“la mejor cura para la ansiedad”


(system) #1

La lección de esta semana nos recuerda las promesas bíblicas de que no necesitamos sentir ansiedad, preocupación o miedo. La intención es, sin duda, que esto sea alentador, pero lamentablemente la cita de Elena de White con la que termina el artículo podría interpretarse en el sentido de que ser ansioso es un error espiritual. Parece dar a entender que la única razón por la que no tenemos “la paz y la felicidad a medida que pasamos por esta vida, . . .” es que no tenemos suficiente “fe ... [y] confianza en nuestro Padre celestial” [1].

En otras palabras, si me siento ansioso, asustado o preocupado, entonces, a la luz de todas las promesas de la Biblia, es porque realmente no estoy tan unido a Cristo como debería. La ironía, por supuesto, es que probablemente la mayoría de los adventistas sentimos ansiedad acerca de nuestra relación personal con Jesús. Para muchos adventistas del Séptimo Día, existe preocupación acerca de si todo estará bien en el Juicio Final, o si vamos a ser dirigidos hacia las cabras. Así, si nos dicen que si estamos en la correcta relación con Cristo, entonces no vamos a estar ansiosos, ¡esa no es la mejor manera de aliviar la ansiedad o la preocupación acerca de si estamos en correcta relación con Cristo!

Y tengo que decir que no creo que Elena de White, que en algún momento tuvo dificultades en su matrimonio, que tuvo la experiencia de que dos de sus cuatro hijos (incluyendo a su primogénito) murieran jóvenes, y que tuvo que irse a Australia porque los dirigentes de la denominación encontraban que era difícil tener que vivir con ella cerca –no creo que ella realmente quería que creyéramos que si la vida nos resulta preocupante y problemática, era culpa nuestra. No dudo que ella quería animarnos a ser positivos y a confiar en Jesús, pero también estoy bastante seguro de que ella sabía que hay suficientes cosas malas en la vida como para que un cierto grado de temor y alarma sean pertinentes y razonables. Podemos confiar en nuestro Padre celestial y, sin embargo, todavía tener problemas en nuestras vidas; la Sra. White, más que muchos de nosotros, tenía razones para entender eso.

No quiero alejarme del punto importante de que sí podemos “echar toda [nuestra] ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de [nosotros]”, y que, cuando ponemos “[nuestra] carga sobre el Señor, . . . Él [nos] sostendrá”. En consecuencia, realmente “no [debemos] inquietarnos por nada, [porque] en cada situación [podemos], por medio de la oración y los ruegos, presentar [nuestras] peticiones delante de Dios”. [2]

Pero, ¿son la ansiedad o la preocupación, entonces, las únicas cosas de las que Dios nos libra? ¿No son la ansiedad, la preocupación y la intranquilidad a veces apropiadas? En el resto de este breve ensayo, que considera algunos textos (y sus contextos) en la que la Biblia habla de la ansiedad, voy a sugerir que hay momentos en que la ansiedad es, si no exactamente algo que celebrar, por lo menos puede ser positiva.

En primer lugar, de hecho, a veces la ansiedad puede ser una señal de que tenemos que revisar nuestra vida espiritual. No quiero exagerar, porque la intranquilidad es a menudo innecesaria (como sugiere la lección), pero hay ocasiones en que Dios la usará para llevarnos a revisar nuestra espiritualidad personal.

En Deuteronomio 28, Moisés, previendo que los hijos de Israel podrían ceder a la idolatría y la apostasía, predice los resultados:

“Entonces el Señor te esparcirá entre todas las naciones ... Entre esas naciones no hallarás sosiego, no habrá lugar de descanso para la planta de tu pie. Allí el Señor te dará una mente ansiosa, los ojos cansados con nostalgia, y un corazón desesperado. Vivirás en suspenso constante, lleno de miedo de noche y de día .... Por la mañana dirás: ‘¡Si sólo fuera de noche!’ Y por la noche dirás: ‘¡Si sólo fuese la mañana!’ por el terror de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que tus ojos verán”. [3]

Pero siempre hay otra opción, los israelitas pueden renovar el pacto, como se describe en el capítulo 29.

Tenga en cuenta que Deuteronomio 28 nos dice que un estado de ánimo ansioso, preocupado, inquieto, es una consecuencia de la ruptura con Dios, incluso al margen de los problemas reales que aquejan a los que optan por ignorar los caminos de Dios para la vida. Para mí, sin embargo, es muy posible que Dios no sea quien en realidad causa estos estados de ánimo en nosotros. Nuestra desintegración mental es una consecuencia natural (como los resultados del pecado) para cualquiera que haya estado en comunión con lo divino y después se haya alejado de Dios. De allí en adelante siempre aspiraremos a encontrar lo trascendente, por lo que una vez que subconscientemente reconocemos que estamos viviendo de una manera que aflige a nuestro Creador y Redentor, nuestro subconsciente responderá apropiadamente con la ansiedad, e incluso con la angustia, porque si bien nuestra naturaleza es ser pródigos, nuestra naturaleza es también la de querer regresar a nuestro amoroso Padre celestial y pedirle perdón. Cuando nos resistimos a nuestra naturaleza, la ansiedad es natural.

