La Voz de Dios en mis Sueños


(Spectrumbot) #1

(Traducido por Herold Weiss)

En el culto sabático de una asamblea anual hace muchos años, escuché a un predicador muy reconocido declarar que en un sueño Dios le había dicho que Jesús iba a venir antes de un tal año (el cual ya hace muchos años pasó a la historia). Esa declaración me sorprendió. ¿Por qué había el predicador aceptado ese mensaje como auténtico? ¿Por qué no había dudado su contenido? ¿Por qué no había dudado su fuente? ¿Acaso no hay amonestaciones bíblicas acerca de tales especulaciones? ¿No se daba cuenta él de la arrogancia implícita en su predicción? ¿Qué le hacía pensar que de toda la humanidad Dios lo había elegido a él para que sea el único con conocimiento del año en que Jesús volvería a la tierra?

El filósofo inglés Tomás Hobbes hizo la pregunta siguiente: “¿Cuál es la diferencia entre decir, ‘Dios me dijo en un sueño’ y decir ‘Soñé que Dios me habló’”? La pregunta hace obvio que, prácticamente, no hay diferencia. “Dios me dijo en un sueño” afirma que Dios le dio al que soñaba–a través de una experiencia inmediata–conocimiento directo (indudablemente libre de error). “Soñé que Dios me habló” afirma que mi subconsciente me proveyó una experiencia vívida de lo divino que pudo ser o no ser un vehiculo del conocimiento de Dios. La pregunta de Hobbes presenta un serio desafío a los creyentes. Si Dios le hablara en un sueño, ¿Cómo puede Ud. saberlo? ¿Cómo puede Ud. probarlo, aunque sea para su propia satisfacción?

Nuestros estados de ánimo y nuestros sueños son eventos incontrovertibles que no pueden ser negados o ignorados. Si tuvimos la experiencia, nadie puede convencernos de lo contrario, y nosotros no podemos probar que la tuvimos para la satisfacción de otros. Tienen que aceptar nuestra palabra. En nuestro mundo subjetivo sabemos que tuvimos la experiencia. De lo que no estamos seguros es de qué consistió. Nuestros eventos internos, ¿representan realidades externas?

La epistemología, como muchos términos filosóficos, deriva de dos vocablos griegos: episteme que significa “conocimiento”, y logos que significa “discurso”. Trata de explicar cómo se llega a saber algo, y es una de las ramas más complicadas de la filosofía. Dentro del cristianismo la epistemología se complica aún más puesto que los creyentes afirman conocer un Dios trascendental, infinito e invisible de quien se puede saber sólo cuando elije revelarse.1

Hay quienes afirman que experiencias religiosas pueden unir al creyente con la divinidad (misticismo). Otros, por su parte, insisten que ellas proveen una poderosa sensación de diferencia (Dios es “Otro”), o un fuerte sentido de dependencia. Algunos filósofos argumentan que es imposible tener contacto directo con el mundo fuera de nosotros mismos (o con Dios). Lo que experimentamos son las imágenes, las representaciones del mundo externo que nosotros mismos construimos.

Dejando afuera los detalles de este debate, pienso que podemos experimentar directamente el mundo externo (y Dios), pero que la experiencia es siempre facilitada por los sentidos y la mente. Esto hace posible que surjan errores, pero lo que experimentamos es el mundo externo y no simplemente nuestras impresiones o sentimientos. Es por eso que tenemos confianza de que lo que experimentamos realmente existe. Nuestra experiencia de un árbol significa que hay ahí un árbol (aún cuando reconocemos que las alucinaciones también existen).

Mi peregrinación epistemológica

Mi preocupación por una epistemología religiosa surgió en mí mucho antes de que supiera lo que era. Mi abuelo paterno nació en Anavryte, Grecia, una aldea en las montañas que circundan el valle de Sparta. Habiéndose quedado huérfano cuando era un jovencito, buscó nuevos rumbos hacia los Estados Unidos y encontró un ambiente congenial en una comunidad griega en Brooklyn, Nueva York. Eventualmente abandonó su herencia Ortodoxa y se bautizó en la iglesia pentecostal que se reunía en un salón de la planta baja del edificio de apartamentos en que residía cerca de Coney Island. No mucho después era un ministro laico que podía leer con facilidad el Nuevo Testamento en griego.

