¿Puede el adventismo ser también latinoamericano? Lenguaje, narración y simoblismo (IV)


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En los tres artículos precedentes hemos tratado de describir la relación entre el adventismo y Latinoamérica desde un punto de vista de las oportunidades que ofrece la cultura latinoamericana al adventismo y a la religión en general para una nueva articulación de la experiencia religiosa y viceversa a partir de la relevancia que representa el modelo estructural teológico-bíblico adventista para Latinoamérica como posibilidad de enriquecimiento no solo religioso sino también cultural.

Toda renovación y reforma religiosa al igual que una verdadera transformación cultural comienzan siempre con una revolución del lenguaje. La propuesta de ideas nuevas o las nuevas estrategias operativas, en ambos niveles, religioso y cultural, son transitorias y limitadas si no se concretizan y si no promueven un nuevo tipo de lenguaje. Es solo a través de una nueva articulación de las palabras, de los sonidos, de los significados y de los horizontes semánticos que se crea un verdadero proceso de transformación cultural. Cuando las personas hablan de una manera nueva, cuando osan transgredir significados petrificados y, sobre todo, cuando dan espacio y oportunidad a la imaginación y a la creación lingüística, se concretiza una tangible posibilidad de cambio.

¿En qué punto se encuentra esta necesaria y esperada revolución del lenguaje en Latinoamérica y en el adventismo? La situación no es homogénea ni en el adventismo ni en Latinoamérica. En ambas realidades hay diferentes niveles y situaciones. Pero dicho en grandes lineas, nosotros vemos un fermento lingüístico positivo en Latinoamérica que falta en el adventismo mundial y particularmente en el adventismo latinoamericano.

Latinoamérica, siempre rezagada en la mayor parte de campos que cuentan culturalmente, ha sabido crear con paciencia y creatividad una presencia lingüística importante. Con esto no me refiero a la difusión del español como idioma hablado en el mundo, sino al español latinoamericano como instrumento de creación cultural. Este fenómeno lingüístico de primera importancia no se limita a los seis premios nobel de literatura obtenidos por latinoamericanos o a los varios galardones literarios que escritores latinoamericanos recogen en modo constante en todas las latitudes del planeta. No, con esto me refiero a la dinámica y creativa revolución lingüística que en Latinoamérica ademas de ser transversal y difusa en todos los países latinoamericanos y que parte de la base, no es una chispa aislada y esporádica sino mas bien se ha vuelto un dato estructural y prolongado en el tiempo.

Contrasta con este dinamismo lingüístico la parálisis del lenguaje adventista. El lenguaje adventista se ha vuelto un lenguaje enyesado, apologético y repetitivo. No abre si no mas bien cierra, no explora sino mas bien confirma, no crea sino mas bien almacena. Y lo peor del caso es que el adventismo mundial ha encontrado en el adventismo latinoamericano su mejor “perro de guardia” contra una verdadera renovación y a favor de una verdadera contra-reforma del lenguaje religioso.

Prueba de ello es que el adventismo latinoamericano es casi completamente improductivo des del punto de vista teológico, litúrgico o narrativo que realmente importa . Todo lo que circula lingüísticamente y teológicamente parece solo ser una amplificación de lo que ya es o de lo que fue. El mero reflejo pasivo de lo que otros han dicho y pensado; una presencia puramente cuantitativa y verborreica de significados no contextualizados y no reelaborados según el registro de la propia historia. El crecimiento numérico, impresionante, no puede esconder la deficiencia de esta inculturación teológica de la cual el fermento lingüístico es siempre la señal principal y más convincente.

El crecimiento cuantitativo no puede ir sin el paralelo desarrollo cualitativo. Este problema que Latinoamérica no ha resuelto todavía a nivel económico, político y social se repropone también a nivel religioso y a nivel del adventismo.

En el ámbito económico hay algunos países (Perú, Chile, Colombia, México) que no obstante la crisis global que perdura y la desaceleración de sus propias economías continuarán creciendo este y el próximo año y por ello podrían estar satisfechas. Es verdad pero como el desarrollo es más importante que el crecimiento hay que estar preocupados y mantenerse alertas en Latinoamérica. El caso del Perú es emblemático (lo mismo se podría decir de casi todos los países latinoamericanos a excepción tal vez de Chile). Lidera, el Perú, aun este año el “crecimiento” económico en Latinoamérica pero la cuestión del “desarrollo” no queda solo abierta sino que perdura como una cuestión dramática

Lo mismo se produce en el ámbito religioso. Nadie pone en duda el dinamismo cuantitativo del adventismo latinoamericano: bautismos, instituciones, estrategias, planes etc. Estas abundan y sobreabundan. ¿Está, sin embargo, este “crecimiento” cuantitativo, respaldado, radicado y conduce a un paralelo “desarrollo” cualitativo teológico-religioso? Lamentablemente no, todavía no. El “desarrollo” religioso, como el socio-económico, no viene nunca automáticamente. Hay que buscarlo, desearlo, programarlo, ponerlo como prioridad. Y signo y señal inequívocas de un verdadero “desarrollo” cultural y religioso es la revolución y la creación lingüística

A este nivel es necesario distinguir dos tipos de lenguajes. De un lado está el lenguaje descriptivo y de otro lado el lenguaje performativo. Des del punto de vista de la eficiencia, el lenguaje descriptivo es lo mejor que pueda existir. Es real, preciso y pragmático. No hay lugar aquí para aproximaciones, conjeturas, dudas o supersticiones. Hay que atenerse a la realidad. Todas las improvisaciones están prohibidas. Lo que es, se dice y lo que no es no puede ser dicho. Este lenguaje cuenta y describe fotográficamente lo que hay. Sus efectos en las personas y comunidades producen certeza, realismo, convicción y eficiencia.

