La ordenación pastoral


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La Iglesia Adventista del Séptimo Día lleva muchos años estudiando la ordenación de la mujer al ministerio pastoral. La ordenación de la mujer no es un tema baladí o una cuestión meramente de justicia social o de igualdad de género. Estamos hablando de conceptos doctrinales básicos como es el sacerdocio universal de todos los creyentes, el concepto de impartición gratuita de la gracia divina y de la salvación, o el concepto de los dones espirituales.

Mayoritariamente, parece que hemos aceptado que la mujer puede trabajar para la iglesia en distintas responsabilidades, como directoras de departamentos tanto en las iglesias locales como en la administración, como diaconisas y como ancianasi (ambas responsabilidades requieren ordenación y son aceptadas sin problemas), pero algunas personas piensan que las funciones pastorales deben seguir en manos del personas de sexo masculino.

Últimamente se está hablando más del tema debido a la decisión de varias Uniones de ordenar a los candidatos al ministerio pastoral en función de sus cualidades personales y profesionales y no en virtud de su sexo.

En este texto me gustaría aclarar algunos conceptos en torno a la ordenación pastoral partiendo de tres ideas que se usan como argumento para la exclusión de la mujer en la ordenación pastoral.

Para mayor información sobre el sentido y significado de la ordenación pastoral invito al lector a leer el capítulo 7 de “La iglesia de Cristo”, “Reflexión sobre la Teología y la práctica de la ordenación en la Iglesia Adventista del Séptimo Día” escrito por Rolf Pöhler .

La función pastoral es similar a la del sacerdocio del Antiguo Testamento. El sacerdocio en el AT era un símbolo de la labor de Cristo en el Santuario Celestial. El sacerdote era el mediador entre el individuo y Dios. No se podía acceder a la gracia ni al perdón a no ser por intercesión del sacerdote y el sacerdote debía ser un hombre.”

Este razonamiento deja de ser válido en la teología del Nuevo Testamento. El sacerdocio levítico exigía que el sacerdote fuera varón y descendiente de Leví. Por esta razón pocos de los pastores podrían llegar a serlo impedidos por su ascendencia.

Pero el sacerdocio iniciado por Jesús rompe con el sistema anterior. En primer lugar porque Jesús, nuestro Sumo Sacerdote no era levita. Su ascendencia provenía de la tribu de Judá. Tal es así que el autor de Hebreos propone un nuevo sistema de sacerdocio “según el orden de Melquisedec” en contraposición del “sacerdocio levítico” (Hebreos 7: 11-21). Es una lástima que no nos haya llegado más información sobre este rey-sacerdote para que podamos hacer un estudio comparativo. Pero es suficiente con saber que este tipo de sacerdocio es “constituido, no según una ley humana, sino según el poder de una vida indestructible”.

El sacerdocio después del Nuevo Testamento es sustancialmente diferente al del Antiguo Testamento. Después de la muerte y resurrección de Jesús se eliminan los mediadores: la puerta a la gracia y al perdón están abiertas gracias a la intercesión única de Jesús (1 Timoteo 2: 5). El pastor no es mediador entre el creyente laico y Dios. Su función es la preocupación por sus feligreses ayudándolos a crecer en la fe mediante la exhortación, enseñanza y predicación, además de sus labores administrativas coordinando la vida en la iglesia local.

La labor de Jesús como nuestro Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial convierte a cada individuo que acepta el sacrificio expiatorio de Cristo en sacerdote (1 Pedro 2: 5, 9): cada creyente, es sacerdote, no únicamente los varones. Por lo cual los pastores no son más sacerdotes que cualquiera de sus feligreses. Y el varón no es más sacerdote que la mujer.

La ordenación es un sacramento por el cual el Espíritu Santo recae de forma especial sobre el ordenado. La ordenación confiere al ordenado un estatus espiritual superior. De esa forma el ordenado se convierte en vehículo y recipiente del Espíritu con la autoridad que el Espíritu le otorga.”

Pensar de esta manera es reconocer que existen sacramentos, es decir que los ritos que los humanos realizan determinan la bendición de Dios o el derramamiento de la gracia divina, dones o del poder del Espíritu. Es decir, el rito humano es necesario para la actuación de Dios sobre el sacramentado.

El catolicismo reconoce siete sacramentos: bautismo, comunión, confirmación, matrimonio, sacerdocio, penitencia y unción de los enfermos. La mayoría del mundo protestante solo dos: el bautismo y la comunión. La iglesia adventista no reconoce ningún sacramento. Practicamos el bautismo como el reconocimiento público de la fe (confesión de fe) y de la voluntad de pertenecer al cuerpo de la iglesia (ser miembro de iglesia). Practicamos la Santa Cena como expresión publica de la comunión entre los hermanos y como recordatorio de nuestra salvación. Los adventistas del séptimo día creemos que el Espíritu es derramado sobre el creyente no como resultado de un ritual sino como resultado de la gracia y de la voluntad de Dios.

Es cierto que los adventistas del séptimo día visualizamos por medio de una ceremonia la ordenación a distintos cargos (diáconos, ancianos y pastores) mediante la imposición de manos. Pero esta ceremonia no tiene valor sacramental.

En la Biblia, la imposición de manos puede significar muchas cosas: desde la bendición paterna a un hijo hasta la transmisión simbólica de los pecados de todo el pueblo de Israel al macho cabrío “por Azazel” .

