión es nuestra manera de ver las cosas. La doctrina es la obvia y explícita enseñanza de Cristo. ¡Es de vital importancia distinguir en cada caso cuál es la doctrina y cuál es mi interpretación de ella!

En segundo lugar, la exhortación de Pablo implica que las dos opiniones eran válidas, aunque diametralmente opuestas (Rom. 14:6). Es decir, lo que me resulta cómodo a mí, y tranquiliza mi conciencia, no tiene por qué ser necesariamente lo que a mi hermano le resulta cómodo y tranquilizador.

En tercer lugar, Pablo enfatiza que no debería haber contiendas (14:1) ni menosprecios mutuos (14:3) entre los adherentes a las opiniones opuestas. ¡Aquí está, precisamente, la fuente inmediata de la falta de unidad! Es la intolerancia a la diversidad la que ha causado múltiples fragmentaciones y discordias en la historia de la humanidad . . . y de la iglesia.

En cuarto lugar, el apóstol indica que no se debe juzgar a los discípulos de Cristo (14:4,10,13); ningún ser humano tiene ese derecho; los miembros de la iglesia no son miembros del “club” que yo fundé, o que yo dirijo, sino del “cuerpo de Cristo”. El único que puede juzgar, y decidir si nos corresponde estar afuera o adentro de la “comunión universal de Dios” que es la iglesia, es Cristo (14:10-13). Por eso Pablo dice que “cada uno de nosotros dará cuenta de sí ante Dios” (Rom. 14:12).

¿Puede ser más clara la exhortación de Pablo en esta materia? Si los cristianos hubiéramos aplicado estas instrucciones, habría habido menos fragmentaciones a través de la historia del cristianismo. Se habría dado la “unidad en la diversidad” que la Biblia trata de enseñarnos. Pero, por el contrario, ha predominado la actitud de excomuniones mutuas, como en el caso del cisma entre católicos y ortodoxos que culminó en 1054. O como la excomunión de los hermanos adventistas que usaban relojes con pulseras –considerados un lujo ostentoso— en la primera mitad del siglo XX, en Argentina, según nos relataba un pastor jubilado de ese país. Estos son sólo dos botones de muestra de lo que ocurre en todas las denominaciones y de lo que ha pasado en todas las épocas. Los dramas humanos que han sufrido los afectados por las excomuniones, y sus familias, y los costos eternos que esto significa son inimaginables. Sobre el derecho a expulsar a los miembros de la iglesia, escribiré en mi próximo artículo de esta columna.

Volviendo a “la unidad en la diversidad”, otro ejemplo ofrecido por la Biblia está en el hecho que los primeros cristianos de origen judío seguían circuncidando a sus hijos (1 Cor. 7:18; Hechos 21:20-21) y observando “las costumbres” de la Ley de Moisés (Hechos 21:20, 26), lo cual no era obligatorio para los cristianos no-judíos (Hechos 21:25; Hechos 15:1-5, 19-21). ¿Podríamos imaginar mayor diversidad que ésta? ¡Unos miembros de la iglesia circuncidan a sus hijos y otros no! ¡Es una diferencia en un rito fundamental, de iniciación! Y estaba tan bien practicarlo como el no hacerlo. Esto nos obliga a una profunda reflexión y discusión (en el buen sentido, de intercambiar ideas y argumentos pacíficamente).

En todo esto hace falta distinguir entre lo “esencial” y lo que es sólo “accidental”, para decirlo con el lenguaje y conceptos de Aristóteles. ¿Qué es lo esencial del cristianismo? ¿Qué es lo accesorio, que varía según el tiempo y el lugar sin afectar a la esencia? En este punto debo aclarar que la diversidad no puede ser ilimitada, no debe afectar a la esencia del Cristianismo. ¡De lo contrario los principios enseñados por Cristo degenerarían en lo que es opuesto a ellos! En una diversidad sin límites, ni distinciones entre el bien y el mal, el Cristianismo dejaría de ser el Cristianismo.

La “diversidad”, finalmente, también está representada en los diversos dones espirituales que recibimos los miembros del “cuerpo de Cristo” (Efe. 4:11-12). Y la “unidad” consiste en que todos los que recibimos “diversos” dones somos miembros del mismo Cuerpo de Cristo y contribuimos a su crecimiento. Es posible, entonces, que exista unidad en la diversidad.

Pero la unidad no se da por sí sola. Hay que buscarla esforzada y pacientemente. La meta es llegar a “un varón [y mujer] perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13-16). Esto quiere decir que la dirección y el sentido del crecimiento espiritual deben ir hacia la imitación de Cristo, escuchando atentamente su palabra, meditando en su significado y siguiendo su ejemplo. Esto implica hacer una autocrítica permanente y ajustar los cambios de rumbo que sean necesarios. Nadie dijo que es fácil, pero es lo que le da sentido a nuestra vida.


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