Su hijo–mi padre–era (y todavía es) un agnóstico, y uno de mis tíos maternos también era un agnóstico (con el diploma de ingeniero) que entendía los orígenes de la humanidad en términos de la evolución. Mi madre, por su parte, no tenía interés alguno en materia de religión. Creciendo en ese ambiente, junto con mis abuelos maternos y mi hermano menor, decidí hacerme adventista del séptimo día cuando tenía catorce años. Pocos meses después de mi bautismo me sentí llamado al ministerio pastoral.

La reacción de mi familia fue inmediata.

Mi tío: “¿Cómo sabes que el mundo fue creado hace seis mil años cuando toda la evidencia científica muestra que no es así? ¿Cómo sabes que la Biblia es la revelación de Dios a la humanidad?” A su manera hasta trató de sobornarme. Si ponía a un lado mi creencia en la creación y me inscribía en la escuela de ingeniería de la Universidad de Nuevo Mexico (donde él se había graduado), él pagaría por mis estudios (una verdadera tentación para uno que vivía de la asistencia social).

Mi abuelo (Papou): “¿Cómo sabes que Colosenses 2:14-17 no se refiere al sábado semanal? ¿Cómo sabes que Elena White recibió el don profético? Papou también argumentaba que los adventistas negaban la doctrina neotestamentaria de la justificación por la gracia a través de la fe al insistir en la observancia del sábado.

Mi madre: Ella dio un suspiro de alivio pensando que no me iba a meter en problemas con la policía. Mi padre–que para ese entonces vivía por otra parte–no dijo nada, pero no creo que entonces él pudo haber estado muy contento con mi decisión. Años después me dijo: “Me gustaría poder creer como tu, pero no puedo”. Con todo, nunca criticó mi decisión, y siempre estuvo orgulloso de lo que llegué a realizar.

Deseoso de convencer a mis familiares de que en realidad “sabía” lo que creía, pasé innumerables horas leyendo todo lo que podía usar para defender el punto de vista adventista. Constantemente asediaba a los pastores y los instructores bíblicos con preguntas. Algunos años después me di cuenta que mis inquietudes epistemológicas me habían llevado a la apologética, una rama de la filosofía de la religión que busca evidencias y argumentos que sustentan la fe cristiana.

Antes de regresar a la pregunta de Hobbes y la epistemología, quisiera brevemente explicar por qué la epistemología y la filosofía son importantes en la reflexión teológica.

La epistemología y la filosofía: disciplinas únicas

En la tradición occidental, la filosofía es un quehacer intelectual único porque su mayor interés no se concentra en un campo específico de estudios (aunque puede también ser estudiada como si tal fuera el caso), sino que insiste que todas las disciplinas deben examinar las presuposiciones en que se basan. ¿Están éstas apoyadas por la razón (el pensamiento consistente, coherente y en conformidad con la lógica), la experiencia (la gama completa de experiencias desde la percepción sensual hasta el misticismo), u otras evidencias pertinentes (tales como el testimonio de otros)?

Puede que los que no están familiarizados con la filosofía de la ciencia se sorprendan de que todavía hay serios debates acerca de la relación entre la causa y el efecto, uno de los fundamentos conceptuales no sólo del método científico sino también de nuestro diario vivir. Todos leemos, pero cuántos están al tanto de que hay una gran diversidad de opiniones acerca de dónde radica el significado de lo que leemos. ¿Está éste en el texto, en el lector, o en una intersección de ambos?

Examinar estas cuestiones es fundamental para la literatura y cabe bajo la rúbrica de “crítica literaria” o la “filosofía” de la literatura. La “filosofía” de la historia examina la efectividad de los métodos de la investigación histórica para la reconstrucción del pasado: ¿es esta la mejor manera de llegar a saber lo que “realmente sucedió”?, y ¿qué significa que “realmente sucedió”? La filosofía del arte (o estética) trata de establecer en qué consiste la belleza y cómo podemos reconocerla. ¿Qué aprendemos de ella? La filosofía de la religión, por su parte, examina las presuposiciones asumidas por la religión: ¿Cómo sabes que Dios existe? ¿Cómo sabes que Dios se revela en tus Sagradas Escrituras?

