“¡Heme aquí! Envíame a mí”: El profeta Isaías


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Sin duda Isaías, el líder religioso y político de sesenta años que tuvo Israel, está entre los gigantes del Señor que respondieron a su llamado: “¡Id!”. Pero Dios nunca limitó su llamado a los tiempos bíblicos. ¡Y uno no tiene que ser uno de sus “gigantes” para escuchar su llamado!

¡Por supuesto, ninguna época está exenta de complicaciones, exigencias y problemas cuando Dios llama! Isaías había sido llamado a su misión profética antes de su visión del capítulo seis, mientras era un joven que cumplía sus deberes reales como miembro de la corte. La vida era siempre preocupante para los que vivían bajo las nubes de tormenta del norte, de Asiria, el reino más poderoso de la tierra en aquel tiempo. Sin embargo el Rey Uzías, el Churchill de esos días, el líder judío que había comandado a Israel con la firmeza de una roca contra Tiglat-pileser durante cincuenta y dos años, murió de repente. ¡Se había ido! ¡No había un líder comparable en la reserva! ¿Qué era lo siguiente para el pueblo de Dios?

El joven Isaías sabía bien que el reino del Norte había estado descuidando la protección divina, y Asiria parecía invencible. ¿Qué pasaba con Judá, el reino del Sur? No es de extrañar por qué el llamado de Dios era tan fuerte, ¡galvanizador como un rayo láser! Los grandes momentos requieren una gran visión y coraje, e Isaías respondió con gran temor y sintiéndose insuficiente, pero dijo con oración y valentía: “Envíame a mí”.

¡Vaya! Muchos, muchos a través de los años han escuchado este llamado, pero pocos han respondido. No porque eran malos o necesariamente egoístas, sino porque no compartían la visión que Dios estaba diseñando. Comprar esta visión que llega a cada uno de nosotros, los que hemos afirmado haber visto al Señor, no permite ninguna negociación con el Señor. Esto es, “si esto o aquello se pudiera arreglar”. O bien, “si pudiera saber hasta cuándo será mi mandato”. Creo que los personajes que estamos honrando durante este trimestre, y cuyas vidas estamos tratando de reproducir o reflejar (si queremos acabar donde ellos van a terminar), nunca pensaron por más de treinta segundos acerca de estas consideraciones “normales”.

Dios no le pintó a Isaías un panorama color de rosa con promesas de gran éxito. El Señor le dijo desde el primer momento que su mensaje quedaría en letra muerta en gran parte (Isaías 6:9,19). ¡No es un gran estímulo para comenzar! Pero Isaías tenía su mensaje y su misión. No buscó un medio receptivo ni hubo un programa de marketing. El fracaso previsible es una tarea difícil para un joven talentoso y muy acreditado.

Isaías vio claramente que el Señor no estaba programando el futuro. Él no estaba cegando los ojos ni cerrando los oídos del público de Isaías. Israel estaba acarreando todo esto sobre sí mismo por rechazar las advertencias y la invitación que el Señor les había hecho durante años. Dios estaba haciendo todo lo posible para despertar interés en la verdad acerca de sí mismo y del futuro, pero la gente, en general, había estado construyendo hábitos de indiferencia hasta que ya no podían percibir las cosas espirituales. ¡La misma ley de causa y consecuencias que hoy opera de manera universal!

Pero su Señor no había terminado. Cumple con tu deber, Isaías, sé fiel a la verdad, y siempre encontrarás un “remanente” que “lo conseguirá” (Isa. 6:13; 10:20-22; Rom. 11:5; Apoc. 12:17 ). La primera mitad de los mensajes de Isaías se dedican a la adhesión de los leales del reino del Norte. La última mitad extiende un llamamiento a Judá, el reino del Sur. El mismo mensaje, el mismo resultado. Sin embargo, siempre existe el remanente, entonces y ahora.

Nuestra respuesta a las lecciones de este trimestre, en nuestros días de “respons-habilidad” ante el llamado de Dios, es simplemente: “Heme aquí Señor, mándame, a lo que sea, y donde sea”.

Herbert E. Douglass es un teólogo, administrador de universidad jubilado, y autor de veintidós libros, que en la actualidad vive en Lincoln, California.


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