¿Puede el adventismo ser también latinoamericano? Pertenencia y crítica teológica (III)


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En el artículo precedente subrayamos la importancia de la cultura latinoamericana para el desarrollo de la religión en general y del adventismo en lo especifico, indicando en modo particular dos elementos con los cuales Latinoamérica puede contribuir al rescate de una religiosidad actual que por lo mucho se ha doblegado al imperativo contractual típico de la cultura occidental y de todas aquellas que a ella se inspiran. Estos elementos constructivos son de un lado, la percepción inmediata de Dios y de otro lado la inclusión inmediata del prójimo en la propria experiencia, considerados ambos elementos como presupuestos incondicionales e innegociables de vida y de socialización al interior de la propia cultura.

Esta valorización sin embargo no puede ser sinónimo de aprobación y de promoción incondicional de la cultura latinoamericana en su totalidad. Esta cultura, como todas las demás, junto a sus virtudes tiene también cortocircuitos, vicios y contradicciones.

Estas anomalías lamentablemente se refuerzan por medio de un doble mecanismo. De un lado, está la enorme capacidad que estas tienen para mimetizarse e incrustarse en el corazón mismo de una identidad hasta el punto de no poder ser distinguidas como espurias y nocivas. De otro lado, las mismas virtudes de una cultura a menudo sirven o acaban sirviendo de apoyo y justificación a sus peores anomalías. Por este motivo la critica de una cultura no puede ser sectorial y limitarse solo a las áreas que hacen nacer sospechas y frustración y que por lo tanto se clasifican inmediatamente como anómalas. Al contrario las verdaderas anomalías a menudo son funcionales al sistema y no hacen nacer la necesidad, menos aún la convicción de deber ajustar y renovar el sistema. Objeto de la critica cultural debe ser la critica sobre todo de las virtudes, de la complicidad y del conformismo de estas al interno de un sistema ideologizado. En este sentido, la critica de una cultura tiene que ser completa o simplemente no es tal. Es por este motivo que una critica con estas características generalmente escasea y es rara. Escasea al interior de la cultura latinoamericana como escasea también al interior de la iglesia adventista

¿Cómo podríamos diagnosticar y describir algunas de las anomalías culturales latinoamericanas más importantes? Para este propósito sin duda alguna se podría recurrir a varias metodologías: la autocrítica, la comparación histórica, la sinopsis y comparación con las culturas de hoy, una arqueología y genealogía de sus virtudes principales, el análisis filosófico-cultural, la critica científica, un análisis diacrónico, un análisis sincrónico etc. Todo esto puede ser útil.

Sin embargo creemos que uno de las diagnósticos y críticas más pertinentes y perspicaces de la cultura en general puede y debe todavía ser considerado deber principal de una verdadera religión y de una noble teología. Esto puede aparecer anacrónico. Claro que este resultado puede lograrlo solo una religión y una teología bien entendidas. Ya en Max Weber y en Emile Durkheim, fundadores de la sociología moderna, implícitamente al menos, vemos oscilar una critica y una valorización de la religión con estas características a diferencia de Marx o de los iluministas para quienes la religión en cualquiera de sus formas es solo un coagulado de supersticiones y de engaño.

¿Por qué la religión? Porque la religión introduce un elemento de trascendencia o para decirlo aún mejor, representa una alteridad al sistema, a condición que la religión misma no esté viciada o esté al menos consciente de sus propios limites. De hecho, una de las mejores marcas y señales de una religiosidad sana es precisamente eso: la consciencia de sus propios límites. Por este mismo motivo Durkheim tomaba, a este nivel al menos, en serio la religión porque esta ofrecía al grupo la garantía de un vínculo no instrumental al interior del grupo. El grupo en este sentido no puede ser reducido al contrato utilitario y artificial típico de un acuerdo de circunstancia. Solo la religión representaba, para Durkheim, la prueba de una verdadera solidaridad de grupo, la encarnación de un lazo anti-utilitario.

Entonces, ¿con qué religión criticamos una cultura? Este es otro serio problema porque detrás de la palabra religión se esconden innumerables comprensiones de lo que es la espiritualidad y la fe. En occidente, las mas aguerridas criticas religiosas contra la cultura moderna han absorbido de esta, paradójicamente y a menudo, la imposición de algunos de sus registros mas específicos. En particular dos de estos son importantes: el registro de la racionalidad y el registro del voluntarismo operativo. La transcripción religiosa de estos dos registros culturales son la obsesión doctrinal y la obsesión ética al interior de una iglesia. No hay religión occidental que de un modo u otro no haya reforzado uno de estos dos registros. La iglesia adventista no es una excepción. Esta, la iglesia adventista, en su critica al racionalismo y al voluntarismo occidental secular, no solo no ha propuesto una alternativa creíble a estos dos registros, si no que más bien, ha acabado perfeccionándolos. Por lo tanto, la crítica adventista a la cultura latinoamericana o a otras culturas donde el adventismo ha llegado, paradójicamente, ha criticado poco de lo esencial y ha acabado introduciendo y reforzando estas dos corrientes anómalas de nuestro tiempo: una hiperracionalidad y un hipervoluntarismo, la obsesión con una doctrina pura y exhaustiva y la obsesión con un praxis coherente y resolutiva. Por este motivo la critica de una cultura, la verdadera critica, no puede disociarse de una auto-critica, de la critica de los propios instrumentos de crítica, de sus límites y de sus condicionamientos.

