Nuestra Afición al Chisme


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Como dijera el mes pasado, desde 1973 he gozado de la confraternidad de hermanos que comparten mi cultura en la Iglesia Hispana de Berrien Springs. Esta iglesia es singular pues ofrece un rincón hispano a los muchos estudiantes que llegan a Andrews University desde la América latina. Además, hace evangelización entre los muchos trabajadores humildes que emigran buscando un futuro económico más prometedor del que tenían en sus países de origen. Así es que esta iglesia cuenta con miembros que se distinguen por su gran variedad educacional y económica y esto le da un carácter muy especial.

Hay algo en la cultura hispana que hace que intermitentemente me sienta incómodo en mi iglesia. Esta característica, por supuesto, ha sido parte integrante de la iglesia desde que se organizó puesto que es imposible escapar la cultura a que se pertenece. Hay quienes pretenden que la iglesia debe existir “aparte del mundo”, pero tal objetivo es una quimera. La iglesia, pienso, debiera ser un agente transformador de la cultura, la levadura que hace que la harina se transforme en masa de pan. Para ello, por supuesto, hay que identificar y fundir los elementos de la cultura reinante que deben ser transformados. Dentro de la cultura hispana, y por lo tanto dentro del adventismo hispano (aunque no en exclusividad), el elemento cultural que debilita y entorpece la confraternidad dentro de la iglesia es el apego que el hispano le tiene a los chismes.

Esto se extiende a que queremos estar enterados de la vida del vecino y tan pronto como tenemos un indicio de algo en la vida privada de otro nos convertimos en portavoces para que todos nuestros conocidos estén al tanto de la noticia. Como resultado los chismes circulan sin barreras y todos los miembros están al día acerca de “lo interesante” en la vida de los demás. La conciencia de que nuestras acciones van a ser interpretadas y divulgadas por la chismografía imperante se convierte entonces en un control muy efectivo de nuestra conducta. El “¿qué dirán?” es una pregunta constante.

Esta sed por saber lo que pasa en la vida de otros forma parte de un complejo de actitudes de las sociedades tradicionales. En su libro “El mito del perpetuo retorno”, Mircea Eliade distingue dos tipos de sociedades: la tradicional y la histórica. La sociedad tradicional se caracteriza por verse a si misma dentro de un universo regulado por los ciclos de la naturaleza. Cada año comienza un nuevo ciclo en el cual se han de repetir los eventos que los dioses ejecutaron al establecer lo que es. La vida humana consiste en actualizar en la tierra lo que los dioses hicieron “en el principio”. Participando en las acciones que los dioses ejecutaron se les obedece y se les sirve. En estas sociedades, los individuos tienen su identidad en la tribu y lo que le pasa a un miembro de la tribu afecta a todos. La privacidad no es un valor reconocido y digno de ser defendido. Por lo tanto la vida de los demás es, en realidad, parte de mi vida. Comentar, evaluar y tratar de controlar la vida del vecino demuestra que soy miembros del grupo.

Ya por muchos siglos, se han realizado esfuerzos por romper los lazos de la sociedad tradicional para poder vivir como seres libres, capaces de hacer lo que nunca se había hecho antes, o sea, capaces de vivir haciendo historia. La sociedad histórica se caracteriza por el individualismo. Cada ser humano establece su identidad por lo que hace independientemente, en pleno uso de su libertad. Cada individuo tiene derecho a vivir como mejor le parece, y nadie tiene derecho a determinar su futuro. La construcción de sociedades históricas es un proyecto que no se acaba de realizar puesto que las tendencias tradicionalistas son muy difíciles de romper. Eliade mismo pareciera tener dudas de que el proyecto humano de vivir como seres históricos pueda algún día realizarse.

Hago uso de la tipología de Eliade para iluminar el problema de los chismes en mi cultura. Sin duda la cultura hispanoamericana esta más arraigada en lo que Eliade caracteriza como la sociedad tradicional. Por otro lado, la cultura norteamericana pareciera estar más avanzada en el camino hacia una sociedad histórica. Esto hace que los chismes, que también se dan entre los anglosajones de este país, sean menos comunes debido a su identidad individualista.

