Con el pasar de las páginas


(system) #1

...“TÚ ERES MI HIJO, YO TE HE ENGENDRADO HOY” Hebreos 5.5

Me gustaría enfocar la reflexión de este artículo inspirándome en dicha declaración divina. Quizá, dados los tiempos que corren en nuestra sociedad, debido a la irresponsabilidad familiar, sería más conveniente parafrasearla. Podría aludir mejor al espíritu con el que fue promulgada si cambiásemos un verbo. Engendrar por educar. Así apelaríamos a la épica, y a la heroica, al poner en circulación esa frase tan manida de la “educación en valores”.

De valor se necesita, y mucho, para llevar asumiendo ese plan de rescate de la fragilidad humana con éxito, desde hace ya algunos milenios. De valores de dicha hoja de ruta bíblica como responsabilidad, felicidad, obediencia, carácter, resiliencia, esperanza, empatía, buen humor, y amor, hablaremos.

Cierto es que el autor de Hebreos alude al contexto del sacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec. Cierto es que profundiza en la relación de Cristo, “en los días de su carne”, con su Padre, Dios de dioses, y Señor de señores, “Dios Altísimo” (He. 7.1). Cierto es que debido a las lágrimas de Jesús ante el sufrimiento de experimentar la muerte, el Padre lo resucitó para “ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (He. 5.9). Cierto es que como apunta el apóstol lo libró del poder de la muerte “a causa de su temor reverente” (He. 5.7). Actitud de empática respetuosa confianza.

Me encanta la imagen de Cristo resucitado y glorificado como León de la tribu de Judá, y al mismo tiempo, como Cordero inmolado. Una imagen de debilidad y fortaleza. Paradoja suprema. Un núcleo que enlaza dos realidades encontradas y entrelazadas en dos títulos nobles: Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Nacido de mujer y nacido del Espíritu. Carne que respira. Aliento corpóreo. Pies palestinos, polvorientos y sudorosos, pero también ojos israelitas entusiastas y contemplativos de horizontes perennes de elevada transcendencia. Transpirar tensión muscular facial en el madero, y soñar con abrazar relaciones distendidas pacíficas, y paradisíacas. Educado para ser Hijo, y Unigénito, Hermano, Amigo, Maestro, Mesías esperado, Sumo Sacerdote, Abogado, Víctima, Amado, Alfa y Omega, “Soberano de los reyes de la tierra, Testigo fiel, Primogénito de los muertos”, sencillamente, “Jesucristo” (Ap. 1.5). Sorbió con sus labios la copa llena de vida terrestre para que fluyeran de sus lilas venas océanos eternos de “leche y miel”, maná, símbolo y figura, del verdadero exilio celestial.

Como padre, y educador profesional, me inspira el proyecto que Jesús desarrolla en las Escrituras mediante sus actuaciones éticas. Es por ello que leyendo a Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UAB, en su libro: ¿Qué hay que enseñar a los hijos? Ed. Proteus. 2009, me pareció que había un espacio de encuentro, en el que el sentido común nos puede guiar en la apasionante tarea de educar a otros, reeducándonos a nosotros mismos, a la luz del referente por excelencia, Jesús de Nazaret , y prestando oído a dicha madre, y pensadora contemporánea. Es curioso que Dios Padre vehicula no solo biológicamente su paternidad hacia Jesús sino que la constituye también socialmente. Me explico, en la cultura romana de la época en la que Jesús crece, el hijo se constituía como hijo, en base a la declaración del padre, cogiéndolo en brazos, y no dándole bajo ningún concepto la espalda. Por lo tanto, tampoco en la cruz dejará de estar vigente este compromiso unilateral. Es evidente que Jesús recibe dicho respaldo público en su bautismo, según los evangelistas sinópticos. Así, se le concede presencia a “la voz del cielo, que decía: -Este es mi Hijo amado, a quien he elegido” (Mt. 3.17)

De esta manera el poder originario, la procreación, quedaba ligado al poder constituido, la figura jurídica de padre. De ahí que cobre relevancia la discusión de Juan 8.49 “ Lo que hago es honrar a mi Padre”. Los proverbios nos apuntarán que “el hijo sabio alegra a sus padres” Pr 10.1 Cada milagro, como la multiplicación de los panes y los peces, o la resurrección de Lázaro, manifestaciones extraordinarias de poder divino, son entendidas, y explicadas, por Jesús como una manifestación pública de su respeto y consideración al Padre, a su Abba. Y viceversa.

