Para dar testimonio de la Verdad


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El otro día encontré en una librería de segunda mano el libro de Felipe Fernández-Armesto Truth (Verdad). El título y el autor llamaron mi atención así que lo compré, y lo estoy leyendo. Fernández-Armesto no pretende decirnos qué es la verdad. Su propósito es hacernos ver cómo, a través de la historia, los seres humanos han buscado la manera de diferenciar la verdad de la falsedad. Se trata de una historia de la búsqueda de la verdad. Como epígrafe el autor cita a Gotthold Lessing: “Si Dios escondiese en su mano derecha toda la verdad, y en su mano izquierda la persistente búsqueda de la verdad . . . . y me dijera, ‘Escoge!’ Yo me inclinaría humildemente ante su mano izquierda y diría, ‘Padre, dame la búsqueda. La verdad pura es sólo para ti’”.

Más que ningún otro libro de la Biblia Según Juanestá preocupado por la necesidad de distinguir la verdad de la mentira, lo verdadero de lo falso. Más aún, el autor insiste en que es imprescindible reconocer la verdad. En su recuento de la vida de Jesús entre los seres humanos repetidas veces hace referencia a lo verdadero.

En su mismo comienzo identifica al Logoscomo “la luz verdadera” (1: 9). Esta pudiera ser una referencia a la luz que alumbró los primeros tres días “en el principio”. El sol que fue creado para facilitar el cómputo de los días, los meses y los años, seguramente no da esa clase de luz. La verdadera luz no es la del sol o la luna. Es la de Dios, la que el Logoscreador de todas las cosas produjo por fiat“en el principio”. Pero aquí se dice más aún, no sólo él la produjo sino que él es“la verdadera luz”. Identificar a Cristo como luz es lenguaje analógico. La luz y Cristo son comparables puesto que ambos hacen posible ver el camino a seguir. Pero Cristo es la “verdadera” luz porque el camino que él ilumina es el que asciende al Padre.

En el desierto, durante el éxodo, los padres comieron maná, pan del cielo. Pero el maná era “pan perecedero” (6: 27, 58), pan del mundo de abajo, pan que no se podía guardar de un día para otro. El maná era pan para sustentar la vida en la carne. El verdadero pan que descendió del cielo, el que da vida eterna, no es el pan que Moisés le dio al pueblo en el desierto. El Padre es el que da “el verdadero pan del cielo” (6: 32). Como milagro que salva a un pueblo en crisis, el descenso del maná no compara con el descenso del Hijo del Hombre. Otra vez estamos leyendo lenguaje analógico. El maná y el Hijo descendieron para proveer fuerza vital. Pero mientras que uno pertenecía al mundo de abajo y proveía fuerza para la vida de la carne, el otro provee fuerza para vida en el espíritu, y sólo el mundo del espíritu es verdadero. El Hijo es pan cuyas palabras “son espíritu y son vida” (6: 63). Esa es la diferencia de lo dado por Moisés y lo Enviado por el Padre. El que come la ‘verdadera comida” y bebe la “verdadera bebida” tiene “vida en si mismo”. El “en mi permanece y yo en él” (6: 53 – 56).

Al llamar a sus discípulos, Jesús distingue a Natanael, cuyo nombre significa ‘Dado por Dios’, como “el verdadero israelita en el cual no hay engaño” (1: 47). Por supuesto, para “los judíos” el padre de las doce tribus del pueblo de Dios, el que luchó con el ángel del Señor y venció, y por lo tanto su nombre dejó de ser Jacob y vino a ser Israel, seguramente él es el verdadero israelita, el padre de los israelitas. Aquí Jesús pone a Jacob a un lado para darle esta distinción al “Dado por Dios”, Natanael. Jacob engañó a su padre, fue engañado por su suegro, y reconoció a la piedra que una noche le sirvió de almohada como puerta del cielo en la tierra. Natanael, el verdadero israelita, como aquel en quien no hay engaño, habría de ver la confirmación del Hijo del Hombre como el camino al Padre. A él Jesús le promete ver a los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre (1: 51), lo cual de ninguna manera compara con la visión de ángeles sobre una escalera. Es de notarse que Natanael no es mencionado en las listas de los discípulos en los evangelios sinópticos.

Así como hay muchos israelitas pero no todos son verdaderos, también puede haber falsos discípulos. El “verdadero discípulo” es el que “permanece en mi palabra” (8:31). Esta es una definición peculiar a Según Juan. Lo que cuenta no es tener contacto, sentirse impresionado, haber intercambiado palabras, aún haber abandonado un oficio para irse con Jesús. Hay que permanecer en su palabra. Esta se reduce a una sola declaración: “Yo soy”. En Según Juan“permanecer”, “morar” (menein) es un término técnico. El que permanece en el que esla Palabra (Logos) es el verdadero discípulo. El tal reconoce que Jesús no es meramente un ser más que pasa por el mundo afectado por los accidentes de la vida que hacen que las cosas se tornen muy distintas a lo esperado. No. Su testimonio, su palabra “es verdadera” porque él sabe de dónde vino y a dónde va (8: 14). El verdadero discípulo es el que “mora” en la realidad de Aquel que es el Enviado del Padre, el único que hasta aquí ha ascendido al cielo.

No se trata de estar convencido de la verdad de ciertas declaraciones dogmáticas. Se trata de la persona de Cristo que al andar por los polvorientos caminos de Palestina no aparentaba ser más que el hijo de un carpintero de Nazaret. Pero él reclama ser el Enviado del Padre que ha de volver al lugar de dónde vino. Según él, nadie por su cuenta podrá seguir su rastro. Esa es la palabra que sus verdaderos discípulos usan como la morada en la cual viven.

