Joab: El poder detrás del trono


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Joab dedicó toda su vida adulta a luchar con energía a favor de David y, a su modo, lo hizo fielmente. Es difícil imaginar cómo el reinado de David podría haber conseguido éxito sin él. Sin embargo al final, cuando David estaba en su lecho de muerte, decretó que Joab debía morir. ¿Qué fue lo que pasó?

Sarvia, hermana de David, tuvo tres hijos: Joab, Abisai, y Asael, todos entusiastas hombres de guerra. Se unieron a la banda de guerreros fugitivos de David cuando éste estaba huyendo del rey Saúl, y ya vemos una tensión creciente entre la practicidad implacable de los hijos de Sarvia y lo que debe haberles parecido un extraño sentimentalismo de David, cuando, a pesar de la insistencia de Abisai, David se negó a matar al rey mientras dormía (1 Samuel 26). Pero Joab se quedó con David en todas las circunstancias.

Después de Saúl y Jonatán murieron en una batalla con los filisteos, los de la tribu de Judá ungieron a David como rey, y Joab se convirtió en el comandante del ejército de David. Sin embargo Is-boset, hijo de Saúl, aún reinaba sobre Benjamín y las tribus del norte, por lo que hubo una guerra dinástica entre su ejército, liderado por (el primo de Saúl) Abner, y las fuerzas de David. Abner y sus hombres fueron derrotados, pero Abner se vio obligado a matar a Asael, que lo perseguía (2 Samuel 2). Con generosidad inusual Joab decidió no aprovecharse de su victoria, y los ejércitos se separaron. Después de la disputa de Abner con Is-boset, hizo gestiones con David ofreciendo a entregarle todo Israel. El acuerdo se realizó en ausencia de Joab, y cuando éste se enteró de lo sucedido, se indignó. Actuando rápidamente, con decisión y sin el conocimiento de David, Joab asesinó alevosamente a Abner en venganza por la muerte de su hermano menor (capítulo 3).

Una vez más David se comportó de una manera que parecía contraria a la intuición a Joab. El rey hizo duelo por Abner y le dijo a Joab que también lo hiciera, después de lo cual Abner fue enterrado con honores. David tenía la costumbre de hacer luto por la muerte de sus enemigos, y de castigar a quienes los mataban o se atribuían el mérito de haberlo hecho. Pero Joab era demasiado poderoso y también indispensable. David conocía su propia debilidad: “los hijos de Sarvia son muy difíciles para mí” (2 Samuel 3:39). Lo más que podía hacer era pronunciar una terrible maldición sobre Joab y su familia (versículo 29). Tal vez Joab no lo supo.

David quería tomar Jebús (Jerusalén), un enclave cananeo que aún quedaba en medio de Israel. La necesitaba para que fuera su capital neutral, que no perteneciera ni a Judá ni a ninguno de los coimeros del norte, y que estuviera justo entre ellos. Jebús estaba fuertemente fortificada, pero Joab heroicamente lideró la toma de la ciudad, al parecer ascendiendo a través de un canal de agua, que algunos han identificado con lo que ahora se llama el canal de Warren (1 Crónicas 11:4-9; ver 2 Samuel 5:6-9). Si el canal por el que subió Joab es como éste, sólo podemos sorprendernos por su logro.

Joab siguió como comandante en jefe de los ejércitos de David, que incluían un cuerpo de élite llamado Los Poderosos. Los condujo a la victoria contra los amonitas, los sirios, y los edomitas, a veces luchando contra grandes obstáculos (2 Samuel 10). De hecho, nunca fue derrotado. Cuando la capital amonita estaba a punto de caer, Joab se detuvo y llamó a David para que viniera a dar el golpe de gracia, de manera que el rey pudiera llevarse el crédito y el honor (12:26-31). Joab lealmente estuvo de parte de David, incluso cuando eso estaba mal, como en el caso de Urías, el heteo (véase el capítulo 11, y el tema de la lección 6). Llevó a cabo la equivocada orden de David de hacer un censo en Israel, a pesar de que enérgicamente se opuso a ello (capítulo 24).

Joab no sólo fue un líder militar vigoroso, sino que también con energía, y a veces con habilidad, metió mano en los asuntos de Estado. Cuando Absalón, el hijo de David, huyó después de haber asesinado a uno de los otros príncipes, fue Joab quien los reconcilió, mostrándose como un psicólogo perspicaz y hábil diplomático (capítulo 14). Pero el affaire Absalón salió mal, cuando el joven provocó una rebelión que casi tuvo éxito al tratar de usurpar el trono. Luego fue Joab quien consiguió la victoria en las fauces mismas de la derrota. Sin embargo, en contradicción directa con el mandato expreso de David, asesinó a Absalón. Cuando David se deshizo en llanto inconsolable, Joab finalmente explotó con exasperación: “Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que hoy han salvado tu vida, . . . porque amas a los que te aborrecen, y odias a quienes te aman; porque hoy has dejado en claro que tus comandantes y tus príncipes no son nada para ti; porque hoy me doy cuenta de que si Absalón viviera, aunque todos nosotros estuviéramos muertos, entonces estarías contento” (2 Sam. 19:5-6). Se encontró teniendo que decirle a David que se recuperara e hiciera lo que tenía que hacer para salvar a su reino. “Este hombre es incompetente”, debió haber pensado, “tengo que salvarlo de sí mismo”. Es posible que haya estado en lo cierto.

