El que me sigue..., tendrá la lumbre de la vida


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El prólogo de Según Juan termina con una declaración que es el fundamento de todo este evangelio: “Nadie ha visto a Dios jamás” (1: 18). El Antiguo Testamento nos dice que Adán y Eva vieron y conversaron con Dios en el Eden, y Ex. 24: 9 – 11 dice que Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta israelitas vieron y comieron con Dios al tope del monte Sinaí. Aquí se pasan por alto estos relatos y se establece la única posibilidad existente para ver a Dios: “El unigénito Dios que está en el seno del Padre lo hace visible”[i] La misión del Logos en la tierra no es necesariamente morir para redimir. Su propósito es revelar al Dios que nadie ha visto.

Ya el prólogo nos ha dicho que “en él estaba la luz, y la vida era la luz de los seres humanos, y la luz en las tinieblas resplandece, mas las tinieblas no la comprendieron”. Aquí tenemos la trama del evangelio en nuce, y el primero de los muchos doble sentidos del lenguaje juanino. Comprender, aprender y aprehender son expresados, en el original griego, por un solo verbo, y sólo el contexto determina si fue la mano o la mente la que prendió al objeto.

Es una realidad física que la luz del fósforo más débil triunfa sobre la obscuridad. Las tinieblas no la pueden apagar o encubrir. Lo que es cierto en el mundo material también lo es en el espiritual. Los que son de las tinieblas no pueden captar al Logos ni mental ni físicamente. Este es el drama del cuarto evangelio. Repetidas veces leemos que los oyentes no entienden lo que Jesús les dice (10: 6, 39; 16: 18), y cuando las autoridades mandan a sus agentes a aprehenderle ellos vuelven sin él (7: 44; 8: 20; 10: 31; 11: 57). En el huerto al otro lado del arroyo Cedrón, los soldados que vienen a tomar prisionero a Jesús caen de espaldas a tierra cuando él toma la iniciativa y se identifica diciendo “Yo soy”. Judas no tiene la oportunidad de darle un beso (18: 1 -8). En una ocasión cuando todos los que lo rodean toman piedras para apedrearle Jesús simplemente pasa por entre ellos y sale de la ciudad sin que nadie tire una sola piedra (8: 59).

Encontrando a un hombre que nació ciego Jesús declara: “Entretanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (9: 5). Nada puede impedir que la presencia de la Luz en el mundo sea efectiva. La Luz deja ver al Dios que nadie ha visto, pero para verle es necesario creer. Ver y creer en el lenguaje juanino son sinónimos, de manera que, como ya lo anunciara el prólogo, el beneficio de la luz para el que cree es que transmite vida eterna. En otras palabras, la revelación de Dios hecha posible por la encarnación no trajo al mundo información acerca de Dios, del mundo o del futuro. Trajo algo inconmensurablemente más valioso: vida eterna.

El Jesús de Según Juan se distingue por demandar fe sin ofrecer la información que pudiera servir de razones para creer. Su predicación se reduce a “Yo soy . . .” Entre éstos dichos se distingue, “Yo soy la luz del mundo” (8: 12). La Luz que transmite la vida y que permite ver debe ser recibida con la fe que reconoce a Dios. Creer en La Luz, ser hijos de luz (12: 36), es reconocerla como El Enviado del Padre. Dicho de otra manera, creer en El es creer en “El que me envió” (17: 21).

El que se encuentra con la Luz confronta una ineludible crisis. Tiene que hacer un juicio acerca de La Luz. El que ve y cree que La Luz es el Enviado del Padre recibe vida eterna. El que no ve la conexión entre el Enviado y El que lo Envió es instantáneamente sentenciado. La venida de la Luz al mundo provoca una división entre los que son enfrentados por La Luz (9: 16).

En griego los sustantivos reciben diferentes terminaciones según su clase. Cambiándole la terminación a una raíz verbal se le da diferentes significados. En este caso, a la raíz kri se le puede añadir la terminación sisy significar “acto de juzgar, llevar a cabo un juicio”. Si se le añade la terminación masignifica “la consecuencia de juzgar, la sentencia”, pero se entiende que es negativa, una condena. Tener que juzgar, tener que tomar una decisión crea una crisis interna (como tal la palabra griega llegó al castellano).

En más de una ocasión Jesús aclara que no vino a condenar sino a salvar al mundo. Este, sin duda, era su propósito. Pero la realidad es que su presencia en el mundo hace que el juicio se esté llevando a cabo y mientras que algunos están siendo beneficiados por la luz, ven, creen y reciben la vida eterna, otros no ven, no creen y son condenados.

