Eróstratos y la memoria de Dory


(system) #1

Nos lo topamos el otro día. Íbamos, al aire de los peripatéticos, dándole por igual a la pantorrilla como a la sinhueso. Es de esos placeres de pareja que, de tanto en tanto se interrumpe con el cruce o el abordaje de amigos o conocidos o a saber quien. Los dorados y bermejos de la puesta de sol nos tenían tan embargados que sólo supimos de su presencia cuando, desde detrás, nos llegó un saludo en supuesto neohebreo: ¡Salom! Veintipocos, gafas, cabeza rasurada a tal medida que apenas podía contener la orquilla de una kipá. Su verbo siempre había sido fluido y ese momento no era la excepción. No tardó en contarnos que se había convertido al judaísmo conservador, que estaba terminando la carrera y que, el año próximo, se iba a Israel a realizar el servicio militar. Esa torpeza social que me caracteriza me hizo preguntarle cómo un cristiano podía convertirse en judío. Me consta que hay un marcado filojudaísmo en la iglesia adventista que, en ocasiones, parece deslumbrar por cuestiones de orgullo étnico o por un folklore supuestamente bíblico. Pero una cosa es la atracción por los supuestos orígenes del cristianismo (algún día tendríamos que sentarnos ha hablar del verdadero depositario del yavismo) y, otra, la conversión. No puedo comprender cómo se puede abandonar la Gracia del cristianismo por la casuística de las obras o por la teología de los méritos. Y nos enredamos, que no enzarzamos, en una ida y venida de preguntas y respuestas que me recordaron mis días de adolescente y apología.

Indudablemente, el foco de su decisión no tenía demasiado que ver con religión sino con su necesidad de reconocimiento. Lo recuerdo de adolescente cuando, en la qabalá de los viernes, acudía a la sinagoga adventista. Entonces pude observar que le atraía la notoriedad de lo diferente y como, integrando dicha diferencia, podía tener algo de notoriedad. No se lo reproché, me pareció una compensación a su triste cuadro familiar. Eso sí, nunca llegué a pensar que esa necesidad de llamar la atención le encaminaría al escenario actual. Y pensé: ¿qué será de él cuando en Israel sea uno de tantos? ¿cómo compensará esa necesidad de destacar? ¿se encaminará hacia un fundamentalismo? ¿se apartará de estructuras religiosas para seguir manifestándose como otro? Y continué reflexionando: ¿cuánta de nuestra gente no padece la adicción del reconocimiento? ¿cuántos se adhieren a cualquier opinión o posición por el famoseo ante sus pares? ¿cuántos bolos sacralizados observamos de pantojas y tertulianos locales? ¿a dónde nos lleva todo eso? Y lo peor, ¿a dónde los lleva a ellos? Vino, entonces, a mi memoria el infame y, paradójicamente, afamado Eróstratos.

Los griegos de la antigüedad tenían cierta obsesión con el asunto de la continuidad. Sus mitos se dividían en mortales e inmortales; su alma debía peregrinar metempsicóticamente para adquirir condiciones de atemporalidad; los versos, entre yambo y troqueo, aspiraban a ser repetidos ininterrumpidamente; la memoria era uno de los pocos rudimentos en los que se intuía permanencia. Eróstratos, fiel a su naturaleza, anhelaba la inmortalidad del recuerdo porque no le saciaba eso de cuidar cabras y ovejas. Tuvo, por tanto, la genial idea (lo de “genial” es solo por usos y costumbres) de destruir una de las siete maravillas del mundo de aquel entonces. Así que, el 21 de julio del 536 AC, ni corto ni perezoso, se acercó al Templo de Artemisa en Éfeso y le pegó fuego. Un solo objetivo le guiaba: reconocimiento perpetuo. Ser recordado para siempre a pesar de los pesares. Como podréis comprender, la cosa no sentó nada bien y se prohibió explícitamente cualquier referencia a su nombre y persona. El morbo, sin embargo, es más fuerte que las leyes y, al final, Valerio Máximo, Teopompo, Cervantes, Víctor Hugo, Antón Chejov y el mismísimo Jean-Paul Sartre se encargaron de inmortalizarle. Luego, tácitamente, Andy Warhol nos haría ver que todos llevamos un breve e interno Eróstratos, aunque sólo se exprese durante 15 minutos.

Me parece provocativamente metafórico eso de la adicción al reconocimiento y un pastor pegándole fuego a un templo (Roman Jakobson diría que tengo una deficiencia sintagmática). No puedo, tampoco lo deseo, evitar algunas comparaciones.

