“Como ovejas en medio de la globalización económica”


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A propósito de la Escuela Sabática número 5 del trimestre pasado titulada Jesús y sus discípulos, José Manuel López Yuste escribió el siguiente comentario que después de las sacudidas económicas de la semana pasada cobra todavía más relevancia.

Releer un texto, o un conjunto de textos, para obtener respuestas a una pregunta dada, no es tarea fácil. Entre la sociedad agraria de la época de Josué, la posterior de los jueces de Israel, y las sociedades occidentales contemporáneas, hay una distancia considerable a nivel de estilo de vida, y de pensamiento. Nuestra cosmovisión religiosa es el resultado del enfoque del Nuevo Pacto o Testamento, como apunta Hebreos 1:1-2, no así la de dicha sociedad mencionada. Es desde esta perspectiva que nos podemos aproximar al Texto del capítulo 25 del Levítico. Evidentemente no hay que olvidar los textos propuestos, Mateo 10 y Juan 10:10 en la búsqueda de dicha finalidad perseguida en la siguiente reflexión.

Si evaluamos los riesgos de la situación, contamos con una posible mirada subjetiva que no sea lo suficiente representativa, pero también con el texto, como punto de encuentro intersubjetivo, como sujeto activo del acto comunicativo entre la divinidad y nosotros, lectores-receptores, con capacidad reinterpretativa de dichos mensajes. Así desde una mirada metodológica hermenéutica, se pretenderá que los contenidos textuales actualizados sean sugerentes, y capaces de potenciar el diálogo entre personas con inquietudes compartidas.

Entrando en materia, la primera idea que aparece en el texto es la de Dios como propietario, como terrateniente. La segunda cuestión es la de regular la dote del territorio a cada pater familias de su pueblo mediante un supuesto “contrato”. Mediante éste, se establece una relación de respeto hacia sí mismo, y hacia la explotación laboral de la tierra. Serán luz para otros pueblos. Para la mentalidad del israelita inquilino, convertido en nuevo propietario, podría ser cuestionada la sistemática matematización del tiempo de explotación, y de reposo. Se destaca el séptimo año de cada ciclo para que en un macrociclo de medio siglo se establezca un Día del Perdón. Parece que más que obsesionarse con producir por producir cosechas, fuente de riqueza, -o como mínimo de autoabastecimiento-, la finalidad sea corregir la tendencia natural del hombre a sobreexplotar la tierra, la gallina de los huevos de oro. Es decir, la manera cruda, cruel, y real de los poderosos de esclavizar a los débiles. Esta es la manía de estos superhombres nietzscheanos llamados a gobernar países, y a dirigir empresas, pagando el mínimo sueldo posible a cambio del mayor número de horas legales. Se trata de maximizar la racionalidad del beneficio productivo, sin darse cuenta del capital humano que la produce. Reconocer a Dios en nuestra gestión laboral, de dichos ciclos, es depender de su aprobación para disfrutar de su “auditoria”, y que ésta sea gratificante, y satisfactoria, para nuestra identidad personal y colectiva. Es como darle un uso respetuoso a la herencia de nuestros progenitores. Mantener una misma filosofía de empresa que nos dignifique a todos.

Me llama poderosamente la atención el grado de escepticismo, y de desconfianza, que Dios presupone que tenemos, y no sin motivo para ello. Explicita y da voz a una posible objeción crítica de nuestro sentido común: ¿Qué pasa si no cumplo con las condiciones de dejar la tierra descansar? ¿Qué pasa si no me ocupo de mi trabajo? Para muchos de nosotros este planteamiento no es una cuestión de fe, sino un imposible contractual con los jefes. Los israelitas a los que se les pide que le dejen a la tierra recuperar sus energías mediante un supuesto “barbecho”, habían sido alimentados durante cuarenta años a capricho. Para ellos era una realidad fáctica. Eran los huéspedes de Dios en su desierto. Nosotros vivimos los periodos del paro laboral como una desgracia de la que hay que huir lo más rápidamente posible. Nos movemos en otro parámetro paulino: el que no trabaje que lo haga si quiere comer. Sí o sí.

Lo que me queda claro es que el plan de Dios en la cuestión del “contrato” con la tierra es más ecológico, generoso, dependiente, y confiado para satisfacer las necesidades de todos de lo que siquiera nosotros podemos creer. Por otro lado, el hombre actual occidental no se cuestiona la relación con la tierra desde el respeto al Creador, sino más bien desde la preocupación por la carencia de fuentes energéticas que provocan todo tipo de males, como la sobreexplotación de dichos recursos hasta su agotamiento. No se le deja a la tierra descansar. No importa de quién es la tierra o qué gobierno se la ha apropiado en el devenir histórico. Lo que importa actualmente es quién se beneficia para su satisfacción de ésta. No siempre existe correspondencia entre el trabajo, y el beneficio, debido en parte a la avaricia de los intermediarios, casi siempre ejecutivos de grandes corporaciones, desligados de responsabilidad con la cultura autóctona. Explotan sus propiedades sin piedad, y a bajo precio.