Por lo expuesto hasta aquí, nuestra critica a la cultura latinoamericana, a partir de una perspectiva teológica-bíblica-adventista, no la haremos a partir de estas dos categorías hipertróficas de la religiosidad occidental y del adventismo tradicional, como uno se esperaría. Partiremos de otra perspectiva. En este sentido la critica de las iglesias evangélicas al liberalismo europeo del siglo diecinueve, de haber reducido la figura de Jesus a aquella de un maestro ético y el cristianismo a aquella de una comunidad moral ejemplar, fue y todavía es solo la critica de un extremo que paradójicamente ellas mismas continúan manteniendo y a nutriendo solo con un poco mas de sobriedad y timidez.

Si no tomamos ni la doctrina, ni la ética bíblicas para criticar la cultura latinoamericana, ¿qué elementos bíblicos forman entonces parte del núcleo de nuestra critica? Elegimos deliberadamente dos elementos estructurales posibles: la fragmentación y la heterogeneidad.

No puede llamarse bíblico un sistema (iglesia, comunidad, grupo) que formalmente siga el contenido de las afirmaciones bíblicas pero que al mismo tiempo olvide o descuide la perspectiva general de su estructura. La estructura bíblica manifiesta un fuerte privilegio de un lado

por el lenguaje metafórico, poético o narrativo, es decir por un lenguaje con referencia indirecta, tangencial y fragmentaria a la realidad y a los eventos y por otro lado por un lenguaje compuesto, es decir con autores y testigos múltiples y heterogéneos que hacen difícil una síntesis final y conclusiva. Erich Auerbach en su libro “Mímesis”, explicita la primera característica fundamental del discurso bíblico, confrontando la fragmentariedad de la historia de Abraham comparada con la exhaustividad y compactez de la historia de Ulises en la Odisea. Paul Ricoeur en su libro “La hermenéutica filosófica y la hermenéutica bíblica”, explicita la segunda característica fundamental del discurso bíblico, la heterogeneidad, si lo comparamos por ejemplo con la homogeneidad del Corán respecto a las mismas historias narradas por los dos textos sagrados.

¿A qué cosa nos lleva todo esto? Nos lleva a concluir que a la luz de esta doble estructura bíblica la cultura latinoamericana es todavía una cultura excesivamente homogénea de una parte y de otra una cultura excesivamente compacta y substancialista. Una cultura excesivamente homogénea porque, por ejemplo, lingüísticamente soporta mal el reconocimiento y promoción de sus mismas/propias lenguas nativas o el pleno reconocimiento e integración de sus componentes étnicos mas autóctonos y cuando los reconoce los reconoce para superarlos en un reductivo proceso de asimilación Una cultura excesivamente compacta porque la identidad latinoamericana es todavía pensada en modo substancialístico como algo fijo, atemporal, ahistórico y definitivo estigmatizando por principio la hibridación, la contaminación del mestizaje. Por ejemplo, un latinoamericano debe necesariamente ser católico o al menos cristiano. Los latinoamericanos protestantes, budistas o musulmanes (estos a los ojos de los evangélicos) pertenecen de hecho a una categoría subalterna y de facto estigmatizada.

La paradoja es que este inmobilismo y esta homogeneidad identitaria, el opuesto de la estructura bíblica de base, no solo no han sido corregidos por las iglesias cristianas que han llegado a Latinoamérica (adventismo incluido) sino que han sido reforzados por estas cambiando solo de registro. Ahora la identidad homogénea, compacta y definitiva es la de las iglesias cristianas de turno que la defienden con uñas y dientes.

Latinoamérica no está destinada a permanecer así, ni mucho menos la iglesia adventista está predestinada a promover y fomentar un perfil de identidad, secular o religiosa, con estas características. Señal de sabiduría y de inteligencia en leer los tiempos es ponerse en la perspectiva bíblica de sobriedad y pluralismo. Esto es difícil no solo para la cultura latinoamericana en general, sino también para la iglesia adventista latinoamericana en particular.


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