Cuando fui a cursar estudios doctorales, por varias razones, decidí estudiar filosofía, en vez de teología o Biblia. Quería satisfacer mis inquietudes epistemológicas. Mi anhelo era encontrar respuestas al problema de lo que significa “saber”.

Uno de mis primeros seminarios sobre epistemología estudió la percepción de los sentidos, los debates acerca de cómo llegamos a saber del mundo exterior a través de la visión, el oír y el tacto. Me sorprendió la complejidad de algo que todos damos por sentado.2 Ver un objeto volando y juzgar que se trata de un pájaro es un proceso extremadamente complejo.3

Mis estudios previos de física me sirvieron al respecto. Consideramos cómo el estímulo visual requiere la intervención de la persona humana para llegar a ser la experiencia que nos da placer. Cuando una banda toca una marcha crea ondas sonoras que parecen existir en el medio ambiente. No importa si alguien las oye o no. Si hay personas presentes, sin embargo, lo que escuchan existe sólo para ellas. El tambor auditivo y el cerebro transponen las ondas sonoras en palabras, música y armonía.

Esto nos ayuda a contestar una pregunta difícil: Si un árbol en un bosque se cae y nadie está presente para escucharlo, ¿hace ruido? La respuesta depende de lo que se entiende por “ruido”. Las ondas sonoras, ¿son ruido? O, ¿se requiere oídos y la actividad del cerebro para que haya ruido?

El caso de la vista es igual. ¿Cómo es que vemos un objeto e inmediatamente sabemos lo que es? Las ondas de luz, como las sonoras, existen “ahí afuera”, por decirlo así, pero los colores sólo existen en nosotros u otros seres con un cerebro capaz de procesarlos. Cuando un prisma separa los colores del espectro nos empezamos a dar cuenta de lo complicado que es ver un solo color a la vez. Los colores requieren un mecanismo visual y un cerebro que interprete las ondas de luz como colores.

Además, una vez que mi cerebro se percata de la presencia de un estímulo sensorial tiene que clasificarlo y juzgar instantáneamente (no necesariamente siempre) su causa. Lo que oí, ¿fue un avión? ¿un tractor? ¿un árbol que se cayó? ¿una ambulancia? Esa forma obscura en el cielo, ¿era un pájaro? Eso amarillo ¿es una banana?

La epistemología examina tanto los errores como el conocimiento

Una de las razones principales que nos hace examinar afirmaciones de que sabemos algo es el reconocimiento de que nuestras percepciones pueden estar equivocadas. Cometemos errores al ver, oír o palpar. ¿Quién no ha visto bananas en una fuente al centro de una mesa y descubierto, después de una inspección más cuidadosa, que se trataba de algo que se parece a las bananas? Las bananas de plástico no huelen ni se palpan como las orgánicas.

Al examinar el proceso de percepción notamos que nos equivocamos porque vimos bananas con los ojos, pero no experimentamos bananas, sólo algo parecido. Nuestra percepción visual directa fue de algo amarillo con la forma de bananas. Si afirmamos haber visto bananas, la mayoría de las veces estaríamos en lo cierto, pero puede ocurrir que nos hayamos equivocado. Esto se debe a que llegar a la conclusión de haber visto bananas requiere un juicio por inferencia. El error esta en el juicio, no en la experiencia.

Si bien no podemos estar errados de lo que sentimos o experimentamos (cuando alguien ve lo que no está ahí, no se puede negar que vio lo que no está ahí), ni de nuestros eventos internos (sueños, intuiciones, sentimientos), podemos estar equivocados acerca de su significado. Aquí es donde reside el error. Es la otra cara de la moneda del conocimiento.

Con el transcurrir del tiempo aprendemos a confiar en nuestros sentidos tan completamente que los usamos despreocupadamente al vivir nuestra vida diaria, aún cuando estamos en situaciones de vida o muerte como el manejo de un vehiculo o un avión.

