La Creación en la correspondencia a los Corintios


(system) #1

El lector de las cartas a los corintios no tarda en darse cuenta de que las relaciones entre Pablo y los cristianos de Corinto fueron tormentosas. Leyendo las cartas existentes uno se entera que hubo más de dos cartas, y por lo menos una visita de Pablo con la intención de remediar la situación, pero los corintios le cerraron la puerta en la cara (2 Cor. 2:1). Finalmente Pablo mandó a Tito con otro hermano para que intercedieran a su favor. Tito y su compañero tuvieron éxito en su misión y al recibir la noticia, Pablo, lleno de gozo, escribió acerca del evangelio como reconciliación (2 Cor. 5).

El ambiente recargado de estas relaciones se refleja en el contenido de las cartas. En su carta a los romanos, Pablo liga a la humanidad con Dios directamente, sin intermediarios, aún cuando admite que hay poderes del aire que pueden intentar, sin lograrlo, separarnos del amor de Dios. En las cartas a los corintios las actividades de estos poderes juegan un papel mucho más importante. Pablo define a Satanás como “el dios de este mundo” (2 Cor. 4:4), y admite que en las esferas celestiales hay “muchos dioses y muchos señores” (1 Cor. 8:5). Si bien niega que los ídolos tengan poder alguno y que, por lo tanto, las viandas ofrecidas a ídolos pueden ser comidas sin por ello convertirse en un idólatra, deja sentado que el poder de los dioses en las esferas celestiales y en la tierra es real (1 Cor. 8:2). Uno debe tener cuidado de no ser engañado por Satanás, puesto que su habilidad para maquinar es considerable (2 Cor. 2:11), y para ello puede aún hacerse pasar por un “ángel de luz” (2 Cor. 11:14).

A diferencia de Romanos, en estas cartas Pablo considera que los poderes del aire tienen influencia directa sobre las actividades de los seres humanos. Su “aguijón en la carne” (especificarlo es fuente de conjeturas) se debe a que “un ángel de Satanás” lo maltrata (2 Cor. 12:7). En vez de acusar a los judíos o a los romanos por la crucifixión de Cristo, Pablo considera culpables a los poderes del aire. Dice que lo crucificaron por desconocer Su verdadera identidad (1 Cor. 2:8). Esto dio lugar a una teoría de la redención muy popular en los primeros siglos del cristianismo, pero que con el tiempo fue descartada. Contrarrestando la teoría de la paga del rescate a Satanás, se propagó la teoría del engaño de Satanás. El triunfo de la cruz fue posible debido al subterfugio usado por Cristo al esconder su verdadera identidad mientras estaba en la tierra.

En su correspondencia con los corintios, Pablo hace claro que la creación cuenta con una cantidad de dioses que controlan esferas celestiales estibadas jerárquicamente. Está preocupado con los enemigos de Cristo que todavía ejercen control sobre el universo. Estos poderes malignos deben ser vencidos pues aún no están sujetos a Dios. La demora de la Parousía se debe a la lucha que Cristo está llevando a cabo contra “todo imperio y toda potencia y potestad”, los cuales deben quedar sujetos bajo Sus pies para poder entonces Él devolver a Dios un universo redimido (1 Cor. 15:24-26).

Mientras que en Romanos Pablo liga la angustia de todos los seres humanos, incluyendo a los que han recibido “las primicias del Espíritu”, al hecho que el mundo está sujeto a Dios “en esperanza”, en sus cartas a los corintios aclara la situación al dar más detalles. El mundo está bajo el poder del “dios de este mundo” (2Cor. 4:4), y eso hace que las cosas sobre esta tierra sean como son. Si bien la resurrección de Cristo ha establecido la Nueva Creación, los cristianos todavía están ansiosos por desnudarse del cuerpo carnal para poder vestirse con el cuerpo espiritual.

Ya para ese tiempo los filósofos habían llegado a ciertas conclusiones acerca de las formas en que diferentes cosas pueden ser. Ya habían imaginado la cadena del ser. Comenzando desde abajo, en primer lugar está el no ser. Luego están los seres materiales inanimados, las rocas. Más arriba están los seres materiales con vida, las plantas. Aún más arriba, los seres animados con movimiento, los animales. Más arriba de éstos los seres materiales con vida, movimiento y logos (pensamiento, palabra, discurso, razón). Dentro del ámbito de los seres materiales, el sol, la luna y las estrellas ocupan un lugar más alto que el de los seres humanos pues son luz. Por encima de las estrellas están los seres intelectuales, inmateriales: los números. Todavía más alto, sin embargo, están los seres inmateriales con cuerpos espirituales, los poderes del aire, las potestades del aire, los ángeles, los arcángeles y los dioses. Al tope de la cadena del ser está Dios. Basándose en esta teoría, Anselmo de Canterbury en el siglo XI postuló que, siendo que Dios es aquel del cual nadie puede ser concebido más alto y que ser en realidad es más que ser en la imaginación de un ser humano, Dios es real.

