El árbol del ahorcado


(system) #1

A continuación ofrecemos el primer capítulo del libro Judas: el hombre al que Jesús llamaba amigo escrito por el antes pastor adventista y ahora empresario Juan Ramón Junqueras. La semana pasada CAFÉ HISPANO publicó los dos prólogos de dicha obra. Compre Judas: el hombre al que Jesús llamaba amigo en papel y en formato electrónico.

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CAPÍTULO I - El árbol del ahorcado

El crepúsculo, que convierte la luz del sol en lo que parecen pequeños dardos lanzados por el arco de un niño, tiene aún la fuerza para quemarle los ojos. Los tiene abiertos, casi fuera de sus órbitas. Mirar esa luz mágica es todo lo que podrá hacer el resto de la poca vida que le queda dentro.

Se retuerce como una culebra de agua, y después tensa las piernas, como buscando un apoyo que sólo existe muchos metros mas abajo. Pero no quita los ojos del crepúsculo. Se orina, y vuelve a retorcerse. Los dedos de sus manos se agarrotan, como si quisieran atrapar el aire que se le escapa.

Escucha un ruido, leve al principio. Le parece un crujido. Algo se mueve. Quizá la rama por la que ha pasado la cuerda no es capaz de soportar el peso, además del suyo, de un fantasma que lleva pegado a la espalda1. El cuello le arde. Su cabeza quiere separársele del cuerpo. Otro crujido. Pierde un poco de altura, pero no deja de mirar al sol, esperando que el paisaje, teñido de naranja y amarillo, grabe a fuego sus pupilas con un signo de perdón, entre la tierra y el cielo.

Ya su vida junto al fantasma que abrasa ahora sus recuerdos había sido una batalla entre los dos mundos que separa el horizonte. La lucha sin tregua entre la trascendencia y la revolución sangrienta. Había intentado combinar, fracasando casi siempre pero con pasión, la espera y la premura. No supo. Le pudo la impaciencia, la tierra. El Cielo dejó de ser prioritario para él. Y su amigo galileo se convirtió en fantasma desde ese mismo momento.

Muchas veces se había quejado al maestro. Le decía que nada valía la pena si no conseguía liberar a su pueblo de la bota extranjera, que pisaba el cuello de Israel sin clemencia. Que todo lo que hacía no era suficiente, que por mucha ayuda divina de que dispusiese, se le acababan las fuerzas cada vez más temprano, y más deprisa. Pero el galileo solía responderle siempre lo mismo:

“Yo confío en ti, en tu compromiso, en tu entusiasmo. Sé que pretendes lo mejor para tus hermanos. Cuando estoy cansado tengo tu hombro siempre dispuesto para recostarme, y tu abrazo me devuelve las fuerzas. Pero no debes equivocarte. Mi reino no es de este mundo2. Creo en ti, pero tú debes creerme a mí cuando te digo que las espadas no salvan a los pueblos, ni los acercan al Reinado3 del Padre. Y a lo que yo he venido no es a luchar por medio de la muerte, sino contra ella. He venido a salvar, no a destruir; no a matar, sino a dar vida en abundancia4”.

¿Lo salvaría a él ahora, después de lo que le había hecho, y de lo que estaba haciéndose a sí mismo?

Una nube negra le ensombrece la mirada. Ya no oye ni el murmullo de su propia alma. Deja de buscar aire y expira el suyo. No puede ver nada. Intenta abrir los ojos por última vez, llevarse el postrer recuerdo del sol, pero no le responden. Entonces, desesperado y sintiendo que no está preparado para morir, prueba a mirar desde dentro, y descubre el rostro del fantasma. Quiere creer que lo mira con compasión5. No le extraña. Lo había hecho muchas veces antes. Y expira el último pellizco de aliento. Babea, inerte ya. La rama cede por fin y, al impactar el cuerpo contra el suelo, sus entrañas se desparraman sobre el Campo del Alfarero6. Se llama Judas7. Los discípulos empezarán a llamarlo el traidor. Pero Jesús lo llamó siempre amigo