Nuestra percepción del mundo físico es inmediata y efectiva porque es “insensible a la voluntad”; o sea, la mayoría de las veces no podemos controlar lo que vemos, oímos o palpamos–nos confronta sin pedir permiso. Esta es la razón principal por la cual consideramos que nuestra percepción del mundo físico es el paradigma del “verdadero” conocimiento. Queremos tener tanta certeza de todo lo que sabemos como la que tenemos de nuestro conocimiento de objetos en el mundo físico. De lo que tenemos menos certeza, no tenemos “conocimiento”. La historia de la epistemología narra nuestra necesidad de certeza en el conocimiento, del tipo de certeza que pensamos tener con nuestra percepción de objetos físicos.

El filósofo francés René Descartes pensó que el racionalismo podía establecer nuestro conocimiento de Dios con la misma certeza con que conocemos las matemáticas. Si bien no tenemos percepción sensorial de Dios, podemos conocerle por otros medios. Su método para ese propósito fue muy sencillo. El puso en duda todo lo que era posible dudar, incluyendo la percepción del mundo externo y aún su propia existencia. Pero al dudar su existencia no podía evitar una contradicción: él mismo era el que dudaba. Todo estudiante de secundaria aprende a decir cogito ergo sum sin estudiar latín. “Pienso, por tanto soy” fue el fundamento sobre el cual Descartes construyó, con el rigor de la lógica, el conocimiento no sólo del mundo externo sino también de Dios. La ironía de su edificio es palpable: la certeza que buscaba la encontró dudando en todo lo que podía dudar.

La duda, la fe y la certeza en la peregrinación del cristiano

El método cartesiano es visto con recelo por cristianos que piensan que se debe comenzar con fe, y no con dudas. Si bien la precaución no está de más, debe notarse que Descartes usó la duda metodológica y teoréticamente para poder probar la existencia del mundo externo y de Dios. De esta manera sirve para pensar acerca de la realidad de Dios sin poner en duda, existencial o personalmente, su realidad. La duda existencial, al contrario, encuba una crisis de fe y significado, como se manifiesta en la obra La Plaga de Alberto Camus, o se asoma en la Noche de Eli Wiesel.

La duda metodológica es usada por profesores cristianos en cursos universitarios cuando examinan los argumentos que se han elaborado a favor o en contra de la existencia de Dios. Al esbozar las razones por las cuales algunos pensadores no creen en Dios, el profesor intenta examinar esos argumentos para fortalecer la fe de sus alumnos. No les está enseñando a dudar la existencia de Dios existencialmente, sino a saber cómo entender las dudas de aquellos que carecen de fe, incluyendo (más a menudo de lo que nos imaginamos) las batallas internas de los estudiantes que desean creer. Metodológicamente, la duda es un elemento esencial en el proceso de obtener certeza en el conocimiento.

Si aceptamos como certero todo lo que percibimos, o le damos carta blanca al testimonio de otros, nos viene bien el consejo que el apóstol le dio a los primeros creyentes. Los dones del espíritu deben ser usados para evitar “ser llevados de aquí allá por todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). Hoy en día se piensa que Descartes fracasó tratando de establecer con certeza la realidad de Dios. La filosofía moderna considera que la experiencia es más efectiva que la lógica para alcanzar conocimiento cierto.

Volviendo a la pregunta de Tomás Hobbes, “Soñé que Dios me dijo” (como ver algo con el color y la forma de bananas) es una experiencia que no puede ser controvertida–lo soñé, punto. “Dios me dijo en un sueño“ es una inferencia obtenida de la experiencia que no es auto-evidente ni autenticada de por sí. Puede y no puede ser cierta. Es por eso que cuando un creyente sueña que Dios le habló, lo primero que debe hacer es preguntarse “La que me habló, ¿fue la voz de Dios o la de mi subconsciente?”

Un joven que había sido alumno mío una vez me dio sus razones por haber dejado de creer en Dios. Me dijo que había orado fervientemente para que Dios le diera una experiencia incontrovertible de su existencia, una visión, una aparición, una voz–algo directo, pero nada había ocurrido. Le pregunté cuál hubiera sido su reacción si hubiese recibido lo que había estado pidiendo ¿Lo hubieras recibido como confirmatorio? Sin titubeos contestó, “¿Por qué no?” Le dije, “No debieras aceptarlo tan fácilmente. Una experiencia que deseas ardientemente puede acaecer porque la deseas con tantas ganas”. Continué diciéndole, “Una de las señales de que hemos verdaderamente encontrado algo fuera de nosotros es que nuestra voluntad tuvo poco o nada que ver con nuestro hallazgo. Si Dios se te hubiera manifestado sin anticiparlo, sin anuncios, sería más creíble como una revelación genuina que si se te aparece cuando estás perdiendo sueño y ayunando por tener tal experiencia”.

