El Dios de Jesús: Teoría y práctica del Reino - III


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Dios es Padre

Hasta los críticos más radicales admiten como los dos datos más ciertos sobre el Jesús histórico que: (1) anunció el Reino de Dios y (2) se dirigió a Dios como Abba, Padre. Esta invocación nos lleva al corazón de la experiencia religiosa de Jesús.

Es bien conocido que Abba es una palabra aramea utilizada por los hijos para dirigirse a sus padres en el lenguaje común. Reina práctica unanimidad en considerar el hecho de que Jesús, de forma reiterada y habitual, hablase de Dios como Abba y le invocase en la oración con esta misma expresión, como algo inaudito y novedoso, reflejo de una experiencia religiosa profundamente original.

Hay dos puntos discutidos en los que no puedo entrar en este momento: (1) La cuestión de si hay oraciones judías del tiempo de Jesús, en las que Dios sea invocado como Abba. En cualquier caso es claro que la frecuencia con que Jesús lo hace no tiene parangón. (2) ¿Se puede demostrar históricamente que Jesús distinguió entre su propia filiación divina, exclusiva y especialísima, y la filiación divina de los demás? Los textos, sobre todo Mateo y Juan establecen esa diferencia, ¿pero se remonta a Jesús? Es un problema abierto y muchos autores piensan que no es posible realizar tal demostración.

Remito a la extraordinaria obra de Joaquim Jeremias “Abba y el mensaje central del Nuevo Testamento”, publicada por Sal Terrae en 1981, para ahondar en los detalles sobre la expresión Abba en boca de Jesús.

¿Qué pone de manifiesto el Abba, Padre, en labios de Jesús? En primer lugar, que experimenta a Dios como Padre en una relación de extraordinaria cercanía, intimidad y confianza; en segundo lugar, que es una relación de obediencia y fidelidad, de entrega a su voluntad, de aprender del Padre y realizar con Él sus deseos para nosotros.

Hay que tener presente lo que era el padre en la sociedad patriarcal del tiempo de Jesús para no omitir ninguno de los aspectos presentes en el Abba. Con frecuencia se interpreta a la luz de la relación paternofilial contemporánea y queda demasiado relegada la dimensión de obediencia y sumisión encerrada en el Abba. En Marcos, Gálatas y Romanos existen fuertes indicios de que Abba subraya la radical obediencia del hijo, que ha sido modelada con el substrato de la narración de la obediencia de Isaac a Abraham (Génesis 22).

En el Abba, Jesús abre el fondo de su persona y da a conocer lo más íntimo y pro- fundo de su experiencia de Dios. Vive a Dios con excepcional inmediatez. Lo más sencillo e inmediato (la cosecha, los lirios y los pájaros del campo...), como lo extraordinario e inesperado (el desmoronamiento de una torre o el robo de un ladrón nocturno...), todo le sugiere su presencia y su forma de actuar. Experimenta a Dios como Abba, es decir, como fundamento y origen de su vida, que le da sentido y en quien se puede apoyar siempre con confianza; pero como exigencia también, que le interpela continuamente, de modo que siempre se siente movido a descubrir y realizar su voluntad (Lucas 22, 42; Mateo 26, 42; Juan 4, 34; 5, 30; 6, 38ss; Hebreos 10, 9); como esperanza y promesa fiel siempre oteada, a veces entre brumas muy densas, en el horizonte de su vida.

La peculiaridad del mensaje y de la actitud de Jesús no se explica ni por una particular interpretación de la Ley, ni por influjo de algún grupo judío, ni por cálculos apocalípticos, sino sólo a partir de su experiencia de Dios como Padre. En efecto, porque Dios es cercanía, amor misericordioso, irrumpe con su proyecto (su Reinado) de llevar a los seres humanos a una plenitud insospechada. La teología de Jesús —Dios es Padre que se da— y la escatología de Jesús —afirmación de la llegada del tiempo salvador— no son sino las dos caras de su propia conciencia. La intensa penetración escatológica del mensaje de Jesús, lo que ha de venir, es consecuencia de su experiencia radical de Dios como Abba en el presente.

