El conflicto de los siglos y el problema del mal


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Una vez oí a alguien decir que las diferentes interpretaciones dadas a la epístola a los Romanos a través de los siglos es una síntesis de la historia del pensamiento cristiano. Esto pareciera verdad si recordamos la influencia de la carta más larga de Pablo en las vidas de Martín Lutero, Juan Wesley y Karl Barth, por mencionar unos pocos. Pienso que el apocalipticismo bíblico ha jugado un papel similar en la historia del adventismo.

Los comentarios de Uría Smith y otros muestran que desde sus comienzos los adventistas han encontrado en Daniel y Apocalipsis una filosofía de la historia, una cronología de los eventos finales y la razón para nuestra existencia como movimiento religioso. Más recientemente, varios eruditos adventistas, entre ellos Roy Branson, Kendra Haloviak, Jon Paulien, Chuck Scriven y Charles Teel nos alertan acerca de las exigencias éticas contenidas en estos libros. Al anunciar el fin de la edad presente, Daniel y Apocalipsis desenmascaran las pretensiones de los poderes y principados, y nos desafían a vivir como ciudadanos del reino de Dios, no de los reinos de este mundo.

El conflicto cósmico descrito en el Apocalipsis es el concepto teológico más importante desarrollado por Elena White. Ella empleó el tema del conflicto de los siglos para interpretar los elementos esenciales de la fe cristiana y las inquietudes distintivas de los adventistas. También lo aplica al problema del mal.

En el prefacio de su libro El conflicto de los siglos, ella dice que uno de los objetivos por los que fue escrito era “ofrecer una solución satisfactoria al gran problema del mal”.1 El objetivo de este ensayo es examinar el contenido de la “teodicea” de Elena White.2 Basándose en el apocalipticismo bíblico, ¿cómo entiende ella el mal? ¿Cómo compara la teodicea de ella con otras? ¿Qué preguntas despierta?3

El diablo aparece infrecuentemente en las discusiones filosóficas contemporáneas acerca del problema del mal. Alvin Plantinga y su discípulo Stephen T. Davis describen a Satanás, el ángel caído Lucifer, como la posible explicación del mal natural. 4 (La expresión luciférica es de Stephen Davies.) La descripción que ellos hacen de la actividad demoníaca de Lucifer, sin embargo, es breve y casual, incidental a la tesis que ellos desarrollan.

Otro estudio reciente del tema trata de corregir esta falta. En dos gruesos volúmenes, Gregory A. Boyd argumenta que “la perspectiva bélica” supera las faltas de las teodiceas clásicas.5 No sé de nadie que desarrolle esta idea más extensamente que Elena White.

Un esbozo de la teodicea de Elena White

Escuetamente, Elena White interpreta el mal dentro del marco de un conflicto cósmico en que Satanás juega un papel central. El trasfondo del conflicto es el amor creativo de Dios y su resolución final será la realización del amoroso propósito divino para la creación.

Puesto que Dios es amor infinito, creó seres capaces de apreciar su carácter y de corresponder libremente a su amor. Esta acción, sin embargo, implicaba un riesgo, puesto que las criaturas que pueden amar libremente también pueden libremente rehusarse a amarlo y rebelarse contra su creador. Lamentablemente, esto fue lo que sucedió, y esta rebeldía de la criatura es la causa de todo sufrimiento. La rebelión, sin embargo, es temporaria. Eventualmente, el pecado y los pecadores serán erradicados, y como resultado de este “terrible experimento” con el mal, nadie jamás nuevamente volverá a poner en duda el amor y la autoridad de Dios. El universo quedará seguro contra toda otra rebelión.

El diablo juega un papel principal en cada etapa de esta narrativa. Según Elena White, el mal se originó en el universo mucho antes de la creación del mundo con la rebelión de Lucifer, el más exaltado de los seres creados. Lucifer era la cabeza de las huestes celestiales y el querubín cubridor que oficiaba en la misma presencia de Dios. Dada su exaltada posición y su gran inteligencia, tenía un profundo conocimiento de la naturaleza de Dios.

Aun así, en un momento dado, misteriosamente Lucifer comenzó a resentir la autoridad de Dios. Cultivó su desafecto hasta convencerse de que Dios no era justo, y consequentemente decidió que no podía servir más a Dios. Lucifer también despertó sospechas entre sus compañeros, los demás ángeles. Los convenció de que Dios era un tirano que no merecía la lealtad de ellos y finalmente persuadió a una tercera parte de las huestes celestiales a que se unieran a él y rechazaran la autoridad de Dios. Cuando la oposición floreció en abierta rebelión, todos ellos fueron echados del cielo.

Con la expulsión de Lucifer y sus ángeles, el escenario del drama cósmico se trasladó a la tierra, donde Satanás trató de extender su rebelión haciendo que Adán y Eva rechazaran la soberanía de Dios. Dios había dotado a los seres humanos esencialmente con la misma libertad gozada por los ángeles al prohibirles comer del fruto del “árbol del conocimiento del bien y del mal”.6

Hablando a través de la serpiente en el Edén, Satanás persuadió a Eva—y por medio de ella a Adán—a dudar de la benevolencia de Dios y a comer del fruto prohibido. Con este acto de deslealtad a Dios, los seres humanos perdieron su soberanía sobre la tierra en favor del Diablo. Desde entonces, Satanás y sus ángeles han estado ocupados arruinando al mundo.

