Juan Bautista: Preparando el camino para Jesús


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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

“Juan estaba vestido con pelo de camello y con una faja de piel sobre sus lomos, y comía langostas y miel silvestre” (Marcos 1:6).

Me crié inmersa en historias de la Biblia. A menudo me preguntaba cómo habría sido conocer al apasionado David, al piadoso Abraham, o al poderoso y santo Moisés. Para mí, el más misterioso de todos los personajes de la Biblia es Juan Bautista. Me lo imaginaba un hombre muy severo, duro como piedra. Su voz se asemejaba al sonido de un cuerno de viento, capaz de estremecer a las montañas rocosas. Sus prendas de vestir eran hechas de ásperos sacos de arpillera, y su dieta ha invitado a la especulación.

Los juegos de la infancia crecen y se convierten en las convicciones de los adultos. Ahora no necesito justificar que Juan no haya sido vegetariano. Tampoco estoy preocupada por su apariencia; por el contrario, estas dimensiones son un reto para mí. He encontrado que había un no conformismo radical en el estilo de vida y en el mensaje de Juan que me ayuda a entender mi propia identidad como adventista.

No es de extrañar que los adventistas siempre se han sentido identificados con Juan Bautista. De hecho, el mensaje de arrepentimiento predicado por Juan suena muy parecido al mensaje del primer ángel de Apocalipsis 14:7: “Temed a Dios y dadle gloria [es una referencia al arrepentimiento] porque la hora de su juicio ha llegado”. En hebreo, el nombre Juan significa “la gracia de YHWH”, y su propósito es conducir al pueblo hacia un Dios gentil y perdonador, que “quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Juan era un separatista reformador del modelo de estilo de vida, pero el estilo de vida no era su mensaje, sino sólo el resultado de una intensa dedicación a su mensaje. Su mensaje era el arrepentimiento, el perdón, y la vida santa. En verdad era un adventista: “¡Dios está llegando! ¡Prepárate!”

Entonces, ¿por qué no he escuchado muchos sermones sobre Juan Bautista? Tal vez Juan fue demasiado desequilibrado, demasiado extremo, demasiado radical. Pero como pueblo que predica y cree en una literal e inminente segunda venida de Cristo, tenemos que tomar muy en serio la vida y el mensaje del profeta que anunció su primera venida.

Jesús dijo que no había habido un profeta mayor que Juan Bautista. ¿Cuál fue la razón para considerarlo tan importante? No se nos dice mucho sobre él, pero en cada uno de los breves relatos de los Evangelios tres cosas destacan acerca de Juan Bautista: su mensaje, su estilo de vida y su humildad.

“Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es derribado y arrojado en el fuego. De hecho, yo os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, cuyo calzado no soy digno de llevar: él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja con fuego inextinguible” (Mateo 3:10-12).

El mensaje de Juan se origina con una expectativa de juicio. No se trataba de un evento distante en el futuro, sino de algo inminente. Juan predicó con urgencia profética. Quizás tenía el Salmo 21:8-9 en mente mientras preparaba sus fogosos sermones:

“Alcanzará tu mano a todos tus enemigos; Tu mano derecha alcanzará a los que te aborrecen. Los pondrás como un horno ardiente en el tiempo de tu ira. El Señor los deshará en su ira, y fuego los consumirá”.

El mensaje de juicio conduce naturalmente a una convocatoria al arrepentimiento. Pero no se trataba de una táctica de asustar a la gente, como la de Jonathan Edwards, tampoco se trataba de una manipulación de culpabilidad en un viaje por el desierto. El mensaje incluía la gracia, el perdón, y la fe que esperaba con interés las promesas pronunciadas desde Adán hasta Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y los profetas. “Arrepentíos, porque Dios es misericordioso, porque todavía hay tiempo”. El bautismo era un símbolo de la gracia y el perdón ofrecido por un Dios misericordioso. “Voy a perdonar vuestra maldad, y no me acordaré más de vuestros pecados” (Jeremías 31:34). El bautismo simbolizaba completa limpieza, plenitud y una nueva vida.