Desde que tuve esa conversación, he pensado que cuánto más nos esforzamos por recibir una visión, tanto menos razón tenemos de poner confianza en ella si es que nos viene. Estas reflexiones toman tiempo en madurar y nos llevan a admitir que si bien podemos tener experiencias directas de nosotros mismos, de otras personas, del mundo externo, y aún de Dios, el conocimiento derivado de ellas no es incontrovertiblemente auto-evidente.

No todos los pensadores cristianos toman esta posición. Hay quienes argumentan que una experiencia directa de Dios provee conocimiento que no puede ser cuestionado. Yo no acepto tal posición puesto que presupone que el conocimiento así adquirido no puede estar errado. Esto hace imposible la evaluación de creencias diferentes.

Una vez que el iluminismo y la ciencia moderna (en particular la teoría de la evolución) socavaron los fundamentos de la fe medieval, en los siglos XIX y XX la teología cristiana ha puesto a un lado (hasta cierto punto) la razón y la revelación y ha encontrado en la experiencia directa, inmediata, el fundamento de la fe que provee conocimiento de lo divino. Sea por medio del “sentimiento de dependencia absoluta” propuesto por Friedrich Schleirmacher, o por “la última preocupación” de Paul Tillich, el objetivo ha sido el mismo: demostrar que la fe que se basa en la experiencia directa de Dios es impregnable a los ataques de la modernidad. Según esta manera de pensar, si uno ha experimentado la realidad de Dios, no es necesario aducir otras evidencias de su existencia o de la historicidad de la Biblia.

La tesis que propongo es otra: Afirmaciones de conocimiento basadas en la experiencia no pueden ser aceptadas como verdades auto-evidentes, sino como juicios acerca de la experiencia que por lo general son correctos, pero que pueden ser erróneos. Como ya se dijo, las experiencias directas en sí mismas están libres de errores. Si afirmo que soñé que Dios me habló, mi afirmación es incontrovertible. Pero si, tomando un paso adelante, afirmo que Dios me habló en ese sueño, estoy infiriendo algo de esa experiencia que puede y no puede ser cierto.

La Biblia y el conocimiento de Dios basado en experiencias como las visiones y los sueños

Sobre la base de nuestro análisis, ¿Qué podemos deducir acerca del conocimiento de Dios que los autores de la Biblia afirman haber tenido? Además, ¿Qué consecuencias tiene para nosotros que obtenemos nuestro conocimiento de Dios leyendo la Biblia?

Me parece que el proceso por el cual los autores bíblicos conocieron a Dios no es diferente al que usamos diariamente para conocer al mundo físico. Sus variadas experiencias con Dios (o con Dios revelado en Jesucristo) requirieron que ellos determinaran que, de una u otra manera, Dios era la fuente de sus experiencias y reflexionaran sobre el significado de sus experiencias.

No tenía mayor importancia (o tal vez ninguna) si se trataba de visiones, sueños, zarzas ardientes, voces, fuertes impresiones, momentos de inspiración o revelación que pudieran parecer totalmente “normales” a otro observador. Recordemos a los compañeros de Saulo en el camino a Damasco que no vieron ni oyeron nada. La revelación es un proceso de encarnación que requiere tanto el agente divino (la fuente de la experiencia) como el humano (juicio acerca del significado de la experiencia).

La experiencia de Saulo ejemplifica el evento que a primera vista reclama autenticidad puesto que tuvo lugar imprevistamente. El no estaba buscando tener un encuentro con Jesucristo. Al contrario, buscaba la exterminación de aquellos que afirmaban haberlo visto después de su muerte e interpretaban eso como la venida del Mesías. Su inesperado encuentro con Jesucristo hizo que Saulo reinterpretara toda su vida. Según el registro, después del encuentro en el camino a Damasco, Jesucristo tuvo varias comunicaciones con Pablo, de esta manera autentificando el primer encuentro (compare Hechos 9:1-31 con Galatas 1:13-24).

