Escuela sabática: La humanidad de Jesús, ¿Como la de Adán y Eva, o como la tuya y la mía?


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

A través de los siglos, los cristianos han entendido en una variedad de formas la afirmación de las Escrituras de que, en Jesucristo, el Verbo se hizo carne. Nosotros, los adventistas del séptimo día, hemos visitado ese territorio varias veces en nuestra muy breve historia. Al principio, los primeros cristianos llegaron a prevalecer contra el arrianismo, que sostenía que la divinidad de Jesús es secundaria y posterior a la de Dios. Lo mismo hicieron los primeros adventistas. Hasta el día de hoy, ni el cristianismo en general, ni adventismo en particular, han ganado por completo la lucha contra todas las formas de docetismo, que es la tendencia a pensar que aunque Jesús parecía ser verdaderamente humano, en realidad no lo era.

Hoy los adventistas del séptimo día entienden la humanidad de Jesús de dos maneras principales. Por una parte están los que sostienen que Jesús era semejante a Adán y Eva antes de la Caída. Adoptan esta posición principalmente porque les preocupa que, si hacemos a Jesús demasiado semejante a nosotros, va a dejar de ser nuestro Salvador. Por otra parte están los que afirman que la naturaleza de Jesús es más como la nuestra después de la Caída. Favorecen esta posición en gran parte debido a que les preocupa que, si hacemos a Jesús demasiado diferente a nosotros, va a dejar de ser nuestro Ejemplo.

La tercera posición sostiene que Jesús experimentó nuestras debilidades, pero no nuestra propensión al pecado. Esta alternativa todavía no se ha impuesto. No sé si alguna vez lo hará, debido a que divide drásticamente las cosas.

Un nuevo libro de Herbert E. Douglass retrata cincuenta años de reflexión adventista del séptimo día sobre este tema, desde el punto de vista de alguien “de adentro” que tiene algunas reservas sobre lo que ha ocurrido. Su título es: Una horquilla en el camino: Preguntas sobre Doctrina: La histórica división adventista de 1957. Se puede adquirir en Remnant Publications (Publicaciones del Remanente). Lo recomiendo.

Próximas a aparecer en Adventist Today, las biografías de Raymond Cottrell y Desmond Ford revisarán algunos de estos mismos hechos a partir de dos perspectivas adicionales algo diferentes. Éstas deberían ser útiles también. La ponencias de Julius Nam, Jerry Luna, y Michael Campbell, presentadas en la conferencia del otoño de 2007 que se organizó en la Universidad de Andrews, se encuentran disponibles en Internet. Julius Nam ha escrito una excelente tesis que se publicará en breve.

Si tuviera que elegir una de las dos principales opciones, votaría a favor de la opinión de que la humanidad de Jesús era más como la nuestra. Heredé este punto de vista de mis padres y de la mayoría de mis mentores en la Universidad de Loma Linda. Además, tengo la impresión de que, en lo sustancial, esto es lo que encontramos en los escritos de Elena de White. También influye en mí el hecho que esta es la postura de Karl Barth y de Wolfhart Pannenberg, dos gigantes teológicos de nuestro tiempo.

Sin embargo, me gusta pensar que tengo algunas razones propias. Una de ellas es que la psicología nos enseña que las relaciones que tenemos nos ayudan a convertirnos en las personas que somos. No es que en primer lugar desarrollamos plenamente nuestras identidades y, a continuación, entramos en relaciones con otras personas cuyas propias identidades ya están también totalmente establecidas. Más bien, todas las personas con las que nos relacionamos aportan cierta contribución a nuestro interminable proceso de convertirnos en individuos únicos, y nosotros retribuimos de la misma manera. Cada uno de nosotros es más que la suma de sus relaciones; sin embargo, las relaciones hacen un aporte ineludible a la identidad.

Yo podría creer que la humanidad de Jesús era más como la de Adán y Eva antes de la Caída, sólo si sostuviera que ninguna de las relaciones que Jesús tuvo durante su vida con la gente común, como usted y yo, hizo algún aporte a su identidad. Esto equivaldría a una doctrina de las Inmaculadas Relaciones de Jesús. No puedo ir tan lejos.

Para mi forma de pensar, se trata de un asunto abrumadoramente decisivo. Una cosa es sugerir que el nacimiento milagroso de Jesús lo libró de tener una naturaleza humana más semejante a la nuestra. Pero otra cosa es decir que Dios hizo otro gran milagro, o un sinnúmero de milagros pequeños, para garantizar que ninguna de las relaciones de Jesús con la gente común hiciera la más mínima contribución a su identidad. La única otra opción que se me ocurre, sería decir que las relaciones no contribuyen a la identidad de ninguno de nosotros. Sin embargo, no estoy en condiciones de desechar todas las evidencias psicológicas que están en contra de esto.

Las ciencias del comportamiento siempre se ocupan de debates como éstos; lo mismo hacen las demás disciplinas académicas. Siempre deberíamos revisar lo que ellas dicen, ya que puede resultar útil.

Sin embargo, la longevidad de estas discusiones puede verse limitada, porque todas las posiciones parten de un supuesto que es obsoleto y no-bíblico. Este supuesto es que podemos hablar de la “naturaleza”, “sustancia” o “esencia” de una persona como si se tratara de una “cosa que no cambia”. Puede haber tenido sentido, en el pasado, pensar de esta manera. Pero ya no lo tiene.

Durante siglos, las palabras sustancia, esencia, y naturaleza se referían a aquello que “es lo que es”, sin tener en cuenta los cambios en las relaciones y en el tiempo. La idea era que la sustancia de una cosa puede cambiar sin que esto sea evidente. Esto es lo que enseña la doctrina Católica Romana de la transubstanciación. Se sostiene que, en la Misa, las sustancias del pan y el vino se convierten realmente en las sustancias del cuerpo y la sangre de Jesús, permaneciendo iguales en su apariencia externa.

De acuerdo a este tipo de pensamiento, lo contrario también puede ocurrir. La “sustancia” o “esencia” o “naturaleza” de una cosa puede seguir siendo la misma a pesar de que todo lo demás siempre esté cambiando. Esto parece ser lo que andamos buscando cuando nos preguntamos acerca de la “naturaleza” humana de Jesús.

Pero el pensamiento sobre la “sustancia” es anticuado y anti-bíblico. Las personas humanas no son como sólidos bloques de hielo, que parecen ser inmutables e impenetrables. Son más bien como los arroyos de agua burbujeante que recogen muchas cosas a medida que corren. Esto no quiere decir que Jesús fuera culpable de algún pecado, de ninguna manera, sino sólo que él era verdaderamente humano.

Durante siglos, los estudios doctrinales sobre Jesucristo (Cristologías) han distinguido entre su “naturaleza” y su “obra”. Esto es casi una necesidad práctica; sin embargo, puede ser engañosa, ya que en él “Ser” y “Acción” convergen: Jesús es como aquello que él hace.

David Larson enseña en la Escuela de Religión de la Universidad de Loma Linda, en California.


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