“No está en una torre de marfil” (“El pueblo se prepara”)


(system) #1

Al igual que gran parte del resto del Pentateuco, Números 5 y 6 contienen leyes desconcertantes. ¿Qué vamos a hacer con las leyes sobre la lepra? ¿Cómo vamos a entender las leyes de restitución, la de los celos del marido, y los ritos y las leyes del nazareo (alguien que hace un voto de consagración)? ¿Por qué tenemos esas leyes tan extrañas en la Biblia? ¿Podemos darles sentido hoy en día y aplicarlas a nuestra situación actual?

Como niño, crecí creyendo que la Biblia fue dictada por Dios en el vacío y que, por lo tanto, contiene orientaciones específicas para todos los tiempos. Para mí la Biblia era atemporal, y todas las demás naciones alrededor de Israel habían pervertido, simplemente, lo que la Biblia dice. Me sorprendió saber, a los 14 años de edad, que éste no era el caso. La Biblia se basa en experiencias de personas que vivieron en tiempos y lugares concretos. Y mucho de lo que la Biblia dice sólo puede ser vagamente comprendido si lo sacamos de su contexto histórico.

Tomemos, por ejemplo, la ley de la lepra en Números 5:1-4. Aunque la mayoría de los arqueólogos han concluido que no se trata de la temida Enfermedad de Hanson que se encuentra en África y otros lugares, el término parece referirse a una enfermedad de la piel que produce áreas escamosas y que era particularmente terrible. Sin embargo, el estigma que se adjudicaba era igual, si no más intenso, al de la lepra moderna. En Mesopotamia, así como en Israel, las personas que tenían esta enfermedad de la piel eran vistas como impuras y rechazadas por los dioses. En Mesopotamia, varias otras enfermedades o problemas de la piel junto con la “lepra” -incluyendo el eczema, la hidropesía, las pústulas y los moles- pueden haber sido percibidos como un castigo divino. Según un presagio del período babilónico antiguo, un “leproso” era rechazado tanto por la deidad personal como por los seres humanos: los que tenían esta enfermedad de la piel eran forzados al exilio y en general se consideraba que no tenían esperanza de recuperación. En la Biblia, sin embargo, parece existir la noción de que Dios podía sanar a una persona que hubiera contraído esta enfermedad de la piel (Lev. 14). En ninguna parte los capítulos de la Biblia que tratan de diversas enfermedades como ésta (Lev. 13, 14) indican que esta enfermedad fuera considerada un castigo de Dios. El término utilizado para designarla –“impureza”— tenía implicaciones rituales, lo cual no indica necesariamente la condición espiritual y moral de la persona (ya que también se usa con respecto a la menstruación de la mujer, el parto, y varias otras situaciones normales para nosotros).

Situar estos versículos, por lo tanto, en el contexto del Antiguo Cercano Oriente, nos puede ayudar a reconocer que Dios está siempre deseoso de trabajar dentro de nuestros marcos de referencia; El no impone su voluntad y su comprensión a las personas. Así es como tenemos que enfocar la larga y muy difícil ley sobre los celos.

La ley de los celos trata el caso de un hombre cuya esposa ha sido infiel, o que se pone celoso y cree que ella ha sido infiel. La ley estipula que ha de traer a su mujer al sacerdote con la ofrenda de cereales sin el aceite y el incienso habituales (cf. Lev. 2:1). El sacerdote entonces debía colocarla ante el Señor y llevar a cabo un ritual que incluía “agua bendita en un vaso de barro” (Números 5:17, NVI). Primero debía rociar polvo del piso del tabernáculo en el vaso, luego soltar el cabello de la mujer, y finalmente poner en las manos de ella “la ofrenda de la memoria” (v. 18). El sacerdote entonces ordenaba a la mujer que hiciera un juramento que, o bien la haría culpable o la absolvería, dependiendo de si ella había sido infiel o no a su marido.

A continuación, el sacerdote debía escribir la maldición usando papiro y tinta vegetal, y luego lavar la tinta en el agua bendita que contenía el polvo del templo. El siguiente paso era tomar la ofrenda de la mujer, levantarla ante el Señor, y quemar una parte de ella en el altar. El ritual terminaba cuando la mujer bebía el agua con el polvo del tabernáculo y el color de la tinta.

Al tomar este juramento, la mujer también asumía la maldición por la infidelidad, lo que se traduciría en que el Señor causaría una respuesta física en su cuerpo. Exactamente qué respuesta era esa, no es claro. El texto hebreo dice literalmente: “cuando el Señor hace que su muslo se caiga y su vientre se hinche” (v. 21) –posiblemente una referencia a un proceso de aborto involuntario, o una referencia a la infertilidad. La Nueva Versión Estándar Revisada traduce: “cuando el Señor hace la caída de su útero, la descarga de su vientre”.