La verdad es que “el que me envió es verdadero” (7: 28), y el Enviado es “verdadero” porque no busca su propia gloria, sino la gloria del que lo envió (7: 18). Y el testimonio del Enviado es “verdadero” porque él no es solo. El Enviado y el Padre que lo envió son los que dan testimonio y, como dice Jesús, según “vuestra ley” (la de “los judíos”) el testimonio de dos es “verdadero” (8: 17).

.La gracia del Padre que da la verdad y la vida está presente en la persona de Cristo. El prólogo hace una importantísima distinción: “La ley por Moisés fue dada, mas la gracia y la verdad están presentes en Cristo” (1:17). La verdad es una realidad que no pertenece al mundo de abajo. No es un objeto de la misma manera que la ley lo es. La verdad no puede ser “dada”. Sólo puede ser vista, experimentada, vivida. La verdad es una realidad del espíritu, y como el espíritu no puede ser dada “por ración”, por “medida” (3: 34). El espíritu es el que hace posible a los seres humanos “nacer” de arriba (3: 3), ser “engendrados de Dios” (1: 13), ser “nacidos del espíritu” (3:8). Los que son así nacidos reciben el testimonio del que descendió del cielo, el cual es “sobre todos”, y “estampan su sello”, es decir, juran con su mano sobre la Biblia, que “Dios es verdadero” (3: 31 - 32). Ningún ser humano puede ser acreditado con una declaración más trascendente.

A los nacidos de arriba Dios les ha concedido una especial revelación. Lo que reciben, sin embargo, no es una nueva ley o una nueva doctrina. Lo que reciben es la oportunidad de experimentar “la gracia y la verdad” manifiestas en la persona de Jesucristo. El es “el camino, la verdad, y la vida” (14: 6). El es la vida vivida por los que ascienden al mundo de la verdad. La verdad revelada en él es la vida que viven los nacidos del espíritu. Jesús revela su misión diciendo: “He venido para que tengáis vida, y la tengáis más abundantemente”(10: 10). El verdadero discípulo que “mora” en la Palabra no es el que da pronunciamientos teológicos, sino el que ha hecho su morada en la vida que fue revelada por el Padre en la persona de Cristo. Tal discípulo no vaga por el mundo en las tinieblas. Tal discípulo no tiene que esconder sus obras en la oscuridad porque son malas. “El que obra verdad viene a la luz” (3: 21). La verdad no es para ser almacenada en la mente. Es para ser actualizada, vivida por los que “moran” en el que es “la luz del mundo” (8: 12).

Por el contrario, de Satanás se dice que “homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (8; 44). Con esto se ha dicho todo. Lo lamentable es que en la polémica vitriólica que los cristianos tuvieron con “los judíos”, después que “los judíos” indirectamente acusan a Jesús de ser bastardo (8: 41. Este epíteto vino a ser la descripción de Jesús en El Talmud), en Según Juanse acusa a “los judíos” de tener al que “no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él” como padre (8: 44). Como consecuencia, “porque yo digo la verdad, no me creéis” (8: 45).

Frente a Pilatos, que neciamente hace alarde de tener potestad de vida y muerte sobre él, Jesús nuevamente revela el propósito de su presencia en la tierra: “He venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (18: 37). Su testimonio es su propia persona, “Yo Soy”. Ante tal reclamo Pilatos no puede hacer otra cosa que sacudir su cabeza, hacer gestos con las manos en el aire y, frustrado, decir, “¿Qué cosa es verdad?” (18: 38).

Para los que son de abajo y sólo pueden hablar de cosas terrenas (3: 31) es imposible saber qué cosa es la verdad. Sólo quienes han recibido “el don de Dios”, los que han bebido “el agua viva” que hace que ellos se conviertan en “fuentes de agua que salta para vida eterna” (4: 10, 14), y han comido del “pan de Dios . . . que descendió del cielo y da vida al mundo” (6: 33), sólo ellos saben qué cosa es verdad. Sólo los que han dejado de ser siervos y han sido librados por el Hijo (8: 35 - 36), los que han sido “librados por la verdad” (8: 32), sólo ellos pueden recibir el testimonio de la verdad que el Hijo, como Enviado del Padre, hace efectivo. El “espíritu de verdad” (14: 17; 15: 26; 16: 13) puede entonces hacer que la verdad “permanezca” en sus discípulos. La verdad que verdaderamente libera del pecado y la muerte es la vida eterna de la cual el Hijo vino a dar testimonio. En Según Juan, Hijo, verdad y vida son una y la misma cosa.

Vivir en la verdad del Hijo, libres del pecado, santificados por la verdad en la persona del Enviado (17: 17) hace posible que seamos “verdaderos adoradores” del Padre (4: 23). Mientras los que rehúsan ver y creer preguntan ¿qué cosa es verdad?, los que creen y reciben vida son adoradores “en espíritu y en verdad” (4: 24). Ellos son la clase de adoradores que el Padre busca. Mientras tanto la tragedia humana es la búsquedade la verdad. Los seres humanos tratan de establecer criterios con los cuales diferenciar la verdad del error, o la mentira. Frustrados reconocen que La Verdad está fuera de su alcance. Según Juaninsiste que la verdad y la vida en el espíritu han sido puestas al alcance de todos, y por lo tanto el Padre busca“verdaderos adoradores” que “obran verdad”. El Hijo “mora en ellos y ellos en él” y como consecuencia adoran al Padre “en espíritu y en verdad”.


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