La Historia No Contada Sobre El Diezmo: Una Breve Historia De La Benevolencia Adventista En Un Contexto Histórico

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Desde 1844 al presente, las actitudes adventistas hacia el dar han sido formados por una gran cantidad de artículos, tratados, sermones y Manuales de Iglesia, pocos de ellos en total acuerdo con el método de diezmar. Este cuerpo de literatura, antes de 1880 era en gran parte apologético y a la defensiva, pero desde 1880 bastante didáctica. Se ha ido modelando por eventos externos, entre ellos el pánico de 1857 y de 1873, y la gran depresión de los años treinta.

De 1844 a 1859, los Adventistas Sabáticos no tenían un plan para dar regularmente, sino que dependía de donaciones voluntarias de oyentes interesados. Por ejemplo, durante tres meses de trabajo duro en Illinois en 1857, J.N. Loughborough recibió 10 dólares en efectivo, un abrigo de piel de búfalo, una mesa y un cuarto. Durante el invierno de 1857-1858, sus oyentes en Michigan le dieron tres pasteles de azúcar de maple de diez libras cada uno, diez fanegas de trigo, cinco fanegas de manzanas, cinco fanegas de papas, unos nueve litros de frijoles, un jamón, medio cerdo, y cuatro dólares en efectivo. Después de pasar el verano en Wisconsin, en cuatro meses de predicación le dieron solo 20 dólares en efectivo más una mesa, un cuarto y algunos viáticos. Otro ministro en 1859, después de conducir un carruaje en un circuito de 200 millas en 3 semanas, durante las cuales predicó 14 veces, regresó a casa con solo 4 dólares en efectivo en su bolsillo. El resultado inevitable de esta donación no sistemática era una trabajo esporádico por la causa: tienes dinero, predica; sin dinero, trabaja en la granja o de carpintero.

Luego vino el pánico de 1857, la primera crisis económica mundial. Desencadenado por los acuerdos fraudulentos y el fracaso posterior de Ohio Life Insurance and Trust Company, este pánico financiero provocó el fracaso de decenas de empresas; la industria ferroviaria disminuyó y cientos de trabajadores fueron despedidos. Las acciones ferroviarias habían visto compras cada vez más especulativas, lo que solo empeoró las cosas cuando estalló la burbuja en agosto de 1857. Para la primavera de 1858, el crédito comercial se había agotado; los comerciantes estadounidenses experimentaron menores ventas y ganancias; decenas de bancos cerrados; numerosos ferrocarriles se declararon en quiebra; los trabajadores tomaron recortes salariales del diez por ciento; y muchos agricultores perdieron sus tierras debido a ejecuciones hipotecarias bancarias. La nación no salió de esta depression hasta que comenzó la Guerra Civil en 1861. El área más afectada de los Estados Unidos fue la región de los Grandes Lagos, donde los adventistas establecieron su cuartel general en Battle Creek en 1855.

En abril de 1858, Jaime White describió al pequeño grupo de hermanos que predicaban como «hundidos en la pobreza, con la salud deteriorada y desanimados». Algo debía de hacerse pronto para sostener financieramente la causa o el movimiento adventista se detendría por completo. En febrero de 1859, un comité de tres hombres en Battle Creek propuso el Plan de Dadivosidad Sistemática basado en 1 Corintios 16:2 (El primer día de cada semana, cada uno debería separar una parte del dinero que ha ganado), 2 Corintios 8:12-14 (enfatizando el principio de igualdad), y 2 Corintios 9:5-7 (Dios ama a la persona que da con alegría). En términos prácticos, el comité instó a los hombres de 18 a 60 años a dar de 5 a 25 centavos por semana, a las mujeres a dar de 2 a 10 centavos a la semana, y a ambos grupos a agregar de 1 a 5 centavos más por cada propiedad de 100 dólares. Cabe señalar, sin embargo, que no se esperaba que los enfermos, los ancianos y los menores de 18 años participaran en el Plan de Dadivosidad Sistemática.