En sus cartas a los corintios, Pablo hace repetidas referencias a la cadena del ser. Por ejemplo, contrasta al ser carnal con el ser espiritual, enfatizando que se trata de cuerpos carnales y cuerpos espirituales (1 Cor. 15:44) con diferentes “glorias” (2 Cor. 3:11). Para Pablo el cuerpo de Cristo cuando Dios lo resucitó de los muertos no era el cuerpo con que había vivido sobre la tierra y había sido crucificado. Nadie podía ver las señales de los clavos en el cuerpo espiritual, glorioso de Su resurrección. En ese contexto Pablo aclara no solamente la diferencia de los cuerpos en que uno puede ser. También especifica las diferentes carnes: la de los seres humanos, la de los animales, la de los peces y la de las aves (1Cor. 15:39). Hay que recordar que la carne, según Pablo, no es primeramente, o exclusivamente, la materia del cuerpo humano, sino una condición de vida. Vivir en la carne es vivir en la naturaleza. La carne en sí no es ni mala ni pecaminosa. Debido a que es débil puede ser fácilmente vencida por el pecado y la muerte. Al referirse a los animales, las aves y los peces como seres con diferentes “carnes”, Pablo está señalando que hay diferentes estados naturales con diferentes relaciones ante la muerte. Esta, sin duda, es una visión muy particular de la creación.

Pablo está explicando en qué consiste la resurrección de los muertos. Está argumentando contra quienes afirman ya haber experimentado la resurrección cuando se bautizaron y de esa manera participaron en la muerte y la resurrección de Cristo. Ahora como seres espirituales ellos se sienten libres para usar el cuerpo carnal como mejor les parece (1 Cor. 3:1; 14:12). Pablo les está haciendo ver a los tales que los que han verdaderamente resucitado de los muertos ya no tienen cuerpos carnales. La resurrección no es de los vivos que se bautizan, sino de los biológicamente muertos. Esta implica la desnudez del cuerpo carnal para ser vivificado en un cuerpo espiritual, o sea que la resurrección de los muertos es un ascenso en la cadena del ser. Si bien el que se bautiza participa en la resurrección de Cristo, y por lo tanto en la Nueva Creación, el hecho que todavía vive en un cuerpo carnal hace que esté “gimiendo” dentro de la vieja creación, ansioso por desnudarse del cuerpo mortal para ser revestido de vida (2Cor. 5:1-5).

La creación para vida en un cuerpo carnal y la creación para vida en un cuerpo espiritual son contrastadas por el primer Adán y el postrer Adán. Es de notar que el postrer Adán no es el bebé que nació en Belén. Es el Cristo resucitado en un cuerpo espiritual. La esperanza del cristiano es que como mientras vive en la carne tiene la imagen del Adán terreno, es decir la imagen de Dios dada a Adán en su creación, así también cuando participe de la resurrección de los muertos a la final trompeta tendrá la imagen del Adán “celestial” (1 Cor. 15:49). El contraste entre el primer Adán y el postrer Adán no podría ser más rotundo porque la calidad de vida, la gloria, de la creación en la carne no es de comparar con la gloria de la resurrección de Cristo. De ahí que la posesión de la imagen conferida al Adán terreno queda desvalorizada ante la transformación que se lleva a cabo en el cristiano que como miembro del cuerpo de Cristo administra la riqueza del evangelio, y en ese servicio (diakonía) va siendo transferido de gloria en gloria por el Espíritu del Señor pues está siendo transformado a la imagen de Su gloria (2Cor. 3:18). En otras palabras, el proceso de la santificación que termina en la glorificación del cristiano, no restituye en él la imagen de Dios dada a Adán, sino que lo inviste con la imagen del postrer Adán, la del Cristo resucitado.

En ese contexto, Pablo hace explícita su convicción que la resurrección de Cristo hace posible la fundación de la Nueva Creación en el corazón del que tiene fe. Pablo se refiere al “Dios que mandó que en las tinieblas resplandezca la luz,” seguramente una alusión directa al Dios que dijo “Sea la luz” en medio de las aguas sumidas en la obscuridad “del desorden y el vacío” (residuos de una pareja teogónica). La luz divina que se movía sobre las aguas cuando no había ni sol ni luna ni estrellas, esa luz primordial es la fuente de energía que también ilumina la faz del Cristo resucitado y hace posible que nuestros corazones, así iluminados, lleguen al conocimiento de la gloria de Dios (2Cor. 4:6).

Mientras que en Romanos Pablo argumenta que la creación de por sí es suficiente para que todo ser humano reconozca “la eterna potencia y la divinidad” de Dios, en 2 Corintios Pablo hace claro que el que tiene fe recibe de la faz del Cristo resucitado, el objeto de su fe, el conocimiento de que no pertenece al mundo natural, sino al mundo espiritual. Esta revelación de la gloria del Cristo resucitado le da conocimiento de la gloria de Dios, el cual es un conocimiento más alto que el de su eterna potencia y divinidad. Eso hace que la persona de fe sea transformada y ascienda a niveles más altos en la cadena del ser. He aquí el misticismo de Pablo.

