Escuela sabática: ¿Maestro o Salvador?


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Si uno tuviera que elegir entre un salvador y un maestro, el salvador ganaría, sin duda. Al menos esa es la visión cristiana, donde Jesús como Salvador parece eclipsar a Jesús como Maestro. Todas las grandes religiones del mundo nos ofrecen maestros de una sabiduría ética profunda. Sólo el cristianismo anuncia un Salvador que muere en lugar del pecador arrepentido.

En cierto encuentro, un destacado maestro de Israel rinde homenaje a Jesús como si fuera un compañero de trabajo o un colega, y más aún –un “maestro enviado de Dios”. Jesús le advierte al instante: “En verdad, en verdad te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Es obvio en esta parte y en el resto del discurso de Jesús, que Nicodemo necesitaba un salvador y no un maestro. Él mismo, y los que él representaba, necesitaban haber nacido desde arriba, es decir, ser bautizados por el agua y el Espíritu. De lo contrario, las palabras de Jesús procedentes de lo alto deberían seguir siendo un enigma.1

Pero es demasiado fácil limitarse a denegar a Jesús el título de Maestro de la Sabiduría, a favor del título de “Jesús el Salvador”. Según Juan 2:24-3:2, Nicodemo es un buen ejemplo de aquellos que confiaron en Jesús, pero en los cuales Jesús no podía confiar. Esta creencia insuficiente de aquellos en los cuales no se podía confiar, se basaba en las “señales” que hizo Jesús, en los milagros que realizó, y no en sus enseñanzas. Nicodemo se refirió a los milagros: “Nadie puede hacer estas señales que tú haces, a menos que Dios esté con él” (Juan 3:2). Pero en el Evangelio de Juan, Jesús actuó como maestro al revelar la verdad sobre su origen celestial, así como la verdad de que “de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo aquél que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. En el Evangelio de Juan, que según algunos está vacío de instrucción ética, Jesús enseña a sus seguidores acerca de su urgente necesidad de un profundo amor mutuo, a semejanza de la unidad y el amor de la Divinidad que llevó a Jesús a la cruz. Jesús prometió el ministerio de enseñanza de su sucesor, el Espíritu, que guiaría a los creyentes a toda la verdad.

¡Cuidado con aquellos que están dispuestos a prescindir de Jesús como Maestro, por causa de una equivocada lealtad a Jesús, el crucificado y resucitado Salvador! Es cierto que la epístolas de Pablo muestran poco interés en citar al Jesús terrenal. En lugar de ello, Pablo extrae de la muerte y resurrección de Jesús una forma de vida para aquellos que están “en Cristo Jesús”. Pero cualquier conflicto entre Pablo y los Evangelios es más aparente que real. La ética de Pablo para quienes están “en Cristo Jesús” resulta ser compatible con la ética impartida por el Jesús terrenal en su viaje hacia la cruz, como lo deja muy en claro el Evangelio de Marcos. Esto no debería sorprendernos, pues los principios del Reino de los Cielos fueron enseñados por el Rey que murió en la cruz.

La intención de Jesús era que se diera preeminencia a sus enseñanzas y se las pusiera en práctica. El gran Evangelio de la enseñanza, Mateo, termina con el mandato de Jesús a sus discípulos para que hagan discípulos en todas las naciones, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que él les había mandado (Mateo 28:19, 20). Sin duda el contenido de esta enseñanza se centra en el programático Sermón de la Montaña que encontramos en Mateo 5-7. Seguir a Jesús significa escuchar estas palabras y cumplirlas, ponerlas en práctica. Lo contrario es arriesgarse a escuchar a Jesús declarar: “Nunca os conocí, apartaos de mí, obradores de maldad” (Mateo 7:23). El oyente sabio escucha las palabras de Jesús y las hace; el necio hace caso omiso de ellas y se pierde eternamente (Mateo 7:24-27).

Hay una notable coherencia en relación con las enseñanzas de Jesús en todo el Nuevo Testamento. Las Bienaventuranzas de Jesús dadas al principio de su carrera docente, pueden ser comparadas punto por punto con las exhortaciones de Pablo, el apóstol de la Cruz. Dondequiera que miremos –ya sea en el Sermón de la Montaña o en las historias de las parábolas, en las epístolas de los diversos apóstoles, o incluso en el libro de Apocalipsis, emergen los principios del reino— un amor asertivo e incluso creativo; una humildad que vela por los intereses de los demás; un perdón otorgado por agravios reales; una alegría ante los logros de los demás; una vida de integridad, fidelidad y misericordia; y por encima y por debajo de todo, un respetuoso agradecimiento por la extraordinaria bondad de Dios, supremamente evidente en Cristo Jesús.

Los Evangelios y los escritos de Pablo no sólo están de acuerdo en las normas de conducta del creyente. También están de acuerdo en cuanto a la base de la salvación por gracia, que no toma en cuenta los logros humanos. Mire atentamente las bases del Sermón de la Montaña y verá que Jesús no impuso una salvación basada en las obras, que contrastara con el mensaje de la gracia y la fe del evangelio de Pablo. Allí Jesús invita a entrar en el reino de los cielos a través de la puerta del arrepentimiento (4:17). Para mostrarnos más claramente los contornos de ese vital arrepentimiento y para enfatizar su relación con el Reino de los Cielos, el Maestro ofrece las bienaventuranzas, que comienzan con una declaración clara de la gracia: “Bienaventurados los pobres de espíritu” –aquellos que reconocen su pobreza espiritual— “porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5:3). Jesús enseñó que la inclusión en el reino de los cielos se basa en una humilde honestidad en presencia de un Dios misericordioso, y no en heroicos logros éticos o religiosos, ya sean presentes o futuros.

Más tarde, en una historia registrada por Lucas, el Maestro habla de dos hombres que buscan el favor de Dios –uno de ellos presentando hechos arduos y piadosos para ser puestos a su crédito, mientras que el otro no tiene más que una necesidad desesperada. Sólo el arrepentido, que clamó: “Dios, ten misericordia de mí, pecador”, se fue a su casa teniendo una relación con Dios que le dio la salvación (Lucas 18:13). El Reino de los Cielos pudo ser confiado al pecaminoso recaudador de impuestos, pero no al piadoso fariseo, cuya justicia propia le llevó a mirar con desprecio a los mortales inferiores a él.

En la cruz, el Maestro entregó su vida como el Salvador de los pecadores. Todos los grandes maestros promulgan su instrucción. El Maestro mayor de todos no fue una excepción. La muerte del Maestro a favor de sus discípulos se ha convertido en la estrella que guía la ética cristiana. Jesús enseñó antes de la acción: “Cualquiera que quiera ser el primero entre ustedes debe ser siervo de todos. Porque el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Marcos 10:45).


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