Escuela sabática: Se apagaron las luces, la casa está vacía


(system) #1

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Un lúcido académico adventista, que podría preferir permanecer anónimo, me dio cierta vez una definición de “esperanza” que da que pensar: “Esperanza es lo que uno tiene cuando no hay evidencias suficientes como para estar optimista”.

Siempre me ha dejado perplejo esa capacidad de algunas personas para permanecer optimistas y esperanzadas aún en las circunstancias más desalentadoras. Algunos de mis amigos y conocidos tienen dificultades para ver la luz del sol aún en los días más brillantes. Otros permanecen animados frente a lo que parece imposible.

Aunque generalmente es de admirar el optimismo de algunos frente a las dificultades, un logro especial puede tomar ventaja del mismo don y deslizarse hacia la arrogancia. Cuando eso me ha pasado a mí, he encontrado que 1 Corintios 4:7 es un correctivo aleccionador, especialmente en las palabras vibrantes de la Versión Inglesa Contemporánea: “¿Qué hay de especial en ti? ¿Qué tienes que no te haya sido dado? Y si te fue dado, ¿cómo puedes alardear?”

Ese versículo me vino muy bien hace algunos años después de un juego de raqueta con un compañero que me conocía muy bien. Por ese tiempo, cuatro de nosotros jugábamos juntos con bastante regularidad. Cada uno tenía habilidades diferentes. Yo (el colega A) tenía velocidad, el colega B tenía fuerza, el colega C tenía alcance, y el colega D tenía la inteligencia estratégica–según él. Nos divertíamos mucho juntos. Pero un día, después de un partido de singles con el colega B (el que tenía fuerza), él hizo el siguiente comentario: “La velocidad en los pies es como la afinación perfecta en la música; o la tienes o no la tienes”.

Hablando desde una cruda perspectiva masculina, debo admitir que no hay un sentimiento más deliciosamente malvado que la prisa que sobreviene cuando uno enciende el acelerador adicional y deja atrás a los demás en medio del polvo. Incluso para los espectadores, las picadas cortas (es decir, de 100 y 200 metros) ofrecen el espectáculo más dramático. Para mí, sin embargo, los recuerdos presuntuosos de que “¡lo logré!” fueron equilibrados por el darme cuenta de que mi compañero tenía razón. Si usted mira a un grupo de niños jugando en el patio de una escuela, resulta evidente que algunos pueden correr y otros no. Las exhortaciones en altos decibeles no hacen casi ninguna diferencia.

La luz que arroja 1 Corintios 4:7 es, en verdad, aleccionadora, porque se puede aplicar a todas las experiencias humanas. Los que tienen un alto desempeño en la sala de clases se sacan buenas notas en los exámenes y en los proyectos y ejercicios prácticos. ¿De quién es el mérito? De Dios. Y en cuanto a los que obtienen buenas notas por causa del esfuerzo más que por la inteligencia innata, ¿de quién es el mérito? De Dios.

En suma, todo lo que hagamos es un don de la gracia de Dios. Todo lo que hacemos es simplemente una devolución de ese don a la familia humana, de distintas maneras, para que puedan ser una bendición para otros. Al menos esa es la intención de Dios.

Y eso nos trae al asunto de la “esperanza indestructible” durante un trimestre en el que todas las lecciones se concentran, de una manera o de otra, en el tema de soportar los tiempos difíciles en “El fuego del Orfebre”. Dos personajes bíblicos que inevitablemente surgen en un estudio de este tema, son Jeremías y Job. Ambos fueron hombres íntegros que fueron llamados a soportar dificultades extraordinarias. David y Pedro vienen más atrás, porque ellos fueron los causantes de la mayoría de las dificultades que debieron soportar. Pero Jeremías y Job fueron simplemente hombres inocentes que sufrieron mucho.

¿Fue “indestructible” la fe de ellos? Bueno, por lo menos sobrevivieron y tenemos sus historias en las Escrituras. Ambos tuvieron sus momentos especiales, sin duda. Jeremías nos ha legado algunas de las oraciones más angustiosas en sus así llamadas “Confesiones” (11:18–12:6; 15:10–21; 17:14–18; 18:18–23; 20:7–13, 14–18). Y Job, después de su noble declaración “El Señor ha dado y el Señor ha quitado, bendito sea el nombre del Señor”, fue capaz de estar quieto por una semana solamente. Entonces “abrió su boca y maldijo el día de su nacimiento”. En realidad algunos de los antiguos rabinos afirmaron que, al fin de cuentas, Job en verdad maldijo a Dios. Esa es la razón por la que Dios le dio un premio doble en esta vida, ¡porque perdió todo derecho a una recompensa en la vida venidera!

Es lícito preguntar, entonces: ¿Es realmente indestructible la esperanza? ¿O es que todos tienen su punto débil? Los que sobreviven a los tiempos difíciles, a menudo dan testimonio de haberse sentido desolados en el valle de las sombras. El clamor de Jesús en la cruz es uno de los mejores ejemplos: “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

En los tiempos modernos el diario de C. S. Lewis, Una congoja observada, escrito después de la muerte de su esposa, destaca el contraste entre los buenos tiempos–cuando sentimos la presencia de Dios—y los momentos en que nos sentimos abandonados:

“Entretanto, ¿dónde está Dios? Este es uno de los síntomas más perturbadores. Cuando estamos felices, tanto que no sentimos necesidad de él, tan felices que nos sentimos tentados a tratar sus pedidos como si fueran una interrupción, entonces, si nos acordamos y nos volvemos a él con gratitud y alabanza, seremos recibidos con los brazos abiertos de bienvenida–o así lo sentiremos.

“Pero si vamos a él cuando nuestras necesidades son desesperadas, cuando cualquier otra ayuda es vana, ¿qué encontramos? Una puerta que nos golpea en las narices, y un sonido como que desde adentro están poniendo doble llave. Y después de eso, el silencio. También uno puede dar media vuelta e irse. Porque mientras más esperamos, el silencio será más enfático. No hay luces en las ventanas. Podría ser que la casa esté vacía. ¿Estuvo habitada alguna vez? En algún momento nos pareció que sí. Y ese parecer fue muy seguro. ¿Qué puede esto significar? ¿Por qué Dios está tan presente como comandante en nuestros tiempos de prosperidad, y tan ausente como ayudador en los tiempos de dificultades?” (1.7).

Lewis llegó, finalmente, al punto donde su mente ya no encontró más “esa puerta cerrada” (4.4). Hacia el final de su diario hace esta declaración:

“Gradualmente he llegado a sentir que la puerta ya no está cerrada con llave. ¿Fue acaso mi propia necesidad frenética la que cerró la puerta en mis narices? El momento cuando en tu alma no hay absolutamente nada, excepto un clamor de ayuda, puede ser el momento en que precisamente Dios no te la puede dar: estás como el que se ahoga, que no puede ser salvado porque se agarra y manotea. Tal vez tus propios gritos reiterados te han dejado sordo para oír la voz que esperabas escuchar." (3.25)

Me siento agradecido por las historias de sobrevivientes. Nos dan razones para creer que quizás la esperanza en verdad puede ser indestructible. Necesitamos esa clase de ayuda.


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