El poder de su resurrección


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Nuestro miedo más fundamental es el miedo a la muerte. El autor best-seller Stephen King apareció en un noticiero matinal años atrás, promoviendo uno de sus conocidos libros –un grueso volumen sobre un tema escalofriante. En un momento dado, la entrevistadora interrumpió su flujo de preguntas sobre su último trabajo, para hacer una pregunta más fundamental: “¿Por qué escribir sobre estas cosas?, ¿Qué es lo que lo mantiene escribiendo una y otra historia de horror?” King respondió: “Porque en 200 años vamos a estar todos muertos”. Yo no leo las obras de King –la vida real es suficientemente temible para mí— pero él tiene razón sobre la muerte. El temor primordial, el miedo definitivo, la raíz de todos nuestros miedos, es el temor a la muerte.

La muerte es un espectro que atormenta la vida humana en todas las épocas y en todo lugar. Los edificios más antiguos del mundo, las colosales pirámides de Gizé, son monumentos a su poder. Los antiguos egipcios estaban preocupados por la muerte. Tan pronto como un faraón subía al trono, comenzaba a planificar su tumba. Y las elaboradas pinturas y los objetos exquisitos que llenaban las cámaras de la sepultura real, eran diseñadas para ayudar a sus ocupantes cuando les tocara viajar al más allá.

Nunca olvidaré mi primera visita al Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Está lleno de magníficos ejemplos del arte clásico, pero los monumentos funerarios me produjeron la impresión más duradera. Los tristes perfiles de los antiguos dolientes, cargados con eterno dolor, ilustran perfectamente lo que dice el apóstol Pablo sobre los que hacen duelo y no tienen esperanza (1Tes. 4:13).

Hasta el advenimiento de la medicina moderna, la muerte era algo que todos conocían de primera mano. No había una sola familia, de cualquier tamaño, que no hubiera perdido un hijo y, a menudo, a un padre también. Los niños eran tan vulnerables que algunas culturas no los consideraban como miembros de la sociedad hasta que tuvieran varios años de edad. Hoy, las cosas son radicalmente diferentes. No es inusual que los niños lleguen a la edad adulta sin haber perdido un solo pariente cercano. Podemos oír hablar de la muerte, y leer sobre la muerte, pero para muchos de nosotros es sólo una posibilidad remota y no una realidad actual.

¿No es así? La verdad es que la muerte está por todas partes alrededor nuestro. En las últimas semanas, sin ir más lejos, los desastres naturales se han cobrado miles, decenas de miles de personas, en Myanmar y en China. En los Estados Unidos 43.000 personas mueren en accidentes de tráfico cada año. En África, el número de víctimas del SIDA alcanza a millones. Y todo esto a finales del siglo XX, “el siglo de la muerte”, como muchos lo han llamado, en el cual por lo menos 120 millones de personas murieron a manos de sus congéneres humanos.

A pesar de su horrible rostro, algunas personas tratan de pintar un panorama positivo de la muerte. La muerte llega a todos nosotros, ronronea, pero no hay ninguna razón para temer. El fin de nuestra existencia es tan natural como su comienzo, y debemos abordarlo con total tranquilidad. De acuerdo con un poema en Forest Lawn, “La muerte es sólo una vieja puerta en un muro de jardín. En suaves goznes viene al atardecer, cuando los tordos llaman. No hay nada que moleste a ningún corazón, absolutamente nada que duela. La muerte es sólo una vieja puerta en un muro del jardín”. En una línea similar, aunque en un mayor nivel poético, William Cullen Bryant invita a los moribundos a “recostarse en agradables sueños”.

En claro contraste con esta “sentimental aquiescencia”, otros consideran la muerte como si fuera “un desesperado desafío”. Esta vida puede ser todo lo que tenemos, pero deberíamos aferrarnos a ella con tenacidad. Resistir a la muerte hasta su final amargo, es el enfoque de William Ernest Henley y Dylan Thomas. “Más allá de este lugar de ira y lágrimas, sólo reina el horror de la sombra”, exclamó Henley. “Y, sin embargo, la amenaza de los años se encuentra conmigo y me encontrará sin miedo”. “No vayas apacible a esa buena noche”, exclamó Thomas. “Reniega, reniega contra el morir de la luz”.

Ninguna de estas actitudes o sus variaciones, antiguas o modernas, expresa la respuesta cristiana al miedo más profundo de la humanidad. La perspectiva cristiana sobre la muerte es más complicada. Por un lado, no hay nada sentimental en la forma en que la fe cristiana considera a la muerte. Se mira a la muerte de lleno en la cara y ve exactamente lo que es. La muerte es un destructor, un intruso, un enemigo. No fue planeado que existiera, y es horrible. Por otro lado, la fe cristiana deja a la muerte atrás. La muerte es poderosa, pero no es supremamente poderosa. Hay algo, o alguien, que es más poderoso, y ha obtenido la victoria sobre ella. Por lo tanto, la muerte no es sólo vencible, en verdad ya ha sido derrotada: su poderío está roto, y su reinado terminará. Así que, aunque la muerte es aún una parte de las cosas de este mundo, está en vías de desaparecer. La última palabra sobre la existencia humana pertenece, no a la muerte, sino a la vida.