Dios es el Dios de los últimos porque es Abba, porque comunica en la historia su amor que no admite discriminaciones y, por eso, se identifica preferentemente con quienes son marginados, como cualquier padre o madre presta más atención a su hijo desvalido que al resto. De ahí que la primera urgencia y el primer rasgo distintivo del proyecto del Abba —el Reinado de Dios— consisten en ser esperanza para los oprimidos y exigencia de su liberación. Su situación es la contradicción radical con el Dios Padre de Jesús. Jesús nos enseña en el Padre Nuestro a invocar, con todo el corazón, a Dios como Padre de los seres humanos y, necesariamente, a pedir que en la historia marcada por el dolor y el pecado se manifieste su paternidad, es decir, que venga su Reinado. Quien clama al Padre necesariamente anhela su Reino. Claro que así sólo puede orar, de verdad, quien tiene como causa de su vida el proyecto de Dios: es decir, quien se ha convertido al Dios de Jesús. Cuando Jesús enseña el Padrenuestro no enseña simplemente a recitar una oración, sino que nos introduce en su experiencia religiosa y comparte la causa de su vida. A principio de siglo se discutió mucho la relación del Dios de Jesús con el Dios del AT. Unos subrayaban la ruptura y diferencia, mientras que para otros Jesús no era original, sino plenamente judío. No es mi intención entrar en un debate muy complejo, porque en el AT hay líneas plurales y visiones diferentes de Dios.

Además, me parece un camino equivocado buscar en Jesús una teoría sobre Dios como si de un mero maestro se tratase. Ya he señalado que Jesús vive a Dios Padre de forma original y comparte esta experiencia. Pero lo más insólito y específico es que afirma que su amor poderoso se está haciendo presente de forma nueva en el mundo; que su ministerio y actuación ponen al ser humano en la tesitura de optar de forma decisiva e irrevocable ante esta invitación de Dios. Cuando Jesús anuncia el perdón y acoge a los pecadores, cuando se acerca a los marginados, cuando increpa a los poderosos, hace presente el amor de Dios por todos ellos. El perdón y el amor de Dios no son en Jesús una doctrina para ser creída, sino una realidad presente para ser aceptada y compartida. Ante sus paisanos que se preguntaban admirados: “¿Con qué autoridad, con qué base, puede éste hablar así de Dios?”(Marcos 6, 2-3), la única explicación está en la experiencia profunda, constante e íntima que Jesús tenía de Dios, en su vivencia de Dios como don paterno, que tiene que anunciar y que le convierte a él mismo en don filial para los que lo escuchan.

El Padre es Dios

Así que Dios se le ha manifestado a Jesús como Padre. Pero también es cierto que el Padre se le ha manifestado como Dios. Y esta paradoja es central, nuclear, en el mensaje del Nuevo Testamento. Afirmaba Karl Rahner, uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX, que lo que propiamente dice el cristianismo es que “el misterio sigue siendo misterio eternamente”.

Dios es el “Padre que ve en lo secreto”, íntimo y cercano. Pero es también el “Padre que está en los cielos”, el inmenso, trascendente y misterioso. Es el Dios del corazón y, a la vez, el Dios lejano. Decía Isaías que es “el Excelso y Sublime... que está con el humillado y abatido” (57, 15).

La conciencia de toda persona es esencialmente dinámica, y Jesús experimentó una evolución de su relación con Dios y una penetración progresiva en su misterio. No tiene la misma experiencia de Dios cuando dice al principio de su vida, lleno de entusiasmo, “llega el Reinado de Dios”, que cuando al final, en la angustia de Getsemaní, exclama “Padre, hágase tu voluntad”. En la oscuridad del sufrimiento llegó Jesús a ser Hijo perfecto del Padre (Hebreos 5, 8-9). En la noche de Getsemaní, la libertad de Jesús se funde plenamente con la voluntad misteriosa de Dios. En el silencio de un Dios que calla, descubre Jesús lo que supone la alteridad radical de lo divino, su grandeza incognoscible, su amor enigmático.