Esto quiere decir que el Diablo es el responsable por todo lo que amenaza la vida y el bienestar de la humanidad. Es la causa original de todo sufrimiento, desde los desastres naturales y las enfermedades orgánicas hasta los pecados personales en todas sus manifestaciones, incluyendo al orgullo, la indulgencia propia, la crueldad, el crimen y la guerra. Bajo la fachada de la actividad humana, la esencia misma de la historia es el conflicto entre Dios y Satanás, quienes procuran concretar sus contrastantes objetivos para con el mundo, a la vez que cada uno trata de contrarrestar y socavar la obra del otro.

Una pregunta obvia es: ¿Por qué permitió Dios que el Diablo persistiera en su rebelión? ¿Por qué no lo destruyó? o, al menos, ¿por qué no le impidió hacer caer a otras criaturas? ¿Por qué se le permitió extender su rebelión, fomentar el descontento entre los ángeles, tentar a Adán y a Eva y arruinar la reciente creación de la tierra?

Esta pregunta nos trae al aspecto más importante de la teodicea luciférica de Elena White, la noción del universo de observadores. De la manera como ella la concibe, esta tierra es el campo de batalla donde Dios y Satanás luchan no sólo por las almas de los seres humanos, sino por la lealtad de todo el universo. El universo está poblado de seres que son agentes morales. Los ángeles no caídos y los habitantes de otros mundos están observando detalladamente el conflicto entre el bien y el mal en la historia humana con el propósito de determinar si Dios merece su completa lealtad.

Esto quiere decir que la rebelión de Lucifer tuvo consecuencias trascendentales. No sólo consiguió que otros se unieran a su rebelión, sino que también consiguió que los cargos que él había levantado contra Dios tuvieran un efecto poderoso en los que no se unieron a su rebelión. Aunque no se habían rebelado, abrigaban profundas dudas acerca del carácter de Dios. Quizá Lucifer tenía razón, se preguntaban, y Dios es en verdad un tirano. ¿Sería posible que estuvieran sirviendo a Dios sólo por ignorancia? Quizá la miseria humana se debía a la mala administración divina, o, peor aún, a la crueldad divina.

Si bien el embate abierto de Lucifer contra Dios fracasó, de todos modos obtuvo una parcial victoria. Sus acusaciones pusieron a Dios en una encrucijada. Si destruía a Lucifer, las acusaciones del Diablo quedaban confirmadas. Dios sería visto como lo que Lucifer decía que era, un déspota que mantiene a sus criaturas sumisas escondiendo su verdadero carácter. Por lo tanto, en vez de destruir a Lucifer, Dios tuvo que dejarle vivir. La única manera de desalojar las dudas del universo que observa el drama divino era permitir que los principios de la rebeldía maduraran hasta que sus consecuencias autodestructoras quedaran expuestas a la vista de todos.

La cuestión central en el conflicto cósmico es pues el carácter de Dios, o, más precisamente, cómo las criaturas perciben a Dios. Para que el conflicto termine, Dios debe no sólo erradicar el mal, sino que debe hacerlo de manera abiertamente consistente con el amor. Lo que el universo de observadores necesita es un despliege “en vivo” de la naturaleza del pecado y del carácter de Dios.

Cuando las huestes de ángeles no caídos finalmente vean que las acusaciones de Lucifer no tienen fundamento, que Dios es soberanamente amoroso y digno de adoración, la causa de Satanás habrá perdido sus simpatizantes y Dios podrá finalmente destruirla. A fin de proveer “una base eterna de seguridad”, Dios le dio a Satanás tiempo para desarrollar sus principios “para que sean vistos por el universo celestial”.7

El plan de salvación es la respuesta de Dios a las acusaciones de Satanás. La encarnación y la crucifixión del Hijo de Dios manifiestan claramente el amor de Dios y demuestran que las acusaciones de Satanás contra Dios son mentiras. El dominio fundado en la crueldad y la tiranía es el suyo. Sus acusaciones contra Dios son la proyección de sus cualidades.

Para Elena White, la cruz fue el momento decisivo en el conflicto de los siglos, y de beneficio para todo el universo. Antes de la muerte de Cristo, el engaño de Satanás era tan efectivo que ninguna criatura comprendía plenamente la naturaleza de su rebelión. Pero su hostilidad para con Cristo desenmascaró a Satanás y lo reveló como asesino.

