¿Cristianismo en singular? El extraordinario malentendido (3/4)


(system) #1

[Este artículo es la tercera parte de la serie "¿Cristianismo en singular? El extraordinario malentendido." Consulta aquí la parte 1 y aquí la parte 2]

UNA RELIGIÓN ALTERNATIVA

Pero, ¿cómo es posible esto, si sabemos que Jesús fue un hombre profundamente religioso? Porque su religiosidad fue tan inesperadamente radical que sobrepasó todo extremo, todo límite, todo lo imaginable. Por eso su religiosidad se puede, y se debe, a mi entender, considerar como alternativa. ¿En qué sentido? Desde el momento en que Jesús cambió el centro, alrededor del que todo gira, del Dios del Templo al Dios de la vida; del Dios para unos pocos al Dios para todos; del Dios que condena al Dios que salva; del Dios irascible al Dios Padre; desde ese momento Jesús modificó, alteró, alternó, el concepto y la experiencia de la religión.

1. Jesús y el Templo

En los evangelios nunca se nos dice que Jesús acudiera al Templo para orar o para participar en los actos litúrgicos, sacrificios, ofrendas o ceremonias sagradas. Es verdad que, sobre todo en el evangelio de Juan, aparece con cierta frecuencia en el Templo. Pero siempre es para hablar al pueblo y explicar su mensaje, ya que era allí donde se solía reunir la gente. Para unirse a los sacerdotes en el culto religioso del Templo no acudió nunca, por lo que nos dicen los evangelios. Esto parece querer decir, por lo pronto, que Jesús no encontraba al Padre en el espacio sagrado del Templo, ni en el espacio sagrado del culto religioso. Jesús habló del Padre y habló con el Padre en el espacio profano del campo, del monte, de las calles y las casas, y en el tiempo profano de la convivencia con la gente, con toda clase de gente. Lo que, en el fondo, parece indicar que el espacio sagrado y el tiempo sagrado, es decir la religión tal como se nos presenta, no es el único medio, ni quizá el preferido por Dios, para encontrarse con Él. Ni las ceremonias religiosas que en el Templo se celebran son el medio preferido por Dios para relacionarse con Él. Jesús afirma que el verdadero culto a Dios, la verdadera religión, ya no va a estar limitada ni circunscrita a un lugar determinado, ni a un tiempo determinado, ni a unas ceremonias determinadas, ni a unas doctrinas determinadas, sino a una relación especial que se establece entre un Padre y sus hijos. Y si esto es así, ¿dónde queda la preeminencia de unas religiones sobre otras, si las pasamos por el filtro de Jesús, cuando lo definitorio de las religiones son los lugares, los tiempos, las ceremonias y las doctrinas?

Muchas personas tienen la experiencia de que es precisamente en un templo, en una capilla, en un lugar “santo” en el que los niños no pueden ser niños, y en las ceremonias sagradas donde encuentran a Dios. Pero a la luz de lo que cuenta Jesús, hay que hacer una advertencia capital: cuando el Dios que se experimenta en el templo no coincide con el Dios que acompaña nuestra vida en la calle, en el trabajo, en la convivencia con los demás, entonces el templo, la religión que le va pegada, y su presunto Dios son el engaño que pervierte la religión y que, por eso mismo, desautoriza al proyecto religioso. El Templo, el de entonces y el de ahora, seduce y embelesa a la gente. Pero es también un peligro, que permite ampararse en devociones y piedades mientras, como Jesús dijo, ésos mismos devotos y piadosos dejan en la miseria a sus padres. La religión, sobre todo el Templo, tiene esto de particular: es una experiencia tan arraigada en lo más profundo de muchos seres humanos que, para modificar semejante experiencia hay que jugarse la propia imagen, la propia capacidad de influencia, la propia seguridad. Quizá todo. Eso es lo que hizo Jesús en su enfrentamiento con la religión establecida, para proponer con credibilidad suficiente una religión alternativa que, en definitiva, era el desplazamiento de “lo sagrado como lo separado para lo divino” a “lo sagrado como interiorizado en lo humano”. Y ahí, ahí mismo, en lo humano y humanizante es donde todos podemos encontrarnos, católicos, ortodoxos y protestantes, cristianos y musulmanes y budistas, creyentes y ateos.