El comandante de Absalón había sido Amasa, un pariente de Joab y David. Ahora, como para colmo de males, ¡David hizo a Amasa su comandante en lugar de Joab (19:13)! ¿Se trataba de castigar a Joab por haber matado a Absalón? En cualquier caso, resultó ser un mal movimiento. Cuando David mandó a Amasa que llamara a los hombres de Judá para sofocar otra rebelión, Amasa no actuó con la prontitud y la clase de energía que hubiera tenido Joab (20:4-6). Pero David no podía tragarse su orgullo e invitar a Joab para que tomara el mando de nuevo, por lo que nombró a su hermano Abisai para la tarea, sabiendo que Joab iría con él capitaneando al principal cuerpo de élite y a los mercenarios extranjeros. Persiguiendo al líder rebelde, se encontraron con Amasa. Joab lo asesinó a traición, utilizando la misma estratagema que había utilizado contra Abner.

Joab había apoyado lealmente David y, en su mayor parte, obedeció sus órdenes, incluso cuando estaban en contra de su propio buen juicio. Pero hubo tres casos en los que Joab actuó en contra de los deseos del rey, matando a los hombres que David quería que vivieran: Abner, Absalón y Amasa. Aquí los intereses de Joab se mezclaron con el servicio al rey. Estos hombres eran una amenaza para su propia posición. Podemos reflexionar que nadie tiene motivos tan puros como la nieve, salvo a sus propios ojos. Podemos estar sirviéndonos a nosotros mismos, aun cuando digamos servir a Jesús y a la iglesia.

Al final, la perspicacia política de Joab le falló, y él se extralimitó. En ese momento David había envejecido y estaba débil en su lecho de muerte. Había prometido que el hijo de Betsabé, Salomón, le sucedería en el trono. Sin embargo, otro hijo, Adonías, hijo de una mujer diferente, tenía otras ideas. Era guapo y corrupto, y se dijo: “Voy a ser el rey” (1 Reyes 1). Joab y su facción lo apoyaban, y el asunto casi funcionó. Hubo una gran ceremonia y celebración en la fuente de Rogel, pero fueron excluidos el sacerdote Sadoc, Benaía (un jefe militar), el profeta Natán, Salomón, y los Hombres Poderosos.

Natán fue sabio y rápido; sabía exactamente qué tenía que hacer. Alertó a Betsabé de que algo peligroso estaba en marcha, y ella a su vez, con la ayuda de Natán, convenció a David de que tenía que hacer algo urgentemente. Así que realizaron una ceremonia rival a favor de Salomón en el manantial de Gijón, legitimado por el moribundo David, que estaba al alcance del oído de la fuente de Rogel. Las personas que asistieron a la celebración de la fuente de Rogel rápidamente se desaparecieron. El juego había terminado. Joab había apostado por el príncipe equivocado.

En la orden del moribundo David para entronizar al nuevo rey, se dispuso que Joab fuera ejecutado. Por supuesto que Joab había apoyado al bando equivocado en el concurso por la sucesión real (1 Reyes 2:28), pero la razón que David dio fue que le correspondía a Joab lo que éste le había hecho a Abner y Amasa, “a quienes asesinó, vengando en tiempo de paz la sangre que había sido derramada en la guerra, y poniendo sangre inocente en el cinturón alrededor de mi cintura, y sobre las sandalias en miss pies”(1 Reyes 2:5). Joab pronto se enteró de la condena y huyó al tabernáculo y buscó refugio aferrándose a los cuernos del altar (2:28). Sin embargo, los cuernos del altar no proporcionaban refugio a un asesino (Éxodo 21:14). Así que fue fulminado en el acto.

Por supuesto que los asesinatos habían sido cometidos mucho antes, pero en ese tiempo Joab era demasiado fuerte para que se pudiera hacer algo al respecto. Lo único que David pudo hacer fue pronunciar una terrible maldición sobre Joab, que ahora se hizo realidad.

El destino de Joab nos proporciona una comprensión bíblica del sexto mandamiento, que realmente dice: “No asesinarás”. (La palabra hebrea usada aquí, ratzach, tiene un significado especial). El asesinato se define en 1 Reyes 2:5 como el derramamiento de sangre inocente en tiempo de paz. La muerte de Asael no fue un asesinato, ya que tuvo lugar en la guerra. La ejecución de Joab no fue un asesinato porque no era inocente. Sólo la muerte de Abner y Amasa quedó bajo la rúbrica de la prohibición del sexto mandamiento del Decálogo.

Es cosa difícil afirmar que la muerte de Joab de alguna manera expía la culpa que había en la casa de David, por causa de lo que el mismo Joab había hecho (1 Reyes 2:5,31). Tal vez David y Salomón estaban pensando en la masacre de los hombres de la casa de Saúl, además del asesinato de Abner y Amasa y del derramamiento de sangre de tantos otros, muertes que acompañaron a la subida de David al poder, en las que Joab fue un activo cómplice. Pero incluso Salomón se encargó de que cualquier rival potencial fuera eliminado de inmediato. La política a veces es sucia y sangrienta. Los que viven de ella perecerán en manos de ella.

Joab fue un maestro de la política, así como un guerrero exitoso. Estar en el bando perdedor habría sido fatal. Siempre estuvo en el bando ganador, excepto una vez.


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