También Jesús tuvo que experimentar y aceptar las impresionantes palabras de Isaías: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —oráculo de Yahvé—. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros” (55, 8-9). Dios es misterio porque no se manifiesta en el poder ni en lo sublime, sino en el amor y en los últimos, porque subvierte las ideas que los hombres se hacen de Dios como poder y dominación. Una cierta imagen de Dios se convierte en tentación para Jesús cuando se le presenta el reto del mesianismo glorioso. Dios es incógnita cuando no le da a conocer ni el día ni la hora de la venida del Reino. Dios es escándalo cuando se calla en la hora de la muerte en la cruz.

Como dijo Jon Sobrino, apóstol de la teología de la liberación, “Jesús aúna la confianza en el Padre con la obediencia a Dios. El Padre sigue siendo Dios y Jesús le deja ser Dios”. Dios es misterio santo e inmanipulable, que supera nuestros conceptos, nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestras iglesias. A Dios lo barruntamos, perseguimos sus huellas en la historia, pero no lo poseemos. Jesús polemiza con quienes pretendían tener a Dios encerrado en sus tradiciones y nos enseña a vivir ante el misterio de Dios con actitud reverente, abiertos siempre a descubrir su voluntad en la vida y a aceptar sus caminos tantas veces insospechados. Pero a descubrirlo siempre como presencia amorosa, que sólo quiere nuestro bien, que si se lo permitimos guía nuestros pasos hacia la vida en abundancia, y que se presenta ante nosotros, en Jesús, como el Padre que vela sin descanso por cada uno de sus hijos e hijas.

Es pertinente una reflexión de Gustavo Gutiérrez, filósofo y teólogo peruano:

“La realidad de Dios —no su idea siempre manipulable— es un misterio al que sólo se accede en el silencio de la contemplación y en el silencio práctico del amor al hermano, al pobre y al oprimido”.

Jesús considera que a Dios se le oponen mucho más sus falsas imágenes que su negación pura. Y el maestro galileo continúa la batalla que ocupa a todos los profetas bíblicos contra los ídolos, contra las imágenes deformadas de Dios y contra lo que quiere ocupar su lugar en el corazón del creyente.

Los conceptos más sublimes son los que más pueden degradarse y envilecer al creyente. Los ídolos y las falsas imágenes de Dios no son, en absoluto, cosa del pasado. Bien cerca tenemos el «Dios con nosotros» (Gott mit uns) de las tropas de Hitler; más actual es el «en Dios confiamos» (we trust in God) escritos en los billetes de dólar; o el Dios utilizado para legitimar la situación de los privilegiados en un mundo de injusticia; o el Dios de George Bush —auténtico Moloc moderno— que, según pretendía, bendice y justifica la política armamentista, las invasiones y los genocidios. Como en tiempos de Jesús, el celo por el nombre de Dios deberá ser hoy mucho más enérgico en la lucha contra los ídolos que llevan su nombre que en la lucha contra los que simplemente le niegan o desconocen. Entonces, como hoy, en torno al nombre de Dios hay un gigantesco malentendido que a Jesús le hizo llorar alguna vez y estallar de indignación muchas más.

Decía Van Rod que “el hombre piadoso es quien corre más peligro de hacerse un Dios a su imagen”. Resulta curioso que Jesús, paciente y comprensivo con todos, sin embargo mantiene una polémica durísima con las autoridades religiosas de su tiempo. Les dice que su religiosidad es una forma de ceguera y su oración hipocresía (Mateo 6, 5). Son fuente de explotación (Marcos 12, 40); usan a Dios como subterfugio para no hacer el bien debido al prójimo (Marcos 7, 9-13); ponen la Ley por delante del ser humano (Marcos 2, 23-28); utilizan el templo para legitimar la injusticia (Marcos 11, 15-17); encubren bajo capa de religiosidad sus mezquindades y pecados (Mateo 23, 27); se vanaglorian de su integridad religiosa para despreciar a los demás (Lucas 18, 9-14); se preocupan de los diezmos más insignificantes y se olvidan de la fe, de la misericordia y de la justicia (Lucas 11, 42).

