Justo e injusto, todavía


(system) #1

Me gustaría reflexionar sobre las definiciones de justicia que Sócrates se plantea en su época y hasta qué punto nos pueden ilustrar sobre nuestra actualidad. También me llama poderosamente la atención comentar esta problemática a la luz de la mirada de Jesús de Nazaret.

En una reunión entre amigos, conocidos, y demás contrincantes intelectuales de la Atenas del siglo IV a C. se mencionan a Céfalo, Adimanto, Polemarco, Nicérato, Lisias, Eutidemo, Carmántides de Peania, Clitofonte y Trasímaco de Calcedonia discutiendo con Sócrates sobre la gran cuestión de si ante el Hades, reino de la muerte, al final de nuestra vida, seremos hallados culpables o inocentes. Justos o injustos. Para ellos, dicha sentencia trascendental determinará la felicidad o la infelicidad en la vida después de la muerte.

Para no resumir el argumento de este diálogo, República I, nos centraremos tan sólo en algunas citas arquetípicas contrapuestas entre sí. Tampoco explicaremos la dialéctica por la que Sócrates se lleva aparentemente el agua a su molino, argumentando su definición de justicia. Siempre podemos releer dicha fuente si así lo consideramos oportuno.

Los contemporáneos de Sócrates tenían los siguientes conceptos de lo justo: Según Simonides, “ Decir la verdad y devolver lo que se ha recibido” (331d). Para Polemarco, “ Es justo hacer bien al amigo que es bueno y perjudicar al enemigo que es malo” (335 a) Como dirá Trasímaco, “ Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”(338c); “La injusticia da provecho”(348c); Sin embargo Sócrates,-según su manera de razonar- no da sólo una definición sino que se plantea primero las siguientes preguntas: 1. ¿Es propio del hombre justo perjudicar a algún hombre? (335b) 2. ¿Los buenos pueden hacer malos a otros por medio de la excelencia? (335d)

Con dichas preguntas Sócrates pretende romper con la tradición de pensamiento de los sabios como Homero, Pítaco, Biante, y deslegitimar a políticos despóticos como Periandro- tirano de Corinto entre 627-586 a C; al rey persa Jerjes 480 a C; y Ismenias el tebano, nuevo rico, poderoso y mafioso, como tantos otros del pasado reciente, y de nuestro presente que tristemente generan admiración, o cuanto menos sumisión.

De hecho Sócrates se posiciona radicalmente en contra de las evidencias socioeconómicas de que el más fuerte impone la ley, y como consecuencia, determina lo que es justo o injusto. Es como si la justicia les perteneciera. Es en este momento, y a través de dichas preguntas, donde Sócrates afirma- cual voz pionera, pero no solitaria- entre los asistentes a dicha reunión que la verdad sobre el asunto se puede resumir en unas sentencias lapidarias:

1.“En ningún caso es justo perjudicar a alguien” (335e) 2.“Los hombres de bien no están dispuestos a gobernar con miras a las riquezas ni a los honores” (347b) 3.“El mayor de los castigos es ser gobernado por alguien peor,” (347c) 4.“Si llegara a haber un Estado de hombres de bien, probablemente se desataría una lucha por no gobernar tal como la hay ahora por gobernar” (347d) 5.“Allí se tornaría evidente que el verdadero gobernante, por su propia naturaleza, no atiende realmente a lo que le conviene a él, sino al gobernado,” (347d) 6.“El injusto será hostil a los dioses, y el justo será amigo de ellos,” (352b) 7.“Es más provechosa la justicia que la injusticia” (354a)

Así se nos abre una doble posibilidad de entender cualquier responsabilidad pública que tengamos en el trato con los demás. O bien como búsqueda de la felicidad, en cuanto que amistad con Dios, o bien como aprovechamiento egocéntrico, y etnocéntrico de honores y riquezas.

Tristemente hoy ya no es noticia escandalosamente escandalosa la corrupción política, el tráfico de influencias, el nepotismo, y cualquier forma de beneficio a los amigos del partido desde las instituciones que han de servir a la sociedad civil. Tampoco parece que el dar mal por mal sea injusto para mucha gente en el plano laboral o sentimental, instalado en el rencor, el maltrato de género, los celos, la exclusión xenófoba, la rabia, la guerra, la deslocalización empresarial, la suspensión de pagos. Es decir, la guerra como negocio, y los negocios en guerra global por ser competitivos ante su dueño, llamado “libre” mercado.

Parece de sentido común justificar cualquiera de estas actitudes amparándonos en la primera propuesta de justicia apuntada: amar a los amigos y despreciar a los enemigos. Platón a través de Sócrates alcanza a percibir que -tanto en el fondo de nuestro ser como a flor de piel-, esta propuesta nos convierte en seres paradójicos y contradictorios. Nos quedamos en una dimensión de trato social y personal de acción-reacción. Y esto no nos hace mejores a nosotros mismos ni ante nuestros ojos ni ante los de los demás. Es imposible que incluso los que más nos quieran, no nos traten injustamente algunas veces, bien por juzgarnos equivocadamente, o bien como reacción desproporcionada a las ofensas recibidas. Y viceversa.

Además, si el fuerte puede imponer sus leyes, el futuro de la justicia estará preñada de acciones injustas, cohechos, burdos chantajes, miedos e incertidumbres, puesto que ya sólo será posible la guerra de todos contra todos a la manera hobbesiana para apaciguar los agravios extremos. Es decir, convertir el destino del hombre en lobo o cordero. Comer para no ser comido. Mandar para ser protagonista del espectáculo y acaparar los focos y las portadas de sociedad.

