El asunto del diezmo (y III): animando a la devolución del diezmo


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En la primera parte de esta serie se explicaron algunas prácticas y concepciones inadecuadas en relación con el diezmo. En la segunda parte se expusieron algunos principios de la Biblia y del Manual de la iglesia tocantes al tema.

¿Cómo conseguir que los miembros entreguen el diezmo, y lo entreguen a la Unión?

Considerado todo lo anterior, cabe preguntarse qué podrían hacer los dirigentes de la iglesia para animar a los miembros a ser fieles en la devolución del diezmo y a entregarlo a la Unión, como personalmente considero que es lo deseable.

Como indica el Manual, se debería «animar» a todos a devolver un diezmo fiel con «palabras de aliento pronunciadas con el espíritu del Maestro». Eso excluye el uso descontextualizado de pasajes como el de “me habéis robado” de Malaquías, tratando de hacer sentirse culpables a los hermanos, o el reproche paternalista de quien maneja datos estadísticos y reprende a la iglesia por no dar lo suficiente.

El enfoque debe ser siempre positivo. Para ello es importante que se expliquen estas cuestiones económicas en el contexto de lo que significa bíblicamente la iglesia. Por eso, antes de hablar de las donaciones de dinero es necesario asegurarse de que estamos construyendo iglesia entre todos: una iglesia participativa y dinámica, en la que se priorice la entrega personal a la entrega de los bienes, pues la donación siempre ha de ser consecuencia de un compromiso basado en la convicción, no de un arrebato de mala conciencia provocada por otros. Si no, sería un ejemplo más de tratar de construir la casa empezando por el tejado. Al igual que los frutos sólo pueden ser resultado de la fe y el amor previos, la fidelidad en el uso de los recursos sólo debería ser resultado de una clara comprensión de la iglesia y del compromiso personal correspondiente. Desde una perspectiva espiritual (la única que se puede tener sobre el asunto), es preferible “perder” las donaciones de quienes no han recorrido el camino previo, a “ganar” las de quienes lo hacen por mala conciencia.

Según este enfoque eclesial, es necesario generar un clima de confianza mutua entre todos los miembros del cuerpo de Cristo. Leemos sobre los primeros cristianos: «Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (Hechos 2: 44-45). Y: «Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad» (Hechos 4: 34-35).

Uno puede pensar: ¡Cómo eran los miembros de la iglesia de entonces, tan consagrados! Cierto; a la vez uno se pregunta: ¿Y cómo eran los dirigentes? ¿Por qué los hermanos confiaban en que sus donaciones serían gestionadas correctamente? Muy sencillo: porque todos veían lo que se hacía con los recursos donados. Ese mismo clima es el que hay que fomentar hoy, para lo cual es imprescindible la transparencia en todos los ámbitos, incluido el financiero.

En el nivel local, es importante que el tesorero de cada iglesia explique con detalle su informe de cuentas en asamblea administrativa, como suele hacerse en todas las iglesias una vez al año. Es un momento ideal para promover el enfoque positivo y de ánimo, y evitar el tono de reproche.

Pero en general los hermanos confían en los tesoreros locales, no sólo porque los han elegido, sino también porque saben que sus cuentas son auditadas por la Tesorería de la Unión. El propio tesorero tiene la tranquilidad de que esas revisiones anuales eliminan cualquier sospecha de fraude o malversación. La confianza no es fruto de una fe ciega en las personas, sino de saber que hay controles que impiden que se gestionen mal los recursos. Cuando en nuestra iglesia se dan casos de malversación se debe a que, precisamente por tener confianza en ciertas personas que siempre han dado muestras de integridad, se han relajado los controles establecidos por nuestras normas. Ni el tesorero debería sentirse molesto por ser controlado (todo lo contrario), ni el auditor debería sentirse incómodo ejerciendo su función.

Suelen darse más problemas de confianza con respecto a los dirigentes de niveles administrativos superiores. Es comprensible que los hermanos se pregunten adónde va a parar el dinero que entregan a la iglesia. Y la respuesta nunca debería ser: “Hermanos, confiad en nosotros, todo se gestionará con el máximo rigor”. Lo que la iglesia necesita son cuentas claras, y eso es lo que se está promoviendo desde las instancias más elevadas de la institución (véase Voces por la transparencia en la iglesia). Por ello, lo mismo que los tesoreros locales ofrecen su informe a los miembros, las tesorerías de los niveles administrativos superiores deberían ofrecer informes de la gestión de sus recursos. Como se explica en el artículo citado, la Asociación General publica un resumen del presupuesto mundial y ofrece a quien lo desee una copia completa del documento. Igualmente, los niveles intermedios, como las divisiones y uniones, deberían proporcionar esos informes.

