Pensar la fe (4): Karl Löwitz (1897-1973)


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Este filósofo alemán de procedencia judía tuvo que abandonar su país en 1936 debido a la política nazi. Ejerció la cátedra en diferentes países y universidades como la de Marburgo, Sandai, (Japón), Nueva York y Heidelberg. Entre sus obras más conocidas y reveladoras nos encontramos con El sentido de la historia (1949) y Naturaleza, historia, y existencialismo (1966). Según la Wikipedia, Löwitz "fue uno de los primeros discípulos de Heidegger —y luego uno de sus más agudos críticos— a quien conoció a través de E. Husserl en Friburgo, por los años veinte."

¿Por qué elegir en esta columna a un filósofo de la historia? ¿Por qué elegir a un filósofo que cuestiona nuestra interpretación de la historia lineal? ¿Por qué elegir a un filósofo que intenta rehabilitar una visión cósmica y óntica griega? ¿Cómo nos interpela su crítica a la conciencia histórica y al mesianismo?

Explicitaremos algunas tesis de este pensador. Analizaremos sus puntos débiles y acudiremos a la respuesta que otros pensadores han manifestado en contraposición a su pesimismo histórico. Concluiremos aludiendo al pensamiento apostólico explicitado en el Nuevo Testamento, y al mesianismo profetizado por Zacarías en el Antiguo Testamento.

Sin más preámbulos, para Löwitz lo importante es recuperar el cosmos griego. En éste, la divinidad no era más que un mero atributo del cosmos. La humanidad procede también del cosmos y el logos humano no es sino un mero reflejo de dicho logos universal. De esta afirmación este pensador deduce que el hombre no tenga tanto interés como la naturaleza. Ésta es vista como invariable y por extensión, ante ella carecen de importancia las biografías humanas ya que estas pretenden abrir un espacio cíclico cerrado. Es decir, intentan linealizar las regularidades temporales, creando falsas suposiciones de liberación escatológica. Así opone ciclismo a historicismo. Para Löwitz la propia realidad es el primer principio creador sin origen ni finalidad. Ella es el único fenómeno invariable auto-creativo.

Para los griegos no se podía hablar de filosofía de la historia porque los hechos históricos eran objeto de doxa, opinión, no de episteme, ciencia. Los hechos históricos son percibidos como naturales, como epifenómenos de la naturaleza cósmica, según Tucídides.

De todas maneras, la afirmación pertinente en sentido fuerte de Löwitz es que las filosofías del progreso son secularizaciones de la tradición escatológica judeocristiana.

Para él, la circularidad griega es observable pero la linealidad hebrea es un producto de su fe, y su esperanza, que hacen referencia a lo invisible. Por lo tanto, propone entender nuestra vida desde las leyes naturales y cívicas. La casa es el cosmos y no estamos seguros habitándolo si lo problematizamos con biografías salvíficas, productos del historicismo, que se refugia del cosmos creando “cavernas” para no sentirse desnudo y vulnerable. Una de dichas “cavernas”, según Löwitz, será el creacionismo bíblico. Esta forma de pensamiento degrada el cosmos, ya que lo convierte en un subproducto, hábitat, para la creación humana, efectuada a imagen del Dios de los hebreos, y por ende, de los cristianos. Se establece una ruptura entre el cosmos y el hombre. Se interpreta la historia desde la concepción judeocristiana obviando otras tradiciones sin historicismo escatológico. Sin redención del tiempo y de la persona concreta.

Debido a lo enunciado, Löwitz critica la opresión que la Biblia ha ejercido sobre la cosmovisión griega. Esta liquidación de la Antigüedad la sintetiza de tres formas:

1ª) La circularidad recurrente del cosmos vs. la linealidad histórica salvífica. Del Jardín del Edén a la Nueva Jerusalén. Del Génesis al Apocalipsis vs. Mito del eterno retorno.

2ª) La primacía del cosmos como ser viviente con su logos vs. Primacía del ser humano dotado por voluntad divina de razón. La naturaleza como res extensa cartesiana vs. El ser humano como cogito dotado del infinito divino. El mundo es un decorado para el hombre, y le está subordinado.

3ª) El desinterés absoluto por el pasado finalístico vs. a primacía del tiempo futuro. Lo mejor no es el ahora sino lo que está por llegar. Carpe diem vs. el día de Jesucristo.

Según Löwitz, la idea del Dios sufriente, y de los orígenes, es totalmente anti-griega. Solo revalorizando el cosmos nos liberamos de la idea de progreso, y de un tiempo salvífico. Si nos creemos la idea de progreso, nos creemos privilegiados por no haber nacido antes y desgraciados por no haber nacido más tarde. Así, el progreso lleva implícita la valía de la existencia humana, y por lo tanto, este concepto nos destruye la felicidad presente de apego al mundo. Su mirada es aproximar el futuro mejor ad infinitum que nos lleva a no estar instalados en el presente real sino en el imaginado. De la cosmoteología se ha pasado a la antropoteología.

En definitiva, podemos resumir la posición de Löwitz como un escéptico hacia la conciencia histórica. La historia es una mala maestra de la vida. La historia no es un problema que se haya de solucionar porque carece de sentido, y de finalidad. Por supuesto, no hay ninguna instancia suprema que ordene la historia ni la regule.

Aludiremos a dos citas para mostrar su manera lapidaria de escribir:

1ª) “La eternidad como eterno Sí del ser”.