También vale la pena mencionar que en ningún momento ningún líder adventista hizo referencia a Malaquías 3: 8-10 (diezmar los ingresos de uno); nadie usó el término «sacrificio» para este plan; ni ninguno de los escritores enfatizó inicialmente las bendiciones divinas que se obtendrían al dar. En cambio, los artículos en la Revista Adventista acentuaron las grandes necesidades de la causa y la equidad, la igualdad y la naturaleza no sacrificial de lo que popularmente se llamó «el Plan de la Hermana Betsy (Sister Betsy Plan [S.B.])». Cada domingo, el tesorero local del S.B. visitaba la casa de cada miembro, llevando un baúl de mano o un bolso, y un libro de registros con recibos. «Todos lo esperan y todos se preparan para recibirlo; se reunían con él con las manos abiertas y sentimientos benévolos».

A medida que evolucionó durante los sesentas y setentas, el Plan de Dadivosidad Sistemática se basó en el principio del diezmo: si instó a los trabajadores de tiempo complete a dar el diezmo o el 10% de su utilidad anual a la causa. Dado que Jaime White estimó que la utilidad de uno representaba alrededor del 10% del crecimiento anual de los activos, en realidad, el Plan S.B. representaba solo el 1% de los ingresos totales de un año determinado. Pero en Ohio, se esperaba que los miembros dieran un «impuesto anual a la iglesia» del 2% basado en la evaluación de sus propiedades que hacía el tesorero.

Aunque había grupos que se resistían al «Plan de la Hermana Betsy» y un mal uso occasional de los fondos para la construcción o el mantenimiento de lugares de reunión locales, en general, el Plan S.B. puso al movimiento adventista nuevamente en marcha financieramente por los próximos 20 años. Loughborough declaró en junio de 1861 que «ha sido la salvación de la causa de la Verdad Presente de la bancarrota». Entre 1859 y 1879, un flujo constante de los fondos y ofrendas del Plan S.B. permitieron a la nueva denominación construer decenas de lugares de reunión, formar una docena de asociaciones locales y una Asociación General, fundar una casa publicadora, un sanatorio y una universidad, y enviar un puñado de misioneros a Europa. En pocas palabras, todo era miel sobre hojuelas hasta que llegó el pánico de 1873.

El pánico de 1873 fue una crisis financiera que provocó una depresión en Europa y América del Norte que duró hasta 1879 (incluso más en Francia y Gran Bretaña). Fue causado por inversiones especulativas desenfrenadas en ferrocarriles (el segundo mayor empleador después de la agricultura), muelles de embarque y fábricas; la desmonetización de la plata en Alemania y los Estados Unidos; crecientes déficits comerciales; rumores globales de la Guerra Franco-Prusiana de 1870 a 1871; y enormes pérdidas de propiedad por el incendio de 1871 en Chicago y el incendio de 1872 en Boston. Sin embargo, el principal desencadenante inmediato ocurrió a miles de kilómetros de distancia, en Viena, la capital del vasto imperio austrohúngaro, que en 1873 dejó de acuñar monedas de plata. Esto provocó que la industria minera de plata en occidente tocara fondo, se redujo el suministro monetario nacional y provocó que los Estados Unidos abandonara su propia moneda de plata. Cuando el presidente Ulysses Grant solicitó las reservas de dinero, esto elevó las tasas de interés, lo que empeoró las cosas para los deudores. Estos factores acumulados pronto desencadenaron una reacción en cadena de quiebras bancarias, el cierre de la Bolsa de Nueva York, el fracaso o la bancarrota de 110 ferrocarriles estadounidenses, el cierre de 18,000 empresas y el despido de cientos de trabajadores. Una vez más, el pánico de 1873 golpeó a Michigan particularmente fuerte cuando sus empresas pesadas se declararon en bancarrota.

