¿Puede el adventismo ser también latinoamericano? Peligros y encrucijadas (I)


(system) #1

La relación entre el adventismo y Latinoamérica es una relación que articula y abre hoy en día un horizonte futuro rico y prometedor. Aunque esta relación no está privada de cortocircuitos, unilateralidades, obsesiones y sospechas recíprocas y constantes, representa sin embargo un espacio humano y histórico creativo de inculturación y de traducción religiosa.

De una parte encontramos la presencia que el adventismo ha sabido estructurar y asegurar en este continente de una manera constante y cada vez más visible. De otra parte está la huella indeleble que la cultura latinoamericana imprime y deja cada día mas en el corazón mismo del adventismo que se desarrolla en esta región Estas dos simples constataciones no deberían llevarnos, sin embargo, a pensar ilusoriamente que esta relación sea de por si beneficiosa y útil para ambas partes de un modo automático e inmediato Son necesarias visión, creatividad, sentido critico, vigilancia, flexibilidad y una gran capacidad de traducción en el corto y en el largo plazo.

Comencemos esta análisis mencionando dos peligros comunes y recurrentes que hay que tratar de percibir y superar para poder garantizar un dialogo fructífero y significativo: de una parte la separación radical y absoluta y de otra parte la sobreposición simple e ingenua entre el adventismo y la cultura latinoamericana.

Para poder orientarnos mejor en lo que estos primeros dos errores representan en nuestro análisis, relacionémoslos con un modelo clásico en lo que concierne la descripción de las relaciones posibles entre fe y cultura. Me refiero a los modelos expuestos por R. Niebuhr en su celebre libro Christ and Culture (1951). En esta obra Niebuhr presenta cinco modelos de relación entre fe y cultura que van desde el mas critico hasta el mas garantista. El más extremo en la negación de esta relación es el modelo “Cristo opuesto a la cultura” (Christ against Culture) como encarnado por ejemplo en Tertuliano, en el segundo siglo de la era cristiana, quien exprimía esta convicción con la frase, “¿qué cosa puede tener en común Jerusalem con Atenas?”

El más extremo en la afirmación de la posibilidad de identificar fe y cultura es el modelo “Cristo a favor de la cultura” (Christ for Culture) como encarnado por ejemplo en el liberalismo protestante alemán de fines del siglo XIX que afirmaba, en sus máximos representantes, que el ideal del burgués honesto, disciplinado y trabajador de ese periodo histórico era la encarnación perfecta del verdadero Cristo y de su espíritu

Por el momento dejemos de lado los otros tres modelos intermedios propuestos por Niebuhr (“Christ above Culture”, “Christ and Culture” y “Christ transforming Culture”) y dediquémonos exclusivamente a estos dos modelos mas extremos y sus implicaciones para el adventismo en Latinoamerica.

El primer modelo (“Christ against Culture) se concretiza cuando en un modo ingenuo y superficial se cree que el adventismo nace completamente separado de toda cultura y por lo tanto de la misma manera cuando llega a Latinoamérica el adventismo puede mantenerse separado de la cultura latinoamericana sin ninguna consecuencia de peso. El adventismo nacería así unicamente por revelación divina y de ninguna manera condicionado por algún mecanismo histórico-cultural. En el mejor de los casos el contexto histórico sería solo decorativo y acompañaría sin tener influencia alguna, la esencia del adventismo proporcionándole un simple espacio de manifestación histórica.

En esta comprensión la separación entre el nivel de la fe y el de la cultura es radical y profundo. De acuerdo a este modelo el adventismo es una cosa y Latinoamérica es otra y no puede haber modo de unirlos fructuosamente. El adventismo así pensado es por definición acultural y como tal puede “adecuarse” a cualquier cultura porque no pertenece a ninguna cultura. La cultura secular no ha influenciado en nada lo que el adventismo ha sido, es y será. Por este mismo motivo el adventismo habría podido nacer, sin ningún problema y sin alguna modificación esencial, en Berlin, Oslo, Londres o Sidney.

De esta premisa de racionamiento teológico deriva la conclusión cultural correspondiente que acaba por considerar no-influyente para el adventismo la cultura de turno (en este caso la latinoamericana) que lo acoge. Si la cultura circundante no influyó al inicio, en el nacimiento del adventismo, esta tampoco puede influir substancialmente en ninguna de las manifestaciones históricas sucesivas del mismo.

Las consecuencias de esta visión religiosa de la cultura tiene dos consecuencias fundamentales: “la falta de amplificación” del evangelio; y “la atrofia” del mismo.

Primero, la “falta de amplificación” del evangelio se produce porque procediendo así se dejan sin explotar las posibilidades que toda cultura ofrece de amplificar y potenciar el impacto y el significado del evangelio. Un evangelio estándar, valido igualmente en todas partes es en realidad un evangelio pobre y limitado. Cada cultura tiene limites, contradicciones y anomalías Pero, como con los individuos, las culturas de su parte nunca son monolíticas ni unidimensionales. Ellas poseen varios niveles, dimensiones, áreas o registros. Por lo tanto es difícil si no imposible que una cultura sea completamente mala e inicua o completamente buena y virtuosa. El desinterés y la critica de una cultura pueden ayudar, es cierto, a evitar las anomalías inherentes a esa cultura pero al mismo tiempo quitan la posibilidad de recibir de esa cultura el estimulo y el contagio positivo que derivan de sus puntos de fuerza.