No todos los personajes o autores bíblicos que recibieron mensajes de Dios, tuvieron una autentificación de sus experiencias como la que tuvo Pablo. Su caso es único. Entender el proceso epistemológico de esta manera nos permite considerar a la Biblia como auténtica para la iglesia sin tener que insistir, para mantener su autoridad, que no contiene errores.

Nunca he podido entender a quienes mantienen que si uno admite la presencia de un solo error pone en tela de juicio a toda la revelación de Dios. Este es el dilema de quienes necesitan una Biblia inerrable, generalmente basándose en una doctrina de “inspiración verbal”, aunque esta etiqueta puede ser demasiado llana y probablemente injusta en algunos casos.

La Biblia provee ejemplos de individuos que tuvieron encuentros con Dios y quisieron asegurarse de que en verdad Dios era la fuente de su experiencia.

Cuando Gedeón estaba ocupado en sus quehaceres diarios, Jehová le dijo que debía preparar al pueblo de Israel para pelear contra los Midianitas (Jueces 6-8). Evidentemente Gedeón estuvo tan sorprendido por esta interrupción y el mensaje que transmitía que pidió una señal de su autenticidad. Una voz en el espacio no era suficiente. En otras palabras, Gedeón preguntó “¿Eres tu, Dios?” A continuación Dios le concedió la señal que Gedeón le pidió. Entonces pidió una segunda señal. Otra vez, Dios se la concedió, y añadió una tercera por si acaso.

La historia de Gedeón es bastante distinta a la de Abraham, muchos años antes. Gedeón, a diferencia de Abraham, no había tenido previos contactos con la voz y la presencia de Dios. Esta es para mi la razón por la cual Abraham no tuvo incertidumbre y estuvo dispuesto a obedecer el mandato de Dios que requería sacrificar a su hijo Isaac (Genesis 22). El supo (con certeza) que Dios le había hablado porque reconoció la voz divina. “Juzgó” correctamente que no se trataba de una alucinación , o los comienzos de la senilidad.

Puede que alguien pregunte, “Si Ud. está correcto al decir, a pesar de toda la evidencia que se les proveyó, que Abraham pudo equivocarse al considerar que la voz que le mandaba sacrificar a su hijo era la voz de Dios (todo juicio acerca de una experiencia puede estar equivocado), y que Gedeón pudo estar equivocado al pensar que Dios le mandaba pelear una batalla donde muchos iban a morir, ¿cómo podemos nosotros, en el mundo contemporáneo, confiar en nuestras experiencias de Dios para hacer decisiones de vida y muerte? Si el conocimiento de Dios que se requiere para hacer esas decisiones está basado en inferencias y juicios personales que pueden estar equivocados, ¿es esto suficiente? ¿No necesitamos más? ¿No necesitamos tener un conocimiento absoluto?

Hay quienes argumentan que los discípulos de Jesús que abandonaron sus redes de pescadores para seguir a un carpintero desconocido de otro pueblo no lo hicieron basados en un cálculo de las posibilidades de éxito o una intuición. Para hacer algo así, hay que estar seguro.

Esta observación merece nuestra consideración.

A mi manera de ver, los creyentes pueden sentirse seguros que Dios existe y que el evangelio es la verdad (esta es una seguridad existencial, lo opuesto a la duda existencial) y al mismo tiempo admitir que teoréticamente pudieran estar equivocados. Creyentes que razonan saben muy bien que pudiera ser que Dios no existe, que el evangelio pudiera ser una fábula, y que la vida eterna pudiera ser sólo una ilución.

No podemos, con integridad, negar estas posibilidades. Somos como el padre que confesó: “Señor, creo. Corrige mi incredulidad”. Nuestras convicciones acerca de nuestras creencias no están más allá de la duda. Si estuvieran, la fe no sería necesaria. Es por eso que, al mismo tiempo que admitimos la posibilidad de estar equivocados, creemos con todo nuestro ser (certeza existencial) que la verdad del evangelio es digna de ser defendida hasta la muerte, si fuera necesario.

