Dotado para el servicio: Felipe


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(Traducido por Carlos Enrique Espinos)

El apóstol Felipe es un evangelista modelo. A muchas conferencias o asociaciones adventistas les gustaría tenerlo en su nómina. A la mayoría de los pastores adventistas les gustaría tenerlo como miembro de su congregación. Su variada e incluso carismática carrera nos da una idea de lo que era la Iglesia del Nuevo Testamento. Su trabajo misionero en Samaria, además, allanó el camino para extender la iglesia primitiva. Aunque hay poca información acerca de su ministerio, parece que Felipe no fue sólo un evangelista de éxito, sino que también fue muy eficaz discipulando a los nuevos creyentes.

Felipe me recuerda a un amigo mío que visitó la pasada Navidad a los miembros de su familia, los cuales pertenecen a mi congregación. Fuimos al centro de esquí en Telluride. Mientras íbamos hacia las sillas de ascensión, demostró una gran habilidad para hacer amigos al instante y, con frecuencia, la conversación derivó a asuntos espirituales. En el camino a casa, él recogió a una persona que hacía dedo. Una hora más tarde ya se habían hecho amigos, y lo invitó a la iglesia. Lo que más me impresionó fue su conducta amistosa y sus modales amables. Creo que mi amigo tiene el don de Felipe de dar testimonio con amabilidad.

Así que la pregunta se dirige a nuestra denominación: ¿Qué podemos aprender, como Adventistas del Séptimo día, del apóstol Felipe?

Cuando era un pastor relativamente nuevo me sorprendió, después de mi primer año de ministerio, ver lo fácil que es estar más preocupados por hacer que los nuevos miembros se ajusten a la imagen que tenemos para ellos, que velar para que ellos realmente se conviertan en discípulos de Jesucristo. He tenido miembros que están más preocupados por las “apariencias” que por un verdadero cambio de corazón. Por eso elaboramos listas que nos aseguren de que son “adventistas”. Cuando no se ajustan a la norma, se van. Al visitar a ex miembros de la iglesia de mi comunidad, la observación que he escuchado con más frecuencia es que la iglesia valora más que la asistencia sea “de la manera correcta” que la asistencia en sí.

Nunca olvidaré un viaje a un país que está fuera de América del Norte. Fui para hacer una campaña de evangelización; tras concluir la serie de conferencias, el corpus de los ancianos locales se quejaba de que ninguno de los conversos era lo suficientemente bueno para ser bautizado. Terminamos no bautizando a nadie, y hasta el día de hoy no sé si los posibles nuevos miembros alguna vez entraron a la iglesia.

En mi congregación local, mi prioridad número uno como pastor ha sido la creación de una sana cultura que alienta a discipular a los nuevos creyentes. Creo que cada congregación debería hacer una cuidadosa reflexión acerca de cómo hacer esto de manera más eficaz, y en el espíritu de Felipe. Las iglesias necesitan estar dispuestas para el cumplimiento de la misión bíblica de hacer discípulos.

Entonces, ¿cómo hemos cumplido nuestra misión de evangelizar, históricamente hablando? Me siento desafiado al leer Los adventistas y la evangelización en el siglo XX, por Howard B. Weeks (Washington, DC: Review and Herald, 1969). Aunque el libro necesita ser actualizado, es evidente que el registro sobre nuestra evangelización como denominación es heterogéneo.

Mientras estaba escribiendo mi disertación doctoral, que trata sobre la Conferencia Bíblica de 1919, estaba fascinado por las conferencias fundamentalistas sobre profecías, de la época de la Primera Guerra Mundial, que los líderes de la Iglesia Adventista en ese momento establecían como un modelo de lo que la Iglesia debería hacer. El giro del asunto es que los líderes de la iglesia estaban celosos del éxito que los fundamentalistas habían alcanzado.

Esto era especialmente conmovedor a la luz del hecho de que un buen número de evangelistas adventistas predijeron la caída de Turquía durante la “Gran Guerra”. Los adventistas fueron humillados cuando, a pesar de las advertencias de algunas personas, los evangelistas trajeron vergüenza a la iglesia. Esto creó las condiciones para la Conferencia Bíblica de 1919. Se desarrolló el sentimiento de que, si los exegetas adventista se habían equivocado, la unidad en la interpretación profética podría ayudar a evitar errores en el futuro. Por lo tanto, la mayoría de las transcripciones de la Conferencia Bíblica de 1919 versan sobre cuestiones de escatología—que lo más probable es que hoy nos haría dormir a muchos de nosotros. Sin embargo, esta cuestión era fundamental para los líderes del pensamiento en aquel entonces, que se sentían públicamente avergonzados porque carecían del éxito en la evangelización que tenían otros cristianos conservadores.

Históricamente hablando, los adventistas hemos sido buenos para llamar la atención del mundo a través de sorprendentes predicciones del fin. El problema que se plantea es si estamos dispuestos a preparar a otros para encontrarse con Jesús cuando regrese. En el espíritu de Felipe, tenemos que volver a evaluar constantemente nuestra forma de hacer evangelismo, y preguntarnos si sólo somos capaces de bautizar a los miembros, y no también de mantenerlos en la iglesia después.

Michael W. Campbell pastorea la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de Montrose, Colorado.


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