Entre los latinos, con nuestra identidad tribal, el estar metido en la vida de los demás parece normal. Sin duda que identificarnos con nuestros semejantes y ser parte de sus vidas tiene sus ventajas. Tener una red de amistades firme y duradera hace que la vida sea más llevadera. Sentirse protegido por el cariño y el interés de otros le da seguridad al diario vivir. Poder contar con el apoyo moral, psicológico y financiero de quienes son parte de nuestra vida hace que el futuro luzca menos amenazador.

Por otro lado, cuando todos nuestros parientes y todos los amigos de nuestros parientes, y los amigos de los amigos de nuestros parientes se sienten autorizados a juzgar nuestras acciones y esperan que se acepte como demanda sus deseos para nuestras vidas, nuestro vivir se ve restringido por voluntades que no son la nuestra, y se convierte en el entretenimiento popular.

Si bien es imprescindible vivir concientes de que hemos de ser juzgados por Dios, y que Su voluntad debe ser el objeto de nuestra diaria preocupación, tal reconocimiento no tiene nada que ver con el juicio de nuestras vidas en los chismes de la comunidad. Siendo que chismear no tiene limites y la adhesión a la verdad no es una de sus características, pasar información acerca de fulano raramente sirve un propósito saludable. Mas bien su propósito es titilar la imaginación y demostrar ante otros que estuvimos enterados antes que ellos. En la carrera de los chismes ganar es ser el primero en enterarse.

Lamentablemente, las iglesias hispanas pueden fácilmente convertirse en redes de chismes que destruyen la imagen de todo aquel que llega a ser el protagonista de uno. Lo más indeseable de esta situación es que los participantes en la divulgación de chismes en el seno de las iglesias se sienten perfectamente satisfechos de ser sus agentes pues ello demuestra que son miembros comprometidos de la familia eclesial. Difundir chismes no despierta en lo más mínimo la consciencia. Antes bien confirma nuestro bienestar como miembros de la tribu. Por supuesto, lo que sucede en las iglesias hispanas en los Estados Unidos es la continuación de lo que sucede en las iglesias de nuestros países de origen.

Es necesario, por otro lado, ponerse en la situación del protagonista en el chisme. Puede que el chisme sea inofensivo. Se trata de una bagatela. Puede que el chisme sea cruel, deshumanizador. El que se descubre como el protagonista en tal chisme se siente enjaulado y torturado, talvez injustamente. Las jaulas son prisiones que quitan el honor, pero, a diferencia de las prisiones, también son salas de exhibición para deleite de los espectadores. Todo ser enjaulado desea escaparse de sus carceleros y verdugos. En algunos casos es posible mudarse a otra ciudad. En los Estados Unidos es posible cambiar la membresía a una iglesia de cultura norteamericana, donde el individualismo da mas libertad de acción y la gente es menos propensa a meterse en la vida ajena. En muchos casos, sin embargo, el enjaulado decide librarse de sus carceleros y verdugos, saliéndose de la iglesia adventista. Así es como la iglesia pierde un sinnúmero de miembros debido a lo que en realidad no es solamente una característica cultural sino también una grave ofensa al mandato de Jesús: “Ama a tu prójimo”.

Si las iglesias hispanas han de ser instrumentos transformadores de la cultura, sus líderes deben usar su imaginación para introducir en ellas maneras de combatir nuestra afición a chismear. Una de las maneras sería conseguir que los miembros reaccionen negativamente cuando se les está contando un chisme, concientes de los resultados que los chismes pueden producir. Si suficientes miembros de la hermandad estuvieran dispuestos a hacerle ver al trasmisor de chismes que no quieren ser receptores de los tales talvez se le pudiera poner fin a esta mala costumbre. Es necesario que el que difunde chismes en nuestras iglesias sea abochornado. Me temo que en la realidad tal nunca será el caso porque el que trate de abochornar al chismoso sabe que si lo hace él será el protagonista del nuevo chisme.


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