2ª) “Los acontecimientos históricos como tales no contienen la menor referencia a un sentido abarcante y supremo (…) La experiencia histórica del hombre es una experiencia de constante fracaso. También el cristianismo ha fracasado como religión histórica universal”

Hasta aquí la exposición rigurosa del pensamiento de este pensador del siglo XX. Intentaremos contra-argumentar algunas ideas que ya tuvieron que afrontar los cristianos del siglo I para explicar el sentido de su esperanza en Cristo y su promesa escatológica. Estoy convencido de que todo el Nuevo Testamento se debe a dar respuesta de dicha espera temporal e histórica. Con ello se pretende que las incipientes comunidades de fe cristianas no se vuelvan a la manera de pensar de la tradición helenística.

En primer lugar, es sutil su rechazo a las biografías como introducción de la percepción del tiempo lineal. Toda la Escritura se presenta como el acontecimiento en el eje espaciotemporal de YHWH. En boca de Oscar Cullmann, “La historia de la salvación(…) es profecía. La profecía se cumple en la historia, porque es una historia contemplada proféticamente. Y así, Cristo es a la vez profecía cumplida, y comienzo del tiempo del fin”. Toda la narrativa bíblica se opone a la circularidad del tiempo.

Todo el paradigma de la teoría de la información, cosmología actual, al que queda subsumido el modelo de la teoría de la evolución, se basa en una liquidación de la historia finalística en un cosmos esperpéntico. Esta manera de teorizar sobre los datos científicos está vinculada a la propuesta de Löwitz de priorizar el principio inmanente frente a lo transcendente. La materia observable frente al “Dios invisible” que sostuvo la mirada de Moisés con propósito y sentido histórico mesiánico.

Esto nos aboca a escuchar la naturaleza de la “serpiente antigua” que cambia de piel pero no de naturaleza. Estas maneras de pensar se basan en la cultura del “todo sigue igual” desde siempre. Ya apuntábamos que el apóstol Pedro la constata en su segunda epístola capítulo 3. En concreto les traslada una pregunta que parecería retórica, y por lo tanto, presupone algunos axiomas interpretativos de la historia como presenta Löwitz.

Por ejemplo, el versículo 4 pone en bocas anónimas pero críticas con la tradición judía la gran cuestión: “¿Qué fue de aquella promesa de que Cristo iba a regresar? Ya se han muerto nuestros padres, y todo sigue igual desde la creación del mundo” Para Pedro esta mentalidad es cíclica y no lineal. Es por ello que se la toma en serio ya que le interpela hasta lo más íntimo de sus axiomas. Trata así de responder argumentando desde el pasado con la vida de Noé, y con el futuro relativizándolo desde la eternidad de Dios como Señor del tiempo. Además pone el sentido y la finalidad de la historia en la escatología. “Esperad la llegada del día de Dios, y haced lo posible por apresurarla…nosotros esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva que Dios ha prometido, en los que todo será justo y bueno”. Para Pedro es cierta la afirmación de que la Tierra nueva se creará para nuestro disfrute paradisiaco.

Ahora bien, la ética con la que se habitará es un producto natural de la bondad y la justicia divina. No hay pesimismo ni tragedia existencial en el futuro ni el mal se eternizará como en las cosmogonías y mitologías griegas. El cristianismo ha podido fracasar en parte hasta que venga lo perfecto, tal y como dijo el apóstol dado a los griegos, o gentiles. Sin embargo, ahora parece que esta mentalidad cíclica está instalada en la verdad aparente porque estamos en un caos y sin sentido histórico. Los sueños del progreso de la razón se han diluido con la modernidad líquida. No hay una telos preñado de bondad y de justicia. Ni siquiera la deportiva.

En conclusión, y sin refugiarnos en la “caverna” de la imaginación ni del engaño fantasmagórico, ni enrocarnos siquiera en los dimes y diretes de la teología, me encanta vivir el carpe diem de mi existencia razonando, y recitando a lo largo del devenir histórico de mi autobiografía salvífica, las palabras del profeta Zacarías, “De ti, Sion, haré una espada, y levantaré a tus hijos contra los hijos deGrecia.” ¡Y cómo no! “¡Vosotros, cautivos que mantenéis la esperanza, regresad a vuestra fortaleza” Hay un optimismo histórico que como bien decía Löwitz no puede pasar por la agresión al planeta. ¡En eso estamos de acuerdo! Ni tampoco pasa por un estado de bienestar europeo como si fuese una reminiscencia óntica del paraíso perdido, y el laicismo tuviese que generar aquí, y ahora, el progreso tecnocrático como panacea a todos los males. ¡En eso también estamos con Löwitz! El fracaso y el caos son permanentes en el hombre mortal, pero apelamos al Dios que se ha encarnado en nuestra historia, y desde ella datamos nuestro microcosmos preñado de vida, y sentido. Así con Pablo afirmamos el vivir es Cristo y el morir es ganancia, en cuanto que realidad esperada cumplida.

Esperamos el desocultamiento de Dios de una vez, y para siempre. Así podremos decir con Löwitz, “La eternidad como eterno Sí del ser” de aquel que se autoproclamó “el que es, el que era y el que habrá venido” para llevarnos a la percepción perenne del tiempo divino. El Amén. Alfa y Omega. Principio y Fin. Principio y finalidad histórica para nuestro rescate del reino de lo inerte, el hades cósmico. Así acabará de una vez y para siempre la fatalidad caótica en la que somos y nos encontramos, llamada Fatum, el destino ineludible y cíclico, Moira, la parte que (nos) toca. Es decir, crisis económicas opresivas occidentales, guerras islámicas televisadas, hambrunas africanas, esclavitudes asiáticas, adicciones violentas universales, epifenómenos históricos en nombre del libre comercio de lo humano. Ante todo ello tan solo nos cabe apelar a la promesa histórica de “Ya está hecho”.


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