En las visitas del tesorero de la Unión (o de la División) a las iglesias hay ocasiones en que ni siquiera se tratan estas cuestiones, sino que este ofrece una predicación, o varias, repitiendo una y otra vez el planteamiento esquemático de que Dios te bendice materialmente si devuelves el diezmo (a la Unión, por supuesto). Y muchos hermanos se preguntan: ¿Este hermano ha venido desde Madrid, o desde Berna, para darnos este mensaje? ¿Esto es lo que considera que debemos oír? ¿No siente además el deber de informar a la iglesia sobre la tarea administrativa para la cual ha sido elegido?

Y, en caso de hacerse una exposición sobre tesorería, suele limitarse a presentar de forma general algunos datos sobre proyectos, pero no hay una auténtica rendición de cuentas. No nos sorprendamos después si entre los hermanos corren rumores sobre si se ha gastado tanto en determinadas cosas, o si hay quienes cobran ciertas cantidades. Por esta razón, los miembros debemos tener información sobre la cuantía dedicada al pago de nóminas y complementos salariales a administradores y pastores para que seamos más conscientes tanto de nuestra responsabilidad en la devolución del diezmo como del buen uso que, por parte de la administración, se esté realizando de esos fondos. De la misma manera debemos saber a qué se destinan los diezmos y a qué las ofrendas, cómo se financian las diferentes actividades de los departamentos, qué dietas se pagan para los desplazamientos y actividades de los dirigentes y los miembros de los consejos, etcétera. Lo mismo sobre las instituciones dependientes de la iglesia, a las cuales destinamos parte de nuestras ofrendas. Antes de que los miembros pregunten sobre estas cuestiones al tesorero, éste debe haber dado explicaciones detalladas sobre ellas. Y si alguien pregunta, jamás debería tratársele como a quien hace mal por “desconfiar” de los siervosdel Señor, sino como a alguien cuyo interés por la marcha de la institución beneficia al conjunto de la iglesia.

Es cierto que la transparencia en ocasiones provoca que haya quienes, comparando cifras, planteen las cuestiones de este modo: si nuestra iglesia, o nuestro distrito, entrega más diezmos, ¿no debería beneficiarse de una mayor parte del pastel? Pero la respuesta a estos planteamientos no puede ser menos transparencia, sino más; también que el asunto se trate más frecuentemente en reuniones colectivas a fin de promover una cultura general sobre el asunto, y que se insista en un enfoque de la iglesia como proyecto común solidario que trasciende a la congregación local.

Porque si algo anima a los hermanos a entregar el diezmo a la Unión, no es un sentido legalista del deber, o el miedo a que Dios no le bendiga a uno si no es fiel hasta el último céntimo, sino la conciencia de que formamos parte del cuerpo de Cristo, y tenemos proyectos comunes de ámbito nacional o internacional. Pero para sentir eso, debemos conocer los proyectos y tener información completa sobre su desarrollo.

Con frecuencia, los dirigentes identifican la entrega del diezmo a la Unión con la confianza en Dios. Pero una cosa es fidelidad a Dios, otra confianza en la institución. Obviamente, todos creemos que la única forma de confiar en Dios es conociéndolo previamente; nadie instaría a un hermano a que confíe en Dios sin comprender antes cuál es su carácter. Igualmente, a quien aparta su diezmo para Dios y se pregunta qué destino concreto darle, en qué “alfolí” depositarlo, la única forma de hacerle ver que lo deseable es entregarlo a la Unión, es dándole a conocer el funcionamiento de esa institución. Primero el conocimiento, luego la entrega y el compromiso.

Una tendencia propia de las instituciones establecidas, y que es común en nuestra iglesia, consiste en ocultar los errores, procurando que nadie se entere de ellos. Ese proceder no sólo no es cristiano, sino que además es contraproducente, pues tarde o temprano se acaban filtrando datos y se generan rumores con versiones contradictorias y posiblemente hasta con exageraciones. La mejor forma de atajar estos problemas es informar de manera fidedigna de los errores cometidos. También en asuntos económicos debería ser así. Precisamente para evitar la desconfianza de los miembros, es necesario que los dirigentes reconozcan públicamente lo que se ha hecho mal, con el compromiso de que se evitará que vuelva a ocurrir (y con la consiguiente asunción de responsabilidades por parte de quienes hicieron lo incorrecto, por supuesto). Aunque quien ocupa cargos de responsabilidad siente la tentación de creer que esos reconocimientos socavan la confianza en la institución, lo cierto (y lo bíblicamente establecido: Mateo 23: 12; Efesios 5: 11; Santiago 5: 17) es que precisamente la fortalecen, pues la congregación comprueba que los errores tienen sus consecuencias y se atajan, facilitando que sea Dios quien dirige la obra. Y además mostrando arrepentimiento sí que se da ejemplo a la iglesia.