Y nuestra respuesta, como la de los hijos de Israel, debería ser la de volver a Dios. Como dice David: “¿Dónde me iré de tu Espíritu? O ¿dónde huiré de tu presencia?” En lugar de resistirnos, debemos ir con Dios, y, como David, reconocer que “Tú formaste mis entrañas, tú me hiciste en el vientre de mi madre. ... Maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien”. Y si lo hacemos, entonces también podemos reconocer las palabras de David: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos de ansiedad; ... y guíame en el camino eterno”. [4] En este modelo, nuestros “pensamientos de ansiedad” pueden ser aliviados, ya que nos han alentado a arrepentirnos y buscar la renovación.

Hay otro contexto bíblico en el que la preocupación y aprensión pueden ser positivas, y es cuando las sentimos en nombre de los demás. Nehemías, en los capítulos 1-2, nos dice cómo se sintió mal en su corazón por la condición de Jerusalén y de sus compañeros judíos que vivían allí. Esta era, en parte, una infelicidad por cómo eran en realidad las cosas, pero también era una inquietud más amplia, de que continuara el “gran problema” de los exiliados que regresaron, a menos que las cosas se arreglaran de inmediato. Tan preocupado estaba Nehemías que no podía dormir y, a la mañana siguiente, mientras servía al emperador persa, su ansiedad se reflejaba en gran parte de sus rasgos. El rey de reyes astutamente observa que Nehemías no está enfermo, y que por lo tanto debía sufrir “quebranto de corazón”. [5]

Artajerjes tenía razón, por supuesto; algo estaba “inquietando” a Nehemías. Sin embargo, su inquietud le dio crédito, no lo desacreditó. Quizás la Biblia podría haber supuesto una reprimenda para Nehemías, porque después de todo, ¿no debería haber depositado su ansiedad sobre Dios? ¿No debería haber orado y luego simplemente confiar en que todo estaría bien? La respuesta es “No”, ¡porque a veces Dios tiene que actuar a través de nosotros! El único indicio que encontramos en la Escritura de que Nehemías no se debería haber preocupado, es la sugerencia de que se trataba de lo que el rey Artajerjes quería –¡un rey pagano! E incluso él es afectado lo suficiente por la preocupación de Nehemías, como para emitir un cheque en blanco a su copero real, para que vaya en ayuda de sus compatriotas en problemas.

El simple hecho es que Nehemías tenía razón para preocuparse sobre el estado de cosas en Jerusalén. La gente de allí, como el resto del libro que lleva su nombre deja claro, no sólo era víctima de circunstancias desafortunadas, sino que también habían caído en una rutina espiritual. En ambos casos, se necesita ayuda externa. La clave para nosotros, sin embargo, es que Nehemías no sólo se siente preocupado por las condiciones de Jerusalén, sino que fue impulsado para actuar debido a su ansiedad. Se enfrentó al desagrado del rey, y más tarde a la hostilidad de los personajes importantes de la población local, y a la apatía y apostasía de muchos líderes judíos que habían regresado a Judea. El resultado fue que los exiliados que regresaron fueron puestos de nuevo en marcha.

A veces vamos a tener razón de sentirnos preocupados y ansiosos por los demás, y cuando lo hacemos, el mejor remedio es hacer algo para ayudar. También ésta es la respuesta cristiana.

Para terminar, ¡no estoy sugiriendo que debemos tratar de estar más preocupados! Pero si sentimos temor, alarma, o ansiedad, bueno, a veces es lo que hay que sentir. Ciertamente, no es necesario que se inquieten por la sensación de ansiedad, a menos que sea señal de que no estamos confiando en Dios lo suficiente. A veces estamos en lo correcto al angustiarnos por nuestro estado espiritual: la ansiedad será positiva si nos lleva a un renovado arrepentimiento. Y, a veces, la preocupación debería ser un acicate para la acción, para hacer algo con una situación problemática, y no sólo una aflicción psicológica de la cual queremos que Dios nos libre. La acción puede ser una buena manera de calmar el ánimo inquieto, ya sea que se trate de la renovación de nuestra conexión espiritual con Jesús, o que actuemos para ayudar a otros.

NOTAS FINALES:

[1] Lección para el viernes, 7 de enero, citando a Elena G. de White, Mente, carácter y personalidad, 468. [2] 1 Pedro 5:7; Salmo 55:2, NSAB, cursiva agregada; Filipenses 4:6, NVI. [3] Deuteronomio 28:64-67 (NVI). [4], el Salmo 139: 7, 13-14 (RVR), 23-24 (NVI). [5] Nehemías 1:03 (NVI); 2:2 (CEV).


This is a companion discussion topic for the original entry at http://spectrummagazine.org/node/2877