La humanidad sigue instalada en el abuso Norte-Sur; hambrunas vs. abundancia de centros comerciales; sed de agua potable vs. campos de golf, y piscinas por doquier para disfrute del particular. Hay una larga exposición de tragedias personales provocadas por los éxodos en busca del paraíso perdido, y de la tierra prometida, defendida ésta bajo el grito de “la tierra es mía” y “vosotros sólo estáis de paso por ella como huéspedes míos”, en la medida en que las leyes de un país os acogen para su propio beneficio. Esto conlleva la mediatización de las identidades nacionales, revestidas de interés socioeconómico, simbolizadas bajo una bandera, e himno nacional, nos sumergimos en la lucha por la supervivencia, lo más salvaje o civilizada posible, en función de las circunstancias. Así defendemos o conquistamos “nuestra tierra” de los otros, percibidos como posibles potenciales enemigos visibles, o inventados, pero siempre instrumentalizados.

En un mundo globalizado, poderoso tecnológicamente, seguimos los hombres y las mujeres de los países ricos, desoyendo al Dios propietario que dice “la tierra es mía, y vosotros sólo estáis de paso por ella como huéspedes míos” Levítico 25:23. Es significativo que Rousseau dijese que el estado natural de igualdad del hombre se perdiera con la propiedad privada. Es decir, dudo que quisiese decir que no hay que tener patrimonio para ser moralmente bueno. Me da la impresión de que la cuestión para este pensador consiste en el uso instrumental que se hace de dicho concepto. Interminables hipotecas por liquidar, con la consiguiente insatisfacción que provocan las subidas de intereses. Y para más INRI, en época de crisis económica como la actual. Somos seres paradójicos. Esclavizamos libremente nuestro tiempo para beneficio de otros. Éstos son los verdaderos propietarios de nuestra vida espacial, puesto que nos han permitido obtener unos pocos, -casi siempre insuficientes-, metros cuadrados. Cambiamos tiempo inseguro de vida laboral por un espacio, sometido a la segura especulación arbitraria del sistema de mercado. Quizá aquí lo importante sea reservar tiempo laboral de relación con el Eterno, más que vivir para ser un precario propietario. La eternidad no hace énfasis tanto en lo que haremos como en el lugar concreto, preciso, y precioso, que disfrutaremos libre de cargas económicas eternamente.

Cuando Dios dice que “la tierra no debe venderse a perpetuidad”, quizá nos esté sugiriendo lo injusto que es especular con la fuerza de trabajo de las personas. No es agradable ser víctima de un sistema de usura bancaria. Afortunadamente en Levítico se vacuna contra esta tendencia egocéntrica. El antivirus es la relación sentimental establecida en el seno familiar. Aquí se establece la piedad, la compasión, el cariño, y la empatía, como fundamento del criterio corrector de la pobreza del ser querido. Es irónico que Aristófanes en sus comedias parodiase a Pluto como un dios ciego. Así de caprichosa es la lógica del dinero. El capital acumula más capital, y viceversa. Las deudas incrementan más el déficit. Las grandes acumulaciones de poder económico en pocas familias generan una insatisfacción permanente para la gran mayoría. Solucionar este reparto es misión imposible. Deberíamos entender la humanidad desde la utopía. Se trata de ser guarda de mi hermano recíprocamente. Sólo los primeros cristianos, la iglesia apostólica, tenían una expectativa tan abierta a la esperanza como para intentarlo. El capital no se convirtió en propiedades sino en proyectos. Se invirtió en personas. En templos vivos. En buenas noticias. En lo más parecido a una familia. Nadie pasaba necesidad en un primer momento. Luego todo cambió.

Siguiendo con el tema de la especulación, ahora se trata de especular a nivel global con alimentos básicos para los más pobres de la tierra como es el caso del arroz, la leche…pero también la luz, el agua…En España las viviendas, compradas el último lustro, están perdiendo su valor de tasación hipotecaria. La ficción se ha convertido en una escalofriante realidad. Son las leyes arbitrarias y azarosas del nuevo Pluto, llamado libre mercado. De libre, poco, puesto que la mano invisible de A. Smith, ya se ha hecho visible en los nuevos agentes de la globalización económica: FMI, ( Fondo Monetario Internacional); Banco Mundial; OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico); OMC ( Organización Mundial del Comercio); Banco Central Europeo y la Comisión Europea. Se habla de libre circulación de mercancías, pero no de personas. Un sin papeles es una nueva forma de subclase social, sometida a la indefensión ante las mafias, en demasiados casos. Me atrevería a decir que es un condicionamiento legal que permite el aumento de la violencia social. Ésta es una respuesta bidireccional.

