Misión en una tierra pagana: Daniel y sus amigos


(system) #1

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

La lección toma la posición largamente sostenida por la tradición de que “desde el comienzo de su estada en Babilonia, los cuatro jóvenes se mostraron resueltos a mantener sus principios a cualquier costo”. Son los principales ejemplos de los que no ceden en nada que pueda comprometer su fe. Sin embargo, una lectura atenta de la historia bíblica muestra que las cosas son bastante más complejas que esto.

Antes de su llegada a Babilonia, la narración da una descripción precisa de estos jóvenes. Ellos son “sin defecto físico y guapos, versados en todas las ramas de la sabiduría, dotados de conocimientos y perspicacia” (1:4). Los narradores hebreos son famosos por no entrar en detalles cuando dan descripciones físicas de las personas. Cuando se dan esos detalles, como sucede aquí, hacemos bien en considerarlo detenidamente. Al igual que los sacerdotes, los jóvenes de la narración eran “sin defecto físico”. Y también eran buenos mozos, una característica de numerosos miembros de la casa real. Podemos pensar en David, Absalón, Betsabé, Tamar, y otros. Por lo tanto, estos exiliados tienen las características de los sacerdotes y la realeza. Podemos recordar el versículo fundacional que establece las características del verdadero Israel: “Ustedes serán para mí un reino sacerdotal (o “reino de sacerdotes”) y una nación santa” (Éxodo 19:6). En otras palabras, estos exiliados, al igual que los sacerdotes y los reyes, son israelitas representativos. Y entre ellos están los cuatro amigos que tienen el desafío de ser fieles representantes israelitas en tierra extranjera. ¿Cómo exactamente van a cumplir esta tarea?

A su llegada son matriculados en la Universidad de Babilonia, donde reciben la educación clásica del imperio. Se convierten en expertos en la comprensión de las escrituras de Babilonia y en conocedores de sus enseñanzas relacionadas con la cosmología, cosmogonía, teogonía, y el sentido de la vida. Se les enseña a interpretar el significado de los sueños, y la exégesis de los símbolos compilados en los manuales de sueños de los sabios de Babilonia. Se desarrollan en los conocimientos del arte literario, en teología y en los temas de la mitología babilónica. Se inscriben en estos cursos utilizando sus nuevos nombres babilónicos, que contienen elementos extraídos de los nombres de los dioses de Babilonia. En todo esto, nuestros cuatro amigos judíos no expresan una sola palabra de protesta.

Pero luego se les da la comida de la mesa del rey. Se niegan, solicitando simplemente vegetales y agua en lugar de ello, ya que no desean ser “contaminados”. La razón por qué se niegan, y la forma en que podrían haberse contaminado, ha intrigado a los intérpretes durante siglos. Tal vez la comida se ofrecía a los ídolos—pero en ese caso todos los alimentos en la corte eran también una ofrenda idolátrica, los vegetales y todo lo demás. Tal vez eran vegetarianos estrictos—pero los verdaderos israelitas tenían el deber religioso de comer carne en ciertas ocasiones (por ejemplo, en la Pascua). Ciertamente desearían evitar comer las carnes inmundas prohibidas en Levítico—pero ¿era necesario ser vegetarianos a fin de evitar las carnes inmundas? Pero lo más desconcertante es que si están preocupados por respetar las leyes de Levítico, entonces ¿por qué se matriculan para su primer semestre en la Universidad de Babilonia? Casi todo lo que había en el plan de estudios era condenado en el libro de Levítico y en otros libros bíblicos—temas tales como la idolatría, la magia, la teología pagana y la mitología. ¿Por qué no se niegan a ser educados por los eruditos incrédulos de Babilonia rechazando sus listas de lectura? Por lo tanto, se plantea una pregunta crítica: al adoptar una posición por causa de su fe, ¿por qué trazan la línea aquí, en la cuestión de los alimentos de la mesa del rey, y no en otro lugar?

Hay probablemente muchas razones para rehusarse a comer la comida del rey, pero quizás la más importante fue la siguiente: comer alimentos de la mesa de un rey significa aceptar su señorío y vincularse con él en un acto de pacto. Negarse a hacerlo, por lo tanto, podría ser muy peligroso (véase 1 Sam 20:18–34, sobre las funestas consecuencias de la ausencia de David en la mesa del rey Saúl). Desde este punto de vista, los jóvenes amigos hacen una valiente decisión motivada por su fe. Aceptan los nombres babilónicos, y ser educados en el sistema babilónico, pero no van a dar su incondicional lealtad al rey de Babilonia, porque ya se han comprometido con el Dios de Israel. Aquí es donde se debe trazar la línea divisoria.

Al vivir en el extraño mundo de Babilonia, estos jóvenes judíos se dan cuenta de que no pueden tomar una posición sobre todo. Pero con igual claridad, saben que tampoco pueden ceder ante todo. Tienen que hacer una decisión de principios, sobre dónde trazar la línea. Para ellos, comer la comida de la mesa del rey fue la línea que no cruzarían. Los amigos hebreos evitan los dos extremos: por un lado, ceder en todo, y por el otro no ceder en nada. En el primer caso, demostrarían que no tienen ningún compromiso, y en el último, que no tienen discernimiento moral.

Este episodio ilustra los dilemas discutidos por Richard Niebuhr, en su clásico trabajo Cristo y la Cultura. ¿Cómo nosotros, como cristianos, nos relacionamos con la cultura en que vivimos, que es en gran medida no cristiana? Una opción es asimilarnos. Esta es la opción elegida por los judíos cautivos que comían de la mesa del rey, y que se inclinaron ante el ídolo en la llanura de Dura. Otra opción es retirarnos de nuestra cultura. Esto reduce la tensión, pero produce un ghetto cristiano en que la misión y el testimonio quedan fuera de la agenda. Una tercera posibilidad es la de comprometerse con la cultura. Esta es la opción elegida por los cuatro amigos en Babilonia, que vivieron en una cultura extranjera, hicieron algunas concesiones de principios, pero sabían dónde trazar la línea.

¿Y cuál fue el resultado? Entre los estudiantes de la Universidad de Babilonia, se nos dice, “ninguno se encontró como Daniel, Ananías, Misael y Azarías”. Ellos fueron matriculados como estudiantes utilizando sus nombres babilónicos, pero en esta evaluación bíblica se utilizan sus nombres hebreos. ¿Por qué? Porque al elegir dónde trazar la línea, siguieron siendo verdaderos representante israelitas.

Es interesante comparar las opciones tomadas por los cuatro amigos, en Babilonia, con los de Esther—también una persona judía que vivió en una tierra extranjera, pero que por cierto comió de la mesa del rey. Ella optó por trazar la línea de un modo un poco diferente. Las razones y consecuencias de esta diferencia podrían constituir la base de una importante discusión sobre cómo hacer decisiones éticas.

Sin embargo, lo que esta historia de los cuatro jóvenes amigos nos invita a considerar en nuestro contexto, reflexionando sobre nuestro propio compromiso con nuestra cultura, es dónde hemos trazado la línea: aquí, o allí, o en ninguna parte.

Laurence Turner es Profesor de Antiguo Testamento en Newbold College, Binfield, Condado de Berkshire, Inglaterra.


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