Dios no está en su templo, ni en sus oraciones, ni en su cumplimiento de la Ley, ni en sus presuntas virtudes, porque cuando la gracia del Reinado de Dios no es acogida, cuando sus exigencias no son cumplidas, quizá un cierto reino permanece, pero el Dios del Reino se ausenta. Allí no está el Dios que da vida, sino un ídolo que provoca la muerte.

El evangelio de Juan es una reflexión muy profunda, realizada a distancia de los hechos, pero que nos transmite con singular profundidad y concisión la polémica anti-idolátrica de Jesús. Lo que en este evangelio el maestro denuncia a muchos judíos que se tenían por el pueblo elegido y por expertos en divinidad, es simplemente que no conocen al verdadero Dios, sino a un ídolo. Reaccionan siempre acusándole de blasfemo e intentando quitarlo de en medio.

7, 28: “El que me ha enviado es veraz, pero vosotros no le conocéis”.

7, 30: “Entonces quisieron detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora”.

8,19: “Ni me conocéis a mí, ni conocéis a mi Padre”.

8, 54-55: “Es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís que es vuestro Dios. Y, sin embargo, no le conocéis”.

8, 59: “Entonces tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del Templo”.

Jesús no se dirige a paganos, en cuyo caso estaría patente que no reconocen al verdadero Dios. Tampoco a idólatras reconocidos. Se dirige a los presuntos conocedores del verdadero Dios.

Conocer a Dios es practicar la justicia. Es éste un tema muy importante en el AT, que no puedo desarrollar ahora, y que el NT acentúa aún más si cabe. “Todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor” (1 Juan 4, 7-8). Para Juan, el amor se identifica con la práctica de la justicia o, por lo menos, la incluye, como se ve en el paralelismo de las siguientes expresiones: “Todo el que ama es nacido de Dios”(1 Juan 4, 7); “Si sabéis que Él es justo, sabed también que todo el que practica la justicia es nacido de Él” (1 Juan 2, 29).

Por eso no puede sorprendernos que Pablo, en la Carta a los Romanos, diga que lo que se opone al verdadero conocimiento de Dios no es el error o la mentira, sino la injusticia: “aprisionan la verdad con la injusticia”(1, 18) y que la misma Carta establezca una equivalencia entre ser “indócil a la verdad y dócil a la injusticia” (2, 8).

Al final, a Jesús lo matan por blasfemo pensando que así daban gloria a Dios. Jesús establece una auténtica lucha de dioses. Nos incita a optar por el Dios de vida, por el Dios de los últimos, contra los ídolos de muerte, contra los dioses deshumanizantes. La cruz es el resultado de la profunda convulsión que el Dios de Jesús introdujo en la religión dominante de su tiempo. No se puede creer en el Dios por el que Jesús muere sin luchar contra el dios en nombre del cual le matan.

Un hijo de Dios crucificado y un Dios Padre con su hijo colgado de una cruz nos dejan anonadados ante el misterio del amor de ese Dios, y de su respeto a la libertad del hombre. Es, ciertamente, un «escándalo» para los teólogos y sacerdotes judíos.

Sólo “los pequeños”, “los últimos”, “los cansados y fatigados”, los que están en la cruz o la ven como una posibilidad real en su vida, pueden comprender y aceptar sin deformaciones —porque le sienten como uno de los suyos— a ese Dios que cuando interviene en la historia para anunciar la gran esperanza asume precisamente el destino de un crucificado. El Padre que prefiere morir por sus hijos, antes de que éstos se pierdan para siempre.

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Foto:Loci Lenar

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