El siguiente paso es preguntar si el conocimiento de Dios que obtenemos de la Biblia y los escritos de Elena White es también adquirido por medio de inferencias. Al estudiar estos escritos, debemos reconocer, estamos leyendo e interpretando sus interpretaciones (que consideramos fidedignas) y haciendo juicios acerca de los juicios que sus autores hicieron guiados por el Espíritu Santo y la comunidad de creyentes también guiada por El.

Al considerar la historia de Abraham, notamos que el propósito de Dios al pedir el sacrificio de Isaac era enseñarle a Abraham acerca del plan de salvación. Abraham sabía que Dios le había hablado, pero no podía entender cómo el sacrificio de Isaac cuadraba con la promesa de que sería el padre de una “gran nación”. Con todo, avanzó por fe confiando que Dios, en última instancia, no podía hacer lo malo.

Cuando los creyentes de Corinto dudaron la resurrección de Jesús, Pablo los confrontó con la experiencia de testigos: “Más de quinientos lo han visto. Pregúntenle a ellos” (1 Corintios 15:5-8). Ellos podían descartar el testimonio de los testigos, pero en tal caso sus dudas no se volverían necesariamente infundadas. Jesús no criticó a Tomás por sus dudas, ni Pablo criticó a los corintios por las suyas. Pero seguramente Pablo se hubiera sentido muy chasqueado si el testimonio de cristianos dispuestos a morir proclamando la resurrección de Jesucristo hubiera sido considerado sin mérito.

Es posible dudar el testimonio de quienes estaban expuestos al martirio, pero no es razonable. La fe se basa en la evidencia, aun cuando no es absolutamente compulsiva (si lo fuera, no se requeriría fe). Negar la evidencia trae como resultado esas dudas existenciales, paralizadoras, que no permiten que ni siquiera la semilla de la fe fructifique.

Al contrario, como ya sugerimos anteriormente, la duda metodológica no implica la falta de fe. Hasta puede ser usada por el creyente para confirmar lo que se inclina a creer. Examinando nuestras creencias desde diferentes puntos de vista podemos exponer sus puntos flacos. Por este método no se alcanza completa certeza (aún cuando la evidencia es pertinente), sino lo que hemos denominado certeza existencial, la certeza con que creemos que nuestra esposa nos ama, que nuestros amigos nos apoyan, o que el acusado frente al juez es culpable o inocente del delito que se le acusa. Es el tipo de certeza que hace que los creyentes sacrifiquen sus vidas a favor los unos de los otros, o a favor del Señor Jesucristo.

Pudiera ser que tales creyentes sueñen que Dios les habló y duden que en verdad fue Dios quien les habló, pero eso no quiere decir que su estado espiritual es débil, sólo quiere decir que son precavidos. Si después de examinar sus sueños deciden que en verdad Dios les habló, deben entonces compartir el conocimiento adquirido en sueños con la iglesia para que éste pueda ser examinado en oración y diálogo guiados por el Espíritu Santo.

Es irresponsable llegar a la conclusión que Dios se ha comunicado con un individuo, especialmente en esta edad científica, sin un proceso riguroso de verificación. El proceso puede que no elimine errores, pero seguramente que los reducirá significativamente.

Para terminar: Joel profetizó que en los postreros tiempos hombres y mujeres, jóvenes y viejos tendrían sueños y verían visiones (Joel 2:28ss). Seguramente será un tiempo glorioso. Pero la Biblia también nos amonesta que en el tiempo del fin habrá falsos profetas y, podemos estar seguros, falsos reveladores de sueños y visiones. Es razón suficiente para mantener presente el dicho de Tomás Hobbes. Si “soñamos que Dios nos habló”, estemos tan seguros como es posible estarlo de que “Dios realmente nos habló en un sueño” antes de presentarnos como los portavoces de Dios.

Notas

1. Lamento tener que usar formas masculinas en referencia a Dios puesto que no es mi deseo perpetuar nociones patriarcales y jerárquicas. Si uno desea preservar las dimensiones de “personalidad”, sin embargo, no le quedan otras opciones atractivas. 2.Ver Maurice Merleau-Ponty, The Primacy of Perception (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1964). 3. Una de las reflexiones más interesantes sobre el problema epistemológico es la novela Rayuela de Julio Cortázar (Nota del traductor).


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