Cuando él derramó la sangre del Hijo de Dios, “el último eslabón de simpatía entre Satanás y el mundo celestial fue roto”. De manera que, “todo el cielo triunfó en la victoria del Salvador. Satanás fue derrotado, y supo que su reino estaba perdido”. A pesar de todo, sin embargo, el universo que observaba todavía tenía cosas que aprender, asi que el conflicto continúa. “En ese momento, los ángeles aun no entendían todo lo que el conflicto involucraba”.8 A medida que la historia humana sigue su curso, sin embargo, la naturaleza de la rebelión será plenamente entendida, y cuando esto suceda, Dios erradicará el pecado para siempre. “Satanás y todos los que se han unido con él en la rebelión serán cortados. El pecado y los pecadores perecerán, raíz y rama”.9

De esta manera, el concepto del conflicto de los siglos explica el juicio final. Muestra que la destrucción de los impíos “no es un acto de fuerza arbitraria de parte de Dios. Los que rechazan su misericordia siegan lo que sembraron”.10 El juicio final no es el despliegue de la venganza divina, sino el destino natural de quienes se desligan de la fuente de toda vida.

Dios no podía destruir a Satanás y sus huestes al comienzo del conflicto sin dejar dudas en las mentes de los observadores del universo. Cuando el plan de la redención haya sido llevado a cabo, el carácter de Dios habrá sido manifestado a todas las criaturas inteligentes. “Entonces el exterminio del pecado vindicará el amor de Dios”.11

En Elena White tenemos, entonces, enfáticamente una teodicea luciférica.12 El Diablo no es sólo un aspecto de su explicación del problema del mal; es el centro mismo de ella. El fue quien instigó un conflicto de proporciones cósmicas y quien es responsable por todo el mal y el sufrimiento. Lleva la culpa por todos los males que experimentamos. A la vez, el sufrimiento humano cumple un propósito importante: Contribuye al drama cósmico que finalmente vindicará el carácter de Dios y asegurará la tranquilidad eterna del universo.

Como teodicea, ¿qué representa el conflicto de los siglos? ¿Cómo se compara esta narrativa de la historia universal con otras teodiceas? Para poner de relieve su alineamiento, resultará provechoso compararla con otras opciones en materia de teodicea presentadas por John Hick.13

La teodicea de Elena White comparada

En ciertos aspectos, Elena White ve al mal tanto a la manera agustiniana como a la ireneana. Concordando con Agustín de Hipona, afirma lo absurdo del pecado y atribuye su origen al ejercicio del libre albedrío. Al igual de Ireneo de Lyon, enfatiza el desarrollo del carácter y considera que el mal provee valiosas experiencias de aprendizaje.

Un elemento agustiniano es la idea de que el mal se originó en la caída histórica de la perfección, más precisamente, la caída del nivel más elevado de la perfección creada. Otro es la idea de que el pecado es inexplicable e incomprensible. Ella afirma: “El pecado es un intruso y no hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable”.14

Encontramos un tercer elemento agustiniano en el valor que Elena White da al libre albedrío de las criaturas. Según ella, un universo poblado de seres moralmente libres es superior a uno con seres sin esa libertad. “Dios quiere que todas sus criaturas le rindan un servicio de amor y un homenaje que provenga de la apreciación inteligente de su carácter. No le agrada la sumisión forzosa, y da a todos libertad para que le sirvan voluntariamente”.15

En la teodicea de Elena White también hay elementos que se asemejan a la que John Hick denomina “ireneana” o “formadora del alma”. Según ella, los seres humanos fueron creados sin pecado, pero no perfectos. Estaban necesitados de un período de tiempo para desarrollar el carácter y convertirse en todo lo que Dios esperaba que llegaran a ser. “Dios los hizo entes morales libres, capaces de apreciar…su carácter y…les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia.…pero antes de darles seguridad eterna, era menester que su lealtad se pusiese a prueba”.16

Hick explica que según la teodicea ireneana, la caída era inevitable. En vez de una catapulta catastrófica que lanzó al ser humano desde la perfección a la perdición, la caída fue más bien una experiencia de aprendizaje, un paso importante de crecimiento hacia la madurez. Como hemos visto, Elena White condena el pecado como inexcusable y rechazaa la sugerencia de que Dios es, aunque sea en parte, responsable por él. Según ella, la caída de Adán y Eva fue distinta a la de Lucifer. Fue desastrosa, pero no tan desastroza como la de él.

Lucifer había tenido una revelación completa del carácter de Dios. Conocía las profundidades del amor y la bondad de Dios, de modo que su rebelión fue irreversible. Ya no había nada que Dios pudiera hacer por él. Adán y Eva no conocían a Dios de la misma manera. Además, su visión de Dios había sido distorcionada por los engaños de Satanás. Así que para ellos había esperanza. Una revelación más amplia de Dios podía hacerles volver a la obediencia y la lealtad.17

Otro aspecto ireneano de la teodicea de Elena White es el razonamiento de que un medio ambiente difícil puede contribuir al desarrollo moral del individuo. Para ella, como para John Hick, en el designio divino, el desarrollo del carácter era esencial para los seres humanos.18 Aun cuando la caída no era inevitable, su resultado produjo un medio ambiente beneficioso para el desarrollo moral. Cuando Adán y Eva cedieron a la tentación, la naturaleza humana quedó depravada, y en necesidad de la disciplina que solamente las dificultades proveen. A pesar de que este mundo está lleno de dolores es “un valle donde se forman almas”.19

Elena White se acerca aún más a la teodicea ireneana cuando señala que el mal produce beneficios que no se hubieran podido obtener de otra manera. El benficio principal favorece al universo de observadores. Como resultado del conflicto de los siglos, sostiene ella, la creación de Dios obtiene la completa seguridad de que el mal no volverá a surgir. Una vez que el pecado ha sido experimentado, y todos concuerdan en que es terrible, Dios puede destruírlo con la aprobación de todos, y nadie jamás ha de ser tan necio como para querer experimentar con él otra vez.