Debido a esta forma de entender la vida ética, la felicidad como horizonte trascendente del hombre justo, puede desaparecer de la escena de lo humano. Futuro catastrófico. Descreimiento de lo político. Imposición de las industrias armamentísticas y sus intereses, en detrimento de los gobiernos no tan poderosos. Incumplimiento de los Derechos Humanos por doquier y no subsumirse a ellos -si no es de motu propio-, en caso de ser lo suficiente poderoso como Estado para ejercer el derecho a veto. Un ejemplo más de la ley del fuerte. Amnistía Internacional da buena fe de lo dicho.

Dejando de lado el análisis más sociopolítico, me gustaría pensar que Jesús de Nazaret, siendo llamado el Justo de Dios, o la justicia de Dios en favor de esta humanidad, se posiciona en la línea de Sócrates, aunque al final en su obra extraña, tenga que actuar destruyendo y eliminando la injusticia. No desde la fuerza de la injusticia sino desde la bondad ética, hecha fortaleza de los justos.

Sin embargo, mientras el encuentro escatológico no ocurre en nuestra vida, estamos llamados a no perjudicarnos como creyentes. Ni a nosotros ni a nadie. Jesús así lo hizo cuando requirió que se le dijera en qué había pecado, o sea, cuando fue detenido injustamente por la fuerza de las armas.

Tampoco le pareció bien que dos discípulos quisieran la primacía de honor en su futuro reino, generando así envidias en el posible desempeño de cargos de relevancia pública. De ahí que acuñó con Sócrates que es más feliz el servir a los demás que el servirse de los demás. El cargo público visto como una carga de desgaste en favor del “gobernado”. Desde este lugar la obediencia no es sumisión distante, o recelosa, sino colaboración entusiasta para desarrollar unos proyectos compartidos.

De igual manera, Cristo formuló el criterio de ser el siervo de todos nosotros para poder ser el gobernante de sus amigos. Con tal alto reconocimiento ético se despidió de los apóstoles, gobernantes de su pueblo emergente. Ellos invirtieron su mentalidad de ser útil al Justo al entregarse sin cálculos egoístas a la misión encargada por fe. Murieron sin riquezas ni honores de Estado. Casi desapercibidos para la grandiosidad de la Roma Imperial. Pero siendo amigos del Altísimo que como apunta Platón no hay mayor dicha ni alegría. Siempre nos quedarán los cielos abiertos como a Esteban, el diácono, para no tratar injustamente a nadie y ofrecer nuestro perdón al ofensor como prueba de justicia revestida de amable compasión. Siempre habrá Saulos que llegarán a ser Pablos. Siempre la justicia entendida así es más provechosa que la ley del ojo por ojo.

También Jesús de Nazaret, se rebeló contra el que tenía el castigo de los humanos, condenándolos, y condenándonos, a su gobierno. Es decir, no hay peor castigo que vivir bajo la ley del fuerte que siembra muerte a discreción. Las dictaduras y los totalitarismos religiosos o ateos son buenos ejemplos. Ese espíritu dañino, o el ser caído, no gobernará siempre. Satanás tiene fecha de caducidad afortunadamente para este planeta.

Mientras tanto, Jesús dijo que su iglesia debería ser regida desde su amor a todos, a los “enemigos” también. Y por lo tanto, cuánto más todavía con la familia de la fe no podemos caer en la ley de la conveniencia, la fuerza, los prejuicios, los desencuentros, o la exclusión gratuita. Tampoco se debe dirigir instalado en la “carguitis” o apego al poder, en las iglesias locales. Hay que involucrar a todas las generaciones en el proyecto de vivir las responsabilidades de ser útiles a Dios y al prójimo. Esto es de justicia porque el Justo no hace acepción de personas. Sembrar buenas vivencias, y recuerdos, como testimonio de entender su iglesia.

Se trata de todo un reto para vivir desde la unidad ética que pueda reflejar la facilidad de otorgar perdón, y la necesidad de recibirlo, como reflejo del carácter de los amigos del Reino de los Cielos. Pensar en el otro como digno de respeto, valor, y estima.

De esta felicidad habla la justicia a la que aspiramos cuando nos crucemos con el reino de Hades temporalmente y el Justo nos diga, bien hecho hijo mío. En ti han tenido lugar para habitar los deseos de las bienaventuranzas. Tu necesidad de ser tratado justamente conmigo está garantizada. Entra en el Paraíso de tu Señor. Donde la justicia y el amor compasivo se entrelazan en unidad.

La dicha aquí es pensar en cómo Jesús actuó justamente para facilitarnos las relaciones humanas ya aquí, aunque aparentemente en esta sociedad sean los Trasímacos de turno las estrellas de lo cotidiano en los medios audiovisuales.

Sean los que sean los avatares que tengamos que soportar mientras llega el día de la shekiná, del encuentro en gloria con nuestro Señor y Amigo, Jesucristo, no nos desanimemos ni abandonemos como casi le pasó al salmista al ver la fuerza del injusto, porque nosotros sabemos que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo el que cree” Romanos 10.4, y “Es más provechosa la justicia que la injusticia” (354a) como bien eligió Moisés en su momento. Y así lo refleja su cántico y el del Cordero: “¡Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, el Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, oh Rey de las naciones!…por lo cual todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti, porque tus justas acciones se han hecho manifiestas. ” Apocalipsis 15.3-4


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