Lo dejó bien dicho el Padre, ya en el Antiguo Testamento: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.” (Oseas 6:6)

Y este espíritu profético fue recuperado por Jesús: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mateo 9:13)

El apóstol Pablo lo tenía claro también: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que os presentéis a vosotros mismos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” (Romanos 12:1)

2. Jesús y la Ley

Otra manifestación de la religión alternativa de Jesús fue su percepción de la Ley. Su enfrentamiento con ella se inició enseguida, desde sus primeras actuaciones en público. A fin de cuentas, el Templo era el centro de la religión israelita, pero al que acudían los judíos de tiempo en tiempo, muchos de ellos una sola vez al año. La Ley, por el contrario, acompañaba al fiel todos lo días, a todas horas, en todas partes. Se puede afirmar entonces que, para el judaísmo, más determinante todavía que el Templo, era la Ley. Y es precisamente en su forma de afrontar la Ley donde se ve más clara la actitud de Jesús con respecto a la religiosidad de su pueblo.

Jesús relativizó las normas de la Torá, pero a veces también las endureció. De forma que, junto a la generosidad liberal de Jesús, aparece igualmente en los evangelios el rigor estricto, que se centra en los asuntos verdaderamente serios de la vida. Lo más importante para Jesús no era la Ley de Dios, tal como la interpretaban los sesudos teólogos de la época, sino la vida de las personas. La Ley divina era importante en la medida, y sólo en la medida, en que aportaba felicidad y seguridad, dignidad, respeto y gozo de vivir en plenitud. Una ley que le amarga la vida a la gente, divide a los individuos y a los grupos humanos, que hace la vida más complicada y difícil de lo que ya es, una ley así, no viene ni puede venir de Dios. El origen de semejante ley estará, sin duda, en otra parte; por ejemplo, en intereses inconfesables de hombres sin escrúpulos y sobrecargados de voluntades turbias. Una ley que hace daño, lo único que sí se merece es la desobediencia. Porque someterse a semejante ley, eso sí que es inmoral y hasta escandaloso.

Y como decía antes, Jesús endureció hasta el extremo algunas de las exigencias de la Ley, las que tenían que ver con la humanización de la vida, y moderó las que tenían que ver con los preceptos rituales y cultuales, que eran los que definían realmente la religión de sus contemporáneos.

Jesús endureció las exigencias que se referían a la economía, a la supervivencia, porque afirmó de forma tajante que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero, porque ambos son incompatibles (Mateo 6:24). Endureció también las exigencias relativas al respeto a los demás: no sólo se trata de evitar la venganza, sino incluso el insulto (Mateo 5:22). Igualmente endureció todo lo que afecta al amor al prójimo, y en tres aspectos muy humanos: el amor al enemigo (Mateo 5:43-48), el amor al extranjero (Lucas 10:25-37), y el amor al pecador (Lucas 7:36-50). Además, endureció la obligación de los maridos de respetar la igualdad de derechos de la mujer (Mateo 19:1-9)

Pero igualmente suavizó otras exigencias legales, en concreto las que más tenían que ver con la religión, tal como la entendían los dirigentes religiosos de aquella época, y quizá también de ésta. Así, no dio importancia ninguna a las minuciosas y complicadas normas sobre la pureza ritual (Marcos 7:1-7). Tampoco a las obligaciones sobre el ayuno (Marcos 2:18-22). Menos importancia dio aún a las que le negaban su derecho a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, a los que frecuentaba y compartía con ellos comida y mesa (Marcos 2:15-17). Confrontó abiertamente los preceptos que le impedían tratar con gentiles e infieles (Mateo 18:17) o con prostitutas (Mateo 21:31 ss). Jesús prescindió, además, de las normas que limitaban el trato y la convivencia con las mujeres (Lucas 8:1-3).

Pero sobre todo, Jesús mostró una soberana libertad en cuanto se refería a las estrictas y deshumanizantes restricciones en la observancia del sábado. Estos casos son muy abundantes en los evangelios, señal clara de que estamos ante un tema de especial importancia. ¿Por qué esa importancia? No sólo por lo que significaba la fiel observancia del sábado para la religiosidad de Israel, sino porque precisamente, al tratarse de un asunto tan significativo, el comportamiento de Jesús mostró a las claras, quizá como ningún otro asunto, que para el Evangelio la salud, la vida, la dignidad de “lo humano”, la humanización de la vida está antes y es más importante que la santidad y la observancia de “lo religioso”. Por eso, Jesús quebrantó las normas religiosas sobre el sábado siempre para curar enfermos, aliviar sufrimientos, dignificar a las personas y alimentar a quienes pasaban hambre. Como ejemplo, uno: la curación en la sinagoga del hombre con la mano seca demuestra una cosa: que para Jesús es más importante la salud humana que la observancia religiosa. En aquellos tiempos, era el sábado el que estaba seco, mucho más que la mano de aquel hombre. ¿Lo podría estar hoy también?