Los primeros capítulos de la Biblia vinculan a la muerte con la entrada del pecado en el mundo. “Y Jehová Dios mandó al hombre, ‘podéis comer libremente de todo árbol del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comeréis, porque el día que de él comiereis, moriréis’” (Gen 2:16-17). Tal como lo sugieren estas palabras, la muerte no fue una pena arbitraria que Dios impuso, sino que fue la consecuencia natural del pecado. Siglos más tarde, el apóstol Pablo hace una relación similar entre la muerte y el pecado. “Por lo tanto, como el pecado entró en el mundo a través de un solo hombre, y la muerte vino por el pecado, así la muerte se extendió a todos porque todos pecaron” (Romanos 5:12).

Si la muerte es una consecuencia del pecado, y el pecado no pertenece a lo creado, entonces la muerte no pertenece tampoco a lo creado. No era parte del plan original de Dios para la humanidad. Según la Biblia, entonces, la muerte no es nuestro destino. Somos susceptibles de morir, somos mortales. Pero no fuimos creados para la muerte, sino que estábamos destinados a vivir para siempre. Y de acuerdo a la fe cristiana, eso es exactamente lo que va a suceder. “Porque la paga del pecado es muerte, mas el don gratuito de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23).

La resurrección de Cristo es fundamental para la fe cristiana por una serie de razones. En primer lugar, la resurrección de Jesús demuestra que la vida después de la muerte es una realidad. Citando de nuevo Pablo: “Porque así como creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que han muerto en él”. “Porque el Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tes. 4:14, 16). Pablo elabora esta relación con más detalle en 1 Corintios 15, que es la presentación más extensa de la Biblia sobre la resurrección. “Si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó, y si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra proclamación ha sido en vano, y vuestra fe es vana” (1 Cor. 15:13-14). Parafraseando, si Cristo volvió a la vida, saliendo de entre los muertos, entonces podemos esperar todo, y si no, no tenemos nada que esperar. Todo depende de la resurrección de Jesús.

En segundo lugar, la resurrección de Jesús establece de manera concluyente su identidad como el Mesías, por medio de quien Dios realiza la obra de la salvación. Como Pablo lo dice en la introducción de su epístola más larga, Jesús era “descendiente de David según la carne, y fue proclamado Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Rom. 1:3-4). En el primer sermón cristiano, el apóstol Pedro hace el mismo alcance. “Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, . . . a éste prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole. Pero Dios le levantó, habiéndolo liberado de la muerte, porque era imposible que fuese retenido por ella” (Hechos 2:22-24).

En tercer lugar, el poder de la resurrección de Jesús está a nuestra disposición ahora. Aunque la vida después de la muerte no comenzará hasta el regreso de Cristo, la vida resucitada comienza tan pronto como experimentamos el poder salvífico de Cristo. Para el apóstol Pablo, una vez más, nuestra solidaridad con Cristo en la muerte y la resurrección comienza con el bautismo. Nuestra vieja vida llega a su fin, y una nueva vida comienza. “Cuando fuisteis sepultados con él en el bautismo, también resucitasteis con él, por medio de la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y cuando estabais muertos en ofensas y en la incircuncisión de vuestra carne, Dios os dio vida junto con él, cuando él nos perdonó todas nuestras transgresiones . . . ” (Col. 2:12-13). “Por lo tanto, si habéis resucitado con Cristo”, continúa Pablo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned vuestras mentes en las cosas que están por encima, no en las cosas que están en la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (3:1-4).

La resurrección de Cristo, por lo tanto, nos proporciona una base para vivir ahora con confianza. Cuando Cristo vino a la vida de entre los muertos, él rompió el imperio de la muerte para todos nosotros. Aunque la muerte es todavía un enemigo temido, ha sufrido un golpe mortal, y su reinado pronto llegará a su fin. Tal como lo escribió John Donne, “Muerte, has de morir”.

La idea de que la muerte es un “enemigo vencido” justifica los complejos sentimientos que tenemos en su presencia. Por un lado, esta idea honra a nuestra repulsa a la muerte. A pesar de todo lo que se ha dicho en los últimos años para desmitificar a la muerte y tratarla como algo perfectamente normal, como un proceso natural que no debemos temer, nuestros corazones saben mejor. La muerte es horrible. Es la antítesis de la vida. Pone fin a la existencia física, mental, social y espiritual. Viola todo lo que Dios quiere para nosotros. Se trata de un intruso y un enemigo. Stephen King tiene razón. La muerte es el miedo definitivo.

Por otro lado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos enfrentarla con confianza y esperanza, porque Jesús combatió contra ella y la derrotó. Murió en la cruz y se levantó de la tumba y, al hacerlo, rompió el poder de la muerte. Por lo tanto, el gran enemigo ha sido vencido. La resurrección de Jesús nos da la esperanza de vida eterna, y nos da el poder para vivir victoriosamente aquí y ahora. Podemos experimentar sus efectos de conquista de la muerte y de transformación de la vida, día a día, mientras esperamos el día en que la muerte va a ser expulsada del buen mundo de Dios de una vez por todas.

Richard Rice es profesor de teología, filosofía y religión en la Universidad de Loma Linda.

Adaptado de “An Enemy Defeated: Death and Resurrection,” [“Un enemigo vencido: la muerte y la resurrección”], Ministry: International Journal for Pastors (septiembre, 2004).


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