Bajo estas circunstancias, el Plan de la Hermana Betsy de dar el diez por ciento de la utilidad anual dejó de proveer suficientes fondos para mantener el tren del evangelio moviéndose hacia delante. Paradójicamente, aunque Jaime White en abril de 1861 había rechazado «el sistema de diezmo israelita» como «el plan de Dios del sacerdocio levítico», pero no aplicable a los adventistas de hoy, el pánico de 1873 lo obligó a él y a otros líderes a volver a revisar el Antiguo Testamento. En una serie de artículos en la Revista Adventista en la primavera de 1876, Dudley M. Canright ahora llamó a Malaquías 3:8-11 «El plan bíblico para apoyar al ministerio». «Dios exige que el diezmo, o una décima parte, de todos los ingresos de su pueblo debe ser dado para apoyar a sus siervos en su labor» – escribió. «Nótese» – agregó– «que Dios no dice que deberías darme el diezmo, sino que dice que una décima parte le pertenece al Señor». Por lo tanto, siendo que el diezmo ya pertenecía a Dios, los creyentes simplemente se lo devolvieron.

Con el trazo de su pluma, Canright cambió completamente todo pensamiento adventista previo sobre el diezmo. Los creyentes no dan el diezmo como un «impuesto eclesiástico», sino que lo regresan a Dios como suyo. Además, ellos no deben dar una décima parte de la utilidad generada de un año al otro, sino una décima parte del total de su ingreso anual. Además, Canright y Elena White ahora cambiaron el enfoque de la retórica del diezmo en los documentos de la iglesia. Ellos enfatizaron las bendiciones divinas recibidas por el donante generoso. Destacaron artículos como el té, café, tabaco, alcohol, el baile, el teatro y la joyería que los adventistas voluntariamente evitaron, ahorrando así miles de dólares anuales que podrían ser donados a la causa de la Verdad Presente. Durante la década de 1880, los adventistas en todas partes adoptaron el plan completo del diezmo (excepto por los santos en Arkansas quienes todavía siguen el Plan de Dadivosidad Sistemática de finales de la década de 1890). Pero Elena White declaró repetidamente en sus Testimonios que, sin importar el nombre que se le diera, «la dadivosidad sistemática (o el diezmo) no debe convertirse en compulsión sistemática».

Luego vino la Gran Depresión de la década de 1930. Iniciada por la caída de la bolsa de valores de Nueva York en el «Martes Negro» (29 de octubre de 1929), esta crisis económica resultó ser mucho peor que cualquier «pánico» previo debido a las condiciones de sequía del Dust Bowl. La caída provocó cierres bancarios, desempleo masivo, personas sin hogar, hambre, desesperación y desánimo para decenas de miles de estadounidenses y millones más en el extranjero. Trajo consigo miseria, comedores populares, marchas de hambre, barrios marginales (llamados «Hoovervilles») y la violenta Marcha del Ejército de Bonificación por parte de veteranos de la Primera Guerra Mundial que corearon «Alimenta al hambriento, grava a los ricos» mientras ocupaban Washington DC. Entre 1929 y 1931, más de 20,000 empresas y negocios cerraron; más de 3,000 bancos se declararon en quiebra (10% del total de la nación); y los suicidios se dispararon a 18.9 por cada 1000. Para 1932, los proyectos de construcción habían caído en un 80%; en 1933, más de 12,000,000 de estadounidenses estaban desempleados (25% de la población) cuando 70,000 fábricas cerraron. El comercio internacional cayó un 70 por ciento.

Como los Estados Unidos no tenían un sistema de bienestar social, las líneas para recibir beneficencia se extendían por cuadras en las principales ciudades, y las iglesias y las organizaciones de beneficencia crearon comedores comunitarios. Miles de hombres y mujeres sin hogar vivían en barrios marginales construidos apresuradamente en terrenos públicos; el 50% de todos los niños estadounidenses no tenían comida adecuada, abrigo, o atención médica. Miles de vagabundos se transportaban en los trenes de carga a través del país buscando cualquier tipo de trabajo, especialmente los que vivían en las Dakotas, Nebraska, Kansas, Oklahoma y Nuevo México (el corazón del Dust Bowl que destruyó 100,000,000 de acres de tierras y dejó a 3,000,000 de personas sin hogar y en la pobreza).