Por otra parte, hay que notar que ella nunca dice que el mal es inevitable, que en un universo de criaturas con libre albedrío, tarde o temprano, alguien tiene que rebelarse. Tampoco dice que el producto neto del mal es positivo, que al fin de cuentas las ganancias son más que las pérdidas. No es su opinión que, desde algún punto de vista, el mal valía la pena, no importa cuán malo haya resultado. (Ella se refiere consistentemente al “terrible experimento”.) Tampoco afirma que el universo no hubiera podido obtener completa seguridad de ninguna otra manera.

Lo que ella dice es que ahora el universo está inmunizado contra la rebelión de una manera como no lo estaba antes. El plan de la redención “vindica el carácter de Dios ante el universo”.20 “Después de haber pasado por tal prueba y experiencia, la creación no se desviará jamás de la sumisión a Aquel que se dió a conocer en sus obras como Dios de amor insondable y sabiduría infinita”.21

La teodicea de Elena White también se diferencia de las que Hick clasifica como ireneanas en varios aspectos importantes. Según ella, la caída no era inevitable, y Dios no es, en ningun sentido, responsable por el pecado. Además, no todos han de ser salvos. En última instancia, el universo estará poblado de seres que sirvan libremente a Dios. Pero esto no se debe, como en la explicación de Hick, a que Dios salvará a todos. Se debe a que Dios ha destruido a la oposisión. Como hemos visto, Dios puede hacer esto sin despertar sospechas porque ha esperado hasta que sus fieles seguidores ya no alberguen simpatía por la rebelión.

Como la mayoría de las teodiceas cristianas, la de Elena White combina la noción de una caída que se originó en la libertad de la criatura con la noción de que el mal contribuye a la realización de algo bueno. Lo que distingue a su teodicea es la manera como ella parece aumentar la amenaza que el mal introduce en el universo al mismo tiempo que disminuye las posibilidades de que ocurra.

En muchas teodiceas se considera razonable, aunque no excusable, que el mal surja en un universo donde existe la libertad. Tarde o temprano, de alguna manera, la rebelión tiene que surgir, y muchos piensan que era parte del plan de Dios que fuera así, puesto que las consecuencias del mal pueden ser “manipuladas”. O todo el mal es eventualmente redimido, o hay una preponderancia del bien sobre el mal.22

Para Elena White, al contrario, una catástrofe universal era una posibilidad real: en la práctica, la creación pudo haber rechazado por completo la soberanía de Dios, haberse aliado a la rebelión, y deshecho el plan de Dios. Si nos preguntamos por qué Dios siguió adelante con la creación a pesar de esta posibilidad, la respuesta podría ser que el porcentaje de probabilidad original de que surgiera el mal era muy bajo. Dios creó seres con la capacidad de amar, sabía que podían rebelarse, e hizo todo lo posible por prevenir la rebelión, salvo eliminar la libertad.

Elena White y el libro de Apocalipsis

La teodicea luciférica de Elena White hace que surjan varias preguntas bíblicas, históricas y filosóficas. Una pregunta obvia es: ¿Qué relación hay entre su visión apocalíptica y la del libro de Apocalipsis? En ambas la historia de la humanidad es el teatro del conflicto de proporciones cósmicas entre lo divino y lo demoníaco. La conclusión del conflicto traerá también el fin de la historia humana y el establecimiento del reino eterno de Dios sobre la tierra. Pero la interpretación que Elena White hace del conflicto es diferente a la del libro de Apocalipsis en algunos aspectos interesantes.

En el caso de los primeros lectores (oyentes) del libro de Apocalipsis, así como en el de las comunidades de fe en general, lo que está en juego es la soberanía de Dios. Lo que se preguntaban era si Dios tenía el poder requerido para imponerse sobre las fuerzas del mal que dominaban la vida de los seres humanos y arruinaban al pueblo de Dios. El libro de Apocalipsis contesta esta pregunta con un SI rotundo. Dios va a derrotar a sus enemigos en la batalla final y los va a aniquilar en el lago de fuego.

Una pregunta relacionada con esa es: Si Dios tiene el poder para derrotar a los impíos, ¿por qué no lo hace de una vez? ¿Cuánto tiempo más tolerará que su pueblo sea perseguido?23 Para Elena White, al contrario, la pregunta central no es si Dios va a destruir a los impíos, o cuándo lo hará, sino por qué los va a destruir. ¿Cómo es posible que un Dios de amor haga que algunas de sus criaturas dejen de existir?24

Desde la perspectiva de Elena White, no hay ninguna duda de que Dios es infinitamente superior a los que se le oponen. Puesto que el poder de Dios es la fuente de vida de todas las criaturas, la fuerza fundamental que sostiene todas las cosas, él puede hacer que alguien deje de existir en un instante. Para ella, el punto en cuestión en el conflicto no es el poder de Dios, sino el carácter de Dios, mejor dicho, su reputación.

