“El rey: ¿bromista o justo?”


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Se habla acerca de las bodas en estos días. No sólo porque el mes de mayo tiene su cuota importante, sino porque el término "boda real" no evoca espontáneamente una imagen bíblica, sino más bien una "Windsoriana". Cuando Kate y William hicieron sus votos matrimoniales, mi familia y yo estábamos de vacaciones en un lugar remoto, sin una TV o una conexión de banda ancha, y mis inútiles intentos de obtener algunas imágenes en directo en un Iphone trajeron como resultado "el lloro y el crujir de dientes" de mi esposa. Si existen imágenes universales, sin duda son las de las bodas, aun las de la realeza. Aunque las maneras y costumbres de las bodas pueden variar según el tiempo y el lugar, el denominador común es siempre el mismo. Es lo que el príncipe Harry, aparentemente, le susurró a su hermano después de darse vuelta y ver a la novia: ella está aquí, y tiene un vestido de novia, también.

Ahora, la parábola de Jesús del banquete de bodas nos deja sin palabras desde el principio. Y desafortunadamente no es por la belleza de la novia. Comienza con una declaración explosiva: “...pero se negaron a venir” (v. 3). Vamos a aplicar a la reciente boda real esta reacción insólita, sólo por diversión. Imagínese los titulares de la prensa "amarilla": ¡Elton John, David y Victoria Beckham, el Conde Spencer, y el arzobispo de Canterbury se niegan a formar parte de la boda de Kate y William! En la historia de los invitados narrada por Jesús, la negativa a ser parte del evento es sorprendente hasta el punto de ser ridícula, y me imagino que con toda seriedad debida, la audiencia de Jesús al oír esto no habrá podido evitar reír, o sonreír al menos. Los famosos, la nobleza y la gente rica pagarían una fortuna, vamos a decirlo con franqueza, hasta matarían por ser parte de ella.

Si queremos entender la historia, debemos comprender –mejor aún— sentir el impacto de su introducción, personalmente. Antes de señalar a los que nosotros (o Jesús) quisiéramos identificar con el primer grupo de invitados, es mejor escuchar la tragedia que hay detrás del humor: la gente es invitada a formar parte de la fiesta de bodas de Dios –¡y se niegan! El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo, comienza alegremente la narración. Nadie, seguramente, querría perderse eso. Para ser uno de los invitados, se debe ser honrado por el rey. Y el honor (más que la justicia o rectitud) es la idea central de la parábola.

El honor forma parte de muchas culturas, en diferentes grados. En muchas partes del mundo, al igual que en la época de Jesús, el honor y la vergüenza desempeñaron un papel importante. Al ser invitado, uno era homenajeado. Y usted correspondía el honor, asistiendo. Romper estas reglas no escritas necesariamente se traduciría en vergüenza. Un comentario erudito: rechazar la invitación era equivalente a la rebelión.

Sigo sintiendo vergüenza cuando me acuerdo de una boda en que mi hermano y yo pensamos que la vieja costumbre del "secuestro" de la novia sería divertida en ese país (éramos jóvenes). Lo exageramos a fondo, y cuando volvimos con ella alrededor de la medianoche, después de perseguir al novio a través de la ciudad, la mitad de los invitados se habían ido. La vergüenza no desaparece fácilmente. Nos llega hasta los huesos, porque deja al descubierto lo que somos, o lo que no somos.

En la parábola, el rey –que representa a Dios— es puesto en vergüenza. Una de las contribuciones del adventismo a la teología cristiana es la noción de la vindicación de Dios en el conflicto de los siglos: Dios no sólo el juez sino también el acusado. La parábola de Jesús del banquete de bodas podría ser interpretada desde el punto de vista cósmico de la historia de la salvación de nuestro planeta –el hecho inaudito de negarse a formar parte del reino divino. Y la vergüenza resultante que necesita ser tratada.

Y ahora viene el vestido de bodas, la segunda parte de la parábola. Un rompecabezas para muchos comentaristas, que prefieren pensar que Mateo juntó trozos de diferentes relatos. Es aquí donde la historia da un giro inesperado. Francamente: si usted escucha el término vestiduras de boda o traje de boda, ¿en quién piensa primero? Correcto, en la novia. Ella está aquí, y tiene un vestido de novia, también. Esta parábola del banquete de bodas no tiene una novia, o un vestido de novia. Incluso el hijo, el novio, sólo es mencionado de pasada. La segunda parte de la parábola pone el foco en un individuo sin nombre, uno de los afortunados invitados de última hora que no tiene traje de boda. Mientras que Jesús alude a los líderes religiosos en la primera parte de la historia, el espectador o el oyente hipnotizado, tentado a deleitarse con sarcasmo por la negativa odiosa de los invitados, es capturado in fraganti en la segunda parte. Es como si Jesús se apartara de los fariseos (a los que siempre nos gustaría ver recibiendo una buena paliza) y mirara directamente hacia mí, diciéndome: sin el traje de boda, dejas a Dios en vergüenza también.

Si bien la negativa a formar parte de una boda real podría llamarse la posibilidad imposible N º 1, la audacia de este individuo de asistir como está es la inaudita posibilidad imposible N º 2. Lo cual nos deja con dos preguntas. La primera es: ¿quién haría algo tan atrevido como rechazar la asistencia a una boda real? ¿Y quién se atrevería a asistir a una boda sin la preparación adecuada? La respuesta espiritual es impactante: Eso es lo que le hacemos los seres humanos a Dios. El juicio mencionado en la parábola (la quema de la ciudad, etc) es evidente para el oyente. Está garantizado y es perfectamente justificado.

La segunda cuestión es igualmente evidente y convincente: ¿A qué se refiere Jesús con “el vestido de boda”? Algunos comentaristas creen que se trataba de una túnica que era provista por el propio rey (para lo cual hay escasa evidencia en la historia, y no se menciona en el texto). Otros comparan esta historia con una parábola rabínica, donde los invitados llegan con ropa manchada y sucia por el trabajo del día. El texto en sí no lo explica. ¿Por qué? Porque no necesitaba explicación. La vestimenta representa lo que es apropiado o conveniente. Ahora volvamos a nuestra ficción, la de la boda real: si hubieras sido invitado a la Catedral de Westminster y al banquete posterior, ¿cómo te habrías sentido? Yo me habría sentido honrado y con profundo agradecimiento. Y hubiera querido expresarlo de alguna manera. Y eso es todo lo que Dios está esperando. Porque ante la gracia, “muchas gracias” son las únicas palabras adecuadas, y la gratitud es el atuendo preciso.

Y entonces, ante mi segundo pensamiento, mi esposa habría interpuesto: “¡Vaya! ¿qué puedo ponerme?”


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