3. “Lo sagrado” es “lo laico”

Este comportamiento de Jesús ante algo tan sagrado y religioso para sus contemporáneos como el Templo y la Ley nos muestra a las claras la hondura de lo alternativo de la religión de Jesús, que se hace incompatible con el proyecto de una religión que tiene su centro y su razón de ser en “lo sagrado” (un tiempo, un espacio, unas normas, unas doctrinas). El proyecto de Jesús, al contrario, se vive en lo profano, en lo laico, en lo secular, y tiene su centro y su razón de ser en “lo sagrado” como persona (el ser humano, sea quien sea y como sea) y, además, como persona vinculada a los demás seres humanos, en lo que es común a todos por igual. Sin diferencias ni desigualdades. Es decir, se trata de “lo sagrado” en cuanto presente en “lo laico”, lo que es común a todo el “laos”, el pueblo, la comunidad ciudadana, con su pluralidad de personas creyentes y no creyentes, y también con su pluralismo de creencias, convicciones y prácticas diversas.

Y si Jesús procedió así, no fue debido a una pretensión ingenua de originalidad. Y, menos aún, por el intento de inventar una especie de religión light, superficial, suave, a la carta y a al gusto de cada cual. Nada de eso. Se trata exactamente de todo lo contrario. El proyecto de Jesús es insospechadamente más exigente que cualquier otro proyecto religioso en sentido tradicional o convencional. Porque cualquier proyecto religioso conlleva, como componente necesario, la distinción, en tanto que el proyecto de Jesús se basa necesariamente en la comunión. Y de todos es sabido que es mucho más difícil unir que separa, y exige mucha más paciencia y comprensión, mucha más sabiduría y compromiso. Por eso las religiones separan, dividen, enfrentan a los creyentes con los no creyentes, y a los primeros entre sí. Y de esto no puede salir más que la intolerancia y la violencia. Por el contrario, el Evangelio une, supera distancias y diferencias, lima aristas y es siempre comprensivo y tolerante. De forma que los “presuntos cristianos” que no han procedido (o no proceden) así, son sencillamente traidores al proyecto de Jesús, por más religiosos que se sientan.

Quienes por afanes o preocupaciones de ortodoxia, dividen, separan, excluyen, marginan o condenan son los peores enemigos que tiene el Evangelio. Y también los peores enemigos de la propia Iglesia. Y hay que aceptar y reconocer (por muy doloroso que resulte) que este tipo de “enemigos” del Evangelio suele abundar entre las gentes más “religiosas”, a veces, las más “piadosas” y, por supuesto, en “los dirigentes y cargos de autoridad” y poder en la Iglesia.

4. “Lo laico” es lo nuclear porque está “por debajo”, es “lo de abajo”

El proyecto de esta religión y el proyecto de Jesús son incompatibles. Y por una razón que es muy fuerte y que entiende cualquiera. Jesús aceptó la función más baja que una sociedad religiosa puede adjudicar: la de delincuente ejecutado por blasfemo y subversivo. Como es lógico, semejante proyecto no encaja en modo alguno con el proyecto de la religión, que dignifica, da categoría y rango, y sitúa a sus representantes como notables en toda la sociedad religiosa. Por eso no es de extrañar que, con frecuencia, las personas más duramente intolerantes con los demás son precisamente aquellas que, desde su religiosidad, se han forjado a base de verdades absolutas, indiscutibles y, por eso, se sienten incapaces de tolerar lo que se opone a su manera de ver las cosas, sobre todo si son las cosas de Dios. Con todo eso quiso acabar Jesús. He ahí su originalidad y su grandeza. Como también la razón de su aparente fracaso. Y, en última instancia, el motivo de su palpitante actualidad.

Lo más importante que aportó Jesús de Nazaret es que cambió radicalmente nuestra idea y nuestra experiencia de Dios. Hasta el extremo de que se puede asegurar que Jesús representa la aportación más fuerte y determinante que se ha hecho en la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad. Quienes creemos en Jesús como origen y fundamento de nuestra vida espiritual no podemos pensar a Dios como ha sido pensado y vivido en la larga historia de las religiones. Hay en la revelación de Jesús una originalidad que modifica todo lo demás. Y, sobre todo, hay en la religión alternativa de Jesús, una forma enteramente original de pensar y experimentar a Dios, que hace posible y necesaria otra forma de relación y diálogo entre las religiones.

Cuando una religión pone por encima de todas las cosas la relación del ser humano con Dios como con un Padre, y no se ata sólo a lugares o tiempos sagrados, sino que se incardina en la vida corriente y secular de todos los días, es una religión verdadera; cuando una religión pone por encima de todas las cosas la dignidad, la salud, el respeto que merecen todos los seres humanos, y trabaja para que en su seno, y fuera de él, las personas sean más felices y se sientan más plenas, antes incluso que el cumplimiento de unos preceptos y normas, es una religión verdadera. En definitiva, cuando una religión tiene como columna vertebral humanizar la vida de aquí, como anticipo de la que viviremos allá, es una religión verdadera, sea la que sea.

