Escuela sabática: La maravilla de sus obras


(system) #1

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

“Las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” Juan 5:36.

La obras asombrosas realizadas por Jesús hacen de él un fuera de serie. Los Evangelios narran una gran variedad de cosas hechas por Jesús, pero todas ellas pueden agruparse en tres aspectos principales que pueden resumirse bajo los siguientes encabezados: obras poderosas; formando al nuevo pueblo de Dios; transformando la muerte en vida. La lección de esta semana se centra en las obras de Jesús que pueden agruparse bajo el primer encabezamiento.

¿Milagros u obras poderosas?

El intento de definir el concepto de “milagro” ha enredado a filósofos, científicos y teólogos durante siglos, y no es éste el lugar para resolver el problema. En lugar de ello, vamos a eludir la maraña evitando usar el término “milagro” y empleando en su lugar los términos aplicadas por aquellos que experimentaron las poderosas obras de Jesús de primera mano –llamándolas “obras” (erga, en griego), “signos” o “señales” (semeia), o “derramamientos del poder divino” (dynameis), los cuales produjeron resultados espectaculares, según el relato de los Evangelios. Lucas los resumió adecuadamente en la siguiente declaración: “Jesús de Nazaret . . . poderoso en obras y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo” (Lucas 24:19), y “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y . . . éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo. . . . Y nosotros somos testigos de todo lo que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén” (Hechos 10:38-39).

Estas obras poderosas pertenecen a las siguientes categorías: curaciones dramáticas (de la lepra, ceguera, cojera, sordera, hemorragias, quizás la epilepsia, deformidad física, decaimiento, heridas de espada); exorcismos de espíritus malignos; resurrecciones de muertos, y otros acontecimientos dramáticos relacionados con el mundo natural (la tormenta que fue calmada, la alimentación de la multitud, la caminata sobre el agua, la maldición de la higuera, la moneda en la boca del pescado, la gran cantidad de pescados, la conversión del agua en vino).

¿Sucedieron realmente estas cosas, de la manera en que las registran los Evangelios? En respuesta a esta pregunta, tenga Ud. en cuenta que los relatos se integran en la trama misma de los cuatro Evangelios, dando la impresión de que desde el principio pertenecían a la historia personal de Jesús. No se añadieron a las narraciones en una fecha posterior para aumentar la autoridad de Jesús. Narrar la historia de Jesús sin estas obras haría injusticia al mensaje. Los relatos de los Evangelios acerca de las obras poderosas de Jesús no eran elementos opcionales ni periféricos. Eran parte integrante de su ministerio. Incluso sus oponentes se vieron obligados a reconocer sus poderosas obras, las cuales ellos trataron de desacreditar como magia negra o demoníaca (ver Lucas 11:15-20).

Estas obras poderosas no eran tan comunes en los tiempos de Jesús, como algunos críticos recientes de los Evangelios declaran tajantemente. Si las esquinas de las calles y los mercados de las ciudades antiguas hubieran estado ocupados por obradores de portentos como los registrados en los Evangelios, y si su cotidianeidad, así como su autenticidad hubieran sido dadas por sentadas por los antiguos, no habría nada destacable en atribuir estas obras a Jesús –no le habrían hecho destacar sobre cualquier otro obrador de milagros callejero, y por lo tanto no habrían servido para apoyar su misión.

¿Por qué hizo Jesús estas obras poderosas? Una respuesta a esta pregunta, ampliamente sostenida por cristianos de las generaciones anteriores, era que los milagros de Jesús daban pruebas de su naturaleza divina. Los milagros “demostraban” la divinidad de Jesús. Por ejemplo esto es, claramente, lo que plantea Juan en el capítulo 5. Pero este mismo capítulo también indica que no todo el mundo estaba convencido de la divinidad de Jesús. La preocupación de Jesús iba mucho más allá de su propia identidad personal. Lo que él mostraba a la gente, tanto por la palabra como por los hechos, era el nacimiento del reino de su Padre celestial.

¿Cómo explicaba Jesús mismo sus obras poderosas? En algunas ocasiones se negó a realizarlas, especialmente cuando se lo solicitaban, negándose a utilizarlas como pruebas de su naturaleza divina (Mateo 4:5; 12:38). Del mismo modo, se negó a rescatarse a sí mismo mediante la realización de obras poderosas (Mateo 4:1; Lucas 23:25). Mientras que algunas de sus obras se realizaron en público, tales como la curación de una mano seca (Marcos 3) y la alimentación de las multitudes, él ordenó que las demás se mantuvieran en secreto (Marcos 8:26).

Las obras poderosas de Jesús eran una dramática confirmación de su mensaje acerca del reino de Dios. Él desafió a sus oyentes para que observaran las obras poderosas, y que luego sacaran sus propias conclusiones acerca de la fuente del poder. Esto se ve en su respuesta a los mensajeros de Juan Bautista, enviados desde la prisión para preguntar si Jesús era realmente el Mesías prometido. Después de ser testigos de un “día típico” en el ministerio de Jesús, que incluía varias curaciones, el Señor les envió de vuelta a Juan Bautista diciéndoles: “Bienaventurados los que no encuentran que yo sea un obstáculo para la fe” –en otras palabras, “las cosas que el profeta Isaías profetizó para el tiempo de la restauración, son en realidad las que están ocurriendo en mi ministerio. Saquen sus propias conclusiones, sobre la base de los testimonios oculares de vuestros seguidores”.

Las obras poderosas apuntaban hacia el tipo de mundo que Dios quería, con los seres humanos y la naturaleza redimidos de la interferencia del mal con su consiguiente secuela de enfermedad y sufrimiento. Su obras poderosas aportaron vislumbres de ese mundo nuevo a muchas personas, a sus familias y aldeas. Este es el punto que trata de destacar el capítulo 9 de Mateo, del cual fue extraído el versículo de memoria de esta semana.

Por último, las obras poderosas eran recompensas por la fe. Jesús esperaba que hubiera fe por parte de los beneficiarios de sus obras: “hija, tu fe te ha salvado” (Marcos 5:34); “no temas, sólo cree” (Marcos 5:36); “todas las cosas son posibles para los que creen” (Marcos 9:23); “Esta clase no puede ser expulsada con nada, sino con oración y ayuno” (Marcos 9:29). Los ojos de la fe, contemplando las poderosas obras de Jesús, se dieron cuenta de lo que Dios pretendía para sus hijos, y vieron los inicios de esa nueva realidad en el ministerio de Jesús. Es por ello que los Evangelios sitúan las obras poderosas en el centro mismo del cuadro –Jesús no hubiera sido Jesús sin ellas, ni Dios sería Dios. Las obras poderosas de Jesús llaman nuestra atención hacia el plan de Dios para un universo restaurado, libre de la sombra del sufrimiento y de la muerte.

Steve Thompson enseña religión en Avondale College, en Cooranbong, Australia.


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