Sea cual fuere la respuesta del cuerpo a la maldición, el ritual tenía el objeto de aclarar la culpabilidad de la mujer o su inocencia. Los antropólogos usan un término para tal ritual –el juicio por experiencia traumática. En caso de que no fuera posible determinar la culpabilidad o la inocencia de la acusada, ya que no había testigos del supuesto acto, se hacía provisión de que la parte demandada fuera sometida a una dura prueba, la cual sería supervisada por un dios de la sentencia. De esta manera, se podía tener un juicio inmediato de parte de la Divinidad. Estos juicios de prueba tuvieron lugar en las civilizaciones antiguas más importantes, incluyendo Mesopotamia. (Las excepciones incluyen a China y Egipto). Los juicios de prueba mesopotámicos están relacionados con los juramentos, pero no suelen incluir un juramento. Por el contrario, el juicio de prueba de Números combina la prueba misma con un juramento, asegurándose así de que el resultado fuera guiado por la Divinidad y se pronunciara sobre la culpabilidad o la inocencia de la acusada.

Duras pruebas relacionadas con el agua potable se pueden encontrar tanto en las sociedades hititas como elamitas. Lo que estas pruebas suponen en términos de beber una poción, no es del todo claro. Por lo tanto, debe mantenerse la posibilidad de que estas pruebas eran físicamente inofensivas, a menos que el dios de la sentencia tomara medidas para perjudicar al individuo. En Mesopotamia, la prueba más favorecida era la prueba del río. Ya que el río Eufrates era visto como un juez divino, el acusado debía “ir hasta el río”. Presumiblemente, esto quiere decir que él o ella debía arrojarse al río Eufrates. Si la persona comenzaba a ahogarse, era culpable. Tenemos evidencias suficientes para saber que esta prueba se practicaba en la realidad. Varias leyes, como las Leyes de Hammurabi (LH) § 132 y las Leyes Asirias Medias (LAM) A § 17, tratan los casos de mujeres acusadas de adulterio a las que se exigía la prueba del río. Sin embargo, sólo LH § 132 requería la prueba de la mujer acusada. En el caso de LAM A § 22, un hombre que viajaba con la esposa de otro hombre, pero afirmaba no saber que estaba casada, tenía que someterse a la prueba del río. Por último, en Siria-Palestina, las pruebas incluían la ingesta de alimentos o bebidas sagradas, la prueba del río, y la prueba de fuego.

Dado que este es el telón de fondo de la ley de los celos en Números 5, se puede concluir que había varias opciones disponibles. Los israelitas podrían fácilmente haber aplicado la prueba del río y utilizando el Jordán. La prueba de fuego podría haber sido otra opción. Cualquiera de estos dos tipos de prueba haría que una persona pusiera en peligro su bienestar o incluso su vida. Por lo tanto, la elección de beber durante una prueba era tal vez la forma más humana disponible. Una vez le pregunté a un gastroenterólogo si la poción de agua con el polvo y el tinte de plantas podrían dañar a la persona que lo bebiera. Me respondió: “Probablemente no”.

Sin embargo, persisten las interrogantes. ¿Por qué era la mujer la persona seleccionada para esta prueba y no un marido infiel? LAM A 22 deja en claro que un hombre en una situación cuestionable fue a someterse a la prueba del río. ¿Por qué no aplica la Biblia esta prueba a cualquier cónyuge infiel, sea hombre o mujer? Una respuesta sugiere que las leyes de la Biblia, como es el caso de la mayoría de colecciones de leyes del Antiguo Cercano Oriente, no son de amplio espectro. Es decir, las leyes no existen para todas las situaciones que podrían ocurrir, sino más bien proporcionan muestras para que los magistrados sepan cómo utilizar y aplicar la ley a muchas situaciones diferentes. Dado que las mujeres eran propiedad de sus esposos, el esposo tenía la posibilidad legal de acusar a su esposa de infidelidad. Además, esta ley no parecería injusta a una sociedad en la que las mujeres tenían muy poca voz en los asuntos jurídicos.

Realmente las leyes de Números, incluida la ley del nazareo (“el consagrado”), tienen un escenario antiguo que, si se lo comprende, nos permite ver cuán contextualizado práctica y culturalmente es el Antiguo Testamento. El Dios de estas leyes no fuerza a Su pueblo para que se someta a Su voluntad. Más bien, Él opera en el tiempo y en el espacio esperando que las futuras generaciones, en gran medida alejadas del antiguo contexto original, verán estas leyes y las adaptarán a su nueva situación. Así que, una vez más, Dios se encuentra con los hombres dentro de sus marcos de referencia y no los hace avanzar más rápido de lo que son capaces. Este Dios no se sienta en una torre de marfil y obliga a las personas a adaptarse a Su molde, sino que adapta sus principios eternos a las circunstancias en que los hombres se encuentran.


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