“Estresando el cuerpo”

Hace aproximadamente un año en una reunión familiar, mis hermanos y mis padres me confrontaron acerca de cuán estresada pensaban que yo estaba. Hasta ese momento yo pensaba que probablemente sólo estaba ocupada. Me imaginaba que mi horario de pronto se aliviaría y volvería a la normalidad. Por supuesto, ese era un autoengaño de los más comunes. Pero la preocupación de muchos de mis seres queridos me obligó a pensar en el estrés, y en cómo podría manejar la situación. Me gustaría poder decir que fui directamente a mi tradición cristiana, a los principios enseñados por las Escrituras, con el fin de estudiar la forma de manejarlo, pero eso no es lo que sucedió. Todavía estoy en el camino de aprender a confiar en Dios para descansar en Él y, de esta manera, estoy agradecida porque esta lección nos recuerda que nuestros textos sagrados tienen mucho que decir acerca de cómo priorizar las cosas y entrar en el reposo de nuestro Señor.

Los pasajes de la Biblia que nos recuerdan que Dios provee para nuestras necesidades y que debemos “poner nuestra ansiedad sobre él” son importantes. Tenemos que reclamar esas promesas. Tenemos que decirnos la verdad a nosotros mismos –acordarnos de lo que es real y discriminar qué no lo es. No tenemos el poder de hacer todo lo que necesitamos hacer. Dios es Dios, y nosotros no. Él nos ama y su voluntad suprema es que aprendamos a amar mejor.

Pero tales recordatorios, tales ejercicios intelectuales de repetir una y otra vez que estamos echando nuestras preocupaciones sobre Él, pueden no ser suficientes. No lo eran para mí. Podía decirme a mí misma que tenía que confiar en Dios, pero, mientras tanto, mi presión arterial aumentaba de manera constante. ¡Literalmente! Lo que estoy aprendiendo es que tengo que ir más allá de la continua afirmación intelectual y la reiteración mental de estas promesas, tengo que aplicarlas a la vida como si fueran ciertas.

Mi comprensión en desarrollo de las disciplinas espirituales que se relacionan con el manejo del estrés es que nuestros comportamientos físicos, corporales, son tanto o más importantes que nuestros pensamientos. Nuestro cerebro es parte de nuestro cuerpo físico. Como adventista, esta observación básica también tiene un componente teológico –mi alma no está separada de mi ser físico. Mi estrés mental comenzó a manifestarse en síntomas físicos, como probablemente le sucede a la mayoría de la gente. El estrés es un gran contra-ejemplo de la ficción del dualismo (la separación entre la mente y el cuerpo).

Los cuidadores profesionales de salud me recordaron que la mayor parte de mi actividad cerebral se usa el cuidado de mi cuerpo físico, dirigiendo mis sistemas corporales. Me di cuenta de que había devaluado esta parte de mi vida. De alguna manera creo que el "verdadero" yo es el que existe en relación con los procesos de mi lóbulo frontal. Mientras más le dice mi lóbulo frontal a mi cerebro que estoy bajo algún tipo de ansiedad o estrés, más mi cerebro le dice a mi cuerpo que se prepare para el peligro: luchar o huir. Así que la participación en los patrones físicos de conducta que le dicen a mi cuerpo que no estoy en peligro, es crítica.

Lo que sucede, en esencia, es que yo actúo como si creyera que no estoy en peligro —hago mi respiración más lenta, tomo tiempo para dormir, hago una pausa para meditar y orar, hago ejercicio— y luego mi cuerpo y mis emociones reflejarán mis “creencias-que-reflejan- la-conducta”. No puedo sólo decirme a mí mismo que creo que Dios está en control, tengo que actuar como si lo estuviera. Para mí, esto significaba hacer una pausa para respirar durante el día, literalmente, y dar prioridad al descanso y al ejercicio.

También significaba volver a valorar el cuidado del cuerpo en general. Como académica, pienso a menudo que lo que sucede en nuestro cerebro es lo más importante. Valoro más mi trabajo intelectual que mi trabajo físico. Entonces me acordé de lo importante que es el trabajo de aquellos que se preocupan por el cuerpo —los que bañan a las personas mayores, los que alimentan a los que tienen severas discapacidades, los que limpian después de nuestros procesos físicos. El cuerpo y sus necesidades no son menos importantes que el cerebro y su trabajo. Mi teología me dice esto, y tengo que empezar a actuar como si realmente lo creyera.

Por supuesto, todo esto parece de sentido común, pero lo que me llamó la atención esta primavera es cuán conectados están realmente estos elementos básicos de bienestar físico y mental con mi comprensión espiritual. Tengo que actuar como si tuviera fe, y en realidad así es como sé que la tengo. Esto acontece en nuestros cuerpos físicos. No estamos separados físicamente de nuestras creencias espirituales. Para mí, actuar como si tuviera un Dios amoroso y redentor, significa tomarme tiempo para actuar de tal manera que refleje las prioridades de ese Dios. Saber que soy perdonada y amada no significa gastar más o menos tiempo de lo que debería en proyectos, o involucrarme en situaciones y problemas que no son necesarios. Primero vienen las acciones, luego vienen los beneficios mentales y espirituales de esas actividades físicas.

Vivimos en cuerpos; vivimos nuestra fe en nuestros cuerpos. ¿Cómo le estamos comunicando a nuestros cuerpos que somos amados por Dios, y que en él confiamos y estamos seguros? Porque no tenemos confianza o fe en un estado puramente mental o incorpóreo. El mensaje de las Escrituras para esta semana habla sobre la forma física real en que la gente confiaba en Dios —específicamente, sobre la forma en que fueron a lugares donde podían confiar en él y estar con él. He descubierto que cuando realmente me tomé tiempo para mover mi cuerpo intencionalmente en el culto, el descanso, el refrigerio, y en actividades relacionadas con mi confianza en Dios --- mi presión arterial disminuyó y aumentó mi capacidad para el disfrute, la relajación, y la esperanza en el futuro.

Se necesita disciplina para descansar en Dios, para permitirle que se haga cargo de nuestras preocupaciones. Y sucede en las elecciones que hacemos con nuestros cuerpos físicos. Esta es la razón por la que el descanso del sábado, por ejemplo, está en realidad relacionado con las decisiones acerca de qué hacer o no hacer con nuestros cuerpos. ¿Dónde están nuestros cuerpos el sábado, y qué es lo que (no) hacen? Lo mismo es cierto durante toda la semana. El sábado no se relaciona sólo con nuestras mentes, también con nuestros cuerpos. Toda esta disciplina requiere desaceleración.

Estoy aprendiendo a no simular que puedo confiar en Dios teniendo fe, mientras sigo actuando de maneras que alertan a mi cerebro/cuerpo para prepararse para el peligro (el estrés). Puedo hacerlo, en parte, permitiendo que otros compartan mis cargas, como dice la Escritura, y me ayuden a hacerme responsable por comportarme como si no estuviera estresada. El año pasado, por ejemplo, esto ha incluido gran cantidad de tiempo dedicado a mi sobrino recién nacido. Estoy interesada en cómo los demás hacen tiempo para tratar sus cuerpos como si no estuvieran en peligro, como si tuvieran tiempo para confiar y obedecer, como si Dios estuviera realmente a cargo del mundo. ¿Cómo participa Ud. en prácticas corporales que demuestren que “deposita su ansiedad sobre Él”?


This is a companion discussion topic for the original entry at http://spectrummagazine.org/node/2878