Analizado, el segundo tipo de lenguaje, el lenguaje performativo, desde el mismo punto de vista de la eficiencia, aparece como un lenguaje pobre, titubeante e incierto. Pero analizado, desde el punto de vista de la flexibilidad y de la creatividad, el lenguaje descriptivo se vuelve inmediatamente un lenguaje pobre e inútil porque no crea nada. Solo cuenta lo que hay sin producir nada nuevo. En cambio el lenguaje performativo, en este segundo registro, florece y se transforma porque crea y introduce cambio y transformación

Por lo tanto cuando hablamos de revolución del lenguaje como condición sine qua non para una verdadera transformación cultural y religiosa, nos referimos al lenguaje “performativo” y no al lenguaje “descriptivo”. La transformación religiosa no se verifica cuando perfeccionamos el lenguaje descriptivo sino únicamente cuando osamos pasar de este al lenguaje performativo. Este es el sentido de la obra de J.L. Austin y de J.R. Searle así presentado en el libro de Austin titulado “How to Do Things with Words” (Cómo hacer cosas con palabras). Aquí Austin no está hablando de hacer lo que decimos en una especie de llamado a la coherencia. La coherencia práctica como mecanismo ético y moral se consume todavía en el ámbito restrictivo de un lenguaje puramente descriptivo. No es evidencia todavía del pasaje a una nueva realidad. El lenguaje performativo en cambio, es un lenguaje necesariamente creativo, “poético”, porque modela, transforma, crea y experimenta con las palabras una realidad nueva y diferente.

Dos tipos distintos del lenguaje performativo son la narración y la poesía. Es por este motivo que la Biblia no esta escrita según los cánones y reglas de un lenguaje descriptivo sino más bien de un lenguaje performativo. De hecho la Biblia es fundamentalmente un libro de narración y de poesía religiosa. Cuando describe una realidad no lo hace para decir que esa realidad es definitiva y última sino más bien lo contrario. Toda realidad, gracias a la narración y a la poesía,

es provisoria y transitoria y la verdadera realidad y vocación de personas y comunidades está en el futuro y por esta realidad hay que luchar partiendo de la configuración y parto de un nuevo tipo de lenguaje que haga posible esa novedad. Es por este motivo que el lenguaje descriptivo tiende y apunta a la univocidad, es decir a la descripción de una realidad homogénea e monolítica.

El lenguaje narrativo y poético en cambio permite múltiples significados simultáneos por naturaleza. Por este motivo Milan Kundera en su libro sobre la narración describe esta como anti-sintética. En la narración a diferencia del trabajo filosófico, la síntesis final esta prohibida porque es esencial en la narración la pluralidad de personajes, la heterogeneidad de tramas y eventos, la polivalencia de significados que la trama narrativa no cancela sino solo pone juntos con artefactos literarios de unión en una perspectiva unificadora. De aquí deriva el carácter profundamente experimental de toda narración.

Y lo mismo puede decirse de la poesía simplemente con el comentario adicional que la poesía más que la narración parece desligarse de la realidad porque precisamente no quiere “describir” lo que es sino más bien lo que no es. Pero en realidad, según Paul Ricoeur, la referencialidad aparentemente abolida de la narración y sobre todo de la poesía concierne solo una referencialidad de primer grado (una referencialidad constatativa) porque elaborando una fantasía, algo que no es, narración y poesía pretenden contestar al mundo actual, proponiendo una alternativa posible que al momento parece irreal pero que sucesivamente se vuelve tan concreta como la realidad que ya existe. Esto es para Ricoeur la fuerza del lenguaje simbólico: no el abandono de la realidad sino más bien la verdadera propuesta alternativa de una realidad diferente.

Esto me parece ser la prioridad en el adventismo latinoamericano hoy en día: la creación de un nuevo lenguaje performativo a través de la resistencia a la tentación continua y embriagadora que llama a perfeccionar el ya abundante, exhaustivo y sofisticado lenguaje descriptivo existente. Para realizar eso hay que volverse bíblicos en la esencia y no solo en la forma, osando privilegiar el lenguaje narrativo y poético como medios para construir una realidad nueva, propia e idiosincrática. El lenguaje descriptivo, hecho de precisión y repetición, de constatación y de orden, siempre necesario para la sobrevivencia de cualquier comunidad e institución, no se ve anulado por el lenguaje poético. Todo lo contrario. Se ve dignificado porque queda equilibrado y limitado en relación a un proceso más complejo y grande del cual el lenguaje narrativo, simbólico, performativo y poético es señal inequívoca.

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Hanz Gutiérrez - Seminario Adventista de Villa Aurora


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