Escuela Sabática: La realidad de su humanidad


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Ningún tema o serie de textos bíblicos podría ser más importante que la lección de esta semana. Incluso si dedicáramos trece semanas a este tema, ¡no agotaríamos la enorme importancia de entender correctamente la “realidad de su humanidad”! Esto es mucho más que un ejercicio teológico. ¡La experiencia personal de cada hombre, mujer y niño que hoy respira en este planeta se ve afectada directamente por la comprensión que tengan de cuán “real” era la humanidad de Cristo! ¡Que todavía lo es!

Cuando Gálatas 4:4 nos dice que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”, inmediatamente nos vemos obligados a preguntar: “¿Qué tipo de mujer?”, y “¿Qué clase de ley?” El cristianismo ha estado dividido durante cientos de años a causa de muchas controversias sobre María. Ella no era la “Reina de los Cielos”. María no nació a través de algún tipo de Inmaculada Concepción. Ella nació como todas las mujeres judías, e igual como nacería su Hijo, aceptando “los resultados de la obra de la gran ley de la herencia”.1

Tanto María como su Hijo nacieron “bajo la ley”. Pero Jesús tenía una misión especial: Él vino a redimir a la humanidad de la esclavitud de la Ley. No hay nada malo con la Ley, pero la humanidad fue “maldita” por no haber “cumplido” el propósito de la Ley. Jesús “nos redimió de la maldición de la ley” (Gálatas 3:10-13). Pablo no dijo que Jesús fue “maldito”, sino que él abolió la maldición mediante su vida y muerte, lo que demuestra que la Ley era “santa, justa y buena” (Rom. 7:12) y podría ser obedecida por otros así como él lo hizo (Apoc. 3:21).

Esa es una gran realidad; pero hay más. Pablo insistió en que debemos comprender la importancia de la humanidad de nuestro Señor. Gregorio Nacianceno (a principios del siglo IV) entendió lo que Pablo quiso decir: “Porque lo que Él no ha asumido, no lo ha sanado”. Nótese la conexión soteriológica en la cristología de Pablo, que para muchos teólogos es la esencia de la realidad de la humanidad de nuestro Señor:

Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo. . . . Por lo cual debía ser en todo (“en todos los aspectos”, VR) semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Sumo Sacerdote en lo que a Dios se refiere, . . . Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:14-18).

¡No es difícil que lo entienda un niño de sexto año de la escuela primaria! Jesús atajó cada tiro de flecha de Satanás, cara a cara, en combate personal “en todos los aspectos”, tal como lo debemos hacer usted y yo. ¡Jesús ganó y Satanás fue derrotado! ¿Entonces qué? Lo hizo para que podamos saber, sin una sombra de duda, que tenemos un Señor viviente, nuestro Sumo Sacerdote, cuya misión principal es darnos el mismo tipo de apoyo mental y emocional que él necesitaba cuando estaba pasando por la misma clase de tentación /seducción/ invitación de Satanás, hace dos mil años. Y nos da ese apoyo por medio del Espíritu Santo.

La razón principal de tratar de entender correctamente la humanidad de Jesús reposa sobre este principio simple: Sabemos que Jesús fue un “verdadero” ser humano, que no tuvo ventajas especiales, que enfrentó los mismos desafíos que implica crecer como adolescente y adulto joven, mirando cara a cara las mismas tentaciones que todos los jóvenes enfrentan hoy en día. Saber que Jesús ha estado aquí enfrentando las mismas cosas que todos los jóvenes y adultos enfrentamos ahora, darnos cuenta de eso, se convierte en la “Diferencia Jesús”. Sin este conocimiento, Jesús seguramente no tendría nada que decir –salvo otorgar el “perdón” cuando lo buscamos. ¡Y eso no es mucho para lo que Dios quiere llevar a cabo mediante su Plan de Salvación!

¿Qué pasa con los que sufren, o dudan, o se enfrentan a la soledad, o experimentan el fracaso? ¿Qué pueden esperar de la “Diferencia Jesús”? ¡Mucho! Sin duda Pablo entendió lo que estamos considerando hoy:

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que ha traspasado los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado [es decir, sin ceder ante el pecado]. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14-16).

En verdad la “Diferencia Jesús” viene con las dos manos llenas de lo que necesitamos, precisamente, para cada ocasión, diariamente: Él ofrece gratuitamente tanto “misericordia” como “gracia”, perdón y poder. Las definiciones limitadas de la gracia hacen que confundamos lo que significa la “Diferencia Jesús” –la gracia, en su más pleno sentido, es todo aquello que necesitamos cuando nos enfrentamos con el Maligno.

Nunca hubiéramos sabido cuán cerca de nosotros está Jesús en este mundo malvado, si Pablo no hubiera visto la conexión entre su soteriología y su cristología, entre su comprensión del plan divino de la salvación y la realidad de la humanidad de nuestro Señor.


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