Durante la Gran Depresión, como la Iglesia Adventista experimentaba reducciones significativas en el soporte financiero, la retórica de los líderes sobre los diezmos y las ofrendas se volvió mucho más detallada y didáctica. En 1932, en el nadir de la depresión, el primer Manual de la Iglesia fue publicado. Enfatizaba por primera vez los deberes de los líderes de la iglesia local de dar el diezmo. «Un hombre [sic] que no da ejemplo en este asunto no debe ser elegido para el cargo de anciano» –aclaraba, añadiendo que– «todos los miembros con cargos en la iglesia debían dar el diezmo». Mientras que el manual acordó que el dar el diezmo «no es una prueba para ser parte de la feligresía», aquellos «empleados de la asociación, ancianos de iglesia y otras personas con cargos y líderes institucionales que no den el diezmo, no deben continuar con su cargo». De hecho, en 1951 el Manual de la Iglesia ordenaba que los líderes de la iglesia que no fueran fieles en dar el diezmo no solo fueran expulsados del cargo como ancianos locales, sino también excluidos de cualquier oro cargo en la iglesia local. Tres años más tarde, el Manual para Ministros apretó el nudo alrededor de los cuellos de los trabajadores que no daban el diezmo al estipular que «ningún trabajador continuará en un empleo denominacional que se encuentre infiel en el dar el diezmo, ni será transferido [sic] a otra asociación a menos que él [sic] se reforme».

En 1932, por primera vez, el diezmo entró en el listado las «Creencias Fundamentales». La número 18 decía:

Que el principio divino de los diezmos y las ofrendas para el sostenimiento del evangelio es un reconocimiento de la propiedad de Dios en nuestras vidas, y que somos mayordomos que debemos rendirle cuenta de todo lo que ha comprometido a nuestra posesión.

Del mismo modo, el diezmo ingresó por primera vez en el listado del voto bautismal en 1951 al decir en la pregunta 10:

¿Cree usted en la organización de la iglesia, y se propone sostener a la iglesia con sus diezmos y ofrendas, con su esfuerzo personal y su influencia?

Pero en 1985, cuando el Concilio Anual propuso varias revisiones significativas en el tema del diezmo, las ofrendas y los empleos en la iglesia, la redacción de sus propuestas revela que la confusión aún reinaba en los círculos de los líderes. La definición de «un diezmo fiel» incluyó las palabras «una décima parte de su utilidad o ingreso personal». Sin embargo, como saben, los dos términos no son lo mismo.

El creciente número de reclamos de las iglesias locales e instituciones adventistas independientes para recibir una parte del dólar del miembro de la iglesia también redujo drásticamente las ofrendas para las misiones de un 28.6% de los dólares diezmados en 1934 a un 6.5% en 1985. Además, mientras que el 68% de los miembros de la iglesia en la década de 1980 calcularon su diezmo en el ingreso personal bruto, el 29% basó su diezmo en el ingreso neto después de impuestos, y aproximadamente el 3% lo hizo en la cantidad restante después de que se dedujeron los gastos de subsistencia. Además, no era raro que algunos ministros adventistas apoyaran el diezmo del ingreso neto. Otros instaron celosamente a dar un diezmo doble, mientras que algunas conferencias en la década de 1980 anunciaron el plan 10+10+ de diezmos y ofrendas. Por lo tanto, en un sentido muy real, el concepto adventista del diezmo y la dadivosidad sistemática todavía está en un estado de cambio y puede evolucionar en las próximas décadas en respuesta a las crisis financieras externas y las recomendaciones de los líderes de la iglesia.

 

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Brian E. Strayer es profesor emérito de historia en la Universidad de Andrews. Este artículo fue originalmente presentado en la clase de Escuela Sabática Diálogo en el Campus en la Universidad de Andrews el 10 de febrero del 2018. Fue compartido en esta plataforma con permiso.

Créditos de la imagen: Pexels.com

 

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