Es Pecado


(system) #1

El congreso sobre “Marriage, Homosexuality and the Church” que se llevó a cabo en Andrews University del 17 al 19 de octubre p.p., según se informó, fue concebido por Richard Davidson y Roy Gane, profesores de Antiguo Testamento del Seminario Adventista, para contraponer el punto de vista tradicional a las publicaciones que John Jones y Fritz Guy, profesores de religión en La Sierra University, publicaran no hace mucho en Spectrum y a la campaña para enrolar adventistas en contra de la Propuesta #8, presentada al electorado de California para abolir la decisión de la corte suprema de ese estado que autorizó el matrimonio de personas del mismo sexo.

Cuando se lanzó la campaña contra la Propuesta #8, la reacción de los que conversan en este sitio fue bastante animada. La reacción al congreso que acaba de llevarse a cabo en Andrews ha sido aún más animada e informativa. Que dos profesores del Seminario en Andrews consideraran necesario combatir las ideas propuestas por dos profesores de La Sierra demuestra que estamos viviendo una etapa de gran susidio dentro de la iglesia. Los comentarios en este sitio que surgieron en respuesta a los reportajes del congreso indicaron que al centro del desacuerdo acerca de la homosexualidad no está el uso de diferentes métodos hermenéuticos, sino de diferentes definiciones de lo que es pecado. Siendo este el caso, es hora de buscar una definición bíblica. .

Para comenzar, notemos el sistema establecido en Israel para limpiar a los pecadores de sus pecados. Según el sistema de sacrificios, el pecado es una mancha en la persona que impide que Dios la bendiga. Al leer las descripciones de los diferentes sacrificios que se debían ofrecer en expiación por diferentes pecados (Lev. 4-7; Num. 15:22-31), no podemos menos que sorprendernos al notar que no se especifica ningún sacrificio para lo que usualmente se considera pecado. Los pecados que se enumeran tienen que ver con la pureza ritual, un punto de vista que hemos, definitivamente, abandonado. La santidad es concebida como algo que se adquiere o se pierde por el contacto físico y los pecados por los cuales se ha de ofrecer un sacrificio son pecados “por yerro”, en otras palabras, hechos “sin querer”.

Debemos reconocer, sin embargo, que el Jesús de los evangelios sostuvo la necesidad de que los leprosos, ya curados, vayan a ofrecer un sacrificio en el templo para purificarse (Mc. 1:40-44; Mt. 8:2; Lc. 17:12-14), y en el Sermón del Monte Jesús instruyó al que, estando ya junto al altar, se acuerde de que su hermano tiene algo en contra de él a que deje su ofrenda a un lado, vaya y se reconcilie con su hermano, y entonces venga a ofrecer su sacrificio (Mt. 5:23). Además, el evangelio de Lucas especifica que los padres de Jesús fueron a Jerusalén y ofrecieron los sacrificios correspondientes para la purificación del niño y su madre después de haber quedado impuros por el parto (2:22-24). Después de la resurrección, los discípulos se encontraban a menudo en el templo a la hora de la oración, cuando se ofrecía el sacrificio matutino o vespertino (Hechos 3:1). Hechos de los Apóstoles también nos dice que Pablo estaba ansioso por celebrar la pascua participando de los sacrificios en el templo, y cuando llegó a Jerusalén se unió con otros hombres en ritos nazarenos (21:17-26). De esta manera los primeros cinco libros del Nuevo Testamento nos dejan saber que Jesús, sus discípulos y Pablo entendieron el pecado como un problema de pureza ritual que debía purificarse ofreciendo sacrificios en el templo. Sin duda que esto crea problemas para quienes quieren usar a Jesús y a los apóstoles como modelos de la vida cristiana.

En contraposición nos enteramos que Jesús realizó un acto profético en el templo, el cual fue, sin duda, una acción sorprendente por su violencia. Es difícil establecer el significado de su acción. Estaba él ¿simbólicamente destruyendo el templo? ¿poniéndole fin al sistema de sacrificios? O ¿poniéndole fin a los abusos que se habían desarrollado parasíticamente al sistema de sacrificios? Por supuesto, los primeros profetas de Israel ya habían proclamado su oposición al templo. En las palabras clásicas de Miqueas: “¿Con qué prevendré a Jehová y adoraré al alto Dios? ¿vendré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Agradaráse Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma?”(6:6-7). Seguramente que estas preguntas retóricas anticipan una respuesta negativa.

Amós, Oseas, Miqueas y los demás profetas abiertamente se declararon en contra del sistema de sacrificios. Según ellos, lo que hace que Dios se niege a bendecir y por el contrario maldiga castigando es el abuso del prójimo, la acumulación de riquezas a costillas del pobre, la hipocresía que trata de comprar a Dios, en otras palabras, la injusticia social y económica y el abuso de la religión con fines egoístas. La solución a estas faltas no es sacrificios de aceite, de becerros o, aún, del hijo primogénito. Es el abandono de tal conducta. Los profetas instan al pueblo a cambiar de rumbo, a tornarse, a convertir su marcha, en el sentido que la palabra tiene en los labios del sargento encargado de hacer marchar a la tropa. Para los profetas el pecado no es falta de pureza ritual, o la manipulación inadecuada de lo sagrado. Es la conducta inmoral. La esfera del pecado no tiene que ver con el templo y su distinción entre lo sagrado y lo profano. Tiene que ver con la justicia que hace posible la paz social. En las famosas palabras de Miqueas, lo que Jehová pide es “solamente hacer justicia, amar lealtad al pacto, y caminar humildemente con tu Dios” (6:8).

