¿Indignados o comprometidos?


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¡Indignaos! Es el grito que la pasada primavera ocupó las plazas de muchas ciudades españolas. ¡Indignaos! También es el título de un pequeño libro, tamaño bolsillo, editado por la editorial Destino, en el que en apenas 60 páginas, Stéphane Hessel lanza su alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica.

Lejos del prototipo de un acampado en la madrileña plaza La Puerta del Sol (España), Hessel es un anciano de nada más ni nada menos que 93 venerables años. Su dilatada vida le ha permitido atesorar experiencias suficientes como para que a cualquier persona actual, con un mínimo de conciencia social, le merezca la pena pararse a escucharlo (o leerlo) aunque sea durante un trayecto de autobús.

Nacido en Berlín en el 1917 pero criado en París desde los 7 años, Hessel vio interrumpidos sus estudios superiores por la ocupación francesa del ejército nazi en el ‘39, lo cual le llevó a unirse a la Resistencia y luchar por la libertad desde la clandestinidad. Cinco años después fue apresado por la Gestapo y conducido al campo de concentración de Buchenwald (Alemania), de donde finalmente logró escapar.

Tras la guerra, trabajó como diplomático y en las Naciones Unidas formando parte del equipo redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Actualmente sigue implicado en defender la causa palestina o el ecologismo; incluso ha sido propuesto para el Nobel de la Paz, que aún no le ha sido concedido.

Pero su grito no acaba con la indignación. Un segundo libro, de un volumen parecido e igualmente fácil de leer, lleva por título lo que, a mi humilde entender, debe ser el grito firme y coherente al que como jóvenes cristianos podemos y debemos unirnos: ¡Comprometeos!

No basta sólo con indignarse, argumenta Hessel, el paso inevitable que le sigue es el compromiso, el desperezar las conciencias y pasar a la acción, luchando contra las injusticias, abusos de poder y atropello de los derechos humanos, desde, cómo y cuando tengamos la oportunidad.

Este paso más allá implica para un cristiano compromiso social, compromiso con los valores, compromiso con las personas, compromiso con la iglesia y compromiso con Dios. Si no empezamos por éste último, no pretendamos conseguir los demás por méritos propios.

No existe otra herramienta que la que declaró otro venerable anciano que vivió en otro siglo de grandes injusticias sociales, corrupción, paro, gobiernos abusivos, hambrunas, indignación: la herramienta del amor.

Y aquel venerable anciano, en su juventud apodado ‘Boanerges’, cambió el ser ‘hijo del trueno’ por ser un ‘hijo del Reino’, un hijo de Dios comprometido con la causa del Evangelio, la defensa de la Verdad, el pacifismo del amor... Desde su forzoso exilio en una remota isla del Egeo, nos instó, por comisión divina, a no ser tibios, a acceder al llamado de Quien toca nuestra puerta, y confiar en la victoria que nos lleve a sentarnos junto al Trono de Dios (Ap 3:14- 22). Hasta tal punto el amor transformó la vida de este anciano, que se definía a sí mismo como ‘el discípulo a quien Jesús amaba’.

Y la revolución del amor con que nos insta a comprometernos, la resume así en una de sus cartas, también breves, cómodas de leer, publicadas hace cientos de años, pero aún si cabe más actuales y revolucionarias que las del propio Hessel: “Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque el que en vosotros está, es mayor que el que está en el mundo. (...) Carísimos, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. (...) Amados, si Dios así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” (1Jn 4:4-11)

Ese amor revolucionario que nos anima a experimentar, lejos de aparcarlo como una inalcanzable utopía teórica sobre el papel, debe resultar real, práctico, vivencial y cotidiano, al igual que real, práctico, vivencial y cotidiano es el mismo Dios quien lo inspira.

Sin más rodeos, aquél discípulo que percibió en primera persona la acción del auténtico amor personificado, lanza un eslogan claro y oportuno para cualquier pancarta o declaración de intenciones en nuestros días: “(…)no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1Jn 3:18) Habiendo contextualizado previamente dicho lema con un par de ejemplos: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1Jn 3:16,17).

Ejemplos éstos al alcance de cualquiera que desee poner definitivamente en práctica cambios que nos lleven a vivir, más que en una reivindicada pero humanamente imperfecta ‘democracia real ya’, en un ‘real sacerdocio’ que disfrute y haga disfrutar al prójimo las realidades de un eterno Reino de los Cielos ya desde esta finita (y ojalá pronto) Tierra.

Así pues, en este año que recién comienza propongo que nuestra respuesta a la indignación sea un mayor compromiso en todos los ámbitos de nuestra existencia que se refleje con el verdadero amor en acción.

Foto de mvilaregut


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