Al igual que Victoria Camps, pienso que ejercer la maternidad o la paternidad responsable va más allá del código genético, y es un acto educativo de máxima responsabilidad. Es una elección propia y asimétrica, ya que ningún bebé pidió venir a la existencia. Al igual que Cristo, solo quien se ha preocupado de incorporar el valor de la responsabilidad como un bien indiscutible, puede guiar a otros a caminar por dicha senda vital. Pienso que las enseñanzas bíblicas del honrar a los padres es tarea de los de nuestra generación volverlas a recuperar. Una primera medida será poniéndonos a nosotros mismos en el lugar que nos corresponde por estatus moral. Los hijos pueden ser devorados al igual que la tripulación de Ulises por dos monstruos, la sobreprotección, Esquila, y la indiferencia o desamparo, Caribdis. Como ejemplifica la vida de Jesús, saberse querido, es desarrollar un carácter capaz de navegar el timón de la personalidad sin perecer en dichas aguas turbulentas. Ser antes un náufrago como Jonás que un joven rico, dominado por la codicia, cuna de la insatisfacción perpetua. Educar en la responsabilidad exige asumir hasta las últimas consecuencias nuestras propias decisiones en la espacio-temporalidad. En nuestro caso, como padres y madres terrícolas cristianos, se debe vincular la responsabilidad a la capacidad de asumir dos conceptos interrelacionados: la vergüenza y la culpa.

La primera, la vergüenza, aparece implícitamente como un principio de respeto a la moral establecida, ejemplo de Adán y Eva, tras la caída. Hay que enseñarles que velar por su intimidad no está reñido con confiar en nosotros ante la tentación de fuga a recovecos psicológicos de aislamiento interior. Hay que enseñarles que inhibir pautas de conducta caprichosas es bueno para que no nos golpee esa vergüenza exterior delante del prójimo, en cualquier ámbito social que se interrelacionen.

La segunda, la culpa, aparece y se retroalimenta de manera más interior. Nuestra propuesta es enseñar a nuestros jóvenes, y a nosotros mismos, que si no se utiliza como mecanismo de motivación para conseguir autoestima, es mejor no retroalimentarla con pensamientos negativos, la mayoría de las veces generadores de sentimientos perjudiciales en todos los ámbitos. La culpa no tratada es fuente de destrucción total. Es como si tuvieses termitas en casa, y mirásemos hacia otro lado, pensando que no se caerán los muebles a pedazos. Así ocurre con la culpa y nuestra personalidad. Debemos vacunar a nuestros hijos para que se liberen de manera inteligente de esta lacra.

Ambos conceptos, de gran intensidad emotiva, la culpa y la vergüenza, deben apreciar en nosotros nuestros hijos, ya que siendo hijos de Dios amados en Cristo, los utilizamos de manera comedida, y responsable, en base a desarrollar la capacidad de aceptar con humildad los errores, y por lo tanto, la consecuencia de pedir y recibir la enseñanza del perdón. En boca de V. Camps, “pidiendo perdón le enseñamos a compensar sus fallos en la conducta” (p.27) ya que “la moral no es sólo una cuestión de razón, sino de sentimientos” (p.26)

Enlazando con la idea del perdón, como mecanismo responsable de nuestra liberación de culpa, y vergüenza, cabe apuntar la idea de educar para hacer frente al dolor, o su sinónimo actual, la resilencia. Eso que en la Biblia aparece como rasgo del Espíritu de Dios en el creyente, el dominio propio, para no ser derrotado por causa de los miedos ni de los sufrimientos. Caso de José, Job, David, Cristo, y una larga enumeración, en la que nos podemos encontrar cada uno de nosotros. Según, V. Camps, debe “la pedagogía paterna…enseñar a enfrentarse y a responder al dolor, a aceptarlo cuando es inevitable o cuando puede producir un bien mayor, y a rechazarlo, en cambio, cuando es inútil y superfluo” (p.29). “La transformación necesaria para que el sufrimiento inútil disminuya no se producirá si los niños de hoy crecen complacientes con su bienestar y ajenos al dolor de otros niños que son como ellos, sólo que más desgraciados” (p.31) No es superfluo enseñar a los hijos qué nos hace sufrir, y cómo lo afrontamos desde la valentía confiada en la acción humana, y divina. Se trata de enseñarles a no ser derrotistas, pusilánimes, y siendo capaces de desarrollar sus propios sistemas psicológicos de autocontrol.

El sentimiento de pérdida de un referente afectivo como un padre o una madre nos enfrenta a la necesidad de replantearnos el sentido de muchas situaciones.