En el Nuevo Testamento se relatan episodios en los que la imposición de manos es la exteriorización de la encomienda de una misión o coincide con un derramamiento perceptible del Espíritu. Pero también es cierto que hay otros relatos en los que el derramamiento del Espíritu ha sucedido con antelación o con posterioridad, o en los dos momentos. O se produce sin intervención de una imposición de manos, ni de ningún otro tipo de ritual como en el caso de la fiesta de Pentecostés.

Entonces, ¿qué significa la ceremonia de imposición de manos?

La ordenación pastoral en el mundo protestante y más todavía en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, es el reconocimiento de la iglesia a la labor de una persona en el trabajo pastoral. Mediante la ordenación se reconoce que esa persona ha demostrado ser apta para el ministerio pastoral y por lo tanto se le otorga autoridad eclesiástica. Subrayo la expresión “autoridad eclesiástica”. El pastor, como representante de la institución-iglesia, preside tanto las reuniones administrativas (incluyendo en este grupo desde las juntas o consejos de iglesia hasta las asambleas de iglesia) como las ceremonias religiosas (servicios de comunión, bautismos, matrimonios, etc.) y orienta en cuanto a los procedimientos a seguir en las actividades eclesiásticas.

Si aceptamos que una mujer puede realizar trabajo pastoral (como es el caso de obreras bíblicas y mujeres que tienen a su cargo distintas congregaciones) y eliminamos los componentes místicos-sacramentales en torno a la imposición de manos, es de justicia que una mujer pueda recibir la misma autoridad eclesiástica que sus compañeros varones.

Dios es el que otorga distintos dones espirituales. La salvación es universal, para hombres y mujeres, solo que Dios reparte determinados roles en función de su sexo. La maternidad y el cuidado del hogar son las responsabilidades más sagradas que Dios ha dado a las mujeres. En cuanto a sus funciones en la iglesia, la mujer tiene mucho trabajo que realizar fuera del campo pastoral.”

Efectivamente, el Espíritu reparte sus dones conforme a su propia voluntad, no a la voluntad humana (1 Corintios 12: 11; Romanos 12: 6). Pero en ningún lugar de la Biblia he encontrado que esos dones sean diferentes para hombres y mujeres. El listado de 1 Corintios 12: 8-10 nada tiene que ver con el sexo del creyente.

En cuanto a las funciones que el creyente puede ejercer de acuerdo a los dones espirituales que le son concedidos, el apóstol Pablo habla en Romanos 12: 6-8 y Efesios 4:11 de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros, los que exhortan o animan, los que dan o reparten, los que presiden o tienen puestos de responsabilidad y los que tienen misericordia o ayudan a los necesitados. En el texto bíblico no existe una gradación sobre qué don es más importante, todos ellos tienen la misma transcendencia.

La iglesia Adventista del Séptimo Día reconoce y tiene definidas todas estas funciones excepto la de apóstoles, que no sabemos muy bien cómo concretar, por lo cual no haré referencia a ello.

Es curioso que cuando hablamos de las funciones que una mujer puede desempeñar en la iglesia todos (o una inmensa mayoría) estamos de acuerdo en que pueden (en igualdad de condiciones con sus hermanos varones):

  • repartir y ayudar a los necesitados como diaconisas, responsables del departamento de Dorcas o ADRA;

  • exhortar y animar a los hermanos haciendo programas de confraternización, dirigir grupos de oración o de testimonios;

  • evangelizar, repartir literatura, visitar a interesados;

  • predicar tanto en grupos pequeños como en el púlpito de la iglesia;

  • enseñar tanto en las clases de escuela sabática como dando estudios bíblicos;

  • llegar apuestos de responsabilidad en nuestras instituciones y diferentes departamentos administrativos;

  • profetizar en casos muy puntuales, ya que solo reconocemos en esta labor a Elena White.

¿Por qué entonces no reconocemos en la mujer también la función de pastorear?

Si somos capaces de reconocer el don de profecía en una mujer, y que las mujeres pueden ser maestras o evangelistas, es absolutamente incongruente que no reconozcamos el don de pastorear a una mujer que haya sido llamada por Dios para ejercer esa función.

Cuando la iglesia niega la posibilidad a una persona de demostrar si ha sido o no llamada por Dios a un determinado ministerio, independientemente si es hombre o mujer, está cometiendo un grave error, no porque se esté cometiendo discriminación sexual, sino porque niega que el Espíritu pueda conceder sus dones de acuerdo a su voluntad, no a la voluntad humana.

El problema de la ordenación femenina no es una reclamación a favor de los derechos de nadie. Los dones del Espíritu no son un derecho, es una responsabilidad que Dios entrega. Es la reivindicación de que Dios no hace acepción de personas, que él llama a las personas sin considerar si son hombres o mujeres y que les encarga una misión porque esa persona es necesaria en ese momento, en ese lugar y con ese don en concreto. Es reconocer la autoridad de Dios sobre la autoridad de los hombres.

i Aunque no sea una práctica mundial, en buena parte de Europa, Estados Unidos y Australia, se ordenan mujeres como Ancianos de Iglesia, muchas de ellas siendo Primeras Ancianas durante muchos años, y esta práctica “no uniforme” no ha suscitado ninguna amenaza a la unidad de la iglesia ni a los cimientos de la fe adventista.

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Foto de Ricardo Leacock.

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