Muchos nos sentimos estafados por procurar un hogar, un techo, para nuestros hijos. Los sueldos no se adecuan al nivel de consumo del carrito de la compra. Este carrito regulador del IPC (Incremento de los Precios al Consumo) ya está distorsionado por principio. Así el trabajador padece la subida estratosférica de los precios, pero es convertida su fuerza productiva simultáneamente en un cubito de hielo. La subida de los sueldos se congela con gran facilidad. Y eso, en pleno deshielo de la Antártida. Esto tiene un efecto contradictorio para las familias. Levítico invita a que cada persona se sienta rica por pertenecer a una familia. La economía no se sitúa sólo en un plano personal, sino en uno más amplio, la consaguinidad. De ahí la idea de rescate económico ante los deudores. De ahí la práctica de avales bancarios exigidos en algunos casos a familiares, o amigos, para adquirir alguna propiedad.

En la Antigüedad, la esclavitud formaba parte de la mentalidad de los pueblos. Hoy en día legalmente no es así, según los Derechos Humanos, y las legislaciones de nuestros Estados. Ya hemos apuntado alguna sutil y novedosa forma de esclavitud. Se podría pensar que Dios no la acepta para Israel. Lo llama a la libertad. Lo sacó de casa egipcia de esclavitud. Ahora bien, se regula moralmente el trato a los esclavos de otras naciones, pero no se prohíbe. Nos sorprende que Dios la tolere desde un prejuicio de identidad nacional. Será de nuevo Pablo el que diga que esta estructura socioeconómica no es el ideal de Dios, pero no por ello permita abolirla a lo Espartaco, mediante revoluciones sangrientas. Sentirse persona sin barreras ni condicionamientos interiores es una revolución mucho más poderosa y pacífica. Gandhi con su mentalidad ya lo demostró. Los británicos no tienen duda de ello. Además este líder espiritual indio aprendió el pacifismo de los evangelios, según sus propias palabras. Este principio de trato con el esclavo no israelita sí que es innegociable para Dios. Se prioriza la lectura ética más que la socioeconómica. La primera permitirá que la segunda se desvanezca a lo Livio Andrónico, que obtuvo su libertad por concesión de su amo al traducir las obras de Homero del griego al latín. La cultura libera por ser siempre un valor añadido. También le sucedió a Daniel y a sus amigos. Conviene recordar que uno de los elementos más unificador, y relevante de la cultura es la identidad religiosa. De todo lo anterior, hay dos leyes o principios que regulan con su presencia todos los pormenores de los intercambios comerciales: la libertad, y la justicia, entendida ésta como proporcionalidad recíproca.

Ningún cristiano debería “esclavizar” económicamente a otro ahogándolo con intereses sobre los productos básicos para vivir. No es ético especular con el trabajo, la vivienda, y los alimentos de la humanidad.

Ningún cristiano debería tratar con crueldad económica a ningún ser humano, según Levítico 25:43. Más bien, todo lo contrario, con generosidad, a fin de que el Propietario del tiempo, y del espacio, Nuestro Dios, sea respetado en sus hijos.

Quizá cuando Jesús dijo que sus palabras nos enseñarían el camino de la libertad con mayúsculas, por ser más auténticas, nos estuviese diciendo más de lo que aparentemente estemos dispuestos a asumir. Cambiar un estilo de vida como el consumismo, no es sencillo para nuestra sociedad. Si somos esclavos de nuestras decisiones, qué bueno que éstas no nos coloquen en la situación penosa del israelita pobre. Que no nos condicionen por incapacidad involuntaria, ni tampoco por irresponsabilidad personal por perder la solvencia económica del propietario del Levítico. Eso sí temporalmente. Ser una carga económica permanente no es plato de buen gusto para nadie. Parece que te conviertes en ciudadano o persona de segunda categoría. Los tabúes sirven para hacer audibles las descalificaciones cómodamente silenciadas. No ser productivo, y ser superfluo para nuestro sistema socioeconómico, daña nuestra autoestima ante el prójimo, y ante Dios. Parece que nuestra personalidad fuese despojada de dignidad, desvelando y presuponiendo todo tipo de inutilidad oculta en uno mismo.