Segundo, “la atrofia del evangelio” se produce porque esta negación rotunda de cualquier valor cultural con relación a la Fe hace que el adventismo se debilite desde su interior. No solo el adventismo pierde fuerza de persuasión sino también fuerza de crecimiento Son los desafíos culturales, sociales o políticos externos que estimulan al adventismo a elaborar y a estructurar en modo mas pertinente su identidad y su mensaje. Si el adventismo se cierra a ellos se priva automáticamente de este estimulo. El adventismo que se separa temerariamente e ingenuamente de un diálogo sano con la cultura y la sociedad se condena a ser un adventismo estándar, débil e inoperante aunque pueda aparecer fuerte y sólido cuantitativamente. El evangelio no puede sobrevivir aislado, no puede fortalecerse y amplificarse solo, encerrado y concentrado en sí mismo. Es la encarnación en una cultura especifica (inculturacion) la que amplifica la pertinencia y el significado de la Fe y del evangelio.

El segundo modelo (“Christ for Culture”), paradójicamente también recurrente en el adventismo, comete el error opuesto. Este junta simbióticamente la fe adventista y la cultura donde esta nace asimilándolas o sobreponiéndolas de una manera excesivamente linear y acritica. Aparentemente la confusión entre estas dos dimensiones no debería existir puesto que la iglesia adventista conscientemente rechaza un modelo tal.

Pero lo que no sucede conscientemente sucede inconscientemente Como ninguna religión puede ser completamente neutra y estar separada de la cultura donde nace, elementos culturales relativos de los que no siempre somos conscientes son elevados a criterios absolutos y propuestos como elementos no negociables que acriticamente son asimilados y así llegan a formar parte de una presunta verdad universal.

Este paradójico desenlace religioso es perfectamente posible porque el análisis cultural serio y equilibrado que permitiría al adventismo discernir los elementos culturales incompatibles con su mensaje es precisamente rechazado ya desde un principio como un ceder injustificado a la cultura.

Este fenómeno es visible en el adventismo norteamericano y prácticamente en todas las culturas donde el adventismo llega. Lo mismo pasa con el adventismo latinoamericano. Este hace pasar por bíblico y universal cosas que en realidad son solo latinoamericanas y por lo tanto relativas y circunstanciales: la fuerte jerarquía administrativa, el prepotente machismo y patriarcalismo antropológico, el efervescente populismo religioso, la ingenua provincialismo lingüístico, la paralizante homogeneidad cultural, una visión excesivamente deontológica, cuantitativa y procedimental de la religión etc.

La paradoja es que estos dos problemas contrapuestos, la “separación” y de la “fusión” de la religión y de la cultura, a pesar de su divergencia substancial, puedan sobrevivir en una misma persona o en una misma iglesia. Por este motivo nosotros propondremos, sucesivamente, un tercer modelo mas complejo y menos inmediato que es el modelo de un “diálogo asimétrico, prolongado y multifactorial entre la cultura y la religión”. Este diálogo no es un diálogo solo de aceptación sino también de contraste y critica. Rechazamos el determinismo cultural que describe la religión solo como epifenómeno cultural. Pero también rechazamos con fuerza la religión que se quiere y presenta solo como religión revelada.

Los modelos expuestos por Niebuhr representan un punto de inicio, no un punto final en el análisis. De hecho Niebuhr los manejaba todavía de una manera demasiado rígida y excluyente. Nuestra hipótesis de lectura, aplicada a la realidad latinoamericana, es que esos modelos (que podrían numéricamente ser cuatro, cinco o siete) en la realidad actual son mas complejos que la descripción de Niebuhr y sobretodo, que pueden paradójicamente convivir juntos en una misma entidad y en un mismo periodo histórico porque las entidades y los periodos históricos hoy son más fragmentados y heterogéneos de lo que solían ser en el pasado.

A la pregunta inicial, ¿puede el adventismo ser también latinoamericano?, después de este breve análisis, podemos responder en varios niveles. En un primer nivel, de pura presencia cuantitativa, la respuesta es obviamente afirmativa. El adventismo es ya latinoamericano porque ha llegado a Latinoamérica. En un segundo nivel, de inculturación puramente pasiva y primaria, la respuesta también es afirmativa. Existe ya un adventismo culturalmente latinoamericano. Estos dos niveles son sin embargo todavía insuficientes para afirmar el logro de una inculturación activa y secundaria que es el tipo mas noble de inculturación religiosa, hecha de acercamientos y de tomas de distancia critica, el todo encarnado en nuevas categorías y elaboraciones simbólico-prácticas típicas de una nueva síntesis cultural-religiosa.

Hanz Gutierrez, “Villa Aurora”

Florencia-Italia

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