Escuela sabática: Género y discipulado

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Los discípulos originales eran hombres—casi todos jóvenes, y en su mayoría sin grandes responsabilidades familiares. Imagina por un momento esa cultura que restringía fuertemente las funciones de género, y piensa cómo se habría considerado a las mujeres si ellas hubieran tratado de convertirse en miembros del grupo de Los Doce. El ministerio de Cristo habría despertado aún más la sospecha y la ira de lo que ya lo hizo. Las mujeres, en el tiempo de Cristo, estaban relegadas a un papel periférico en el discipulado, y desde entonces, con relativamente pocas excepciones, las mujeres han permanecido en la periferia. Las que han logrado una función dentro del discipulado, han necesitado un inusual sentido del llamado y una enorme perseverancia.

María, la madre de Jesús, fue su primer discípulo, dentro de los confines de su función doméstica. Incluso antes de que ella pudiera conocer a su hijo, antes de que pudiera saber lo que sería su ministerio y lo que ella sufriría a causa de él, aceptó que su nacimiento tendría un significado especial. Sólo tenemos que leer la apreciada recopilación de mitos griegos y romanos de Ovidio, La Metamorfosis, para comprender que las historias de nacimientos virginales eran ya, en esa época, una parte común de la cultura. Muchas niñas que se encontraban embarazadas antes de lo que correspondía, explicaban a sus amigos y familiares que un dios había descendido del cielo, las sorprendió mientras ellas se encontraba solas y las impregnó con su simiente. ¡Lo difícil que debe haber sido para María ser una de “esas niñas”! Sin embargo, ella eligió creer; José también decidió creer con ella, y juntos criaron al niño que definiría de una vez por todas el sentido del discipulado.

Otras mujeres en el tiempo de Cristo también tuvieron que ser discípulas de la única manera que las mujeres, relegadas a papeles secundarios, podían hacerlo; pero, en la medida en que se les permitía, fueron fieles discípulas. María y Marta vivían bajo la protección de su hermano, hacían las tareas de la casa, y atendían a las visitas. Cristo y sus discípulos del sexo masculino disfrutaron de su hospitalidad. Allí encontraron un lugar para retirarse de las multitudes, comida casera, ropa de cama limpia. En María, Cristo encontró a una oyente deseosa de aprender y a una verdadera creyente en su capacidad de hacer lo imposible. Esta misma María cometió un acto protagónico, socialmente indignante, que tenía el potencial de causar una gran vergüenza a un joven profesor y predicador. Cuando uno de sus “verdaderos discípulos” la regañó por derramar su perfume en los pies de Cristo y secarlos con su cabello, el Maestro aceptó gustoso sus atenciones y la bendijo por haber entendido que el discipulado no sigue necesariamente las normas aceptadas socialmente (Juan 11 y 12).

En el comienzo de la era cristiana, ciertas voces bien conocidas, desde San Pablo hasta Agustín, fueron un factor de peso para definir el papel de la mujer en la vida cristiana, y estas voces hicieron muy poco para hacer que las discípulas del sexo femenino fueran bienvenidas en la corriente principal de la cultura cristiana. En su haber, Pablo declara en su carta a los Gálatas, que en Cristo hay igualdad perfecta: “No hay ni judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque sois todos uno, en Cristo Jesús” (3:28). Pero contradice sus afirmaciones de igualdad cuando hace otras declaraciones del lugar que le corresponde a una mujer, y no duda en recordar a las mujeres su vínculo con el pecado de Eva, a fin de mantenerlas en su lugar:

Una mujer debería aprender en silencio y en completa sumisión. No permito a una mujer que enseñe o tenga autoridad sobre un hombre; ella debe permanecer en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva. Y Adán no fue engañado; fue la mujer la que fue engañada y se convirtió en pecadora. Pero las mujeres se salvarán por medio del parto, si siguen en la fe, en el amor y en la santidad, con decoro. (1 Tim. 2: 11–15)

Aquí una mujer discípula es confinada a un silencio leal, y siempre se le debe recordar que lleva el pecado de Eva, de manera que nunca podrá ser una líder, nunca podrá expresar su fe mediante el uso de la palabra.

Dada la posición que asume Pablo con respecto al pecado de Eva, no es de extrañar que Agustín (354–430 d.C.), el más prolífico y locuaz de los Padres de la Iglesia, tenga un concepto tan pálido del lugar de las mujeres en el cristianismo. Argumentando a partir de la historia del Jardín del Edén, Agustín también afirma que es el plan de Dios que las mujeres estén subordinadas a los hombres. Incluso en su estado de beatitud, Adán y Eva estaban, de acuerdo con Agustín, destinados a vivir en perfecta armonía, lo que significaba que Eva debía obedecer a Adán. Una vez que el pecado entró a través de Eva, ella llegó a ser conocida como su tentadora, y por lo tanto todas las mujeres heredan el papel de tentadoras para los hombres, y portadoras del pecado.1 La tentadora debe ser vigilada, mantenida bajo observación, alejada de la posibilidad de infligir daño. ¿Cómo, entonces, hace ella para ser una discípula? Durante siglos, la iglesia cristiana argumentó sobre el estado de su alma, si es que se aceptaba que la mujer tiene, en verdad, un alma. Las mujeres que deseaban servir a Cristo debían hacerlo de la forma más discreta y subordinada posible.

¿En qué medida estas opiniones de los primeros cristianos sobre las mujeres nos afectan hoy, como cristianos, sobre todo como cristianos Adventistas del Séptimo Día? Con la excepción de un breve período durante los años de formación de la iglesia adventista, cuando tanto los hombres como las mujeres servían en funciones de liderazgo, las mujeres adventistas han desempeñado papeles secundarios en la iglesia. Hasta hace un cuarto de siglo, las mujeres podían enseñar a los niños en la Escuela Sabática, pero no podían ser ancianas. Podían ser obreras bíblicas, pero no ministras o evangelistas. Incluso hoy en día, cuando es común encontrar mujeres como ancianas de iglesia y pastoras, por lo menos en las iglesias grandes de Norte América, la denominación se niega a ponerlas en un rol de pleno discipulado, otorgándoles una ordenación de la misma categoría que la que reciben los pastores del sexo masculino: por eso se les impide, de hecho, ocupar posiciones superiores de liderazgo en el gobierno de la iglesia.

Ciertamente podemos argumentar que sin el acceso a estos puestos de dirección superior, las mujeres pueden ser discípulas de Cristo—como de hecho lo son. Todo aquél que sirve a Cristo es su discípulo, pero sólo podemos tener una idea aproximada del daño que se ha infligido a las mujeres, y al progreso de la iglesia, cuando más de la mitad de sus miembros no puede alcanzar las insignias oficiales del discipulado, en su más alto nivel. Podemos señalar un buen número de mujeres pastoras que están plenamente comprometidas como discípulas de Cristo, y que realizan una gran labor a favor de los demás discípulos. En mi iglesia, en el Pacific Union College, tenemos dos mujeres pastoras que trabajan en pie de igualdad con los pastores varones, pero hasta que la iglesia les quite el último obstáculo, estas mujeres, al igual que todas las demás pastoras, deben estar extraordinariamente seguras de su vocación, y perseverar en su discipulado.

Notas y referencias

1. Elaine Pagels, Adam, Eve, and the Serpent [Adán, Eva y la Serpiente] (New York: Random House, 1989), 113–14.

Marilyn Glaim preside el Departamento de Inglés en el Pacific Union College, en Angwin, California.


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