En su descripción de los sufrimientos de los humanos al fin del tiempo, Elena White parece tener renuencia a asignar esos juicios a Dios. Según Apocalipsis 16, ángeles enviados por Dios vierten sus copas de ira sobre un mundo no arrepentido. En la descripción del tiempo de prueba, Elena White dice que “Satanás entonces arrojará a los habitantes de la tierra a la gran prueba final”.25

El contexto cultural de Elena White

También resulta interesante investigar la relación entre el concepto del conflicto de los siglos de Elena White y el ambiente religioso y social en el que ella vivió y formuló sus ideas. Sin el deseo de sugerir derivación, existen ciertas similitudes entre las preocupaciones de ella y las de algunos de sus contemporáneos.

En los Estados Unidos del signo diecinueve, las esferas celestiales, densamente pobladas de ángeles, jugaron un rol importante en varios de los movimientos religiosos que surgieron en esa época. Para los espiritistas, los muertos sobreviven como espíritus que a veces contactan a los vivos. Para los mormones, los seres humanos viven como espíritus antes de su vida terrenal, y continuarán su carrera después de la muerte en otras partes del universo. Para los adherentes de la ciencia cristiana, los seres humanos son esencialmente espíritus; la existencia física es una ilusión. Como algunos a su alrededor, Elena White creía que el universo está poblado por espíritus vivientes.

Algo similar ocurre cuando se indaga sobre la concepción de Elena White acerca de Satanás, el Diablo. Hay semejanzas marcadas entre su concepto del Diablo y el retrato de Satanás en El paraíso perdido de John Milton. En ambos casos, el Diablo es un ser magnífico que, a pesar de su caída, retiene buena cantidad de su majestad e inteligencia originales, y que está empeñado en difamar el carácter de Dios y socabar su autoridad. Exactamente dónde encaja su concepto del Diablo en la larga historia de las caracterizaciones de ese personaje es un tema para otra ocación.26

El conflicto de los siglos como teodicea

Desde una perspectiva filosófica, todas las propuestas para una teodicea deben ser evaluadas en virtud de su plausibilidad y coherencia. ¿Cómo afecta un examen basado en estos criterios a la teodicea de Elena White?

¿Tiene sentido hoy en día el concepto del conflicto de los siglos? ¿Está el universo poblado de seres inteligentes? ¿Vivimos en medio de seres invisibles? En el pensamiento de muchos hoy la respuesta es SI. Los ángeles se han vuelto populares últimamente. Aparecen en reportajes de revistas internacionales, en películas, y en series de televisión.

Millones de personas creen en el Diablo. Es un personaje familiar en películas y novelas. Figura en primera plana en una amplia esfera de eventos religiosos, evocando variadas respuestas, desde miedo, repugnancia y mofa hasta admiración y aun adoración. También ha tenido una actuación en la sicología popular.27

La mayoría de los estudios contemporáneos acerca del mal, por el contrario, no incluyen al Diablo. En sus muchos escritos sobre teodicea, John Hick no usa la idea de una caída de los ángeles anterior a la creación de la humanidad, o la noción de que el mundo está en manos de poderes demoníacos.28 De igual manera, escribiendo acerca de “horrendos males”, que caracteriza como “el más profundo de los problemas religiosos”, Marilyn McCord Adams no menciona al Diablo.29 A pesar de su omisión en el ámbito de la filosofía, la idea merece consideración.

En algunos casos, el sufrimiento puede ser de tanta duración, intensidad y magnitud que requiere una causa sobrehumana, casi de proporciones cósmicas, para poder ser comprendido. El holocausto de los judíos a manos de los nazis ha hecho que muchos ahora consideren la idea del Diablo como plausible. Otros ejemplos recientes son los miles que murieron el 11 de septiembre, la “purificación étnica” en lo que fue Yugoslavia, la masacre de millones en Rwanda y otros países africanos, y la continua matanza en el Medio Oriente.

Acercándonos más a casa, todos podemos pensar en personas que conocemos y queremos cuyos sufrimientos crueles y violentos claman por alguna forma de condenación cósmica. Algunos casos de sufrimiento son de una naturaleza que no nos permite explicarlos debido a las limitaciones del lenguaje. Sus orígenes tienen que estar más allá del ámbito humano. El Diablo provee la manera de comprender estos casos. En verdad, dada la condición actual del mundo, existe una gran necesidad de una teodicea luciférica.

Una defensa filosófica tiene que ser no sólo plausible, sino también coherente, y es aquí donde surgen dos preguntas acerca de la teodicea de Elena White. La primera tiene que ver con la relación del Diablo con Dios. La idea de un ser que se rebela contra Dios abarcando a todo el universo y se constituye en una seria amenaza al gobierno de Dios no cuadra con las ideas tradicionales de la soberanía divina.