Con la intención de defenderse de las acusaciones que los corintios han hecho contra él, Pablo se ve forzado a recurrir a la enumeración de sus sufrimientos por causa del evangelio y a presentar su viaje al paraíso como evidencia de su apostolado. No deja claro si el paraíso que fue privilegiado de visitar está en el tercer cielo o en un cielo aún más alto. Deja claro, sin embargo, que su viaje tuvo lugar en un éxtasis que no le permitió darse cuenta si había hecho el viaje por las esferas celestiales en su cuerpo carnal o sin su cuerpo carnal (2 Cor. 12:2-4). En la literatura mística de los judíos del primero al cuarto siglo hay varias descripciones de viajes a regiones superiores donde el viajero se entera de cosas que no puede describir cuando regresa a la tierra. El viaje al que Pablo se refiere pertenece a este género literario. Todos estos relatos se basan en una cosmología y una visión de la vida terrenal caracterizada por el ansia del ser por volver a las regiones celestiales donde tiene su hogar. La vida en esta tierra es un peregrinaje fuera del hogar a que pertenece.

Esta visión de la realidad es contraria a toda la literatura veterotestamentaria, con la excepción del libro de Daniel, donde se da por sentado que el hogar de los seres humanos es la tierra. Al hacer referencia a su viaje al paraíso y hacer claro que la resurrección de los muertos involucra la recepción de un cuerpo espiritual con la imagen del Adán celestial, Pablo abandona la visión de la creación expuesta en el Antiguo Testamento y adopta el punto de vista de la cultura judía de su época, la cual ya no consideraba a la tierra como el hogar de los seres humanos. Ambos puntos de vista habían sido introducidos por el pensamiento platónico.

En Romanos, Pablo afirma que para él, Adán es solo “la figura del que había de venir” (Rom. 5:14). Su rol era servir de contraste a Jesucristo. La desobediencia de un hombre fue contrarrestada por la obediencia de un hombre. Pero así como la desobediencia de Adán no fue de la ley, tampoco la obediencia de Cristo fue de la ley. Su obediencia fue la obediencia a la muerte en la cruz. En 2 Corintios, el argumento de Pablo es que los que al bautizarse han muerto con Cristo y han sido vivificados por el Cristo resucitado ya no ven a los demás seres humanos “según la carne” puesto que viven “para aquel que murió y resucitó por ellos”. Los tales ya son parte de la Nueva Creación (2 Cor. 5:15-17), aún cuando todavía no han recibido el cuerpo espiritual que Cristo recibió al ser resucitado por Dios. El Adán carnal, como figura del que había de venir, sólo nos deja visualizar más claramente al “postrer Adán”, el celestial, la primicia de los que han de vivir en cuerpos espirituales.

Pablo se refiere al pecado y la muerte como si fueran una sola cosa. Cuando considera la muerte biológica, sin embargo, la considera indiferente, sin importancia. La muerte que le preocupa es “la mayor de las muertes” (2 Cor. 1:10), la muerte escatológica. La muerte bajo la condenación del pecado no es la muerte biológica. Es la muerte que nos deja fuera del alcance de Dios, y de la cual sólo Dios nos puede salvar. Pablo la llama “la mayor de las muertes”. A la muerte biológica la considera “ganancia” (Filip. 1:21). El último enemigo que ha de ser vencido es la muerte escatológica (1 Cor. 15:26). La muerte que entró al mundo por el pecado de Adán no es la biológica. Como figura del que había de venir, como introductor del pecado y la muerte, Adán no cumple un papel histórico sino uno escatológico. La noción apocalíptica de “la Caída” no es una noción biológica o histórica. Es una noción teológica de la historia de la salvación. La historia de la salvación no es ni historia ni biología, es teología. Para la historia de la salvación la muerte biológica es inconsecuente.

En su correspondencia con los corintios, Pablo cede la creación en la carne a los poderes del aire y concentra su visión en la Nueva Creación en el Espíritu, la gloria de la cual se refleja en el corazón del cristiano que ha muerto y resucitado con Cristo. La vida en la creación donde reinan el pecado y la muerte, y que mantiene una relación intima con la muerte biológica, no es comparable a la vida “en Cristo”, la cual no está bajo la condenación de la ley y triunfa sobre la mayor de las muertes, la eterna. En estas cartas Pablo se refiere repetidas veces al misterio de la sabiduría de Dios (1 Cor. 2:7; 4:11; 13:2; 14:2; 15:51). Este misterio es cómo la creación carnal está siendo suplantada por la creación espiritual en la resurrección de Cristo. Su resurrección hace posible que los que tienen fe sean trasformados de gloria en gloria a la imagen de Su gloria. Quedarse apegado a la creación en la carne es ignorar la sabiduría de Dios. A diferencia de quienes lamentan la pérdida del Paraíso y anhelan su restitución, Pablo se goza de vivir “en Cristo” y anhela ser re-creado en la imagen de Su resurrección.


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