¿Qué hay en cuanto al Gobierno?


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El debate que se está llevando a cabo en Estados Unidos acerca de la función del gobierno tiene raíces profundas. En el siglo XIX, el espíritu autosuficiente e individualista de los que abrieron la frontera hasta el Pacífico promovía una fuerte actitud contra el gobierno. En ese ambiente, la interpretación de las profecías bíblicas también manifestaba esa actitud. Los primeros adventistas vieron en al gobierno de Estados Unidos un protagonista importante y maléfico en los eventos finales de la historia mundial. Cuando era todavía un niño me enseñaron esa interpretación de las profecías en Uruguay y en Argentina, y me pareció casi normal que tal fuera el caso. Después de todo, el Coloso del Norte era una potencia de características ambiguas. Descripciones del imperialismo económico como un lobo cubierto con piel de oveja era no tanto una revelación como una confirmación de un punto de vista popular.

En otros países uno también escucha conversaciones que revelan gran antipatía con los gobiernos locales. Me crié en Argentina escuchando a los mayores despotricar contra el gobierno y, poco a poco, lo fui percibiendo como disfuncional y totalmente envuelto en corrupción, nepotismo e incompetencia. Había muchos empleos en el gobierno sin tarea asignada. Muchos empleados tenían dos o tres de estos trabajos cuya única responsabilidad era ir a firmar una vez por mes para entonces cobrar el sueldo correspondiente. Dictadores vitalicios suspendían por años las elecciones y las legislaturas. Cuando la legislatura funcionaba, era para promulgar leyes a las que en la mayoría de los casos nadie prestaba atención. Cuando en 1975-76 pasé ocho meses en Roma descubrí el lugar donde los argentinos habían aprendido a gobernar. En ambos países, necesariamente, el pueblo vive su vida sin importarle lo que hacen los gobernantes. El Gobierno es, según piensa una gran mayoría de gente, un campo aparte donde los políticos, los seres humanos más detestables, llevan a cabo impunemente sus crímenes.

También en Estados Unidos muchos viven sus vidas sin prestar atención a lo que el Gobierno hace. Pero me parece que en este país la razón por la cual las personas están desinteresadas, o en contra, es otra. Si bien aquí también existe la corrupción, el pueblo no la ha integrado a la realidad cotidiana como inevitable. Aquí la actitud antigubernamental tiene bases ideológicas, o teológicas. Muchas acciones del gobierno son vistas con lentes conspiradores y son interpretadas dentro de escenarios apocalípticos que no son propiedad privada de los adventistas. Una de las grandes contradicciones de la política norteamericana es que la Derecha Religiosa, que ve al gobierno como un agente de Satanás, al mismo tiempo desea usar al gobierno como fuente de recursos, ordeñándole hasta el último centavo, o como agente promotor de su ideología. En este contexto, también es notable que muchos, que mantienen una actitud negativa hacia el gobierno de EEUU., tienen una actitud aún más negativa contra las Naciones Unidas porque su existencia implica una disminución de la soberanía nacional.

Pareciera que el adventismo quisiera evitar esta contradicción. Por un lado, la rama conservadora de la iglesia sigue predicando acerca del papel profético negativo que el gobierno de Estados Unidos, como agente de Satanás, juega en el drama de la historia mundial. Por el otro, muchos adventistas norteamericanos son tan nacionalistas, o aún más, que el resto de la población, considerando con cierto despecho al resto de la humanidad. En un tiempo, cuando predominaba la actitud contra el gobierno, los adventistas eran conocidos por negarse a portar armas cuando el servicio militar era obligatorio, y por considerar pecado la participación en el programa de Seguridad Social. Ahora que el servicio militar ya no es obligatorio, jóvenes adventistas entran al ejército dispuestos a portar armas y a proyectar el poder militar considerado necesario para proteger la soberanía nacional y los intereses económicos de empresas capitalistas alrededor del mundo. Nada pudiera demostrar mejor la afirmación del gobierno.

El domingo 18 de octubre p.p., MSNBC pasó un documental de dos horas titulado “Witness to Waco” (Testigo de Waco) en el que se reconstruyó la trágica historia de los seguidores del ex adventista David Koresh en el campamento que habían construido a las afueras de la ciudad de Waco, en Texas. Impulsados por su lectura de la Biblia y de los escritos de Elena G. de White, estos miembros de un adventismo marginalizado, cuya interpretación profética (con excepción del rol mesiánico que Koresh se asignó a si mismo y algunos detalles del Armagedón) es compartida por miembros de la iglesia, pensaron que estaban viviendo los eventos finales de la historia humana. En efecto, sólo demostraron estar dominados por un complejo de persecución que fue malinterpretado por las fuerzas policíacas que querían investigar la aparente posesión de armas prohibidas. Las acciones de la FBI y de la policía que controla la venta de bebidas alcohólicas, tabaco y armas sólo lograron convencer a los adventistas de Waco de que el día del Armagedón había llegado. El agente del FBI encargado de negociar una resolución de la confrontación, en este documental, dice lamentándose: “We became our own worst enemy” (“Nos convertimos en nuestro peor enemigo”). Parte de la tragedia fue que cuando eruditos en la materia de la mentalidad apocalíptica se ofrecieron para ayudar a la FBI a negociar una resolución pacífica de la crisis, sus ofertas fueron rechazadas. Esto hizo que las autoridades judiciales no reconocieran la actitud negativa hacia el gobierno de los EEUU. que predomina en las interpretaciones proféticas de la literatura apocalíptica.