En realidad, pareciera ser otra forma de dualismo. Según el cristianismo ortodoxo, todo lo que existe debe su existencia a Dios, el único ser que es todopoderoso y autoexistente. Dios trajo a la existencia a todas las criaturas, y el poder de Dios es el que las mantiene constantemente.30 Elena White está de acuerdo con esta noción. Ella escribe: “Todas las criaturas son criaturas dependientes de la vida de Dios”.31

Si todo le debe su existencia a Dios, ¿por qué tiene el Diablo tanto poder en el drama del conflicto de los siglos? ¿Cómo pudo un ser creado convertirse en semejante rival de Dios? ¿Cómo pudieron seres inteligentes pensar que podían ganar algo al rebelarse contra Dios si sabían que Dios podía aniquilarlos instantáneamente?

Se puede vislumbrar una respuesta a esta pregunta en el concepto central del conflicto de los siglos, el cual tiene más que ver con la percepción que con el poder. La pregunta central no es si Dios tiene el poder para reinar, sino si las criaturas lo perciben como el que merece reinar. Esto le quita el filo a la objeción de dualismo, pero lo hace poniendo gran énfasis en el universo de observadores, los millones de agentes morales que tienen que ser convencidos de que Dios merece plenamente ser Dios. Y esto hace que surjan otras preguntas.

Una de ellas tiene que ver con la posibilidad de desconfiar de Dios. En el drama del gran conflicto, el Diablo acusa a Dios de comportarse como un tirano. Dios, por su parte, pone en evidencia sus motivos a través de la larga historia humana. Las criaturas de Dios evalúan la evidencia y determinan que Dios es quien dice ser, un padre amante y benevolente que realmente se preocupa por sus criaturas. Con esto el Diablo ha perdido su causa y el conflicto queda concluido; el caso está cerrado.

Pero, ¿qué se puede decir de la idea del “Dios que se tiene que defender en la corte”? Es difícil conceptualizar a las criaturas de Dios evaluando las acusaciones de Satanás a la luz de la evidencia y determinando que Dios es verdaderamente, después de todo, benevolente. La idea requiere que exista una norma independiente de la benovolencia y que se pueda usar para evaluar a Dios. Muchos se niegan a aceptar esta idea por razones bien conocidas.32

Por otra parte, dado el estado ontológico de Dios, la noción de que las criaturas han de juzgar el carácter de Dios es muy problemática. Para llevar a cabo una investigación seria, tenemos que estar seguros de que la evidencia disponible no ha sido alterada. También tenemos que estar seguros de que somos capaces de evaluar la evidencia imparcialmente y llegar a nuestras propias conclusiones. En otras palabras, tenemos que tener confianza en la estructura de la realidad y en nuestro proceso cognitivo.

Sin embargo, siendo que Dios es el creador, está involucrado en cada aspecto de la realidad. Hay evidencia para ser evaluada sólo porque Dios la provee. Nuestras mentes trabajan de la manera en que lo hacen porque Dios las diseñó para que trabajen así. Como resultado, toda afirmación de conocimiento expresa implícitamente confianza en Dios. Descansa sobre el supuesto de que Dios es fidedigno. Esto, sin embargo, es lo que el gran conflicto pretende resolver. Pareciera que no podemos determinar que Dios es fidedigno a menos que asumamos que lo es. Estamos, pues, eludiendo la pregunta.

Si, por otra parte, acordamos dar por sentado que es posible para un ser humano investigar imparcialmente la fidelidad de Dios, no podemos menos que asombrarnos de que le tome tanto tiempo al universo de observadores ver que el pecado es autodestructivo y que Dios merece ser Dios. Si en realidad Dios es amor y los sufrimientos de este mundo son las consecuencias de haber rechazado a Dios, es difícil aceptar que a seres con mentes superiores a las nuestras les esté tomando miles de años llegar a esta conclusión. Después de todo, a los seres humanos con menos inteligencia se les pide que hagan decisiones con consecuencias eternas en mucho menos tiempo.

Otra pregunta acerca de la coherencia de esta teodicea luciférica tiene que ver con el concepto de un universo moralmente seguro. Según la descripción de Elena White, el conflicto de los siglos comienza con la injustificable exaltación propia de Lucifer y termina cuando todos los habitantes del universo son completamente leales a Dios. Se ha acumulado tanta evidencia a favor del amor de Dios y de lo absurdo del pecado que ninguna criatura pensante jamás volverá a abrigar la idea de rebelarse contra Dios.

Pero este recuento de la situación cambia la premisa de la rebelión de la perversidad a la ignorancia. El pecado ya era absurdo en el principio. Se originó en la persona que en todo el universo tenía menos razones para rebelarse, la que conocía a Dios mejor que ninguna otra criatura. Su pecado fue un acto de pura perversidad. Negó toda la evidencia.

De la manera como Elena White describe el fin del conflicto, al contrario, el pecado parece surgir debido a la ignorancia. Nadie jamás va a pecar otra vez porque la evidencia a favor del carácter de Dios es por demás obvia. Pero si Lucifer se rebeló en el principio a pesar de todo lo que sabía acerca del carácter de Dios, ¿cómo podemos estar seguros que en siglos venideros nadie hará lo mismo? Por otra parte, si suficiente evidencia puede prevenir que alguien peque, ¿Cómo pudo ser Lucifer, de entre todas las criaturas, el primero en pecar?