Más trágica que la condición de quienes no ven es la de los que piensan que ven pero no creen. Esta es la condición de los judíos que usan las Escrituras como fuente de luz y sobre esa base juzgan a Jesús y lo condenan como pecador, cualquier cosa menos un enviado de Dios. Tal es el tema de la curación del que nació ciego. El relato dice que Jesús hizo lodo, le untó un poco del lodo en los ojos al ciego y lo mandó a lavarse en la fuente de Siloam. El nombre de la fuente deriva del hebreo Shalom, paz. El narrador violenta la etimología de la palabra y explica al lector que el nombre viene del hebreo Shalajy significa “Enviado”. Al lavarse los ojos con el agua del Enviado el que nació ciego ahora ve. Este es un milagro inaudito; según el ciego informa a los fariseos esto nunca ha sucedido (9: 32).

Como un detalle de segunda importancia, después de haber leído el relato, el lector se entera que el milagro tuvo lugar un sábado. Esto hace que basándose en la Torah los fariseos condenen a Jesús en ausencia como pecador. Siendo que no se trataba de un caso de emergencia, bien hubiera podido él esperar un día para hacer el lodo y untarlo en los ojos del ciego. Es notable cómo el relato enfatiza que los fariseos juzgan a Jesús sobre la base de sus conocimientos. “Nosotros sabemos que este hombre es pecador” (9: 24). “Nosotros sabemos que a Moisés habló Dios” (9: 29). Por el contrario, tanto el que nació ciego como sus padres confiesan no saber (9: 12, 21, 25). También en contraste, en su oración al Padre, Jesús afirma acerca de sus discípulos: “Estos saben que Tú me enviaste” (17: 25)

En realidad, el que nació ciego confiesa saber sólo una cosa: que él era ciego y ahora ve (9: 25). Lo que sabe lo sabe por experiencia. Lo que los fariseos saben lo saben de fuente autorizada. Ellos son orgullosos discípulos de Moisés, y según la interpretación farisaica de la ley de Moisés el que hace lodo y lo unta ha quebrantado la ley y es un pecador. Por experiencia el que era ciego testifica que la Luz del Enviado permite ver y da vida. Los que piensan encontrar la vida en las Escrituras de Moisés, por su parte, están enceguecidos en su propia suficiencia. En tales circunstancias Jesús declara: “Para condenación (krima) vine a este mundo, para que los que no ven, vean, y los ven se vuelvan ciegos” (9:39).

Este relato ha sido hilvanado por manos que saben lo que hacen y han construido la trama para resaltar la ironía de la situación. La ironía caracteríza a casi todos los relatos juaninos. Los que se consideran jueces capaces y bien informados terminan siendo juzgados y condenados. Mientras que el que nació ciego ve y, sin cometer idolatría, adora al Enviado que le dio la Luz. Los que saben y están seguros en sus creencias son declarados ciegos y pecadores por haber rechazado a la Luz personificada en Jesús.

El brillo en los ojos entreabiertos y la leve sonrisa inteligente del narrador se deja ver a través de los siglos. La certeza enceguecedora de los que pretenden ver queda expuesta por lo que es cuando se encuentra frente a la luz del mundo.

La presencia de Jesús le da Luz al que nació ciego y encandila a los que creen ver. Como los faroles de un automóvil que permiten al chofer ver pero encandilan al que viene en dirección contraria, así también la presencia de la luz del mundo alumbra a los que creen y enceguece a los que rechazan sus reclamos.

En este evangelio el mensaje de Jesús no es el establecimiento del reino de Dios. Lo que Jesús revela es la fuente de vida. El que nació ciego, como bien lo dicen los fariseos, es un discípulo del que hace posible ver. En realidad para la comunidad juanina él es el prototipo del verdadero discípulo. Una vez capacitado para ver él adora al unigénito Dios que le dio Luz y Vida. Sus ojos fueron lavados en la fuente del Enviado de Dios. Así es como el Logos pone a la vista al Dios que nadie jamás ha visto Como insiste el Enviado, él no vino a condenar sino a salvar, pero al mismo tiempo, inevitablemente, enceguece y condena a los que pretenden ver, especialmente a los discípulos de Moisés.

La llegada de La Luz hace que el mundo quede dividido entre las tinieblas y la Luz, los que andan en las tinieblas y los que andan en la Luz (3: 19; 11: 9-10; 12: 35; 12: 46). Según Juan se caracteriza por un dualismo radical, pero su dualismo ha perdido la tensión temporal característica del apocalipticismo. En Según Juan tenemos la repetición del primer día de la creación, en el principio. Otra vez la Luz que transmite Vida desplaza las tinieblas e impone su dominio.

Foto de JD | Photography

[i]Los manuscritos tardíos leen “el unigénito hijo”. Las mejores traducciones siguen a los mejoresMSS: P66, Sinaítico, Vaticano, etc. El verbo griego exegésatoes de la raíz que nos da la palabra castellana exégesis. Literalmente dice “guiar o conducir afuera”, o sea, sacar lo que está adentro.


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