Eróstratos clásico: Quemar la iglesia1

Los clásicos son como son: generan modelos. En este caso, diferentes en formas pero idénticos en fondo. Es usual, casi preceptivo, que los antagonistas deseen pegar fuego a cada resquicio de la iglesia porque, tristemente, en la historia de la cristiandad recibieron fuego en más de una ocasión. Discrepo de ateísmos, hiperracionalismos, evolucionismos beligerantes, laicismos pero llego a entender a ateos, hiperracionalistas, evolucionistas beligerantes o laicistas cuando recuerdo la historia de la iglesia. Inquisiciones, pogromos, alegorías, fijismo y fundamentalismos no han sido nuestra mejor campaña de marketing. Yo tampoco me identifico con esa iglesia de la historia, no creo que sea de Cristo.

Lo de algunos, sin embargo, no tiene justificación. Sacrificar, en aras de la tolerancia, a los que anhelan superar la privacidad de sus creencias y expresarse públicamente, empieza a oler a chamuscado. Comienzan a surgir, cual champiñones, bomberos bradburyanos con el anhelo de carbonizar todo bienandante feligrés. Cuando llevan el cabello einsteinamente encrespado se dedican a localizar, neurológica y químicamente, a Dios y, tras someterlo a la simplicidad del hecho, minimizan socarronamente la simplicidad del creyente. Cuando se muestran descorbatados o con kefía enroscada (curiosa esa tendencia a atar y desatar cuellos), las palabras van a mayores porque religiosidad sólo se puede asociar con franquismos, palios y sotanas. Sus luchas de clases recurren a los opiáceos del pasado cuando los narcotraficantes son otros y, muchas veces, de sus partidos. Cuando el diseño es futbolero, con trajes mohair gris y pantalones slim fit, el quemazo llega desde la apatía por todo lo que supere el presente. La realidad, para ellos, es virtual que no virtuosa. La liquidez de su posmodernidad casi los torna vaporosos y nada tiene menos glamour que los sólidos principios de la fe.

Estamos ante las hogueras de microondas: queman mucho por dentro antes de aflorar a la superficie. Sonrisas en mueca, miradas con ceja en alza, silencios y otros ostracismos los identifican. Parecen novedosos y llaman mucho la atención pero son los julianos de toda la vida.

Eróstratos pasivo: Quemado por la iglesia

Ya lo sé, no está recogido en el DSM, pero cada día observo más burnout a mi alrededor. Será cosa de que mis constructos no son muy profesionales. Me preocupa, especialmente, el burnout eclesiástico. ¿Cuántas veces no hemos dicho: “lo que pasa es que está quemado”? Y, nuevamente, hay que reconocer que muchas iglesias fueron y son crematorios. Sumando redenciones por obras, predicaciones culpabilizadoras, propuestas inalcanzables y el etiquetado del creyente en el mercado de la calidad-productividad, tenemos los resultados que tenemos. Y nuestra gente, los cristianos de tuétano, necesitan más paz, la Paz de Cristo.

Surge, sin embargo, un espécimen realmente llamativo: el eróstratos pasivo. Se caracteriza por su fascinación a mostrar sus quemaduras de tercer grado y llagas mil. Argumenta, vez tras vez, la multitud de daños que le ha infligido el sistema. La retahíla de nombres y casos se expresa en un bucle interminable. Al principio, despierta compasión e, incluso, misericordia. Después, indignación contra sus “agresores”. En un abrir y cerrar de ojos nos vemos envueltos en la vorágine de comentarios y humores alterados. Nos sabemos, empáticamente, encendidos contra la iglesia. Eróstratos, magistralmente, ha conseguido su propósito.

¡Cuánta gente de noble ser se ve envuelta en estas insurrecciones que convierten cualquier templo en cenizas! Cuidado con las pavesas del pobrecito fénix porque es llameante de verdad.

Eróstratos complejo: Quemarse por la iglesia

Nadie lo diría pero es el más peligroso de todos. No me atrevo a generalizar pero, en los países en los que he vivido, llegaron a la iglesia en tiempos de diferencias marcadas. Aquellos momentos en que ser protestante estaba unido al dedo índice y no, precisamente, el personal. Fueron fuertes, íntegros, apologetas,… distintos. Vivir en el contraste tiene su puntito de aventura, de marginalidad, de enfant terrible,… de reconocimiento. Se integraron en el liderazgo y continuaron en él. Pienso, a veces, que hubieran sido buenos presidentes de comunidad de vecinos o concejales de fiestas de algún pueblecillo. A fin de cuentas (muy de comunidad de vecinos) hubieran aportado algo de gracejo (muy de concejal de fiestas) a otras estructuras sociales. Encontraron, sin embargo, en los cargos su razón de ser y, en una encarnación de la sinécdoque, se convirtieron ellos, y solo ellos, en iglesia.