Pareciera, entonces, que estamos frente a un dilema. Si el pecado es cuestión de ignorancia, podemos tener confianza en la seguridad eterna del universo, pero no podemos explicar la rebelión de Lucifer en el cielo. Por el otro lado, si el pecado esencialmente es un acto perverso, entonces podemos entender la rebelión de Lucifer, pero no podemos tener la garantía de que algún ser, irracional e injustificablemente, no decida rebelarse contra Dios en el futuro.

Puede que estas preguntas sean sólo sutilezas filosóficas, las cuales son contestadas insistiendo en que el conflicto de los siglos debe entenderse como un símbolo religioso de grandes rasgos cuyo poder está a niveles de la experiencia que la filosofía no está equipada para descifrar. Al mismo tiempo, ideas importantes invitan a la reflexión cuidadosa, y el concepto del conflicto de los siglos es una de las ideas más importantes que tenemos. Es mi esperanza que estos comentarios contribuyan a convencernos de que ese concepto merece un diálogo abierto.

El conflicto de los siglos es un tema rico y desafiante. Juega un rol central en el pensamiento tradicional adventista, y en nuestros días, por varias razones, apela a la conciencia popular. Después del 11 de septiembre, una persona tan influyente como el presidente de los Estados Unidos ha calificado a los terroristas internacionales como “el mal”. Las fiestas navideñas trajeron el último episodio cinematográfico de la fantasía épica, El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien. De manera que la lucha entre el bien y el mal está latente en las mentes de la humanidad, tanto en la forma de un espectro que nos persigue como de un espectáculo que nos entretiene.

Por lo tanto, éste pareciera un tiempo propicio para que los adventistas tengan algo que decir sobre el tema. Tenemos un sentido vívido de la amenaza que el mal representa. El mal es real y poderoso. Pero creemos también que el mal es temporario, y esto es lo más importante que tenemos que decir: Cuando el reino de Dios venga, el conflicto de los siglos habrá concluido y el mal habrá llegado a su fin.