La actitud antigubernamental que ha sido parte del panorama político en EEUU. ha sido en parte neutralizada por la popularidad de la que hoy en día gozan los programas de la Seguridad Social que provee jubilaciones, y de Medicare que sufraga gran parte de los servicios médicos y las medicinas de los mayores de sesenta y cinco años. Las consecuencias desastrosas de la política que se confió en la capacidad autoregulatoria de los mercados también han hecho que muchos deseen que el gobierno supervise lo que sucede en los mercados. Por años se supuso que la justicia económica se iba a alcanzar bajo el liderazgo iluminado de los capitanes de las grandes empresas y la filantropía de los inventores de bienes “derivados” en Wall Street. En estos días, aún a los más ortodoxos defensores de laissez-faire no les queda más remedio que admitir que si no fuera porque el gobierno (primero en las manos de George W. Bush y luego en las de Barak Obama) intervino vigorosamente en el mercado con centenares de mil millones de dólares, la economía mundial estaría ahora en una catastrófica depresión.

En el Nuevo Testamento hay un desacuerdo bastante marcado entre, por un lado, Pablo y el autor de Lucas-Hechos de los Apóstoles y, por el otro, los autores de El Evangelio de Marcos y de Apocalipsis. La perspectiva apocalíptica tiene una marcada actitud antigubernamental. Los gobiernos de los diferentes imperios son agentes de Satanás. Son representados por bestias mitológicas que salen del océano primordial, el caos que tuvo que ser subyugado por el Espíritu de Dios antes que Dios pudiera dar el mando: “Sea la luz”. En Marcos Jesús muere en una cruz romana, ajusticiado por un gobierno que considera al “Rey de los Judíos” como un revolucionario sedicioso. Es un atrevido que pretende usurpar el gobierno de una provincia del imperio romano. En Marcos se hace una marcada diferencia entre el juicio religioso llevado a cabo por el sanedrín y el juicio político ante Pilato. En Apocalipsis, la ciudad asentada sobre siete montes que gobierna sobre los reyes de la tierra es representada por una ramera que fornica con los reyes de la tierra. Es trasportada por una bestia bermeja que sale del abismo primordial y que termina comiéndose a la ramera que se había embriagado con la sangre de los santos. Esta bestia es guiada por sus siete cabezas y diez cuernos a los cuales Dios les ha permitido hacer lo que les place. Como consecuencia, le han hecho guerra al Cordero. De esa manera, Roma y los muchos gobiernos que constituyen su imperio son los enemigos constantes de los santos, llamados elegidos y fieles (Ap. 17). Tanto los gobiernos locales como el gobierno imperial son agentes del Maligno que conspira contra los santos.

El autor de Lucas no le da a Jesús el rol político que se le da en Marcos. En su enjuiciamiento, los gobernantes, tanto Pilato como Herodes, no hallan falta en él. Al pie de la cruz el centurión romano declara que Jesús es un hombre inocente. En Hechos, cada vez que Pablo aparece ante un gobernante romano, sea Galio en Corinto, o Felix, Festus y Herodes Agrippa II en Caesarea junto al Mar, ellos declaran no hallar falta en él. El libro termina con Pablo gozando de libre movimiento en Roma, mientras espera el resultado de su apelación a César. El hecho que Pablo haya apelado a Nerón para librarse de las acusaciones infundadas de algunos cristiano-judíos, dice mucho de su confianza en la eficacia del gobierno. En su Carta a los Romanos, Pablo explícitamente afirma que los gobiernos son agentes de Dios, y no de Satanás. Esto es especialmente notable dado que Pablo es, en el fondo, un pensador apocalíptico. Su concepción radical del significado de la cruz de Cristo, sin embargo, lo libera de los escenarios especulativos de batallas futuras. Para él, la batalla decisiva ya fue ganada. La resurrección de Cristo ha instaurado La Nueva Creación. Satanás ha sido vencido.

La opción adoptada por Pablo nos deja ver que no es necesario cultivar una mentalidad que ve una conspiración del Maligno contra el pueblo de Dios detrás de cada acto gubernamental o papal. El complejo de persecución no ayuda a la salud mental de nadie. Pienso que como adventistas podemos escudriñar críticamente nuestro pasado y reconocer que la historia de la interpretación profética entre nosotros muestra cambios drásticos y ajustes ideológicos dentro de un pueblo que cada día se vuelve menos homogéneo étnica y políticamente. Los errores del pasado debieran poder ser admitidos y descartados. Como Pablo, podemos seguir siendo un pueblo con una visión apocalíptica del Evangelio, sin por eso tener que estar buscando conspiraciones que reflejan una mente enfermiza y creando escenarios fantasmagóricos que no son creíbles para quienes tienen conocimiento de la realidad en que vivimos.


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