El arrepentimiento predicado por Juan llevaba a la acción. Al igual que los profetas antes que él, Juan predicó el activismo social. No basta con creer en Dios, con ser hijos de Abraham. Un pueblo dispuesto a encontrarse con su Dios demuestra buenos frutos en sus asuntos cotidianos. Cualquier persona que tuviera más comida o ropa que la necesaria, era exhortado a compartir (Lucas 3:11). Los que ocupaban puestos de poder tenían prohibido el uso de la extorsión (versículo 13). Todo el mundo estaba obligado tratar a sus inferiores y superiores por igual, con respeto y amabilidad (versículo 14).

En su mensaje de reforma social, la predicación y la vida de ascesis de Juan se entrecruzan. No podría haber tenido tanto éxito con las multitudes si hubiera tenido un abrigo extra. Él habría perdido credibilidad si se hubiera permitido ocasionalmente alimentos ricos o placeres caros que condenaba a otros. La austeridad fue el sello de la autenticidad de su mensaje. Mediante su ejemplo, movilizó a aquellos que nunca hubieran reaccionado por medio de palabras solamente. Sus oyentes capturaron una visión de santidad que era totalmente de otro mundo pero que, sin embargo, era práctica y pertinente.

El estilo de vida simple de Juan no dependía de los sistemas corruptos de la lujuria, avaricia y codicia, que dan paso a la opresión, por lo que podía denunciarlas libremente. Él no necesitaba nada, por lo que podía dar liberalmente a todos los que necesitan. En la vida y en el ministerio de Juan, la esperanza adventista y la acción social se muestran como filosofías que no se oponen sino que están asociadas, una surgiendo naturalmente de la otra. La preocupación por los pobres es el fruto del arrepentimiento y de la membresía eclesiástica.

Por último, los ardientes sermones de Juan fueron hechos con profunda humildad y auto-conocimiento. “Él confesó y no negó, sino que confesó: yo no soy el Cristo” (Juan 1:20). Ni siquiera se consideraba suficientemente digno de llevar las sandalias de Jesucristo. Él se negó a participar en los sueños de grandeza de otros. Las multitudes creían en él y lo hubieran seguido si les hubiera dado sólo una orden.

Juan entendió que su vocación no era la de reunir seguidores en torno a sí mismo, sino la de invitar a la gente a ir hacia Cristo. “Él debe crecer, y yo tengo que menguar”, dijo (Juan 3:30). Esa frase por sí sola podría proporcionar alimento para toda una vida de meditación cristiana.

Juan Bautista no era más que un profeta pasajero, uno de los muchos locos que han venido y se han ido. Él puede parecer insignificante según las normas del mundo, pero para aquellos que hoy están a la espera de la Segunda Venida, él puede ser un mentor que nos enseña la forma de “preparar el camino para el Señor.”

¿Qué he aprendido de Juan Bautista sobre ser adventistas? Tres cosas. En primer lugar, la historia de Juan me enseña que el mensaje acerca del Dios que viene, debe ser precedido por el mensaje acerca de quién es Dios. El nombre de Juan hablaba más alto que su gran voz retumbando y haciendo eco sobre las rocas del desierto. Él conocía vivencialmente el perdón y la misericordia de Dios de los que hablaba.

En segundo lugar, las palabras deben ir acompañadas de acción. No sólo Juan predicaba sobre un juicio inminente, también vivía en armonía con esa predicación. Por medio de la palabra y el ejemplo, Juan enseñó que los que son perdonados serán generosos, honestos y agradecidos, y que van a caminar, hablar, vestirse y comer de manera diferente a la del mundo que les rodea.

Por último, los que están a la espera de la venida del reino de Dios deben saber quiénes son. Ellos no son los salvadores del mundo; su trabajo es llevar a la gente a los pies de Jesús y luego deben hacerse a un lado para que Jesús pueda hacer su obra. Al igual que Juan, deben estar dispuestos a trabajar sin ver la recompensa, y deben confiar en Aquél que los ha llamado.

Gina Helbley es una reciente graduada de Teología de la Universidad de Walla Walla, EE.UU. Escribe desde Almaty, Kazajstán, donde ella y su marido son profesores.


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