Referencias

1. Elena White, El conflicto de los siglos (Mountain View, Calif.: Publicaciones Inteamericanas, 1954), 14. La “visión” del gran conflicto que recibiera en 1858 proveyó la base para una seria de volúmenes titulada Spiritual Gifts [Dones espirituales]. Esta serie fue aumentada para formar una segunda de cuatro volúmenes titulada The Spirit of Prophecy [El espíritu de profecía], y finalmente ésta fue expandida en una serie de cinco volúmenes titulada The Great Controversy Series [Serie El conflicto de los siglos], que los adventistas generalmente consideran la opus magnum de Elena White y la expresión definitiva del pensamiento adventista. El conflicto de los siglos es el título del quinto y el más significativo de los libros de esa serie. 2. Usaré la palabra teodicea con un sentido amplio, en contraste con otros usos del vocablo, como cuando Alvin Plantinga hace una distinción entre “teodicea” y “defensa” en su obra God, Freedom and Evil [Dios, la libertad y el mal] (New York: Harper and Row, 1974), 28. Según Plantinga, la teodicea trata de establecer que una manera particular de enfrentar el mal es verdadera; la defensa sólo busca establecer que es posible (Ibid., 58). 3. Aunque el concepto del conflicto de los siglos tiene una importancia suprema en el pensamiento de Elena White, los adventistas no le han ddedicado el estudio que merece. En un singular y amplio estudio de este tema en Elena White, Joe Battistone lo considera su idea teológica central, el concepto que dio marco a la consideración de todos los demas temas que la inquietaban (The Great Controversy Theme in E. G. White’s Writings [El tema del conflicto de los siglos en los escritos de E. G. White] [Berrien Springs, Mich.: Andrews University Press, 1978]). La obra de Battistone, sin embargo, consiste más bien en una sintesis de la historia terrenal desde los orígenes del mal hasta la restauración de la tierra. No ofrece una evaluación crítica del concepto. Este artículo es un modesto paso hacia ese blanco. 4. Plantinga, God, Freedom and Evil, 58, y Stephen T. Davies, “Free Will and Evil.” [“El libre albedrío y el mal”] en Encountering Evil: Live Options in Theodicy [Haciendo frente al mal: Opciones latentes de teodicea], ed. Stephen T. Davies (Atlanta, Ga.: John Knox, 1981), 74–75. 5. Gregory A. Boyd, God at War: The Bible and Spiritual Conflict [Dios en guerra: La Biblia y el conflicto spiritual] (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 1997); Satan and the Problem of Evil: Constructing a Trinitarian Warfare Theodicy [Satanás y el problema del mal: Construyendo una teodicea bélica trinitaria] (Downers Grove, Ill.: Inter-Varsity, 2001). 6. “Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley;…pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata. Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada”. (Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), 30. 7. Elena G. de White, El deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), 706–10. 8. Ibid., 706–10. 9. Ibid., 712. 10. Ibid. 11. Ibid., 713. 12. Más aun, Elena White también nos provée una teología luciférica. El Diablo juega un papel principal en todas las doctrinas centrales de la fe cristiana, incluyendo la creación, la salvación, y los eventos finales. Su enfoque desmiente la opinion de Jeffrey Burton Russell. Según él, “la creencia en la existencia del Diablo no es parte del corazón del cristianismo”. Russell, Mephistopheles: The Devil in the Modern World [Mefistófeles: El Diablo en el mundo moderno] (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press), 299. El libro de John Hick, Evil and the God of Love [El mal y el Dios de amor], ed. rev.(New York: Harper and Row, 1978), ofrece la más influyente presentación del problema del mal que apareciera en el siglo veinte. Sintetiza dos respuestas al problema: la teodicea de San Agustín, que es esencialmente la defensa del libre albedrío en sus diferentes formas, y la teodicea de San Ireneo, la perspectiva preferida por Hick, que enfatiza las contribuciones hechas por el sufrimiento para el desarrollo del carácter, o “la formación del alma”. 14. White, El conflicto de los siglos, 546–47. 15. Ibid., 547. 16. White, Patriarcas y profetas, 29–30. 17. White, El deseado de todas las gentes, 709–10. 18. “Sin libre albedrío, …no habría sido posible el desarrollo del carácter”. White, Patriarcas y profetas, 30. 19. Ibid., 42. 20. Ibid., 55. 21. White, El conflicto de los siglos, 558. 22. Esta parece ser la posición de Alvin Plantinga. “Un mundo con criaturas que tienen libertad a un alto grado (y que son capaces de libremente hacer más acciones buenas que malas) tiene más valor, si las demás condiciones son iguales, que un mundo carente de criaturas con libertad”. God, Freedom and Evil [Dios, la libertad y el mal], 30. 23. “¿Cuánto.hemos de esperar, Señor, santo y verdadero, para que tu juzges y venges nuestra sangre de los que moran en la tierra?” Apoc. 6:10. 24. Agradezco a Ernest Bursey por haberme sugerido esta pregunta. 25. White, El conflicto de los siglos, 684–85. 26. Probablemente, el estudio más completo de las concepciones del Diablo en los últimos años son los cuatro volúmenes de Jeffrey Burton Russell, publicados por Cornell University Press: The Devil: Perceptions of Evil from Antiquity to Primitive Christianity [El Diablo: Percepciones del mal desde la antiguedad hasta el cristianismo primitivo] (1987); Satan: The Early Christian Tradition [Satanás: La tradición temprana en el cristianismo] (1989); Lucifer: The Devil in the Middle Ages [Lucifer: El Diablo en la edad media] (1989); Mephistopheles: The Devil in the Modern World [Mefistófeles: El Diablo en el mundo moderno] (1990). Otra valiosa contribución a la literatura sobre el Diablo es Elaine Pagels, The Origin of Satan [El origen de Satanás] (New York: Random House, 1995). La relación entre el amor de Dios y el destino final de los impíos era un tema que atrajo mucha atención en Nueva Inglaterra durante los siglos dieciocho y diecinueve. Muchos consideraban la idea del infierno tan reprensible que también desecharon totalmente la noción del juicio divino. Según ellos, al fin de cuentas nadie insistirá en permanecer como un enemigo de Dios. Finalmente toda la humanidad aceptará la soberanía de Dios. Según Elena White, sin embargo, la extinción de los malos es parte del futuro escatológico. Pero no tendrá lugar hasta que todos, buenos y malos por igual—inclusive el Diablo—reconozcan el justo derecho de Dios a la soberanía del universo. White, El conflicto de los siglos, 728–30. Este no es el universalismo de perfil clásico, pero demuestra que el amor de Dios finalmente vence sobre toda oposición. 27. Ver M. Scott Peck, People of the Lie: The Hope for Healing Human Evil [Gente de la mentira: La esperanza de curar el mal humano] (New York: Simon and Schuster, 1983). 28. Hick, Evil and the God of Love [El mal y el Dios de amor], 333. 29. Marilyn McCord Adams, “Horrendous Evils and the Goodness of God” [Males horrendos y la bondad de Dios”], en The Problem of Evil: Oxford Readings in Philosophy [El problema del mal: Lecturas sobre filosofía de Oxford] (New York: Oxford University Press, 1990), 211. El Diablo tampoco figura en su libro más reciente con el mismo título, Horrendous Evils and the Goodness of God [Males horrendos y la bondad de Dios] (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1999). El índice temático no contiene “Diablo”, “Lucifer” o “Satanás”. 30. En relación con esta idea, a menudo se hace referencia a la cita de un poeta pagano en el discurso de Pablo en el areópago: “En él vivimos, y nos movemos, y somos”, Hechos 17:28. 31. White, El deseado de todas las gentes, 729. 32. ¿Es algo bueno porque Dios dice que lo es, o Dios dice que algo es bueno porque lo es? Si Dios es la bondad misma, la noción de juzgar la conducta de Dios en términos de otra norma de bondad o benevolencia no tiene sentido.

(Traducido por Herold Weiss, con la asistencia de Hugo Cotro)


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