Escuela sabática: La ternura de su amor


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

A primera vista, la idea de estudiar la ternura del amor de Jesús parece casi un ejercicio inútil. Después de todo, ¿quién entre nosotros no cree que su amor fuera tierno? Ciertamente no necesitamos esforzarnos para llegar a convencernos de este hecho.

Los Evangelios registran muchas historias que muestran un amor tierno y desinteresado en las acciones de Jesús. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor” (Marcos 6:34). Lo imaginamos llorando cuando siente un gran pesar por Jerusalén, a semejanza de un padre que agoniza de dolor cuando un hijo yerra. “¡Jerusalén, Jerusalén, ciudad que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros de Dios! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina protege a sus polluelos debajo de sus alas, pero no quisiste!” (Mateo 23:37). Incluso mientras estaba crucificado, Jesús pidió a su Padre que perdonara a los que eran responsables de su tortura y ejecución. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que están haciendo” (Lucas 23:34).

¿Podría haber un amor más extremo y tierno que éste? Sin embargo, ¿es posible que exista algún peligro en enfocarse mucho en este tema cuando se habla de la vida de Jesús? La típica imagen de su tierno amor, a menudo nos lleva a ver a Jesús como si tuviera una sola dimensión humana. Es más, a menudo esto nos hace poner a Jesús en directa oposición a Dios.

El problema comienza cuando intentamos conciliar al Dios del Antiguo Testamento con el Dios (Jesús) del Nuevo Testamento. ¿Fue sólo Jesús quien exhibió un amor tierno? ¿Y qué podemos decir de la ternura del amor de Dios? La mayoría de nosotros nos sentimos bastante cómodos con la idea de la ternura del amor de Dios. Podemos muy fácilmente imaginar a Dios tomando a los niños en su regazo y diciendo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” (Mateo 19:14).

Pero ¿dónde está la ternura de Dios cuando leemos pasajes tales como, “He aquí que yo estoy contra ti, oh Israel, y sacaré mi espada de su vaina, y cortaré de ti a los justos y los impíos por igual” (Ezequiel 21:3)? O como este: “El pueblo de Samaria será asolado, porque se rebeló contra su Dios; caerán a espada; sus pequeños serán arrojados contra el suelo para muerte, y sus mujeres embarazadas serán abiertas a espada” (Oseas 13:16).

Sí, hay dificultades para conciliar la ira de Dios con su ternura. Sin embargo, sospecho que hay mucho mayor dificultad, y malestar, en la conciliación de la ternura de Jesús con su propia ira. ¿Qué podemos decir de la historia de la rebelión de Coré, Datán y Abiram, tal como aparece en Números 16? ¿Podemos imaginar a Jesús como el responsable de la muerte de todas las familias rebeldes, incluidos los bebés, pequeños e inocentes?

Una de las historias del Nuevo Testamento que se utiliza a menudo para ilustrar el tierno amor de Jesús, es la de la mujer atrapada en adulterio. ¿Podemos preguntar cómo se las habría arreglado en los tiempos del Antiguo Testamento? ¿Habría terminado la historia del mismo modo? ¿Cuál habría sido su suerte bajo el Dios del Antiguo Testamento? ¿Será posible que Jesús y Dios no estuvieran de acuerdo sobre el mandamiento de Levítico 20:10?

Ya en el segundo siglo, los cristianos luchaban con esta cuestión. Marción se resistía a creer que el Dios vengativo y airado del Antiguo Testamento fuera el mismo Dios amante y misericordioso de Jesús. Para él, la respuesta planteaba la existencia de dos Dioses –el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de Jesús. En opinión de Marción, el Dios del Antiguo Testamento se encargaba de ver que su pueblo guardara su Ley, y de castigarlos cuando fallaban. En contraste, el Dios de Jesús era más bondadoso, más suave, enviado a salvar a las personas del vengativo Dios del Antiguo Testamento.

Descartamos la teoría de Marción sobre los dos Dioses, en el mejor de los casos como insostenible. Nos decimos a nosotros mismos que somos demasiado astutos teológicamente como para suscribirnos a esa teoría. Nos gusta citar la Escritura que dice: “Si me has visto, has visto al Padre” (Juan 14:9). Sin embargo, ¿no será que, en esencia, hemos construido una “teología Dios/ Jesús” que es muy parecida a la de Marción? Estamos razonablemente cómodos con la ternura de Dios, y podemos señalar textos de las Escrituras que describen su amor y fidelidad (Éxodo 34:6-7; Isaías 41:9). La verdadera prueba viene cuando intentamos equiparar la persona de Jesús, y su ternura, con la ira de Dios.

Normalmente hay una negación en cuanto a que Jesús exhibió lo que podríamos describir como emociones negativas (o tal vez violentas). La mayoría de los cristianos no sostendrían algo así; ni siquiera estarían dispuestos a discutir el tema. Generalmente se realizan grandes esfuerzos para hacer ver a Jesús no tan enojado, tanto que él resulta esencialmente desprovisto de cualquier rasgo de personalidad que pudiera caer en el ámbito de la emoción negativa. Las más citadas excepciones, su encuentro con los cambistas (Marcos 11:15-19) y el hombre con la mano deforme (Marcos 3:1-5), son a menudo tratados como aberraciones.

En nuestro afán por presentar al Jesús del Nuevo Testamento como un “mejor camino”, ¿no hemos sido culpables de crear una teología del “policía malo / policía bueno”? ¿No hemos apoyado, en lo esencial, la descripción de Dios y Jesús que hizo Marción?

En verdad, no podemos ignorar la ira de Dios –el Antiguo Testamento tiene una amplia evidencia de este hecho. Tampoco podemos negar la ternura de Jesús –el Nuevo Testamento tiene amplias evidencias de este hecho. El dilema en el que nos encontramos, entonces, es este: que preferiríamos centrarnos en la ternura de Jesús, para casi excluir la necesidad de hacer frente a su ira, y a la de Dios. Rechazamos la imagen de un Dios enojado, lleno de ira, al que un tierno Jesús debe suplicar para que no nos destruya. Sin embargo, nuestra teología a menudo muestra que no hemos descartado totalmente esta creencia.

La ternura de su amor fue el mayor milagro de Jesús. Su ira es tal vez su mayor misterio. ¿No sería provechoso explorar de manera más veraz y precisa la relación entre las dos?

Jim Bursey escribe desde Yuba City, California, EE. UU.


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