Son los mártires vivientes de una causa que venden como colectiva pero que no supera sus intereses personales: el autoreconocimiento. Ellos, y solo ellos, se han quemado trabajando por la iglesia y no dudarían en llegar al karoshi si fuera necesario. Ellos, y solo ellos, desde el churrascado de sus cicatrices (masivas en sus voces, laparoscópicas en las de otros), pueden interpretar el devenir de la iglesia y, lo que es sumamente peor, el quehacer de los demás. Ellos, y solo ellos, pueden estar al control porque ellos, y solo ellos, pueden ser inmortales. Cuando están en el poder mandan, nunca lideran; cuando no lo están, lidian y demandan.

He escuchado muchas reflexiones en mi vida, en todas he procurado intuir el mensaje divino (a veces con sumo esfuerzo exegético), pero pocas exhortaciones he recibido sobre la adicción al reconocimiento y eso de andar quemando templos. Y creo que va siendo hora, en estos tiempos de estrellas, megaestrellas y otros populeos, de denunciar otros males comunitarios.

Aviso a los eróstratos del lugar que lo tenéis crudo, que vuestros esfuerzos por llamar la atención serán espurios. Sed conscientes de que la mayoría del público, con tanto mensaje autopromocional, terminará como la Dory de Finding Nemo. No, no es que acaben azulados cual paracanthurus hepatus, sino que tanto discurso cansino y ególatra concluye, inexorablemente, en amnesia anterógrada. O sea, que seréis famosillos apenas unos segundos y vuestras quemas tendrán, como mucho, la duración de una cerilla.

No os aviso con afán de revancha, ni de ataque sino con el anhelo de que podáis entrever otra inmortalidad, otra memoria. Que la cosa va de eternidad de verdad.

Había sido una semana de órdago, el mus de la vida tiene esos envites. Por fin llego el viernes. Varios centenares de personas nos concentramos en un polideportivo aderezado de detalles y, cómo no, de pizza y riebel kuchen. Tales eventos, cual ritos de pasaje, profundizan en los hitos de las instituciones. En este caso, el comienzo del año escolar para los empleados de la universidad. La variedad era notable: blanquísimo polacos de las entrañas de Misiones, broncíneos mapuches de las cordilleras andinas, trigueños tucumanos de certezas en la mirada. Parecía un spot de Coca-Cola hecho carne: gordos, flacos, altos, bajos, los que ríen, los optimistas, los pesimistas, los que juegan, familias, reyes, magos, responsables, comprometidos (y coloco mi etcétera justo en el término a destacar), etc. ¡Cuánta diferencia entre reconocimiento y compromiso! Tras las viandas llegaron los versos, que Argentina es pueblo de oralidad envolvente y fluida. Palabras iniciales, palabras protocolares, palabras institucionales y… palabras que dejan huella porque han cambiado vidas. Diferentes jóvenes se expresaron y, abriendo sus corazones, manifestaron qué personas les habían cambiado, aquellos catalizadores que les convirtieron en gente de bien. Y les llamaron mentores. No fue un momento de famoseo sino de transcendencia. Cuando subían al estrado compartían un denominador común: humildad de la verdadera, integridad de vida y, sobre todo, compromiso con Dios. Es curioso, los aplausos (esa corriente eléctrica que surge del corazón, atraviesa los brazos y produce chispas en las palmas de las manos) fueron intensos y sincronizados. Había consenso y, además, ni olía a quemado. Anhelo que ningún alzhéimer, físico o social, me haga olvidar esa lección esencial.

He aprendido que es mejor mirar a los pequeños a que, tales pequeños, nos miren; orar por los otros a que los otros nos adoren; descubrir los dones a que se nos descubran por ser don; formar que afamar; ser mentor que mentarme. He aprendido que eso de “echar leña al fuego” no marcha y que “quien con fuego juega, quemado acaba”. He aprendido que Él, y solo Él, “hará perpetua la memoria de mi nombre” (Sl 45,17) y eso es fantástico porque supera con creces mis 15 minutos. ¿Qué quieres que te diga? Ojalá mi amigo neófito se encuentre con Dios y halle el sosiego de los que se saben en su sitio, en la existencia sin necesidad de reconocimientos. Ojalá.


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