En tercer lugar, el judaísmo vino a entender el pecado como la transgresión de La Ley, y de esa manera creó una esfera paralela al templo donde el pecado es un problema legal. El sistema de sacrificios no incluye sacrificios por la transgresión de uno de los 10 mandamientos. Pero, por supuesto, La Ley no consiste de 10 mandamientos. Según los rabinos, el Pentateuco contiene 612, y a la transgresión de cualquiera de ellos se le impone la misma condena. En este contexto, también hay que notar que el Antiguo Testamento ignora que el pecado de Adán y Eva trajo como consecuencia La Caída de la Humanidad en el pecado. La noción de La Caída entró a la teología judía con el apocalipticismo. En el Antiguo Testamento el pecado paradigmático que evidencia la pecaminosidad es la rebelión del pueblo que pidió volver a Egipto durante el éxodo.

Notemos también que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se da por sentado que los pecados son la causa de los infortunios de la vida. La enfermedad, la pobreza, la infertilidad de la tierra, de los ganados, o de los seres humanos, la derrota en la guerra, etc., son consecuencia directa del pecado. En otras palabras, el pecado desenlaza la ira de Dios, el aspecto negativo de Su justicia retributiva. El apocalipticismo, aparentemente, surgió para poder afirmar la justicia retributiva de Dios frente al infortunio de los inocentes

En Romanos 1:19-3:20, Pablo desarrolla la idea presentada en el versículo 18: la ira de Dios del cielo es manifiesta contra toda iniquidad. El desarrollo de la idea deja ver que la ira de Dios es evidente en los pecadores. Primeramente, Pablo usa conceptos predominantes en el judaísmo de su tiempo. El pecado número uno es la idolatría, y el número dos es la irregularidad sexual. Pablo enfatiza, sin embargo, que, si bien el pecado según los judíos es la trasgresión de La Ley, Dios es imparcial y tanto los judíos bajo La Ley como los gentiles bajo el poder condenatorio de la conciencia, son pecadores. La sección termina confirmando su afirmación de que todos los seres humanos son pecadores con una serie de citas de las Escrituras. En conclusión, bajo La Ley o bajo la consciencia todos son pecadores y manifiestan la ira de Dios.

Inmediatamente Pablo toma la idea de 1:17 y demuestra que la justicia de Dios se manifiesta en los que tienen fe, sin que La Ley o la conciencia tengan algo que ver en el asunto. Mientras que La Ley y la consciencia son agentes que conscientizan a los pecadores de estar viviendo en el mundo caído bajo el poder cósmico del pecado (una idea puramente apocalíptica), estos instrumentos condenatorios no funcionan en el mundo del segundo Adán, el mundo de los que tienen fe en el Cristo resucitado. Los que por el bautismo participan en la muerte y la resurrección de Jesucristo viven en la nueva creación. En esta creación pecar es actuar sin fe. El cristiano que vive por el poder del Espíritu que resucitó a Jesucristo de los muertos peca cuando actúa sin estar convencido que el Señor aprueba la manera en que está transponiendo su fe en una vida cotidiana que actualiza la presencia de Cristo en la tierra. Para los que participan en la creación del Cristo resucitado, el pecado no queda definido por La Ley, sino por la fe, o mejor dicho, por la carencia de fe (Rom. 14:5, 14, 23).

Esta es la cuarta definición del pecado que encontramos en la Biblia. Ella no tiene nada que ver con la pureza ritual, que Pablo explícitamente rechaza al declarar que la distinción entre puro e impuro no existe en el orden del ser (Rom. 14:14). Tampoco tiene nada que ver con las normas de la moralidad social y económica imperantes en el momento. Menos aún tiene que ver, según Pablo hace varios esfuerzos por explicar, con La Ley. Esta definición no es ni social, ni económica, ni política, ni religiosa. Es una definición espiritual. Es para los que viven por el poder del Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos.

Hasta aquí me he limitado a describir escuetamente lo que a primera vista la Biblia define como pecado. Lo que la Biblia no nos dice es qué hacer con estas cuatro definiciones. La Biblia no nos dice que hay que diferenciar entre pecados rituales y morales, o entre carnales y espirituales, o entre cardinales y ordinarios. La Biblia no nos dice si estas definiciones son complementarias o exclusivas. Si no queremos admitir que las definiciones reflejan cambios en la experiencia del pueblo de Dios a través de los siglos y cambios de culturas, tenemos que reconocer que absolutizar la condenación de ciertos pecados es de origen cultural. Dadas estas circunstancias, no es de sorprenderse que haya entre nosotros quienes digan que la homosexualidad es pecado y quienes lo niegen.


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