Volviendo a la iglesia local, sería positivo que los pastores explicaran a la congregación que el diezmo es un principio bíblico que atañe al ámbito privado de cada fiel, y que por tanto el manejo de la información sobre las donaciones de las personas debe hacerse y se hará porque no queda más remedio que alguien administre el dinero, pero siempre con la máxima discreción por parte del tesorero y el pastor. Convendría que el pastor local explicara públicamente que él no tiene intención de conocer los datos sobre entrega de dinero por parte de los hermanos, y que renuncia a controlar los recibos de donaciones personales de tesorería.

En relación con esto, sería deseable que la propia Tesorería de la Unión promoviera un procedimiento para que los datos personales de los donantes fueran manejados por el mínimo número de personas. Se puede establecer un sistema de códigos numéricos cuyo listado tendría la tesorería de la iglesia local, de modo que sólo el donante y el tesorero supieran quién entrega cada cantidad. El donante tendría el recibo que probaría que su dinero ha sido ingresado, y la Tesorería de la Unión comprobaría que todos los recibos están en orden, sin necesidad de que en las oficinas se sepa cuánto da este hermano y cuánto este otro. Por supuesto, sería un sistema voluntario, pues muchos hermanos desean que su nombre conste para recibir de la Unión el certificado anual de sus donaciones con el que solicitar la desgravación en la declaración de la renta. Pero al menos debería existir como posibilidad.

Conclusiones

El enfoque sobre la mayordomía siempre debe ser positivo y debe dirigirse a los aspectos más profundos de la misma: «Reconocemos el derecho de propiedad por parte de Dios mediante nuestro servicio fiel a él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diezmos y las ofrendas que entregamos para la proclamación de su evangelio y para el sostén y desarrollo de su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios nos ha concedido para que crezcamos en amor y para que logremos la victoria sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo fiel se regocija por las bendiciones que reciben los demás como fruto de su fidelidad» (Manual, págs. 45-46). Para alegrarnos por esas bendiciones, debemos conocerlas. Deben destacarse, por tanto, aspectos como la soberanía de Dios, la fe y la fidelidad, pero también otros como la solidaridad y la transparencia.

Comprendidas las bases espirituales del asunto, así como el modelo de iglesia bíblico, debemos esforzarnos por ser autocríticos y reconocer que ciertos planteamientos arraigados en nuestro medio pueden provocar daños, e incluso el efecto contrario al buscado, por lo que es necesario corregirlos.

Deben superarse los enfoques conductistas y legalistas, no sólo porque no son bíblicos, sino porque además chocan con la mentalidad posmoderna propia de nuestros días. Hoy es más cierto que nunca el principio de que a menor control sobre las personas, más fidelidad; a mayor libertad, mayor grado de compromiso; a menor presión sobre las conciencias, más gente buscará actuar con coherencia. Si no entendemos esto, seguiremos dando coces contra el aguijón y lamentándonos de que los hermanos “no son fieles”.

No debemos administrar nuestros recursos pensando en el ejemplo que podemos dar; en cambio, debemos “buscar el ejemplo”, es decir, solicitar y promover el conocimiento de lo que sí debe conocerse: no los datos privados de quién da cuánto, sino la información sobre los ingresos y los gastos generales, los planes, la gestión de los recursos… Si los administradores “dan ejemplo” con esas prácticas de transparencia, toda la iglesia se sentirá partícipe de un proyecto común y solidario.

No es aceptable que un mismo dirigente ponga énfasis en los detalles sobre el diezmo, y a la vez promueva la falta de transparencia y de limpieza en los procedimientos administrativos. No se puede exigir a los hermanos que confíen en los dirigentes, y que a la vez los dirigentes den mal ejemplo desconfiando de los miembros. Resulta absurdo y, sobre todo, inmoral que el dirigente desee controlar a los miembros, pero no esté dispuesto a rendir cuentas ante ellos.

La responsabilidad de los “laicos” no se limita a colaborar con nuestros recursos, ni consiste en delegar ciegamente toda gestión de los mismos a los administradores. Los buenos administradores desean que se conozca su gestión, y promueven la transparencia, sabiendo que así se genera la confianza; y los miembros de iglesia activos y comprometidos han de transmitirles su deseo de conocer esa gestión y de confiar en ellos no por quiénes son (todos somos falibles y corruptibles), sino por cómo actúan.

Solo si comprendemos estos principios cristianos podremos esperar que se cumpla la parte más hermosa de las palabras del profeta; y las leeremos no desde una perspectiva materialista, sino en su plenitud espiritual, como un pueblo unido en un proyecto: «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi Casa: probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, a ver si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3: 10).

(Se pueden leer las tres partes de esta serie en un solo artículo en el blog de Jonás Berea.)

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