Cambiando de Testamento, el capítulo 10 de Mateo, es archiconocido en cuanto al tema de ser discípulos con poder para testificar. Lo podemos situar muy en la interpretación carismática, a causa de la espectacularidad de los acontecimientos que menciona. Nos deja a nosotros en evidencia aparente, debido a la poca espectacularidad del poder de Dios actuando a través nuestro. Parecería que el Espíritu Santo tuviese que manifestarse siempre así de contundente. Dudo que en nuestras sociedades de los reality shows no se desenfocase lo importante del hecho religioso, y se convirtiesen esos milagros en un reclamo de audiencia por sí mismos. El reino de los cielos se ha acercado, pero bajo unos condicionantes, que explica el propio ex-recaudador de impuestos:

  1. No se hace negocio del reino de Dios.
  2. Actúa la gracia de Dios a favor de cualquier persona.
  3. Funciona la ley de la reciprocidad de trato.
  4. Reproduce satisfacción inmediata por el éxito de la misión.
  5. El poder de Dios para cambiar situaciones extremas es un hecho empírico.
  6. Se les enseña en el valor como la astucia, entendida como prudencia, con toda una carga filosófica contextual, debido al helenismo de la Palestina del Nuevo Testamento. Así, la definición aristotélica de la prudencia sería algo parecido a la previsión inteligente de nuestras decisiones, calculando las posibles consecuencias de las mismas para evitar daños morales.
  7. Se les enseña la sencillez de la humildad en la búsqueda de un estilo de vida con alusiones al epicureismo. Alejado de los placeres que generan insatisfacción por la dificultad de saciarlos, o por su dimensión adictiva. Hay toda una lectura distorsionada del epicureismo, pero ellos eran los primeros críticos con una sociedad abocada al consumismo irracional de los placeres.
  8. No siempre la relación con Dios será fácil de vivir entre hombres no creyentes y crédulos, pero intolerantes, revestidos de fanatismo laico o religioso.

La religión de Jesús acuña un eslogan que resume magistralmente lo explicado: “Como ovejas en medio de lobos”. Es cierto, que la calumnia y la mentira son instrumentos para desprestigiar. Es cierto, que le pasó al Señor, y a sus discípulos. Y nadie estamos a salvaguarda de ello. Sean por los motivos que sean. Más vale ser desprestigiado por una buena causa, que por otros intereses más superfluos. La ventaja con la que cuenta el cristiano es que todas las injusticias hechas sobre nuestro nombre, y persona, por falsos cristianos, serán restablecidas por Dios, aunque no aquí y ahora ocurra siempre.

Me encanta el estilo de Jesús por ser paradójico su mensaje. Se aleja de triunfalismos superficiales. Salpica nuestras conciencias de autoengaños. Provoca una ruptura con el sentido común de un Judas, que también -se supone- respiró triunfalismo espiritual durante aquellos días.

Confesar a Dios ha de ser un secreto a voces. Se trata de ejemplificar públicamente la dimensión de privacidad, de encuentro personal a solas con Dios. Tenemos el privilegio de hospedar a Jesús con nosotros, y de ilustrar a otros para que deseen ser sus huéspedes. Dios quiere recompensar, regalar felicidad, y mentalidad positiva a todos. Lástima que no siempre se pueda materializar. La humanidad desoye mayoritariamente la buena praxis de dicho mensaje.

Trabajar “su tierra” en esta tierra debe ser una cuestión que no nos empobrezca ni esclavice con otros contravalores, distintos a los de su Espíritu de paz, amor, e integridad. Pese a la guerra y a la violencia presente en los mass media.

A todos nos gusta ser recompensados por el trabajo bien hecho. No sólo el dinero sino los regalos sentimentales, y las palabras de elogio sincero son de gran ayuda. Ser tratados así en nuestras instituciones religiosas, y en nuestras empresas, ha de ser magnífico. Feliz recompensa que atisba la verdadera promesa final. Vivir con Dios allí.

Finalmente, vivimos entre dos sistemas contrapuestos que aspiran a controlar nuestras decisiones. Somos seres contradictorios, ya que teniendo buenas intenciones a veces producimos hechos lamentables. Nos movemos entre aguas turbulentas o tranquilas según nuestro devenir macroeconómico. Nos rodeamos de falsas conductas religiosas y de seguidores auténticos del Maestro. Ambivalencia entre elecciones hacia la vida eterna prometida, y el camino de la decrepitud, senectud y decadencia que lleva al cementerio, a criar malvas. Liberar la conciencia a través de la ley de amor a Dios, o adormecerla en las cuestiones que afectan al prójimo, debido a leyes humanas injustas. Difícil solución para este enigma existencial. Salvaguardar la mente para cumplir con el Shemá, “Escucha Israel…”, o acabar esquizofrénico espiritualmente, por una mala lectura literal de las Escrituras. El ideal es disfrutar de la paradójica existencia, a veces muy dolorosa, esperando con prudencia, autenticidad, y seguridad en un marco de relación con Nuestro Dios, y Señor. Así, quizás nuestras contradictorias y precarias vidas puedan anunciar destellos débilmente luminosos de Nuestro Padre Celestial. Así, quizás otros se contagien de tener un dueño, tan paradójicamente generoso, capaz de considerarnos familia, rescatarnos a precio carísimo, y llamarnos a una vida de verdadera amistad libre.


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