Cada hijo nos brinda la oportunidad de construir una experiencia viva, y lo que haya que hacer día a día se irá construyendo, a veces desde la improvisación como ejercicio de libertad imaginativa. En los encuentros de Jesús con sus hijos e hijas hay esa lección personalizada. De ahí la posibilidad de tratarnos como seres especiales y únicos. De ahí la sorpresa de respuestas a dilemas éticos como el trato dado a la adúltera, a la samaritana…eligiendo la opción más significativa para todas las partes implicadas. Generando bienestar completo en sus destinatarios, y dibujándoles mejores expectativas en sus relaciones espirituales y sociales.

Sin incisos, sin ansiedades, sin agobios, pero dejándose la piel en el intento. Parafrasearé a Ortega y Gasset diciendo que yo soy a través de mis circunstancias. Sin embargo, estas no deben ser tan poderosas que me destrocen e invaliden como hijo de Dios. De esta manera, también nuestros hijos serán educados en este conflicto moral entre lo bueno y lo malo. De esta manera, aceptarán los reveses de la vida como un reto a superar mientras se construyen como hijos de Dios, y ciudadanos cosmopolitas del S.XXI. Así desarrollaremos el valor del carácter como concepto a considerar. Cito a V. Camps, “el niño reconoce el bien o el mal a través del juicio de sus padres o sus maestros” (p.23) Nosotros somos privilegiados porque el Padre se nos ha revelado y hablado por el Hijo. Hebreos 1.2-3 Esta es nuestra gloria, y nuestra guía.

Cada hijo es como escribir un libro que constantemente se está revisando y mejorando para perfeccionarlo, y convertirlo en la mejor versión de sí mismo. Siempre inacabo, siempre abierto a nuevas sugerencias, y para que él sea su propio autor necesitará que sepa regularse a partir de nuestra propuesta de ir regulando su comportamiento en las pequeñas acciones cotidianas. Yo no he encontrado mejores principios que los enseñados en el Salmo 119, Ex. 20, o Gal. 5 todos ellos en sintonía.

La finalidad de los textos mencionados es posibilitar nuestra felicidad. Así podemos decir que “el camino para ser feliz es aceptar la realidad…con sus defectos, con sus miserias, y sus debilidades” (p. 13) y “lo único que el humano puede y debe hacer…es aprender a distinguir y jerarquizar placeres y dolores” (p.14) Para mí no hay mayor dolor que sentirse alejado de Dios por diferentes motivos, y algunos propios de la irracional naturaleza caída en la que somos, y nos movemos. Como diría el salmista ocultas tu rostro y nos sentimos emocionalmente confundidos. “Escondes tu rostro, se turban” Sal. 104.29

Ya, ya sabemos afortunadamente que Dios no se oculta, pero el ser humano debe vivir el gozo del Espíritu, hecho rastro cercano de su presencia. Cristo en nosotros, olor de vida para saberse feliz. Convencimiento de que su Espíritu nos acompaña siempre en nuestra búsqueda, esa es nuestra dicha y felicidad. Como también nos apunta en el Sal. 104.28 “Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien”, y el Sal. 139.7-10 “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra.” Para ser feliz se deben de dar unas condiciones mínimas, según la autora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que venimos citando en las páginas 15 y 16: 1. “ No consiste en tenerlo todo ni en conseguir todo lo que uno se propone” sino en “aprender a superar y vencer las adversidades…la enfermedad, el fracaso, la muerte” 2. “Sólo se consigue en compañía” De ahí la invitación a servir al prójimo y la iglesia, la familia, el mundo laboral como vías establecidas para desarrollar la práctica del segundo mandamiento. 3. “Hay una búsqueda de felicidad que acaba siendo autodestructiva porque convierte en fin lo que sólo era un medio” Enumera los siguientes ejemplos: “la satisfacción de cualquier capricho, el recurso a los regalos como solución al aburrimiento, el consumo sin límites, favorecen la confusión de la felicidad con la satisfacción inmediata…las necesidades se crean y se cultivan” al ritmo de los mass media. 4. El buen humor es “una de las manifestaciones de la felicidad”. Señal inequívoca de plenitud interior, opino yo. Para ella, “no perder el humor, a pesar de todo, es un signo de inteligencia…de buena educación”. “El buen humor y la alegría son inseparables del amor y sin amor la vida es insoportable” (p.19)

Acabaré el artículo cambiando de género literario, escribiendo un poema que ejemplifica mi propia experiencia educativa a través del pasar de las páginas bíblicas, y del soplo del Espíritu de vida. Dice así:

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