5. El juicio final como medida de “lo humano”

Así lo creía Jesús. Porque cuando él cuenta, en Mateo 25:31-46, en qué consistirá el juicio definitivo de Dios sobre la humanidad, describe este acontecimiento, final de la historia y comienzo de la existencia en plenitud y definitiva, de forma que viene a decir, en último término, que Dios se identifica con cada ser humano, con todo lo que es sufrimiento, despojo y humillación inherente a lo humano, y en todas las formas que eso se puede producir y reproducir en la limitada y dolorosa condición de los seres humanos. Por otra parte, esa identificación y esta fusión de Dios con los humanos es tan fuerte y tan determinante que, cuando llegue la hora de la verdad suprema , la hora del juicio definitivo de Dios, lo único en ese momento que se va a tener en cuenta no va a ser lo que cada cual haya hecho o dejado de hacer con Dios, sino lo que haya hecho o dejado de hacer con los seres humanos con los que haya convivido.

Ese relato es un resumen o síntesis de lo más fuerte, lo más serio y lo más impresionante que Jesús quiso comunicar en su mensaje a los humanos, y es lo siguiente: Cuando llegue el momento supremo, lo que únicamente se va a tener en cuenta no va a ser la piedad, ni la religiosidad, ni la espiritualidad, ni la fe, ni siquiera lo que cada cual haya hecho o dejado de hacer con Dios, sino lo que cada uno haya hecho o dejado de hacer con los seres humanos. Los casos que allí se mencionan son las situaciones más bajas, las más humillantes y las que más detestamos los mortales, de acuerdo con lo que, en este mundo, se considera necesario para ser una persona que tiene éxito y sale adelante con comodidad y dignidad: la comida, el vestido, la salud, el acompañamiento, la libertad, la dignidad del extranjero sin papeles. Son situaciones de enorme sufrimiento, desde las que se hace una exhortación a la práctica del amor al prójimo. Si a un ser humano se lo despoja de alimento, de ropa, de salud, de otras personas que lo acompañen, de la dignidad de quien es libre, de los derechos de quien tiene y goza de nacionalidad, si a una persona se le quita todo eso, ¿qué le queda? Sólo una cosa: su condición de ser humano. Eso y nada más que eso. Con lo cual llegamos a una conclusión decisiva: mediante su encarnación en Jesús, Dios se ha identificado y se ha fundido con lo más básicamente humano, con lo que es común a todos los seres humanos, sin distinción posible.

Por eso se puede decir que el Dios en el que cree, o debiera creer el cristianismo es un “Dios diferente”. Diferente del Dios de las religiones, que es en el que, paradójicamente, tantos cristianos creen con toda seguridad y hasta con una convicción que ellos tienen como indiscutible. Y si lo que pretende la religión cabal es facilitar el encuentro con Dios, y éste es su hecho definitorio, algo queda claro en los evangelios, como ya hemos visto:

6. Breve resumen

1. Al Dios de Jesús no lo encontramos en el Templo, en sus rituales y ceremonias sagradas, ya que Jesús, para hablar con Dios y de Dios, se iba al campo, al monte, a la orilla del mar, o se sumergía en el bullicio de las calles o en la hospitalidad de las casas de los marginados.

2. Al Dios de Jesús tampoco lo encontramos en la incondicional sumisión a la Ley religiosa, con sus normas, sus observancias, sus prohibiciones, sus amenazas y sus condenas, ya que Jesús relativizó las leyes religiosas y sólo las admitió en tanto que servían para dar vida, plenitud, sosiego y seguridad a los seres humanos, respetar sus derechos y su dignidad, haciéndolos más felices.

3. Por último, y esto es lo más importante, al Dios de Jesús lo encontramos donde Jesús nos dijo que lo podíamos encontrar: en los otros, en todos los otros. Pero sobre todo, en los que pasan hambre y sed, en los forasteros que no consideramos de los nuestros, en los que no tienen nada que ponerse y andan desnudos y desarrapados, en los enfermos, en los presos de las cárceles, en los niños, que son la expresión antigua de los que carecen de los derechos y de la dignidad que ha de otorgarse a una persona, por el simple hecho de serlo.

Basta leer los evangelios para darse cuenta de que Jesús encontró a Dios en la soledad de la oración retirada. Esto por supuesto. Pero, además de esto, sabemos por ellos que también encontró a Dios en una forma de vivir que atrajo y sedujo a todos los últimos de este mundo, a las gentes peor vistas por la religión, a los que la observancia religiosa de entonces, quizá de ahora, marginaba y excluía; y que sin embargo atrajo a muy pocos de los principales e importantes, y a casi ninguno de los dirigentes religiosos.

Foto: "Jesús sonriente" por Francisco Badilla


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