Último en las listas de los Doce8, su nombre va siempre acompañado de la connotación de “traidor” o “ladrón”. Entre sus compañeros es, posiblemente, el único que no proviene de Galilea9. Su apelativo “Iscariote” puede indicar que es originario de Queriot o Carioth10, una pequeña aldea del sur de Judea, por lo que su apodo significaría “hombre de Queriot”. Otros especialistas especulan con que Iscariote pueda provenir del término latino sicar, que significa “daga, puñal, o espada corta” (de la misma raíz vendría el término sicarii, o sicarios)11. Quizá proviene de la secta de los zelotes12. No podemos estar seguros. De lo que sí lo estamos es del significado de su nombre de pila: Judas, transcripción griega del hebreo Judah, que significa “el predilecto” y también “el alabado”. Parece irónico, pero es así. Es hijo de un tal Simón, y quizá algo más joven que Jesús, pues la tradición rabínica no contempla que un maestro enseñe a discípulos mayores que él13.

Las pinturas renacentistas lo muestran, tendenciosamente, con cara de judío taimado: ojos pequeños, pelo renegrido, nariz torva y barba afilada. Una tradición le hace ser pelirrojo14, motivo por el que las personas con este color de pelo fueron miradas con suspicacia durante siglos. Su nombre es, aún hoy, sinónimo de insulto: “¡Eres un Judas!”

APENDICE AL CAPÍTULO I

1.1.La postura de Orígenes me parece extremadamente aventurada. Además, la creencia en un más allá inmediatamente después de la muerte no está convincentemente acreditada por la Biblia. Más bien al contrario, la Biblia sostiene que entre la muerte física y la resurrección final no hay más que inconsciencia. Este intervalo está descrito en la Biblia como un “sueño”. No hay conciencia de lo que está pasando, o del tiempo que pasa (por ejemplo, Eclesiastés 9, 1-10, Juan 11, 11-14 y 1 Tesalonicenses 4, 14-15).

1.2. “Discípulos” son todos los creyentes que siguen a Jesús en su vida itinerante. Los “Doce” forman un grupo especial dentro del conjunto de sus discípulos. En cambio, los “apóstoles” o “enviados” son un grupo concreto de misioneros cristianos (más de doce, por supuesto) que viajaban por las distintas comunidades a difundir la fe en Jesús. Aunque los propios evangelios hablan de ellos como apóstoles, hubo muchos más apóstoles que estos Doce íntimos (PAGOLA, 2007: 274; RIUS-CAMPS, 2008: 190-192; GEORGE, 1986: 31). La elección de estos doce discípulos como una especie de embajadores del Reinado de Dios parece indicar que Jesús se percibía a sí mismo como rey: sólo los jefes de estado tienen derecho a nombrar embajadores y a delegar poderes en ellos.

1.3. En tiempos de Jesús se extendía hacia el norte hasta Tiro por un lado, y hasta Siria por el otro. Al sur estaba limitada por Samaria; el monte Carmelo al oeste, y el distrito de Escitópolis al este; además, el Jordán y el lago de Genesaret formaban el límite general oriental. Había allí mucha riqueza agrícola, pero sólo rentaba a los terratenientes (miembros de la realeza, nobles, etcétera.), ya que las tierras les pertenecían casi al completo, y las arrendaban a los lugareños por altos porcentajes del usufructo.

1.4. “Cuando Albinus alcanzó la ciudad de Jerusalén, dobló cada esfuerzo y tomó la determinación de asegurar paz en la tierra exterminando la mayor parte de los sicarii” (Flavio Josefo, Antigüedades Judías, XX, 208). El modus operandi de los sicarii era brutal: aprovechando las aglomeraciones de gente, las manifestaciones de protesta, o algún tumulto, se acercaban por la espalda a los soldados romanos o a los judíos colaboracionistas, y les asestaban una rápida cuchillada con su daga o espada corta. Prácticamente nadie se enteraba. Flavio Josefo asegura que en una sola operación podían asesinar a decenas de personas y salir indemnes. No obstante, algunos historiadores mantienen que los sicarii aparecen a partir de los años 40 o 50 del primer siglo, por lo que Judas no habría podido ser un miembro de este grupo de asesinos.

1.5. Los romanos consideraban a los zelotes terroristas, pero una parte de la población israelita los apoyaba. Tomaron el poder durante un breve lapso de tiempo, treinta años después de la muerte de Jesús. El término zelote es griego; en arameo se llamaban qannaim, de la raíz qanan (defender).

NOTAS:


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